Capítulo 2

"¿Mmm...?", musitó Jonny, con la ceja levantada, mirándola con sorpresa e incredulidad.

Lainey rara vez le pedía algo. Siempre se había mostrado distante, como si estuviera por encima de las preocupaciones materiales.

Al notar su reacción, ella alzó la mirada y con una expresión tímida y huidiza, comentó: "¿No me dijiste una vez que esa villa tenía los alrededores perfectos y que podría servirnos de hogar cuando nos casáramos?".

El recuerdo de los dulces momentos que habían compartido en el pasado ablandó al hombre, que sin dudarlo asintió con la cabeza y respondió: "Si eso es lo que quieres, considérala tuya".

Eleanor observaba la nauseabunda escena con una sonrisa burlona. Momentos después, intervino: "Jonny, hace solo unos instantes me prometiste esa villa y ahora se la das a ella. ¿No te parece el colmo del descaro?".

Esas palabras tomaron por sorpresa al susodicho.

En los tres años que habían estado juntos, su interlocutora siempre había sido tranquila y complaciente; nunca se había atrevido a hablarle en ese tono.

"Es solo una villa. Tengo muchísimas propiedades. Elige la que quieras y te la transferiré", contestó él, con el ceño fruncido, sin ocultar su molestia.

"Señora Todd, si me permite quedarme con la villa, añadiré otros diez millones de dólares a su compensación", se sumó Lainey, al percibir el disgusto de su amado.

"Señorita Gilbert, ¿estás bromeando? Esa villa vale al menos sesenta millones de dólares en el mercado. ¿De verdad crees que puedes comprármela con diez millones?", respondió la otra, mirándola con desprecio.

Lainey se puso pálida. Con los ojos llenos de dolor, se volvió hacia Jonny y le dijo: "Eso no fue lo que quise decir...".

"Si tanto quieres esa villa, no me negaré rotundamente. Pero te diré cuál es el precio: Jonny deberá cambiármela por el diez por ciento de las acciones del Grupo Todd", la interrumpió Eleanor bruscamente, sin conmoverse por su actuación.

"¡¿Qué?! Señora Todd, ¿se volvió loca?", exclamó la otra, con la voz llena de incredulidad.

El Grupo Todd cotizaba en la bolsa, y el diez por ciento de sus acciones valía más de cien millones de dólares.

Esa petición era descabellada, y todos los presentes lo sabían.

"Eleanor, no pongas a prueba mi paciencia", dijo Jonny, con una expresión sombría.

"O me das las acciones o la villa. Tú decides", respondió la mujer, sin inmutarse por la amenaza.

La tensión en el ambiente se intensificó de repente.

Al percibir la creciente hostilidad, Lainey apretó con más fuerza el brazo de Jonny y suplicó en voz baja: "Olvídalo. Ya no quiero la villa. Mientras esté a tu lado, seré feliz, sin importar dónde vivamos".

Él se calmó ante esas palabras y su severidad se atenuó un poco. Mirando a Eleanor con frialdad, declaró: "Entonces, la villa será tuya".

Tras haber asegurado la propiedad que por derecho le correspondía, Eleanor perdió el interés en seguir discutiendo y comenzó a alejarse.

"¡Señorita Warren!", la llamó Lainey a sus espaldas.

Cuando la aludida se dio la vuelta, vio a la otra sonriendo dulcemente. "Gracias por cuidar de Jonny durante estos años. De ahora en adelante, me aseguraré de aprender a ser su esposa correctamente", dijo Lainey.

Aunque su tono era amable, cada una de sus sílabas representaba un desafío.

Eleanor la miró en silencio por un instante y, de repente, soltó una carcajada.

A grandes zancadas, regresó al escritorio, agarró la taza de café intacta de Jonny y arrojó el contenido directamente sobre ambos.

"¡Ah!", gritó Lainey cuando el líquido caliente salpicó su vestido blanco, manchándolo gravemente y dejándola desaliñada.

El traje hecho a la medida del hombre también estaba empapado. Con el rostro contorsionado por la ira, escupió: "¡Eleanor! ¡¿Te volviste loca?!".

La susodicha dejó la taza vacía sobre la mesa con deliberada calma y, sonriendo tensamente, contestó: "Fue un error. Acabo de ver algo repugnante y no pude evitarlo".

Sin dedicarles ni una sola mirada más, salió con seguridad, dejándolos solos en su desgracia.

Capítulo 3

Apenas Eleanor salió de la sede del Grupo Todd, su celular vibró con un mensaje de su mejor amiga, Lillian Brooks, que decía: "Hoy es mi cumpleaños. Sé que probablemente no puedas venir, pero quería recordártelo. Sinceramente, no sé qué hechizo te lanzó el idiota de Jonny para que te alejaras de todos".

"Mándeme la dirección", contestó la otra, sin pensarlo mucho.

Después de un momento de silencio, la pantalla de su celular se iluminó con un mensaje de texto.

"¿Qué demonios? ¿Qué pasa?".

"Ya firmé el acuerdo de divorcio", respondió Eleanor, moviendo sus dedos sobre la pantalla con calma y precisión.

"¡Dios mío! ¡Por fin se te cayó la venda de los ojos! ¡Quédate ahí, que yo iré a buscarte ahora mismo!".

...

Un elegante descapotable de color granate aceleró por la autopista.

Lillian, tras el volante, se bajó un poco los lentes de sol y le dedicó un silbido juguetón a Eleanor, antes de decirle: "Ya que por fin saliste de esa pesadilla, esta noche celebraremos en el Club Velvet. ¡Vamos a divertirnos!".

"De acuerdo", respondió su amiga con despreocupación, reclinándose en el asiento.

"¿Qué te impulsó a dejarlo finalmente? Déjame adivinar... la tal Lainey regresó, ¿verdad?", le preguntó la otra, incapaz de contener su curiosidad.

"Acertaste", respondió su amiga, con una sonrisa.

Lillian se quitó los lentes de sol y comentó con una sonrisa burlona: "En aquel entonces, Lainey se largó en cuanto él quedó en silla de ruedas. Y ahora que ha vuelto, la persigue como un tonto enamorado. ¿Crees que a Jonny se le dañó algo más que las piernas en ese accidente?".

"Es difícil saberlo".

"Y tú perdiste tres años enteros atada a ese inútil", continuó su amiga, indignada. "Menos mal que no tuviste hijos, o el divorcio habría sido una pesadilla".

Eleanor soltó una risa discreta y contestó: "Nunca hubo oportunidad de eso. Él y yo nunca dormimos en la misma cama".

"¡¿Qué?!", exclamó la otra, casi soltando el volante. "¡¿Me estás diciendo que estuviste casada tres años y nunca durmieron juntos?!".

La belleza de Eleanor resultaba innegable. Si lo que decía era cierto, ¿acaso Jonny era impotente?

"Se estaba guardando para Lainey", confesó Eleanor, a la que se le revolvió el estómago con solo pensar en esos dos. Al instante siguiente, dijo: "Ya basta de hablar de él. ¿Puedes dejarme primero en casa para que me cambie?".

"¡Por supuesto!".

A las ocho de la noche, el Club Velvet estaba en pleno apogeo. Era el local de ocio más grande de Elepdon, el sitio de encuentro para los ricos y poderosos, donde la extravagancia era la norma y una sola botella de vino podía costar cientos de miles.

"¡Esa es la Eleanor que yo recuerdo!", exclamó Lillian, con los ojos brillantes, al ver a su amiga.

Esa noche, la aludida llevaba un elegante vestido rojo que marcaba cada una de sus curvas. Su cabello suelto caía en ondas sobre sus hombros y llevaba los labios pintados de rojo, acordes con su vestimenta; su sola presencia atraía todas las miradas.

Una vez que Eleanor se sentó, Lillian le apretó rápidamente el hombro y le dijo: "Quédate aquí. Iré a buscar un vino de primera".

"Está bien".

El encanto de Eleanor era innegable. Incluso sentada inmóvil bajo las luces del club, su sola presencia atrajo las miradas de innumerables hombres.

De la nada, un rubio se le acercó con aire arrogante y sonrisa grasienta, diciendo: "Hola, hermosa. Supongo que debes estar aburrida por estar sola. ¿Qué tal si compartimos una copa?".

Del otro lado del local, Jonny entró acompañado de su hermana menor, Emma.

Desde una mesa cercana, Lainey levantó la mano y les gritó con una sonrisa serena: "¡Oigan, por aquí!".

Esta última se le acercó y le dijo con una expresión radiante de emoción. "Lainey, ¡no sabes lo feliz que estoy de que hayas vuelto! ¡Te extrañé tanto!".

"Yo también los extrañé", contestó la chica cálidamente, pero sin quitarle los ojos de encima al hombre.

Estaba a punto de atraerlo con otro gesto cuando la sorprendida Emma exclamó: "Jonny, ¡¿esa de allá no es Eleanor?!".

Su hermano giró la cabeza en la dirección que ella señalaba.

Allí, bajo las luces cambiantes, una figura llamativa descansaba en un taburete de la barra. Sus largas piernas, elegantes y fascinantes, quedaban al descubierto bajo el dobladillo de su vestido.

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