Portada de la novela Servida con sobras por mi cruel esposo

Servida con sobras por mi cruel esposo

8.2 / 10.0
Antaño fui una influyente empresaria farmacéutica, pero Braulio arrebató mi legado y la vida de mi padre, convirtiéndome en su sirvienta. Mientras finjo demencia para evitar las drogas que me suministra, soporto sus humillaciones y las de su amante con un solo fin: proteger a mi hijo Leo. Sin embargo, mi paciencia se ha agotado. Esta noche escaparé con pruebas contundentes de sus delitos para destruir su imperio y ejecutar mi ansiada venganza.

Servida con sobras por mi cruel esposo Capítulo 1

Alguna vez fui la directora ejecutiva de un imperio farmacéutico, pero ahora no soy más que un fantasma en mi propia cocina.

Estoy obligada a servir al hombre que me robó la vida.

Braulio no solo se quedó con mi empresa y me hizo pasar por loca; se sienta ahí con su amante, Karla, y me obliga a comer sus sobras como si fuera un perro callejero.

Envenenaron a mi padre para apoderarse de su legado, manipularon al mundo para que creyeran que yo era inestable y me hicieron fregar los pisos hasta que mis manos quedaron en carne viva y sangrando.

Cada día era una actuación de sumisión, un riesgo calculado para proteger a mi hijo pequeño, Leo, de su crueldad.

Pensaron que mi silencio era derrota.

Creyeron que las drogas me habían convertido en un cascarón vacío, sin saber que llevaba semanas fingiendo tomarlas.

Cuando demolieron la casa de mi infancia y profanaron la tumba de mi padre, la última brasa de mi antigua vida se apagó, y una resolución fría y despiadada ocupó su lugar.

Esta noche, no solo escaparé con mi hijo.

Me llevaré las pruebas de sus asesinatos y fraudes, y no me detendré hasta que su imperio robado se reduzca a cenizas.

Capítulo 1

La pesada cuchara de plata tintineó contra el tazón de cerámica.

Mis manos estaban firmes. Demasiado firmes, tal vez, para alguien a quien acababan de decirle que no valía nada.

—Cassandra, querida, a la crema le falta sal —la voz de Karla, dulce como el veneno, llegó desde el comedor—. ¿A menos que ahora la prefieras insípida? Algunos todavía tenemos paladar.

No respondí.

Mi reflejo en el acero pulido de la cuchara no mostraba nada. Solo ojos vacíos, un rostro pálido. Un espectro en mi propia casa.

—No, Karla. Creo que está perfecta —mi propia voz sonó plana y uniforme—. Me parece que el exceso de sal entorpece el gusto.

Escuché una exhalación brusca desde el comedor. Podía sentir los ojos de Karla clavados en mi espalda, incluso a través de la pared. Juzgando. Sondeando. Tratando de encontrar una grieta en mi fachada.

Tomé una servilleta blanca inmaculada, alisando un pliegue imaginario. Mis dedos se movían con una lentitud deliberada.

Cada gesto era una actuación ahora. Cada respiración, un riesgo calculado.

Una figura apareció en el umbral, bloqueando la luz. Karla.

Su cabello rubio perfecto, su sonrisa perfecta y depredadora. Me observaba, su mirada se detuvo en mis manos, luego en mi cara. Un destello de algo feo, algo triunfante, parpadeó en sus ojos.

El silencio se alargó, espeso y asfixiante.

Entonces entró Braulio, rodeando la cintura de Karla con un brazo. Le besó la sien, un gesto lento y posesivo que se sintió como un golpe físico.

Sus risas, ligeras e íntimas, resonaron en la habitación. Rebotaron en mi piel, dejando un residuo frío y pegajoso.

—Buenos días, amor —la voz de Braulio, profunda y suave, la voz que una vez me prometió la eternidad. Ahora, era solo una herramienta de su crueldad.

Karla se recargó en él, con la mirada aún fija en mí.

—Braulio, cariño, ¿adivina qué? ¡Nuestro pequeño Leo durmió toda la noche! Prácticamente soy una supermamá —se jactó, con la voz goteando un orgullo artificial.

Braulio soltó una risita, sus ojos encontrándose con los míos por encima del hombro de Karla. Un destello de algo indescifrable allí. ¿Diversión? ¿Desprecio? ¿Lástima?

No me importaba.

—Eso es maravilloso, Karla —mis palabras fueron automáticas, un guion bien ensayado—. Debes estar muy complacida.

La sonrisa de Karla se tensó, un temblor apenas perceptible en la comisura de sus labios. No le gustaba mi compostura. Era un idioma que ella no podía entender.

Bajé la vista hacia la sopera, fingiendo interés. El reloj de la pared hacía tictac ruidosamente.

El desayuno. Siempre era el desayuno. El comienzo de otro día, otra actuación.

Me moví hacia la estufa, revolviendo la avena que hervía a fuego lento. Era para Leo, espesa y cremosa. Él era solo un bebé, inocente en esta casa de mentiras. Mi precioso niño.

Braulio le acercó una silla a Karla y luego se acomodó en la suya.

—Cassandra, ¿nos vas a acompañar hoy? —preguntó, con un tono cargado de falsa preocupación.

Hice una pausa, con el cucharón en la mano.

—No, gracias, Braulio. Tengo mucho que hacer en la cocina.

—Ay, no seas tonta, Cassandra —interrumpió Karla, con la voz demasiado dulce—. Ven, siéntate con nosotros. Has estado trabajando muy duro.

Dio unas palmaditas en la silla vacía a su lado, una parodia grotesca de hospitalidad.

Negué con la cabeza, un movimiento pequeño y cortés.

—Está bien. Prefiero estar de pie. Y es un honor servirles.

Un destello de satisfacción cruzó el rostro de Karla. Intercambió una mirada con Braulio, una comunicación silenciosa de triunfo.

Estaba domesticada. Exactamente lo que querían.

Me quedé junto a la encimera, escuchando el tintineo de sus tenedores contra la porcelana. Me dolía la columna.

Recordé la última vez que me senté a esta mesa, desafiándolos. Braulio me había hecho arrodillarme bajo el sol abrasador durante horas, con la piel ardiendo y las rodillas en carne viva.

Fue una advertencia. Una lección brutal de que cualquier desafío, cualquier indicio de rebelión, sería recibido con un dolor rápido e implacable. Mi espíritu tenía que romperse para que el suyo pudiera elevarse. Y él quería que yo lo supiera.

La comida terminó.

Braulio raspó los últimos restos de sus huevos en un plato y luego lo deslizó por la mesa hacia mí. Un cuernito a medio comer, una mancha de mermelada, unas pocas migajas.

Tomé el plato, mis movimientos lentos y practicados. Mi primer instinto fue tirar las sobras a la basura, como siempre hacía. Pero los ojos de Braulio estaban sobre mí.

La misma mirada de expectativa que había visto demasiadas veces antes.

—Cassandra —la voz de Braulio cortó el aire, más fuerte ahora. Se inclinó hacia adelante, con la mirada fija en la mía—. No te atrevas a desperdiciar eso. ¿Tienes idea de cuánto cuestan esas trufas? Un ingrediente tan precioso.

Hablaba con una falsa amabilidad que me revolvía el estómago.

—Hay gente muriendo de hambre, Cassandra. No querrás ser una derrochadora, ¿verdad?

Karla miraba, con los ojos muy abiertos, una espectadora silenciosa del espectáculo. Un toque de curiosidad morbosa.

Mis manos temblaron ligeramente. El mensaje era claro.

Tragué saliva, el sabor de la bilis subiendo por mi garganta. Alcancé una servilleta desechada, tomando el cuernito. Estaba rancio, con yema de huevo coagulada.

Me lo llevé a los labios. Me costó cada gramo de control no tener arcadas.

El sabor de sus sobras, la sal de su desprecio. Cada bocado era una degradación, un grito silencioso.

—Gracias, Braulio —susurré, forzando una sonrisa—. Está delicioso. De verdad.

Karla jadeó, un sonido pequeño y ahogado. Se levantó de la mesa, empujando su silla hacia atrás con un fuerte chirrido.

—¡Braulio, no! ¡Esto es demasiado!

Me miró, con el rostro pálido, un destello de algo casi humano en sus ojos.

—Karla, siéntate —la voz de Braulio era baja, peligrosa—. Ella conoce su lugar.

Mis ojos se encontraron con los de Karla. ¿Lástima? ¿Asco? ¿Miedo? No importaba.

Tenía un hijo que proteger.

Y así, mastiqué.

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