Portada de la novela La guardaespaldas del Mafioso

La guardaespaldas del Mafioso

9.2 / 10.0
Tras un choque accidental con un hombre imponente, Clara pierde el equilibrio por culpa de los tacones que le impuso su jefe. En la caída, el extraño termina sobre ella, evitando lastimarla mientras sus rostros quedan a escasa distancia. Atrapada por la intensa mirada del desconocido, la joven se estremece ante la inesperada cercanía. Sin darle tiempo a reaccionar, él le exige con voz ronca que lo ayude a esconderse de forma inmediata.

La guardaespaldas del Mafioso Capítulo 1

-Clara, ya es tarde, vamos a casa por favor- protestó Micaela, la mejor amiga de Clara.

La joven apoyó con frustración su frente en el pupitre, esperando a que su amiga se dignara a guardar los libros y salir de allí juntas.

-Ya casi termino...- exclamó concentrada la castaña natural de largos rizos pronunciados y mirada color miel que estaba fija en su trabajo práctico de la materia de primeros auxilios de la carrera de medicina.

Micaela puso los ojos en blanco y se puso a jugar con su teléfono, sabiendo que el "Ya casi termino" de su vieja amiga era una completa mentira.

Todos en la carrera de medicina sabían que Clara era una traga libros, la más nerd de todos, la primera en su clase.

Entregaba los trabajos al día y no faltaba a ninguna clase, por más exhausta que estuviera.

Micaela miró a su amiga de reojo con admiración.

La joven sabía que, si su amiga se esforzaba mucho por tener la mejor calificación de la cursada, era porque realmente lo necesitaba.

No había que ser muy astuto para que alguien se diera cuenta de que Clara Herrera era una joven humilde, de bajos recursos.

La castaña llevaba la misma sudadera vieja color gris que alguna vez había sido color negro. Ella misma se la había regalado para su cumpleaños número 24, y Clara ahora tenía 28 años.

Sabía que a su vieja amiga le gustaban las cosas holgadas, que no marcaran su cuerpo despampanante que Micaela sabía que escondía debajo de esa remera de tres talles más y sus viejos pantalones deportivos que le había robado a su tío.

-¡Listo!- exclamó la castaña, cerrando el libro y metiéndolo en su mochila mil veces cocida ya que no podía darse el gusto de adquirir una nueva. Ella misma diría que era un gasto innecesario.

-¡Al fin!- Chilló Micaela, tirándose atrás en la silla agotada.

Clara rió por los gestos de su amiga y ambas salieron del salón que ya estaba vacío hace rato.

Era tarde, casi llegando a la medianoche mientras ambas jóvenes caminaban por una calle desolada de la zona más precaria de la ciudad.

Ambas se frenaron en una esquina iluminada.

-¿Estás segura de que no quieres que te acompañe?- preguntó la amiga preocupada. A partir de esa calle todo se volvía más peligroso.

De día era otra cosa, lleno de comercios y gente yendo y viniendo, pero apenas bajaba el sol y los comercios cerraban sus puertas, el lugar quedaba desolado, lleno de malvivientes y consumidores de alcohol y drogas.

A Micaela no le gustaba que su amiga viviera allí, había insistido en que viviera con ella. Pero Clara se negaba y su amiga sabía bien por qué.

-No te preocupes- exclamó la castaña, quien se sentía mal cada vez que su amiga se sacrificaba por su bienestar.- Ya es suficiente que te alejes tanto para acompañarme hasta aquí.

Micaela la abrazó como despedida.

-Cualquier cosa me llamas ¿Me oíste? Y si el idiota de tu tío no está en casa avísame. ¿Está claro?

-Mica... ya no soy una niña- protestó la castaña, sonriendo de lado.

Micaela hizo un puchero y se volvió por donde habían venido.

Clara la saludó con el brazo en alto hasta que su amiga desapareció de su vista.

Una vez sola, la castaña suspiró pesadamente, dejando que el cansancio le ganara.

"No sé cuánto más voy a soportar esto" Pensó caminando calle adentro.

Hacer malabares entre el estudio, las prácticas, el comercio familiar y además pagar las cuentas y cuidar que su tío no se metiera en problemas era casi imposible.

Clara caminó por la calle que era cuesta arriba con sus últimas fuerzas, sintiendo que sus delgadas piernas, pero tonificadas, ardían por el esfuerzo.

La joven siempre había sido atlética, pero con lo poco que había comido en todo el día y con tantas horas fuera de casa, no había cuerpo que aguantara tanto esfuerzo.

La joven castaña estaba tan perdida en sus pensamientos, preocupada por el trabajo que seguramente tendría que hacer hasta altas horas de la noche, que no se dio cuenta que no estaba sola cuando entró al pequeño comercio de su familia.

Apenas la campanita de la puerta sonó en el silencio del local, un gemido agonizante llenó el ambiente.

La castaña levantó sus ojos miel hacia la oscuridad del mostrador del local de comida al paso y retrocedió alerta.

-¿Qué carajos?- exclamó a la penumbra que tenía delante.

De repente, se hizo la luz, descubriendo que, un hombre corpulento y lleno de cicatrices, había encendido la luz del comercio.

Clara retrocedió aún más, chocándose contra la ´puerta.

-Mhhh.. Mh....- el sonido agónico se escuchó nuevamente y los ojos ahora alarmados de Clara se movieron y encontraron a su tío Ricardo en el suelo, amordazado, atado de pies y manos y con varios hematomas en su rostro. Detrás de él, Un hombre delgado, pero con una mirada peligrosa, que le sonreía de forma burlona.

Clara no tuvo que preguntar quiénes eran esos dos hombres, los conocía a la perfección, eras los matones que el jefe de toda la ciudad mandaba para cobrar su maldito impuesto solo por tener un local en su zona.

-¡Habíamos quedado en que el lunes les daría el dinero! ¿¡Que hicieron con mi tío!?- protestó llena de furia, sin tenerle miedo a esos dos idiotas que entre ambos no hacían un cerebro.

El más grande se rió, con esa risa estúpida característica de él, pero dejó hablar a su compañero, quien era más "Inteligente"-

-Ay Clarita, Clarita.... ¿Por qué sigues defendiendo a esta rata inservible?- exclamó el matón, sacudiendo al hombre atado- Tú eres más que esto primor... sabes que la oferta de unirte a nosotros sigue en pie- exclamó guiñándole el ojo provocativamente.

Clara sintió nauseas porque ese hombre desagradable se atreviera a coquetear con ella.

-Ya váyanse, ya lo golpearon suficiente, el lunes van a tener su dinero. El fin de semana voy a terminar de juntarlo, saben muy bien que los días de semana es más difícil conseguirlo-

El matón soltó sin cuidado al tío contra el piso

-Sabemos que el lunes es el día de paga...

-¿Entonces? ¿Solo estaban aburridos y vinieron a arruinarme el día?- exclamó exasperada- ¡Par de idiotas váyanse de aquí!- chilló la castaña. En ese momento el hombre más grandote la agarró del brazo furioso- ¡Suéltame maldito grandulón sin cerebro!- Gritó la joven.

-Tranquilo grandote- ordenó el más delgado, acercándose lentamente hacia la joven.- Vinimos a darte un aviso, para que no haya malentendidos el lunes- susurró muy cerca de Clara, haciendo que la joven girara su rostro con asco hacia un costado por el aliento rancio del matón.

-¿Qué cosa?- preguntó cansada, sintiendo que ya no soportaba más a esos dos idiotas.

¡Era tan tarde!

Tan solo quería hundirse en su cama, o darse una ducha. ¡Lo que sea, pero no tener que lidiar con esto ahora!

-Sabes cómo está el país, las cosas son complicadas, así que tuvimos que aumentar el pago- exclamó tranquilamente, como si realmente fuera un experto en finanzas.

Clara vio rojo, sintiendo que la ira subía hasta su cabeza.

-¿¡Un aumento?! ¡Están locos! ¡Olvídalo! ¡Dile a tu jefe que ni lo sueñe!

El hombre se rió burlándose del escándalo de la mujer.

-Solo tienes dos días para juntar el dinero Clarita, te recomiendo que lo hagas- el matón se giró hacia el hombre amordazado- A menos que quieras que matemos a tu tío como parte de pago.

-No se atreverían...- advirtió la joven. Su tío podría ser un patán, un ludópata, una piedra en su zapato, pero era la única familia que le quedaba y no podía permitir quedarse sola.

-No hagamos la prueba y junta el dinero, Clarita- sentenció el hombre, pasando por el lado de ella empujando con fuerza su hombro.

El hombre más grandote hizo lo mismo, haciendo que la joven trastabillara y cayera de rodillas contra el suelo

-Hasta el lunes cariño- saludó el matón saliendo por la puerta, no sin antes cambiar el cartel a "Cerrado".

Clara se quedó en cuatro patas contra el suelo mirando sus propias manos, lágrimas de rabia mojaron el piso.

Las protestas mudas de su tío la hicieron volver en sí y se arrastró en silencio hasta él, desatándolo lentamente, lo último que sacó fue la mordaza, como si no quisiera escucharlo.

-Clara...- dijo el hombre con la voz ronca- Voy a conseguir el dinero, este fin de semana vamos a conseguir el doble en ventas- dijo tan seguro que la castaña por un momento le creyó.

Pero eso no era cierto, apenas tenían ventas para subsistir, con este aumento se irían rápidamente a la quiebra.

Y lo que menos quería era perder el comercio de sus padres, era lo único que le quedaba de ellos.

La castaña suspiró, levantándose del suelo, ayudando a su tío.

-No va a ser suficiente- dijo desganada- Voy a tratar de conseguir un trabajo de fin de semana, de todas maneras, no tengo facultad esos días- exclamó arrastrando los pies contra el piso.

El tío no protestó, si algo odiaba era tener que trabajar más de la cuenta, si Clara conseguía el dinero, entonces no iba a tener que hacer horas extras.

---

Clara entró a su pequeño cuarto, uno improvisado que tenía en el entrepiso del comercio y hundió su rostro en la almohada pensando en que hacer para conseguir el bendito dinero, solo para estirar un mes más su agonía. Porque los matones venían todos los meses por su dinero.

¡Su dinero!

Que ella se había ganado con sudor y lágrimas.

-Malditos delincuentes- gruñó con odio, si había algo que odiaba en este mundo, eran los malvivientes, personas que vivían a costa del esfuerzo de otros.

"No puedo contarle esto a Micaela" Pensó con angustia.

Su amiga ya le había prestado dinero muchas veces, no podía arrastrarla una vez más a sus desgracias.

"Esta vez tengo que hacerlo por mi cuenta" Pensó sollozando contra la almohada.

---

Para Clara no había sido muy difícil conseguir un trabajo de medio tiempo y además nocturno, ya que de día ayudó a su tío con el comercio.

El problema era el tipo de trabajo que había conseguido.

Si, le iba a dar suficiente dinero como para pagar el aumento, pero tenía que entregar su dignidad a cambio. 

Clara bajó del caño que estaba colocado sobre una tarima en un pequeño escenario de cortinas rojas y lentejuelas de un antro de su barrio.

Un lugar desagradable, con olor a tabaco y alcohol, donde hombres poderosos venían a ver un buen show y distraerse de su rutina.

La joven castaña sabía que era pésima bailando y siendo sensual, pero también sabía que su cuerpo escultural contrarrestaba su danza torpe.

-Voy a tomarme mi descanso de media hora- exclamó a su jefe, un hombre depravado y bañado en oro gracias a los esfuerzos de jovencitas como ella.

-¡No te demores mucho cariño! ¡Te quiero bailando en ese caño en media hora!- exclamó el con voz rasposa por tanto wiski.

Clara no protestó y rápidamente salió por la puerta trasera apoyándose en la fría y húmeda pared hasta deslizarse en el suelo.

-En este momento no me vendría mal ser adicta al cigarrillo- pensó frustrada, sintiéndose llena de ansiedad por el trabajo denigrante que había conseguido- Todo sea por el comercio- se dijo así misma, dándose ánimos miserables.

"-¡Ven aquí maldito!"

Carla se incorporó de golpe y asustada, girándose hacia donde venía el grito furioso.

En ese momento, un cuerpo fornido y mucho más grande que el de ella la chocó de lleno, haciéndola tropezar, especialmente porque los tacos aguja plateados que su jefe le había dado no ayudaban mucho.

Ambos cayeron al suelo, ella de espaldas al frío y sucio piso, y el misterioso sujeto encima de ella, con cada brazo a los costados de su rostro, sosteniéndose para no aplastar con todo su peso a la joven que había salido de la nada y le había arruinado su huida.

Todo pasó muy rápido, Clara abrió grandes sus ojos color miel al ver que su nariz respingada y pequeña rozaba muy de cerca la nariz recta del hombre que tenía delante.

Clara no recordaba la última vez que había estado tan cerca de un hombre. En realidad, nunca lo había estado.

Quiso protestar, pero el hombre fue más rápido y habló primero.

-Ayúdame a esconderme.- Ordenó, con la voz más grave y aterciopelada que jamás había escuchado.

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