Capítulo 2

El silencio en la mansión de los Malone no era pacífico; era denso, pesado y cargado de una hostilidad invisible que parecía filtrarse por las paredes de mármol. Stella permanecía sentada en el borde de la inmensa cama, con la mirada perdida en el intrincado diseño de la alfombra persa. Sus manos, pequeñas y de dedos delicados, se entrelazaban con fuerza, tratando de contener un temblor que nacía desde lo más profundo de su pecho.

Hacía apenas unas horas, su mayor preocupación era el tono de labial que usaría para una cena benéfica. Ahora, el sabor metálico de la sangre de su hermano parecía seguir impregnado en su garganta, y el eco del disparo de su tío Arthur se repetía en su mente como una tortura constante.

La puerta de la habitación se abrió con un chirrido sutil. Stella se puso de pie de un salto, con los músculos tensos y los ojos grises entornados, lista para defenderse. Sin embargo, no era Genaro ni alguno de los guardias de rostro inexpresivo que custodiaban el pasillo. Era Alicia, quien entraba con paso vacilante sosteniendo una maleta de cuero negro.

-Niña Stella... tiene que comer algo -susurró la chica, dejando la maleta que había ido a buscar sobre un diván de terciopelo.

-¿Comer? -Stella soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor-. Han asesinado a mi padre, a mi madre y a Salvatore. Mi tío los entregó como si fueran ganado al matadero. ¿Y esperas que tenga apetito, Alicia?

Alicia bajó la mirada, abrumada por el dolor que emanaba de la joven Costello. Se acercó con cautela y abrió la maleta, revelando una serie de prendas de luto: vestidos de seda negra, velos de encaje y zapatos de tacón que brillaban con una elegancia cruel.

-El señor Genaro trajo esto de su casa. Dijo que el señor Gabrielle no aceptará retrasos. El funeral comenzará en dos horas en la catedral de San Pedro.

Stella sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Ir al funeral significaba enfrentarse a la realidad de cuatro ataúdes. Significaba ver a su tío Arthur fingiendo luto mientras planeaba cómo repartirse los despojos del imperio de su padre. Pero, sobre todo, significaba enfrentarse a la familia Malone en su propio terreno.

-Gabrielle... -pronunció Stella, y el nombre se sintió como una brasa ardiente en su lengua-. Alicia, ¿lo has visto? ¿Es el mismo niño que solía jugar en el jardín con Salvatore?

Alicia se estremeció y comenzó a sacar el vestido negro, evitando la mirada de Stella.

-No, señorita. El niño que usted recuerda desapareció hace mucho tiempo. El hombre que regresó tiene una mirada que le hiela la sangre a cualquiera. Dicen que en Rusia y Sicilia se ganó una reputación de ser implacable. No lo llaman "el heredero" por cortesía, sino por el rastro de cuerpos que deja a su paso.

Stella se acercó al espejo de marco dorado que dominaba la estancia. Observó su reflejo: la piel blanca, casi traslúcida por el impacto del trauma; los labios carnosos que ahora estaban apretados en una línea de amargura; y esos ojos grises que, a pesar del llanto, comenzaban a encenderse con una chispa de odio líquido.

-No me importa qué tan implacable sea -dijo Stella, con una voz que no reconoció como suya-. Él cree que me ha quebrado, pero solo ha despertado a la hija de Pietro Costello. Si quiere que asista a ese funeral, lo haré. Pero no iré como una víctima.

Stella, después de tomar una ducha rápida, comenzó a vestirse. Cada prenda de luto se sentía como una armadura. Mientras Alicia la ayudaba con la cremallera del vestido de seda que se ajustaba a su cuerpo esbelto, Stella recordaba los fragmentos de su infancia. Recordaba a un Gabrielle de doce años prometiéndole que siempre la protegería. Recordaba el pacto de sangre que sus padres habían firmado entre risas y copas de vino, uniendo sus destinos para asegurar una paz que resultó ser tan frágil como el cristal.

¿Dónde estaba ese niño ahora? Probablemente celebrando la caída de los Costello.

En la planta baja, la atmósfera era muy distinta. Gabrielle Malone acababa de entrar a la mansión, todavía con el traje de viaje, pero desprendiendo una autoridad que hacía que los hombres de seguridad bajaran la cabeza al verlo pasar. Sus ojos azules, profundos y gélidos como el océano ártico, recorrieron la estancia con desprecio.

-Señor Gabrielle, todo está listo -anunció Genaro, acercándose con una sumisión casi vergonzosa-. Arthur Costello está en la catedral coordinando los detalles con la policía. La chica está arriba, bajo custodia.

Gabrielle se detuvo frente a un gran ventanal, observando la lluvia que comenzaba a caer sobre la ciudad. Su barba de tres días le daba un aire descuidado pero peligroso, y sus brazos fuertes tensaban la tela de su camisa.

-¿Por qué sigue viva, Genaro? -preguntó Gabrielle. Su voz era un susurro ronco que cortaba el aire-. Sabes perfectamente que mi orden era erradicar cualquier rastro de los Costello.

Genaro tragó saliva, sintiendo el sudor frío correr por su nuca.

-Arthur sugirió que ella podría ser útil, señor. Es la única que conoce las claves de las cuentas privadas de Pietro en Suiza. Además... su padre siempre quiso este matrimonio para unificar las familias. Pensé que tenerla bajo su control sería el trofeo final y la rendición de los seguidores de los Costello.

Gabrielle se giró con una lentitud depredadora. Se acercó a Genaro hasta quedar a pocos centímetros, permitiendo que el hombre sintiera la amenaza física que emanaba de su cuerpo atlético.

-Mi padre está muerto, Genaro. Y con él, murieron sus deseos de paz -sentenció Gabrielle-. Los Costello pagarán por cada gota de sangre de Joe Malone. Si la chica tiene información, se la sacaré. Si no, ella misma cavará su tumba al lado de su hermano.

-Entendido, señor. El auto está esperando para llevarla al funeral. Arthur insiste en que ella aparezca públicamente a su lado para mantener las apariencias frente a la prensa y los otros clanes.

Gabrielle asintió con un gesto imperceptible.

-Llévala. Yo iré por mi cuenta. Quiero observar desde las sombras qué tan fuerte es la "princesa de la mafia Costello" antes de destruirla por completo.

El trayecto hacia la catedral fue un borrón de luces y sombras para Stella. Desde el asiento trasero del auto, escoltada por Genaro, veía la ciudad que alguna vez fue su hogar y que ahora se sentía como territorio enemigo.

Al llegar a la imponente catedral de San Pedro, el caos de la prensa y los curiosos fue contenido por un despliegue policial sin precedentes, liderado por su tío Arthur. Stella bajó del auto, manteniendo la espalda erguida y la barbilla en alto, a pesar de que sentía que las piernas le fallarían en cualquier momento.

El interior de la iglesia estaba cargado con el olor dulce y opresivo del incienso y los lirios blancos. Al fondo, cuatro ataúdes de madera oscura descansaban bajo el altar. El dolor golpeó a Stella con la fuerza de un huracán. Ver el ataúd de Salvatore, al lado del de su padre, rompió el último rastro de su compostura.

-Tío... -susurró Stella cuando Arthur se acercó para rodearla con un brazo hipócrita.

-Tranquila, carina (cariño). Todo pasará. Ahora yo me encargo de todo -le dijo Arthur al oído, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Pórtate bien y quizás sobrevivas a esta noche.

Stella se zafó de su agarre con asco. Necesitaba aire. Necesitaba un segundo de soledad antes de que comenzara la misa y tuviera que enfrentar las miradas de lástima y burla de los otros clanes.

-Voy al tocador -anunció a Genaro, quien intentó detenerla.

-No puede ir sola, señorita.

-¿A dónde voy a escapar, idiota? ¿A través de las paredes de piedra? -espetó Stella con una ferocidad que hizo retroceder al hombre-. Déjame respirar cinco minutos o haré una escena aquí mismo, frente a todos tus jefes.

Genaro, consciente de que Gabrielle estaba por llegar y no quería problemas, cedió.

-Cinco minutos, Costello. Mis hombres están en todas las salidas.

Stella caminó con pasos rápidos hacia el pasillo lateral que conducía a los servicios y las oficinas parroquiales. Sus pulmones ardían. Al entrar al área de los baños, se apoyó en el lavabo de mármol y abrió el grifo. Se lanzó agua fría a la cara, tratando de borrar el rastro del cansancio y la agonía. Se miró al espejo, delineó sus labios carnosos con los dedos temblorosos y respiró hondo.

-Mantente fuerte, Stella. Por Salvatore. Por papá -se susurró a sí misma.

Cuando se dispuso a salir, con la mente fija en la batalla que le esperaba fuera, abrió la puerta con tal ímpetu que no vio la figura que venía en dirección contraria. El impacto fue inevitable. Stella chocó contra un pecho sólido como una roca, perdiendo el equilibrio. Sus tacones resbalaron en el suelo pulido y soltó un pequeño grito mientras caía.

Sin embargo, antes de tocar el suelo, unos brazos fuertes y seguros la sujetaron por la cintura, pegándola contra un cuerpo atlético que emanaba un calor abrasador.

Stella alzó la vista, con la respiración entrecortada. Se encontró sumergida en un par de ojos azules tan profundos y magnéticos que el mundo alrededor pareció desaparecer. El hombre que la sostenía tenía una mirada que le desnudaba el alma, una mezcla de peligro y una extraña intensidad que la dejó sin aliento. Ella no sabía quién era él. Solo veía a un hombre increíblemente apuesto, con una barba y una expresión de chico malo que la hizo estremecer por razones que no tenían nada que ver con el miedo.

Por un segundo eterno, ambos se quedaron en silencio, atrapados en esa cercanía eléctrica.

-Disculpe, señorita... ¿se hizo daño? -preguntó él, y su voz profunda vibró en el pecho de Stella como un eco prohibido.

Ella se perdió en sus labios, en la firmeza de su agarre. Por un instante, Stella olvidó los ataúdes, olvidó a su tío traidor y el luto que cargaba. Solo sentía la electricidad recorriendo su piel bajo la seda negra.

-Yo... estoy bien. Gracias -susurró ella, tratando de recuperar la compostura, aunque no quería soltarse de esos brazos.

-Deme su mano, permítame levantarla -dijo él, con una caballerosidad que contrastaba con la oscuridad de su mirada.

Stella aceptó su mano, sintiendo una corriente de energía que le erizó el vello de los brazos. Estaba a punto de preguntarle quién era, de pedirle que la ayudara a salir de ese infierno, cuando el sonido de unos pasos pesados interrumpió la magia del momento.

Genaro apareció al final del pasillo, con el rostro desencajado por la sorpresa.

-¡Señor Gabrielle! -exclamó Genaro, deteniéndose en seco-. Disculpe... ¿Qué hace con ella?

La mirada del hombre que sostenía a Stella cambió en un milisegundo. La suavidad desapareció, reemplazada por un odio tan puro y gélido que Stella sintió que la sangre se le congelaba. El hombre la soltó bruscamente, como si su contacto lo quemara.

-¿Gabrielle? -balbuceó Stella, dando un paso atrás mientras el horror comenzaba a cobrar forma en su mente.

Gabrielle Malone la observó desde arriba, con una sonrisa cruel curvando sus labios delicados.

-¿Así que te estabas burlando de mí, pequeña niña mimada? -sentenció Gabrielle, y su voz ya no era la de un extraño amable, sino la de su verdugo-. Te vi en el pasillo y casi olvido quién eres. Casi olvido que eres la sangre del hombre que mató a mi padre.

Stella quiso hablar, quiso defenderse, pero la mirada de Gabrielle la inmovilizó.

-Genaro -ordenó Gabrielle, sin apartar los ojos de los de ella-, llévala a mi lado durante la misa. Quiero que todos vean cómo la heredera de los Costello se arrodilla ante los Malone. Y después... llévala a la mansión. No volverá a salir de allí hasta que yo decida qué parte de ella voy a destruir primero.

Gabrielle se dio la vuelta y se marchó, dejándola bajo la custodia de un Genaro triunfante. Stella se quedó allí, con el pecho apretado y las manos sangrando por la presión de sus propias uñas. El hombre de sus sueños infantiles acababa de sentenciarla al infierno, y el juego mortal apenas estaba comenzando.

Capítulo 3

La catedral de San Pedro se sentía como una nevera de mármol y piedra. El aroma de miles de lirios blancos, que en cualquier otra circunstancia habría sido celestial, ahora resultaba nauseabundo para Stella Costello. Era el olor de la muerte decorada con opulencia. Cada paso que daba por el pasillo central, escoltada por Genaro, se sentía como si caminara hacia su propia ejecución.

Al llegar a la primera fila, el aire se volvió aún más pesado. Allí estaba él. Gabrielle Malone permanecía de pie, con la espalda tan recta como una espada y las manos entrelazadas al frente. Su traje negro, hecho a medida, resaltaba la anchura de sus hombros y esa aura de poder absoluto que lo rodeaba. Al sentir la presencia de Stella, Gabrielle se giró lentamente. La mirada gélida que le dedicó no guardaba ni un rastro del hombre que la había sostenido en sus brazos apenas unos minutos atrás.

-Siéntate, Costello -ordenó Gabrielle con una voz que era un susurro letal-. Y asegúrate de que tus lágrimas no ensucien el nombre de mi familia.

Stella apretó los labios, sintiendo cómo la rabia luchaba por escapar de su garganta. Se sentó a su lado, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo atlético, un contraste doloroso con el frío de la iglesia. A su derecha, su tío Arthur ocupaba el lugar de honor, secándose unas lágrimas falsas con un pañuelo de seda.

La misa comenzó bajo el eco de los cánticos gregorianos. Cada palabra del sacerdote sobre la "paz eterna" sonaba como una burla cruel. Stella mantenía la vista fija en los cuatro ataúdes. Salvatore, su hermano, el que juró cuidarla, ahora estaba encerrado en una caja de madera oscura. El dolor físico era tan real que sentía que las costillas se le cerrarían sobre el corazón hasta detenerlo.

-Guarda questa farsa (mira esta farsa) -susurró Gabrielle, inclinándose apenas hacia ella. Su aliento rozó el lóbulo de la oreja de Stella, provocándole un escalofrío involuntario-. Tu tío es un actor excepcional, Stella. Casi me hace creer que de verdad lamenta haberle volado la cabeza a tu hermano.

Stella giró el rostro hacia él, con los ojos grises encendidos por la furia.

-Tú no sabes nada -siseó ella, manteniendo la voz baja-. Arthur es un monstruo, pero tú no eres mejor. Estás disfrutando esto, ¿verdad? Ver a la "princesa" de los Costello reducida a nada.

Gabrielle esbozó una sonrisa mínima, una mueca de desprecio que hizo que Stella quisiera abofetearlo allí mismo, frente a todos los clanes de la ciudad.

-No te equivoques, ratoncita. No disfruto el funeral de mi padre. Pero ver cómo el destino te pone de rodillas ante mí... eso es una compensación interesante -respondió él, fijando su vista azul en el altar-. Disfruta tu luto mientras puedas. Mañana, tu vida me pertenece por completo.

Cuando llegó el momento de los discursos, Arthur Costello subió al púlpito. Su voz retumbó en la catedral con una falsa solemnidad que revolvió el estómago de Stella. Habló de la "pérdida irreparable", de la "hermandad entre familias" y de cómo él, como nuevo jefe interino de los negocios Costello, buscaría la paz con los Malone. Stella cerró los puños con tal fuerza que sus uñas se clavaron en sus manos delicadas, abriendo pequeñas heridas en la palma.

El traslado al cementerio fue un desfile de autos negros bajo una lluvia persistente. El cielo parecía llorar la caída de los grandes. En el camposanto, el barro se pegaba a los tacones de Stella, pero ella no permitió que nadie la ayudara. Caminó sola hasta la fosa, viendo cómo los ataúdes descendían uno a uno.

Cuando el ataúd de Salvatore bajó, Stella soltó un sollozo que no pudo contener. Se tambaleó, y por un segundo, sintió una mano firme apoyarse en su espalda baja. Fue un toque breve, casi imperceptible, pero cargado de una electricidad que la hizo reaccionar. Miró de reojo y vio a Gabrielle a su lado. Su expresión era de piedra, pero sus ojos azules observaban el ataúd del joven Salvatore con una sombra de duda que Stella no pudo descifrar. ¿Acaso recordaba cuando ambos corrían por los jardines de la hacienda? ¿Recordaba al niño que fue antes de convertirse en este demonio?

-Se acabó, Stella -dijo Gabrielle cuando la última palada de tierra cubrió el nombre de su padre-. La niña Costello ha muerto hoy. Ahora eres solo una Malone por derecho de conquista.

El viaje de regreso a la mansión fue un tormento silencioso. Gabrielle decidió viajar en el mismo auto que ella. El espacio cerrado del vehículo de lujo se sentía minúsculo. El aroma de Gabrielle -madera, lluvia y algo peligrosamente masculino- envolvía a Stella, nublando su juicio. Ella se pegó a la ventanilla, tratando de ignorar la presencia del hombre que, con una sola orden, podía decidir si ella vería el amanecer o no.

-¿Por qué me mantienes viva? -preguntó ella finalmente, sin mirarlo-. Si nos odias tanto, ¿por qué no terminar con esto ahora?

Gabrielle, que estaba revisando unos documentos en una tableta, se detuvo. Giró el rostro hacia ella, y Stella se vio reflejada en la frialdad de sus pupilas.

-Porque la muerte es demasiado fácil para ti, Stella -respondió él con una calma aterradora-. Quiero que veas cómo desmantelo cada ladrillo del imperio que tu padre construyó. Quiero que sientas lo que es no tener nada, ni siquiera tu propio nombre. Y porque... -Gabrielle se inclinó, acortando la distancia hasta que sus labios quedaron a centímetros de los de ella-, todavía tienes algo que me pertenece.

El auto se detuvo frente a la mansión. Stella esperaba ser enviada a su habitación, pero Gabrielle la tomó del brazo y la arrastró hacia su despacho personal, un lugar donde ni siquiera Genaro se atrevía a entrar sin permiso.

Gabrielle cerró la puerta con llave y encendió una sola lámpara de escritorio. La luz amarillenta le daba un aspecto aún más intimidante. Se acercó a una caja fuerte oculta tras una pintura y sacó un sobre de papel amarillento. Lo lanzó sobre la mesa de caoba.

-Ábrelo -ordenó.

Con los dedos temblorosos, Stella tomó el sobre. Dentro había una fotografía vieja y un documento con sellos oficiales de la familia Costello y Malone. La fotografía los mostraba a ellos dos, niños, tomados de la mano en un viñedo. Pero el documento era lo que la dejó sin respiración. Era un contrato matrimonial firmado hace veinte años, pero con una cláusula adicional que Stella jamás había escuchado.

-Tu padre no solo me prometió tu mano para asegurar la paz -dijo Gabrielle, rodeando el escritorio para quedar frente a ella-. Tu padre vendió tu libertad para pagar una deuda de juego que no podía cubrir. Este documento dice que, si la paz se rompía por parte de los Costello, tú pasarías a ser propiedad legal de los Malone, no como esposa... sino como sirvienta personal de por vida.

Stella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Su padre, el hombre que ella adoraba, ¿la había vendido?

-Eso es mentira -susurró ella, aunque la firma de Pietro Costello era inconfundible-. Él nunca...

-Él lo hizo. Y tu tío Arthur lo sabía -continuó Gabrielle, disfrutando del golpe emocional-. Pero tengo una propuesta para ti, Stella. Una que puede evitarte una vida de servidumbre y humillación en esta casa.

Stella alzó la vista, buscando un rastro de piedad y encontrando solo una ambición desmedida.

-¿Qué quieres? -preguntó ella, con la voz quebrada.

Gabrielle se apoyó en el escritorio, atrapándola entre sus brazos y la mesa, obligándola a sentir su poderío físico.

-Cásate conmigo mañana. Firma este nuevo contrato donde me cedes todas las propiedades legales que Arthur intenta robarse. Conviértete en mi esposa ante los ojos del mundo, y te daré la cabeza de tu tío en una bandeja de plata.

Stella se quedó helada. La oferta era tentadora y diabólica al mismo tiempo. Casarse con el hombre que representaba todo lo que odiaba, a cambio de la venganza contra el hombre que mató a su hermano y traicionó a su familia.

-¿Y si me niego? -desafió ella, a pesar de que su corazón latía como un tambor.

Gabrielle se inclinó y rozó su cuello con los labios, un gesto que debería haber sido romántico pero que se sintió como la marca de un dueño.

-Si te niegas, te entregaré a Genaro y a sus hombres. Ellos no son tan... pacientes como yo.

Stella cerró los ojos, sintiendo que el nudo en su pecho se apretaba hasta la asfixia. Estaba entre la espada y la pared, entre un esposo despiadado y un destino de horror.

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