Capítulo 1

Tres meses antes de nuestra boda, recibí el golpe más inesperado de mi vida.

Mi novio publicó en sus redes una imagen del acta de matrimonio… ¡con Celia, mi hermana adoptiva!

Pero eso no fue lo peor.

Junto a la publicación, también compartió una sesión de fotos en la que ella lucía orgullosa su pancita de embarazo.

El pie de foto rezaba:

«Hoy oficialmente le damos la bienvenida a nuestra pequeña bendición.»

Entre los primeros comentarios aparecía el de Celia, el cual solo constaba de un emoji de carita sonrojada.

Y, como si eso aún no fuera suficiente, mi mamá le dio «me gusta» y añadió:

«Cuando nazca el bebé, yo se los cuido. Ustedes disfruten su vida de pareja.»

Y yo no aguanté. Mi corazón latía con fuerza y apenas podía procesar lo que estaba viendo. Por lo que, lo único que pude escribir fue un simple «¿?» en los comentarios.

En cuestión de segundos, mi móvil comenzó a sonar, cuando él, mi novio me llamó para regañarme como si la equivocada fuera yo.

—¿Qué te pasa, Eva? ¿Estás loca o qué? ¡Solo es un matrimonio por un año! En cuanto nazca el bebé, me separo de ella y ya está.

—¡Solo es un matrimonio por un año! En cuanto nazca el bebé, me separo de ella y ya está.

—No seas exagerada. Mi mamá dice que lo mejor es que tengamos un hijo primero y que luego firmemos el acta. Hacemos la boda y después el papeleo, ¿cuál es el problema?

Acepté sin decir nada, sin mostrar la menor emoción.

Borré todas las fotos y publicaciones que tenía con Marco, y subí una nueva:

«Estoy que subo al altar ¿Quién se casa conmigo? Me falta el novio.»

Marco fue el primero en responder:

«¿Eva, se te cruzaron los cables? Acabo de casarme con ella, ¿y ya estás haciendo tanto drama? ¿De verdad crees que con un post vas a darme celos? Ridícula. No te lo voy a repetir: deja de buscar problemas, y no te metas con Celia.»

Celia no tardó en responder:

«Hermana, Marco solo quiere que mi bebé nazca sin que la gente hable. No te preocupes, no pienso quitártelo. Cuando ustedes se casen, mi hijo también podrá decirte “mamá”.»

Incluso, mi mamá me mandó un mensaje:

«¡Qué desagradecida! Celia lo está haciendo por ti. Tú, sin pasar por un embarazo, ya vas a tener un hijo. ¿Y todavía te quejas?»

Y, por supuesto, no faltaron los comentarios de los amigos de Marco:

«Ustedes son hermanas. Sin importar con quién se case Marco, siguen siendo familia. No exageres. Que vea a Celia los lunes, miércoles y viernes... y a ti los martes, jueves y sábados. Problema resuelto.»

Risas. Burlas. Todos actuaban como si no pasara nada.

Yo me quedé en shock.

Sentí un nudo en la garganta, y, poco a poco, los ojos se me llenaron de lágrimas, que no pude contener. Cayeron, una a una, resbalando por mis mejillas y mojando la pantalla del celular.

¡Ellos son los que están mal!

¡Cómo podían ser tan desalmados! Con tanto descaro, al final la loca, la mala... terminé ser yo.

¡Qué absurdo!

Me limpié los ojos con fuerza, decidida a no dejarme romper. Gente así no merece ni una sola de mis lágrimas. Sin embargo, entre tantos comentarios ridículos, hubo uno que me llamó especialmente la atención.

Era de Diego:

«¿Puedo ser yo tu nuevo novio?»

Diego y yo crecimos juntos. Pero, después de la universidad, él se marchó a estudiar al extranjero, mientras yo me quedaba en Brisalia.

Cuando empecé a salir con Marco, él se alejó, como si no quisiera incomodar. Desde entonces... no habíamos vuelto a hablar.

Mientras pensaba en eso, su nombre apareció en la pantalla. Me estaba llamando.

—Eva, me gustas desde hace mucho tiempo —dijo, en cuanto contesté.

Su voz sonaba seria, pero había una ternura que me hizo tragar saliva.

—Tú sabes que nunca soporté a tu hermana adoptiva. Así que, por ese lado, quédate tranquila. Jamás tendría algo con ella. No tengo amigos idiotas, ni exnovias, ni escándalos… nada por el estilo. Estos años me los he pasado trabajando, creciendo. Todo lo que tengo hoy, lo hice solo. Escogí el camino correcto.

Y entonces… mientras hablaba, me llegó un archivo a mi correo.

Era... ¡un contrato!

No, no solo un contrato… ¡Era la cesión total de sus bienes y acciones!

Estupefacta, lo abrí, mientras su voz volvía a resonar al otro lado de la línea, esta vez temblorosa:

—Eva, esto es todo lo que tengo. Es mi manera de decirte que voy en serio. ¿Me darías una oportunidad?

Sentí un nudo en la garganta. Y de pronto… ¡lo recordé!

Cuando éramos niños, la maestra le había regalado a Diego dos de sus caramelos favoritos. Él los había mirado, dudando por un segundo, antes de dármelos a mí, sin pensarlo. Aunque sé que se moría por comerlos, había preferido regalármelos.

Siempre había sido así: sincero, generoso, lleno de pequeños gestos que dicen más que mil palabras.

—Sí... sí quiero —logré balbucear, luego de un momento, con la voz temblorosa.

Siempre he intentado aferrarme al amor, ese que a veces parece tan inalcanzable, escurridizo…, y lo único que he logrado es terminar hecha pedazos.

Por un tiempo, pensé que sola también podía estar bien. Pero mi abuela, justo antes de morir, me confesó que tenía un deseo: verme casada; ver que alguien estaría para mí; que no me quedaría sola en este mundo.

Marco nunca se mereció mi cariño. Pero, si el pretendiente fuera Diego…, sé que ella se sentiría tranquila; que sonreiría desde donde estuviera.

—Entonces me encargo de todo y en dos semanas vuelvo para casarme contigo —dijo Diego, con la voz llena de ilusión—. Eva, ¿me vas a esperar? No te vas a arrepentir, ¿verdad?

Su tono tenía esa dulzura infantil que me transportó directo al pasado... A ese tiempo en que, siendo niños, le prometí que un día sería su novia, por lo que no pude evitar que una sonrisa curvara mis labios, antes de responder, bajito:

—Sí, Diego. Te lo prometo.

Capítulo 2

Justo después de colgar, mientras aún sentía el corazón agitado por lo que acababa de pasar, mi mamá entró en mi cuarto sin siquiera tocar la puerta.

—¿Dónde está el collar de zafiro que tu padre te dejó antes de morir?

Sin embargo, yo no respondí. Y la tensión se instaló entre nosotras, cuando su rostro se enturbió, claramente molesta.

—¿Qué tipo de actitud es esa? ¡Tu hermana solo quiere tenerlo y usarlo un par de días porque le parece bonito! No seas egoísta, dáselo y ya.

En ese momento, Celia, mi hermana adoptiva, apareció tras ella y se colgó de su brazo, bajando la mirada con ese aire de víctima que tan bien le salía:

—Déjalo, mamá. Es obvio que nunca me ha considerado una hermana de verdad. Si no quiere, no la voy a obligar.

—¡¿Cómo que no te reconoce como hermana?! —saltó mamá, indignada—. Ese collar era de mi esposo, también tu padre. Y hoy yo decido que será para ti.

Sin darme tiempo a reaccionar, mamá abrazó a Celia, dedicándome una mirada severa.

—Y si no me lo das, voy a revisar todo tu cuarto.

La miré en silencio, esbozando una media sonrisa amarga.

La misma mujer que antes era dulce y cariñosa... en ese momento era una extraña, con esa voz dura y ese rostro perturbado que no reconocía.

Pero ya no importaba. Muy pronto me marcharía de allí para siempre. Así que no tenía sentido seguir discutiendo.

Decidida a mantenerme firme, fui hasta la caja donde guardaba el collar y, en silencio, se lo entregué.

—Así se hace —dijo mamá, sonriendo, satisfecha—. Celia es tu hermana, y, como hermana mayor, deberías darle lo mejor.

Cuando se fueron, Celia se dio vuelta y se puso el collar frente a mí, con una sonrisa orgullosa.

—No te enojes con mamá. La verdad, es que este collar me queda mucho mejor que a ti —dijo, mirándome con arrogancia—. Igual que Marco. A él también le quedo mejor yo. Lo que es mío, nadie me lo quita.

Me contuve, y la miré un instante. Tan orgullosa. Tan segura de sí misma…

Pero no le dije nada. Con el tiempo fui aprendiendo que, con personas como ella, cuanto más las enfrentas, más se crecen.

Y yo no pensaba darle ese gusto, por lo que, tomé mi bolso, e, ignorándola por completo, bajé las escaleras.

Pero, entonces, sin previo aviso…

—¡Ay! ¿Por qué me empujaste, hermana? —gritó Celia, de manera exagerada, mientras fingía tropezar, cayéndose por las escaleras.

Aunque la detestaba, mi primer impulso fue intentar sostenerla. Las escaleras eran empinadas, y una caída de esa magnitud podía ser peligrosa.

—¡Eva, maldita bruja!

Marco apareció de la nada y me empujó la mano con fuerza, haciendo que chocara contra el pasamanos.

Se escuchó un golpe seco.

El dolor fue tan fuerte que me nubló la vista, mientras un sudor frío recorría mi espalda.

—Marco... qué bueno que llegaste a tiempo. Si no, yo... —lloriqueó Celia, temblando entre sus brazos.

—Shh, tranquila —la consoló él, acariciándole la cabeza con ternura—. Nadie va a hacerte daño mientras yo esté aquí.

Miré mi mano, golpeada, ya hinchada y morada, antes de enfocar mi mirada en ellos: ella, con su cara ligeramente asustada, siendo protegida como si fuera de cristal, por el mismo hombre que me juraba amor eterno, el mismo con el que se suponía que me iba a casar entres mese…

¿¡Cómo...!? ¿Cómo había podido cambiar tanto, tan de repente?

Capítulo 3

Después de consolar a Celia, la mirada de Marco cayó sobre mí, cargada de inquietud.

—Sé que te molesta que me haya casado y tenga un hijo con ella sin habértelo dicho antes —dijo, con un tono casi condescendiente—. Puedes desahogarte conmigo, después de todo, no te avisé con tiempo. Pero no puedes hacerle daño a Celia. Ya la situación no es la mejor, no es necesario que la hagas sentir peor.

Sus palabras me golpearon como una bofetada.

—Solo me pidió una oportunidad para ser madre, ¿qué tiene de malo? —continuó—. ¿Por qué tiene que aguantar tus berrinches? —Hizo una pausa y me señaló con el dedo, visiblemente molesto—. Le pedirás perdón ahora mismo.

Intenté controlar el temblor en mi cuerpo, y, con la voz rasposa, le respondí:

—¿Qué es exactamente lo que hice mal?

Marco me miró a los ojos, que estaban rojos de tanto llorar, y se quedó en silencio por un momento.

—Olvídalo, Marco —dijo Celia—. Aunque casi ruedo por el balcón..., no le guardo rencor a mi hermana, y no necesito que se disculpe. Ustedes se van a casar, así que no quiero que mi presencia cause más conflictos.

Por un instante, la tensión pareció romperse. Marco suspiró, y su expresión se suavizó un poco, antes de soltar, con ternura:

—Celia, qué comprensiva eres.

Acto seguido, se volvió a mirarme, pero esta vez sus ojos estaban llenos de desprecio, y añadió:

—Al final, lo que pasa es que estás celosa de Celia. No puedes soportar verla en mejores circunstancias que tú. Deberías agradecer que sea tan comprensiva contigo. Pero, si vuelves a hacerle daño no te lo perdonaré.

Tras decir esto, tomó a Celia en brazos. Pero, antes de marcharse, me lanzó una última estocada:

—No le llegas ni a los talones a Eva.

La sala quedó sumida en un silencio profundo. Solo quedaba yo, mirando por la ventana cómo las hojas secas que caían.

No pude contenerme y me arrodillé en el suelo, rompiendo en llanto.

«La última vez... ¡Esta es la última vez que lloro por Marco!», me prometí entre sollozos.

Pero aquello solo era el principio…

Esa tarde, Marco subió una publicación a su perfil de redes sociales. Era un collage con nueve fotos, cada una mostrando un rincón diferente de nuestra casa.

La leyenda decía:

«Cada habitación, cada mueble, cada esquina y cada detalle fue cuidadosamente elegido para darle a nuestro bebé un hogar cálido y cómodo.»

Una lluvia de felicitaciones no tardó en inundar los comentarios.

«¡Felicitaciones, don Marco, por la llegada del bebé!»

«¡Vaya, ya tienen al bebé! ¡Felicidades!»

«¡Eres un hombre ejemplar!»

«¡No me perderé la boda dentro de tres meses, aunque tenga que reprogramar negocios importantes!»

Pero cuando todo parecía ser aplausos y halagos, un comentario rompió la armonía.

«No se confundan, este no es el hogar de Marco y Eva, es mi casa», escribió Celia.

La sección de comentarios quedó en pausa. Nadie más comentó, por un momento. Y fui yo quien rompió el hielo.

«Es un triángulo, mejor me voy, les deseo lo mejor.»

Después de eso, ya no me interesaba lo que pudieran decir. Eliminé a Marco y a Celia de mi lista de amigos sin pensarlo dos veces.

Pero no pasó mucho antes de que mi teléfono sonara, con una llamada de Marcos.

—Eva, ¡ya basta de hacer escándalo! —exclamó, molesto.

—No estoy haciendo escándalo —respondí con voz tranquila.

Marco, frustrado, contestó:

—Lo que escribiste en mi perfil, claramente fue para atacar a Celia —contestó él, frustrado—. ¿De verdad quieres acusarla de ser la otra? Si sigues difamándola, mejor ni te cases conmigo.

Sus palabras eran cuchillos, pero esta vez no me dolían.

—Marco ¿por qué crees que querría ser el segundo plato?

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