Justo después de colgar, mientras aún sentía el corazón agitado por lo que acababa de pasar, mi mamá entró en mi cuarto sin siquiera tocar la puerta.
—¿Dónde está el collar de zafiro que tu padre te dejó antes de morir?
Sin embargo, yo no respondí. Y la tensión se instaló entre nosotras, cuando su rostro se enturbió, claramente molesta.
—¿Qué tipo de actitud es esa? ¡Tu hermana solo quiere tenerlo y usarlo un par de días porque le parece bonito! No seas egoísta, dáselo y ya.
En ese momento, Celia, mi hermana adoptiva, apareció tras ella y se colgó de su brazo, bajando la mirada con ese aire de víctima que tan bien le salía:
—Déjalo, mamá. Es obvio que nunca me ha considerado una hermana de verdad. Si no quiere, no la voy a obligar.
—¡¿Cómo que no te reconoce como hermana?! —saltó mamá, indignada—. Ese collar era de mi esposo, también tu padre. Y hoy yo decido que será para ti.
Sin darme tiempo a reaccionar, mamá abrazó a Celia, dedicándome una mirada severa.
—Y si no me lo das, voy a revisar todo tu cuarto.
La miré en silencio, esbozando una media sonrisa amarga.
La misma mujer que antes era dulce y cariñosa... en ese momento era una extraña, con esa voz dura y ese rostro perturbado que no reconocía.
Pero ya no importaba. Muy pronto me marcharía de allí para siempre. Así que no tenía sentido seguir discutiendo.
Decidida a mantenerme firme, fui hasta la caja donde guardaba el collar y, en silencio, se lo entregué.
—Así se hace —dijo mamá, sonriendo, satisfecha—. Celia es tu hermana, y, como hermana mayor, deberías darle lo mejor.
Cuando se fueron, Celia se dio vuelta y se puso el collar frente a mí, con una sonrisa orgullosa.
—No te enojes con mamá. La verdad, es que este collar me queda mucho mejor que a ti —dijo, mirándome con arrogancia—. Igual que Marco. A él también le quedo mejor yo. Lo que es mío, nadie me lo quita.
Me contuve, y la miré un instante. Tan orgullosa. Tan segura de sí misma…
Pero no le dije nada. Con el tiempo fui aprendiendo que, con personas como ella, cuanto más las enfrentas, más se crecen.
Y yo no pensaba darle ese gusto, por lo que, tomé mi bolso, e, ignorándola por completo, bajé las escaleras.
Pero, entonces, sin previo aviso…
—¡Ay! ¿Por qué me empujaste, hermana? —gritó Celia, de manera exagerada, mientras fingía tropezar, cayéndose por las escaleras.
Aunque la detestaba, mi primer impulso fue intentar sostenerla. Las escaleras eran empinadas, y una caída de esa magnitud podía ser peligrosa.
—¡Eva, maldita bruja!
Marco apareció de la nada y me empujó la mano con fuerza, haciendo que chocara contra el pasamanos.
Se escuchó un golpe seco.
El dolor fue tan fuerte que me nubló la vista, mientras un sudor frío recorría mi espalda.
—Marco... qué bueno que llegaste a tiempo. Si no, yo... —lloriqueó Celia, temblando entre sus brazos.
—Shh, tranquila —la consoló él, acariciándole la cabeza con ternura—. Nadie va a hacerte daño mientras yo esté aquí.
Miré mi mano, golpeada, ya hinchada y morada, antes de enfocar mi mirada en ellos: ella, con su cara ligeramente asustada, siendo protegida como si fuera de cristal, por el mismo hombre que me juraba amor eterno, el mismo con el que se suponía que me iba a casar entres mese…
¿¡Cómo...!? ¿Cómo había podido cambiar tanto, tan de repente?
Después de consolar a Celia, la mirada de Marco cayó sobre mí, cargada de inquietud.
—Sé que te molesta que me haya casado y tenga un hijo con ella sin habértelo dicho antes —dijo, con un tono casi condescendiente—. Puedes desahogarte conmigo, después de todo, no te avisé con tiempo. Pero no puedes hacerle daño a Celia. Ya la situación no es la mejor, no es necesario que la hagas sentir peor.
Sus palabras me golpearon como una bofetada.
—Solo me pidió una oportunidad para ser madre, ¿qué tiene de malo? —continuó—. ¿Por qué tiene que aguantar tus berrinches? —Hizo una pausa y me señaló con el dedo, visiblemente molesto—. Le pedirás perdón ahora mismo.
Intenté controlar el temblor en mi cuerpo, y, con la voz rasposa, le respondí:
—¿Qué es exactamente lo que hice mal?
Marco me miró a los ojos, que estaban rojos de tanto llorar, y se quedó en silencio por un momento.
—Olvídalo, Marco —dijo Celia—. Aunque casi ruedo por el balcón..., no le guardo rencor a mi hermana, y no necesito que se disculpe. Ustedes se van a casar, así que no quiero que mi presencia cause más conflictos.
Por un instante, la tensión pareció romperse. Marco suspiró, y su expresión se suavizó un poco, antes de soltar, con ternura:
—Celia, qué comprensiva eres.
Acto seguido, se volvió a mirarme, pero esta vez sus ojos estaban llenos de desprecio, y añadió:
—Al final, lo que pasa es que estás celosa de Celia. No puedes soportar verla en mejores circunstancias que tú. Deberías agradecer que sea tan comprensiva contigo. Pero, si vuelves a hacerle daño no te lo perdonaré.
Tras decir esto, tomó a Celia en brazos. Pero, antes de marcharse, me lanzó una última estocada:
—No le llegas ni a los talones a Eva.
La sala quedó sumida en un silencio profundo. Solo quedaba yo, mirando por la ventana cómo las hojas secas que caían.
No pude contenerme y me arrodillé en el suelo, rompiendo en llanto.
«La última vez... ¡Esta es la última vez que lloro por Marco!», me prometí entre sollozos.
Pero aquello solo era el principio…
Esa tarde, Marco subió una publicación a su perfil de redes sociales. Era un collage con nueve fotos, cada una mostrando un rincón diferente de nuestra casa.
La leyenda decía:
«Cada habitación, cada mueble, cada esquina y cada detalle fue cuidadosamente elegido para darle a nuestro bebé un hogar cálido y cómodo.»
Una lluvia de felicitaciones no tardó en inundar los comentarios.
«¡Felicitaciones, don Marco, por la llegada del bebé!»
«¡Vaya, ya tienen al bebé! ¡Felicidades!»
«¡Eres un hombre ejemplar!»
«¡No me perderé la boda dentro de tres meses, aunque tenga que reprogramar negocios importantes!»
Pero cuando todo parecía ser aplausos y halagos, un comentario rompió la armonía.
«No se confundan, este no es el hogar de Marco y Eva, es mi casa», escribió Celia.
La sección de comentarios quedó en pausa. Nadie más comentó, por un momento. Y fui yo quien rompió el hielo.
«Es un triángulo, mejor me voy, les deseo lo mejor.»
Después de eso, ya no me interesaba lo que pudieran decir. Eliminé a Marco y a Celia de mi lista de amigos sin pensarlo dos veces.
Pero no pasó mucho antes de que mi teléfono sonara, con una llamada de Marcos.
—Eva, ¡ya basta de hacer escándalo! —exclamó, molesto.
—No estoy haciendo escándalo —respondí con voz tranquila.
Marco, frustrado, contestó:
—Lo que escribiste en mi perfil, claramente fue para atacar a Celia —contestó él, frustrado—. ¿De verdad quieres acusarla de ser la otra? Si sigues difamándola, mejor ni te cases conmigo.
Sus palabras eran cuchillos, pero esta vez no me dolían.
—Marco ¿por qué crees que querría ser el segundo plato?
Colgué la llamada.
Tal vez mis palabras le dolieron más de lo que imaginé, porque después de eso, Marco no paró de llamarme. Una y otra vez, sin descanso. Antes de llenarme de mensajes, al ver que no le respondía.
No respondí ninguno.
En diez días me casaría con Diego. Todos ellos quedarían atrás, formando parte del pasado.
Durante esos últimos días de soltera, solo quería mantener la calma. Solo quería pasar lo que quedaba sin más conflictos, ni lágrimas.
Pero no imaginé que Celia sería capaz de ir más allá, al romper la urna con las cenizas de mi papá, esparciéndolas por el suelo. Y, como si eso no fuera suficiente, dejó que su gato orinara encima.
Luego, se giró hacia mí, sin el más mínimo atisbo de culpa, y sonrió como si todo fuera una maldita broma.
—¡Mira, hermana! —exclamó con tono burlón—. ¡Las cenizas también sirven de arena para mi gato!
En ese instante, todo el dolor y la rabia que había tragado durante tanto tiempo estallaron de golpe.
Sin pensarlo, agarré el bate de béisbol que estaba detrás de la puerta y me abalancé sobre ella.
El golpe la alcanzó de lleno.
Celia gritó, pálida de susto, antes de salir corriendo como alma que lleva el diablo.
—¡Eva! ¡Estás loca! ¡Te atreves a pegarle a tu hermana! —la voz de mi madre cortó el aire de la sala.
Celia, al verla, se escondió tras ella, fingiendo miedo como una actriz experta.
—¡Mamá, tengo miedo! ¡Eva quiere matarme!
Mi madre, sin dudarlo, se colocó frente a ella, protegiéndola, y me miró con furia, como si yo fuera su enemiga.
—Siempre has sido así —me gritó—. ¡Siempre tratando mal a tu hermana! Pensé que eran cosas de niñas, que algún día madurarías, pero ¡hoy te pasaste!
Esa mujer era mi madre. Mi madre. Y, aun así… siempre se ponía en mi contra. Siempre del lado de una hija que ni siquiera era biológica. Nada me dolía más que eso.
—¡Ella tiró las cenizas de papá! —le grité, mirándola fijamente, con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa—. ¡Eran las cenizas de mi papá! ¡De mi papá! ¿Por qué lo permites?
¿Por qué, después de todo lo que había aguantado, ella sí tenía el derecho de dañar lo último que me quedaba de él?
¿Por qué mi propia madre… no era capaz de quererme?