Portada de la novela Una gordita en apuros

Una gordita en apuros

9.3 / 10.0
Diana ha ocultado su amor por Bruno, su mejor amigo, durante mucho tiempo. Ante la idea de que él es inalcanzable y el miedo a la soledad a sus veintiocho años, decide buscar una oportunidad con Adán, un colega del trabajo. Sin embargo, un viaje imprevisto altera sus planes. Entre situaciones cómicas, pijamas y una habitación compartida, los celos de Bruno emergen con fuerza. Ahora, Diana debe decidir si entregará su corazón a su amigo de siempre o a su compañero.

Una gordita en apuros Capítulo 1

Lo tenía frente a mí, Adán era todo lo que yo había soñado desde que comencé a trabajar en la empresa y lo vi por primera vez.

Él era un hombre demasiado guapo para alguien como yo, no había fémina que no volteara la vista al observarlo pasar. Con ese cabello negro y sus ojos verdes, ese cuerpo perfecto y esa sonrisa era capaz de derretir a cualquier mujer y yo no era la excepción.

No podía creerlo, cómo un día en la empresa se podía convertir en una experiencia tan excitante. Yo solo entré en su oficina para llevarle unos documentos que necesitaba y de pronto todo se volvió irreal.

Él me miró de una forma extraña, una que no supe definir por mi falta de experiencia con el sexo opuesto.

—Yo…Hmm, Karen me envió a entregarte estos documentos, me dijo que los necesitabas para ayer. —Me cubrí la boca con la mano e intenté ocultar la sonrisa enamorada que afloraba en mi rostro cuando lo tenía frente a mí.

Su sola presencia me hacía ponerme muy nerviosa y no lograba hilar dos pensamientos coherentes.

—Acércate, Diana, no te quedes en la puerta —su tono de voz era ronco, sensual, tan adictivo que provocó que mis piernas temblaran de anticipación.

¿Por qué me veía de esa forma? Su mirada era la de un lobo al acecho para cazar al regordete y torpe conejo. Y yo estaba tan nerviosa por encontrarme en aquellas cuatro paredes con él, que mi instinto de supervivencia me decía que me diera la vuelta y corriera de vuelta a mi escritorio.

No obedecí a esa voz interna que me gritaba que huyera, hice todo lo contrario.

Me acerqué con lentitud y sin tener la fuerza para mirarlo a los ojos. Cuando llegué al escritorio coloqué los documentos sobre el mueble y me atreví a alzar la mirada. Lo que vi me dejó más temblorosa y debía reconocer que muy excitada.

—S-señor…

—Adán, no me digas señor que siento que me hace parecer mayor. —Él se levantó del asiento y antes de que yo pudiera retroceder se acercó a mí.

Dios, ¿qué estaba ocurriendo? Invadió mi espacio personal y lo sentí muy cerca de mi espalda. Se había colocado detrás de mí y me tenía cercada con ambas manos colocadas sobre el escritorio.

—Adán —susurré—. ¿Qué haces?

Que hiciera lo que él quisiera, me dijo esa pervertida interna que llevaba dentro. Si él quería y me rozaba un poco más, estaba dispuesta a entregarle mi virginidad y mi vida si así lo deseaba.

—Me encanta cómo hueles —dijo, y se acercó a mi cuello para comenzar a olfatear mi perfume—. Siempre me has gustado, ¿lo sabes?

—¡¿Yo?! —grité con una voz aflautada por la sorpresa y los nervios.

—Sí, tú, ya no puedo soportar más estas ganas de tenerte. Cada vez que te veo paseando por la empresa como si no fueras consciente de lo duro que me pones… —Adán me sostuvo las caderas y apretó su erección contra mi trasero—. ¿Lo sientes? Diana, hoy no pienso dejar que te escapes, voy a follarte tan duro que todos escucharán tus gritos de placer.

Agradecí que ese día había tenido la maravillosa idea de ponerme una falda. Él era un sueño hecho realidad, el hombre perfecto, no podía creer que aquello me estuviera sucediéndome a mí. Puede que hubiera preferido una invitación a cenar, una noche de seducción y después una cama mullida en la que perder mi virginidad, pero si tenía que suceder sobre un escritorio que así fuera. Tenía veintiocho años y no era posible que me siguiera manteniendo virgen. De ese día no pasaba, la Diana tímida la iba a guardar en algún lugar recóndito de mi mente, e iba a mostrar a la mujer que ardía en deseos porque ese tremendo hombre la hiciera suya.

Me di la vuelta entre sus brazos y él me lo permitió. Quería verlo, observar y deleitarme con ese rostro tan masculino y ese cuerpo musculoso. No podía perder detalle, si aquello solo iba a suceder, yo iba a guardar en mi retina cada instante.

Cuando estuvimos cara a cara sentí mi visión borrosa y por un momento el rostro de ese hombre espectacular cambió y comenzó a parecerse mucho al de mi mejor amigo, Bruno.

«Bruno, sal de mi mente, que ya te esperé por demasiados años», me regañé a mí misma y regresé a ese instante, en el que Adán, mi compañero de trabajo, me miraba con deseo y dispuesto a arrebatarme la virginidad.

Sus manos se metieron bajo mi falda y comenzó a alzarla para descubrir mi ropa interior. Gemí al sentir sus manos sobre mi piel desnuda y cerré los ojos un instante para dedicarme a sentir. Quería que me besara y como si mi mente le ordenara qué hacer, sus labios se apropiaron de mi boca y su lengua comenzó a enredarse con la mía en un beso apasionado.

Antes de que pudiera protestar, me había subido al escritorio y se encontraba entre mis piernas abiertas. Una de sus manos se había colado bajo mi blusa y acariciaba por encima del sujetador uno de mis pechos.

Nunca un hombre me había tocado de esa forma, sentía la humedad apropiarse de mi sexo y la necesidad de tenerlo dentro de mí.

—Por favor —supliqué sin avergonzarme, estaba tan excitada que no me importaba que estuviéramos en la oficina y que alguien pudiera vernos—. Te necesito.

Adán sonrió y su mano comenzó a subir por mi pierna hasta llegar a mi zona más necesitada. Apoyé las manos sobre el escritorio, me eché hacia atrás para darle acceso con más facilidad y cerré los ojos para dedicarme a sentir. Esperé por sentir su roce, quería que sus dedos jugaran con mi sexo húmedo y me llenara de esas sensaciones que solo había conocido acariciándome yo misma. Sin embargo, nada ocurrió.

Alcé el cuerpo y lo miré. De pronto una carcajada resonó en la oficina. La expresión de Adán ya no era de lujuria, era de burla.

—¿De verdad pensabas que alguien como yo podría desearte a ti? —De nuevo una carcajada resonó en mis oídos.

Me incorporé con rapidez, bajé del escritorio y comencé a recomponer mi ropa. Quería llorar, él me miraba con asco.

—Pero tú me dijiste… Tú querías —balbuceé, para mi propia vergüenza.

Intenté que las lágrimas no hicieran acto de presencia, pero la humillación era demasiado grande.

—Oing, oing —dijo, y abrí mucho los ojos, sorprendida—. La cerdita te llamamos en la oficina, ¿de verdad creíste que yo me acostaría contigo? Eres una cerda, una gorda sin ningún atractivo. Cerda, cerda, cerda… —repitió una y otra vez.

Abrí los ojos con rapidez y ahogué un grito. En inmundo apodo que Adán me había puesto todavía palpitaba en mis oídos. Todo fue un sueño, o más bien una horrible pesadillas. A pesar de que todo fue irreal y una mala jugada de mi mente comencé a llorar.

Me cubrí la boca con las manos para que mis sollozos no fueran audibles. No quería que Bruno o Virginia pudieran escucharme en el silencio de la noche. Quería volver a dormir, olvidar esa horrible pesadilla y hacerle entender a mi cerebro que eso no había ocurrido.

Al día siguiente yo iría a trabajar y todo sería como siempre. Adán, mi fantástico y hermoso compañero de trabajo no se fijaría en mí ni para darme un saludo. Yo continuaría deleitándome con su imagen mirándolo desde mi escritorio y nada más.

Seguiría casta y pura, tan virgen como siempre y sin que nadie me amara. Esa había sido mi vida, el poco amor que recibí solo fue por parte de mi padre, porque mi progenitora se avergonzaba de mi aspecto y siempre intentó convertirme en alguien que no era.

Si para mi mala suerte la primera desgracia de mi vida me la provocó mi madre poniéndome un nombre que fue la burla de todos los niños de la escuela. Dolores Diana Parto García. Tuve que sufrir durante años que se rieran de mí llamándome Dolores de parto, Dolores menstruales, Dolores de estreñimiento, no importaba qué. Yo simplemente era la gorda Dolores, la fea de la cual reírse y burlarse. Me mataron la autoestima de tal forma que nunca logré tener una pareja, no era capaz de sentirme amada y creer que un hombre podría fijarse en mí.

Podía dar gracias a Bruno y a Virginia, mis mejores amigos y con los que convivía en el mismo apartamento. Bruno siempre fue mi primer amor, lo conocí en la universidad y fue imposible que una mente romántica como la mía no soñara con casarse con él y formar una familia.

Él era rubio, de ojos azules, arquitecto, guapo, con un encanto y una simpatía que era imposible no amarlo, pero con los años comprendí que él me adoraba, pero no de la forma en que yo quería. Así que intenté borrar esos sentimientos y quedarme con la hermosa amistad que teníamos. Al final, moriría solterona y sola, ¿quién iba a quererme a mí? Para mi suerte y mi estabilidad mental, ese enamoramiento con mi amigo se fue difuminando cuando entré a trabajar y conocí a mi actual compañero, el mismo que se había colado en mis sueños para hacerme pasar una noche horrible.

Miré el reloj y vi que todavía faltara una hora para que sonara la alarma. Intentaría descansar, tal vez si dormía un poco lograra sacarme de la mente el dolor que me había provocado esa pesadilla. Cerré los ojos y comencé a dejarme envolver por el calor de las mantas…

Dormiría y todo ese dolor iría desapareciendo.

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