Portada de la novela Una Historia Interminable

Una Historia Interminable

9.6 / 10.0
Bajo el amparo de los Corsetti, Ayla Monroe sufre visiones de un puente y una voz que la persigue. Su mundo colapsa cuando la devoción de su primo Rhett se torna en una fijación turbia. Sin embargo, la llegada de River Callahan despierta memorias olvidadas sobre su origen. La verdad es cruda: ella es Hope Freissy Marsh, superviviente de una tragedia. Ayla debe decidir si reclamar su legado o huir de quienes pretenden someterla bajo su control.
Resumen de Una Historia Interminable
Bajo el amparo de los Corsetti, Ayla Monroe sufre visiones de un puente y una voz que la persigue. Su mundo colapsa cuando la devoción de su primo Rhett se torna en una fijación turbia. Sin embargo, la llegada de River Callahan despierta memorias olvidadas sobre su origen. La verdad es cruda: ella es Hope Freissy Marsh, superviviente de una tragedia. Ayla debe decidir si reclamar su legado o huir de quienes pretenden someterla bajo su control.
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Una Historia Interminable Capítulo 1

Ayla

-Ayúdame...

Me quedé paralizada a mitad de paso al oír aquella voz. Venía del río que pasaba bajo el puente que estaba cruzando. El corazón se me subió a la garganta.

Me incliné sobre la barandilla de madera, justo después del guardarraíl de hormigón, y entrecerré los ojos hacia el agua. Al principio solo vi ondas y destellos de luz en la superficie.

Entonces-un brazo. Una mano pequeña que se alzaba desesperada, seguida por la cabeza de un niño que rompió la superficie antes de volver a desaparecer.

Sin pensarlo, bajé corriendo por el sendero pedregoso hasta la orilla. Me quité los zapatos de un tirón, la mochila cayó al suelo, y me lancé de cabeza al agua helada.

Era otoño, y el frío me atravesó como cristales rotos, pero no me importó.

El niño jadeaba cada vez que lograba salir a la superficie. Tenía que llegar hasta él.

-¡Agárrate a mi mano! -grité, estirando el brazo hacia él. Parecía más pequeño y más joven que yo.

En cuanto sus dedos se aferraron a los míos, pataleé con todas mis fuerzas, arrastrándolo hasta que conseguí sacarlo a la orilla embarrada.

Nos desplomamos allí, sin aliento y temblando. Él se encogió sobre sí mismo, con las rodillas contra el pecho, tosiendo agua.

Me senté a su lado, escurriendo el agua de mi pelo, con la mirada fija en su rostro.

Era un niño regordete, con la cara redonda y llena de pecas. Tenía la piel pálida como un fantasma y los labios azulados.

-¿Cómo es que casi te ahogas aquí? -pregunté, todavía intentando recuperar el aliento.

No me miró a los ojos.

-Estaba... eh... buscando un pez dorado -murmuró con la voz temblorosa.

Parpadeé.

-¿Un pez dorado? ¿En serio? ¿En este río? Déjame adivinar... ¿unos chicos mayores te engañaron, verdad?

Su silencio fue suficiente respuesta.

-Sí, eso pensaba. -Suspiré, cogí mi mochila y saqué una chaqueta-. Toma, póntela. Es de mi hermano, así que te quedará enorme, pero te vas a congelar si no.

Dudó.

-Gracias, pero... ¿y tú?

-Yo estaré bien -respondí encogiéndome de hombros, intentando parecer dura aunque estaba temblando como un flan.

Me observó-de verdad me observó-y supe que sabía que estaba mintiendo.

Pero sonreí de todos modos.

Por alguna razón, verlo respirar con normalidad otra vez me hizo sentir mal por él, sobre todo después de admitir que lo habían engañado.

-Gracias -susurró-. Pensé que iba a morir.

-Dios es amable... al menos hasta que crecemos y aprendemos a vengarnos de quienes se meten con nosotros. La verdad, yo me habría comprado un pez dorado.

Soltó una pequeña risa, aunque no estaba bromeando. Lo decía en serio: tenía mucho más sentido simplemente comprar uno.

-Eh... ¿puedo saber tu nombre? -preguntó en voz baja.

-Hope -respondí-. ¿Y tú?

-River.

**

-River, ¡eh! ¿Otra vez en las nubes?

Mi voz rompió el silencio mientras cruzábamos el mismo puente, seis meses después.

River miraba fijamente por la ventana, perdido en sus pensamientos.

Parpadeó y se volvió hacia mí.

-¿Eh? Ah... perdona -murmuró con esa sonrisa tímida a la que ya me había acostumbrado.

Suspiré.

-Estamos a cinco minutos del aeropuerto y apenas has dicho una palabra.

Se encogió de hombros.

-Supongo que estoy... pensando.

-¿Pensando? ¿En qué? ¿En tu épica misión del pez dorado? -bromeé, sonriendo.

-Ja-ja, qué graciosa -murmuró-. Es que... me da pena que te vayas.

Eso me golpeó directo en el pecho. Mi expresión se suavizó.

-Oye, no me voy a otro planeta. Es solo Sicilia. Sabes que podemos seguir escribiéndonos, ¿no?

Se rió, pero la tristeza seguía ahí.

-Sí, pero no es lo mismo. Eres mi mejor amiga, Hope. ¿Quién más va a salvarme de los idiotas del colegio?

-Eh, quizá tú -le di un pequeño codazo-. Intenta defenderte un poco. Pero sí, seguiré pendiente de ti. Y ni se te ocurra ir a buscar peces dorados sin mí. ¿Prometido?

-Prometido. Pero más te vale volver mucho.

-Lo prometo.

Y entonces-todo explotó de golpe.

El coche dio un violento bandazo-los frenos chirriaron. Salimos despedidos hacia delante; mi cabeza se sacudió.

-¿Qué demonios, Claude?

-¡Señorita Marsh, agáchese!

El cristal estalló. Algo caliente me cortó la frente. Sangre. Me la toqué, aturdida, y me agaché cuando otro disparo resonó.

Me volví hacia River, agazapado junto al asiento, temblando. Le agarré el hombro, intentando que ambos mantuviéramos la calma.

-Tengo miedo, Hope -susurró.

-River, escúchame... ¡canta! ¡Ahora mismo!

Los disparos desgarraban el aire. Me zumbaban los oídos, pero me aferré a su mano.

-¡Canta "Never Say Never"! ¡Fuerte! Bloquéalo todo, River-concéntrate en mí, no en las balas.

Las lágrimas corrían por su rostro. Le temblaban los labios, pero empezó a cantar-suave al principio. Me uní a él, forzando mi voz temblorosa, intentando ahogar el sonido de la muerte a nuestro alrededor.

La voz de Claude gritó desde delante, presa del pánico.

-¡Aguante, señorita Marsh! ¡Nos encargaremos de ellos!

Busqué a tientas mi bolso para llamar a mi padre, pero había desaparecido. El pecho se me encogió de pánico. Solo teníamos diez años. Éramos niños. ¿Qué podíamos hacer?

Entonces una voz que no reconocí cortó el caos. Fría. Despiadada.

-Hay dos niños atrás.

La puerta se abrió de golpe. Claude no se movía-la sangre cubría el asiento.

Una mano brusca me sacó a rastras.

-¡Suéltame! ¡Mi padre te va a destrozar por esto! -grité, forcejeando.

-¡Cállate, mocosa! Vales una fortuna -gruñó el hombre enmascarado.

Le clavé los dientes en el hombro. Maldijo y me soltó. Eché a correr, desesperada por volver junto a River.

Pero algo duro me golpeó el lado de la cabeza.

Todo se volvió borroso. Las piernas me fallaron. Los pulmones se me cerraron.

Entre la neblina, el rostro aterrorizado de River parpadeó ante mí-su mano extendida, desesperada.

-River... no olvides tu promesa... -susurré, justo antes de que la oscuridad me tragara por completo.

**

Me desperté empapada en sudor. La aguja larga del reloj señalaba el cinco; debían de ser las cinco en punto. Otra vez el mismo sueño.

Había sido el mismo durante diez años, y aún no tenía idea de por qué me perseguía, sobre todo cuando ni siquiera formaba parte de mi pasado.

El chico siempre aparecía, pero nunca lograba ver su rostro con claridad. Me llamaba por otro nombre-uno que no era el mío.

Y yo... por alguna razón, siempre sentía la necesidad de descubrir por qué aquella niña había tenido el valor de salvar al chico.

Hope... un nombre que encerraba un deseo hermoso: que su historia nunca terminara como en mis sueños.

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