Portada de la novela Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras

Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras

7.8 / 10.0
Stella Costello es la única superviviente de su linaje tras una masacre atroz. Ahora, se ve obligada a vivir bajo el yugo de los Malone, sus enemigos jurados. Gabrielle, el gélido heredero del clan rival, decide reclamarla mediante un oscuro pacto de sangre en lugar de matarla. Atrapada en una convivencia forzada con el verdugo de su familia, Stella deberá elegir entre su plan de venganza o sucumbir a una pasión tan peligrosa como prohibida.
Resumen de Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras
Stella Costello es la única superviviente de su linaje tras una masacre atroz. Ahora, se ve obligada a vivir bajo el yugo de los Malone, sus enemigos jurados. Gabrielle, el gélido heredero del clan rival, decide reclamarla mediante un oscuro pacto de sangre en lugar de matarla. Atrapada en una convivencia forzada con el verdugo de su familia, Stella deberá elegir entre su plan de venganza o sucumbir a una pasión tan peligrosa como prohibida.
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Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras Capítulo 1

El sol de las cinco y media de la tarde agonizaba sobre la ciudad, regalando unos últimos destellos dorados antes de que la noche, negra y voraz, empezara a arropar las calles con su manto de sombras. En el callejón trasero del exclusivo Club Costello, el aire se sentía pesado, cargado de una humedad que presagiaba una tormenta inminente. El silencio habitual de la zona privada fue interrumpido por el sonido de unos pasos seguros.

Joe Malone, el gran patriarca de la segunda familia más poderosa de la mafia, caminaba hacia su auto con la confianza de quien se sabe intocable, un rey en sus dominios. No vio la sombra que se desprendió de la pared húmeda. El sonido de los disparos fue seco, rítmico y letal. Joe cayó sobre el pavimento frío sin un grito, y con su último aliento, la tregua de una década se derrumbó como un castillo de naipes.

-¡Joe! ¡No! -gritó Alfred, su guardaespaldas, lanzándose desesperado hacia su jefe, pero dos balas más le perforaron el pecho antes de que sus rodillas tocaran el suelo.

Tony, oculto tras la pesada puerta metálica del club, sintió que el corazón le martilleaba contra las costillas con una violencia ensordecedora. Con las manos empapadas en sudor frío, sacó su celular. Sabía que, si Joe Malone estaba muerto, lo que vendría no sería una simple guerra, sería un exterminio total.

-Joseph... -susurró Tony cuando finalmente obtuvo respuesta-. Es Joe. Está muerto. Y Alfred también. Alguien nos tendió una emboscada... ¡ya vienen hacia el club!

El grito de Tony fue cortado abruptamente por un estallido metálico. Pum. El silencio que siguió al otro lado de la línea fue mucho más aterrador que el propio disparo. La muerte había llegado a las puertas de los Costello.

En la mansión Costello, el lujo y la opulencia se sentían, de pronto, como las paredes de una tumba. Joseph irrumpió en el despacho de Pietro Costello con el rostro pálido y la respiración entrecortada.

-Pietro, debes salir de aquí ahora mismo. Joe Malone ha sido asesinado frente a nuestro club. Tony está muerto. Han empezado a cazarnos -anunció Joseph con voz trémula.

Salvatore, el heredero de los Costello y hermano mayor de Stella, se puso de pie de inmediato. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.

-Padre, yo me quedaré contigo -dijo el joven con la valentía indomable que siempre lo había caracterizado-. Joseph, ve por mi madre y por Stella. Ponlas a salvo de inmediato.

Stella Costello estaba de pie en el marco de la puerta, con el corazón apretado por un presentimiento oscuro. Escuchó a su padre hablar con una resignación que le heló la sangre en las venas. Pietro Costello, el hombre que nunca se doblegaba, acariciaba con melancolía un viejo anillo de oro.

-Hijo, ya estoy muerto -dijo Pietro, alzando la vista hacia Salvatore-. Mi intuición me lo dice. Esto no viene de afuera, es una herida interna, una traición desde las entrañas. Joe Malone no era un hombre fácil de derrotar, siempre fue cauteloso. Si él cayó, es porque alguien muy cercano le abrió la puerta del infierno. Cuida a tu madre y a tu hermana mucho más, Salvatore. Si ella cae en manos enemigas, su belleza será su mayor condena.

-¡No! -gritó Nursia, la madre de Stella, entrando a la habitación y envolviendo a su esposo en un abrazo desesperado-. No te dejaré, Pietro. Si alguien debe irse, son los chicos.

-¡Señor, ya están aquí! -el grito de Joseph fue la señal de partida.

El sonido de la guerra se trasladó de inmediato a los jardines de la propiedad. Salvatore tomó a Stella del brazo con una fuerza que le causó dolor, arrastrándola sin contemplaciones hacia el pasadizo oculto tras la inmensa biblioteca.

-¡Salvatore, suéltame! ¡Tenemos que volver por ellos! -supliqué ella, con las lágrimas quemándome las mejillas mientras luchaba por soltarse.

-¡No podemos, Stella! Se lo prometí a papá. ¡Muévete, per favore (por favor)! -rugió su hermano, empujándola hacia la oscuridad.

Corrieron por el túnel estrecho y frío, con el eco de los disparos retumbando en las paredes de piedra como truenos lejanos. Cada detonación se sentía como un golpe directo en el pecho de la joven. Al salir por el portón oculto en la parte trasera de la propiedad, un auto oscuro los esperaba. Pero no estaban solos.

-¡Tío Arthur! -exclamó Salvatore, soltando un suspiro de alivio que le devolvió el color al rostro-. ¡Gracias al cielo! Mi madre y mi padre... ellos siguen adentro.

Arthur, el hermano de Pietro y jefe de la policía, estaba allí, impecable en su uniforme azul, con una frialdad que hizo que Stella se estremeciera de puro instinto. No había alivio en sus ojos, solo una ambición oscura y calculadora.

-Lo sé, sobrino -dijo Arthur, levantando su arma con una lentitud tortuosa-. Están muertos. Y dentro de poco, tú también lo estarás. Lo siento.

Pum.

El mundo se detuvo para Stella. Vio a su hermano desplomarse, vio la sangre manchar el pavimento que tantas veces habían recorrido jugando de niños. Salvatore, su protector, su propia sangre, acababa de ser asesinado por el hombre que debía protegerlos. Stella se quedó petrificada dentro del auto, el grito se quedó atorado en su garganta mientras el terror le paralizaba cada músculo de su cuerpo esbelto.

Arthur se acercó al vehículo, con el cañón del arma aún humeante. Stella estaba lista para morir, deseaba hacerlo para no sentir aquel vacío insoportable. Pero una voz lo detuvo desde la penumbra.

-Arthur, detente -ordenó Genaro, el hombre de confianza de los Malone, apareciendo entre las sombras-. Gabrielle estará furioso cuando regrese de su viaje. Necesitamos algo para apaciguarlo mientras tu plan se completa. ¿Qué mejor trofeo que la hija de Pietro Costello?

Arthur guardó el arma y miró a su sobrina con un desprecio que le quemó la piel.

-Está bien, pero es tu responsabilidad -sentenció el tío-. No la subestimes, Genaro. Tiene el carácter y la inteligencia de su padre. Ahora, lárgate de aquí. Yo tengo que "descubrir" este desastre y activar la alarma. Soy el jefe de la policía, después de todo.

-Eres un hijo de perra -le gritó Stella desde el asiento, recuperando la voz entre sollozos desgarradores-. ¡Mi padre te ayudó siempre! ¡Cuidó a tu hijo! ¡Te juro por mi vida que lo último que verás al morir será mi cara!

Arthur ni siquiera se inmutó ante la amenaza.

-Cállala -ordenó con indiferencia.

Genaro no lo dudó. Su mano impactó con una fuerza bruta en la sien de la joven. El dolor fue agudo, un estallido de luces blancas antes de que la negrura absoluta la reclamara.

Cuando Stella abrió los ojos, el dolor de cabeza era casi insoportable. Estaba tendida sobre una cama enorme, envuelta en sábanas de seda que olían a un perfume desconocido, masculino y perturbadoramente frío. Se levantó tambaleándose, con la visión borrosa, y corrió hacia la puerta. Estaba cerrada con llave.

-¡Auxilio! ¡Sáquenme de aquí! -gritó, golpeando la madera con los puños hasta que sus delicados nudillos comenzaron a sangrar.

Mientras tanto, en la planta baja, Arthur y Genaro terminaban de pactar el destino de la joven Costello.

-¿Cuándo llamarás a Gabrielle? -preguntó Arthur, sirviéndose un trago.

-Ahora mismo. Debe creer que tú fuiste quien vengó a su padre matando a los Costello. Así podrás quedarte con los negocios legales y él con el poder absoluto de la calle -explicó Genaro con una sonrisa torcida.

Genaro marcó el número internacional. Al otro lado de la línea, a miles de kilómetros de distancia, una voz profunda, gélida y autoritaria respondió. Era la voz de Gabrielle Malone.

-Genaro, espero que sea importante -dijo Gabrielle-. Te he dicho mil veces que me llames "Señor Gabrielle". Mi padre te dio demasiada confianza.

-Señor Gabrielle... su padre ha sido asesinado. Joe ha muerto -informó Genaro, fingiendo pesar.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea que se sintió como el vacío gélido del espacio exterior.

-Llego en media hora, Genaro. Y más vale que los culpables ya estén bajo tierra, o tú estarás con ellos -sentenció Gabrielle antes de colgar.

Unas horas más tarde, en la habitación de arriba, la luz se encendió de pronto, cegando a Stella. Una chica delgada entró cargando una maleta. Stella la reconoció de inmediato a pesar de la neblina en su mente.

-¿Niña Stella? ¿Es usted? Soy Alicia.

-¡Alicia! -Stella la abrazó como si fuera su única tabla de salvación en un mar de sangre-. Mis padres... Salvatore... todos se han ido. ¿Dónde estoy? ¿Qué van a hacerme?

-Está en la mansión de los Malone, señorita. Su tío Arthur ha entregado todo. Él dice que ahora maneja los negocios de su padre, pero lo ha hecho bajo la bandera de Gabrielle Malone.

-Ese traidor... -masculló Stella, limpiándose las lágrimas con rabia-. No se lo pondré fácil, Alicia. Si voy a vivir con el enemigo, me aseguraré de ser su peor pesadilla.

-El señor Gabrielle acaba de llegar -susurró Alicia con un miedo evidente en los ojos-. Dice que se prepare. Va a llevarla al funeral. Quiere que vea con sus propios ojos cómo entierran a su familia junto a la de él.

Stella se miró en el espejo. Sus ojos grises, antes brillantes, ahora eran dos pozos de odio líquido. Se vistió de negro, ocultando el temblor de sus manos delicadas. No sabía que, en pocos minutos, en el pasillo de un funeral, el destino la haría chocar contra el hombre que iba a cambiar mi vida para siempre.

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