Capítulo 2

Stephanie no se molestó en ir a Valleverde, donde vivían sus padres biológicos. En lugar de eso, arrancó su bicicleta eléctrica y regresó a su verdadero refugio.

Residencial Pinar parecía un complejo residencial como cualquier otro por fuera, pero oculto tras su sencilla fachada había un mundo de antiguos secretos.

Cuando Stephanie cruzó la entrada, el sistema de reconocimiento facial escaneó su rostro y la dejó pasar sin problemas.

Justo en ese momento, Hugo Curtis, que volvía con una caña de pescar al hombro y oliendo a agua fresca de río, la vio. "¡Hola, Stephie! Creí que te habías marchado para siempre".

Ella lo saludó alegremente con la mano. "Buenas noches, Hugo".

Él sujetó la moto por el manillar, ansioso por hablar con ella. "Llevas casi tres semanas fuera. Mi esposa está a punto de quedarse sin el medicamento que le recetaste, y las pastillas que me dieron los especialistas no le hacen ningún efecto a mi enfisema. En cambio, lo que tú me diste funciona de maravilla".

Stephanie asintió con un gesto tranquilizador. "He actualizado tu plan de tratamiento, así que no te preocupes por nada".

Todos en el vecindario sabían que, a pesar de su corta edad, los conocimientos médicos de Stephanie eran incomparables. Podía curar dolencias que ni siquiera los doctores del mejor hospital eran capaces de tratar.

Pero este no era un barrio cualquiera. La mayoría de los residentes tenían pasados interesantes. Hugo, por ejemplo, había sido un oficial de alto rango en el ejército.

Tras aparcar su moto, Stephanie dijo sin volverse: "Esta noche daré consulta". Acto seguido, subió las escaleras hacia su apartamento.

En cuanto llegó a su puerta, una suave voz femenina la recibió: "Bienvenida a casa".

Su apartamento era una maravilla de diseño moderno, elegante y repleto de tecnología de última generación.

Había invertido veinte millones en hacerlo exactamente como ella quería, una obra maestra de la que se sentía muy orgullosa.

Tras una ducha rápida, estaba a punto de relajarse con un juego en el celular cuando sonó su teléfono. Descolgó sin mirar quién llamaba.

"Corre el rumor de que por fin has roto lazos con los Clayton. Hemos recibido dos pedidos enormes. ¿Deberíamos aceptarlos?".

Al otro lado, Milly Wheeler, su mano derecha y asistente de confianza, fue directa al grano.

Stephanie sacó una Coca-Cola fría de la nevera, abrió la lata y murmuró: "De acuerdo, cuéntame".

"En primer lugar, los Walsh, los más ricos del país, acaban de publicar una recompensa de veinte millones de dólares por encontrar a su nieta, que lleva años desaparecida. Afirman que está en algún lugar de Krarville. Honestamente, es dinero fácil. No es algo que te cambie la vida, pero mantendría nuestra base de operaciones durante un mes".

Stephanie esbozó una sonrisa irónica. "Paso. No me interesa. ¿Qué más tienes?".

Milly sonó más entusiasmada. "Esta te va a gustar. ¿Conoces al legendario Waylon Elliott? Ofrece treinta millones si tú, como la legendaria doctora Clayton, aceptas un caso. Quiere a la mejor mente médica del mundo, y esa eres tú".

Los ojos de Stephanie se iluminaron. "Ahora sí que has captado mi atención. Dame los detalles".

"Es un pez gordo en Krarville y últimamente se le ha visto con el traficante de armas Rodrigo Sawyer".

Eso hizo que Stephanie se detuviera. "Así que por eso Rodrigo ha estado merodeando por mi alrededor. No pienso permitir que el mercado de armas de nuestro país caiga en manos de otro. Necesito reunirme con ese Waylon cara a cara".

"¡Va en serio! Es una gran oportunidad. Aun así, ten en cuenta que está reuniendo a todo tipo de especialistas de primera categoría en el Hotel Perla para una consulta conjunta".

La curiosidad brilló en los ojos de la joven. "¿Por qué tantos médicos? ¿Qué le pasa al paciente?".

"Los detalles son secretos, pero se rumorea que alguien cercano a Waylon está gravemente enfermo. Debe de ser algo importante para que él llegue a estos extremos".

Stephanie bebió un largo trago, saboreando el frío de la Coca-Cola. "Cuenta conmigo. Organízalo".

Cuanto más difícil era el caso, más alimentaba la curiosidad de Stephanie. Le encantaban los verdaderos desafíos, además de que necesitaba conocer a Waylon en persona y recuperar su negocio de armas.

A la mañana siguiente, con un día soleado y despejado, Stephanie salió de casa en su bici.

Casi una hora más tarde, llegó al Hotel Perla, ubicado en la zona más exclusiva de todo Krarville.

Los autos de lujo se alineaban uno tras otro, formando un desfile de riqueza y poder frente a la entrada.

Dentro, el personal del hotel bullía de actividad, mientras la seguridad de los Elliott coordinaba la llegada de doctores de renombre, figuras de la alta sociedad y políticos, todos deseosos de ganarse el favor de Waylon.

La bicicleta de Stephanie desentonaba por completo entre los pulcros sedanes y los relucientes todoterrenos.

Apenas encontró un lugar para aparcar, el gerente del vestíbulo, con el enfado dibujado en el rostro, se le acercó furioso.

"¡Oye! ¿Quién te crees que eres para aparecer en un lugar como este? ¡Lárgate de aquí!".

Stephanie mantuvo la calma, equilibrándose con un pie en la acera. "Soy médica. Vengo a una consulta".

"¿Tú? No me hagas reír". El gerente estalló en carcajadas, señalándola con incredulidad y desprecio. "Apenas pareces tener edad para votar. Es imposible que seas médica".

Girándose hacia los guardias de seguridad, gritó: "¡Ustedes dos, saquen a esta pueblerina y su trasto de aquí ahora mismo!".

Capítulo 3

Los dos guardias de seguridad se acercaron y, sujetando la bicicleta de Stephanie, se dispusieron a quitarla de en medio.

Ella no se molestó en oponer resistencia; ya había perdido la cuenta de cuántas veces la habían subestimado por su edad.

Con calma, sacó el celular, preparó el pulgar sobre la pantalla y declaró: "Esperen. Muéstrenle esto a los Elliott. Soy la doctora Clayton, me invitaron para una consulta médica".

La doctora Clayton era el nombre profesional que usaba en el Instituto Nacional de Biotecnología e Investigación.

Los guardias se encogieron de hombros, indiferentes. "¿Doctora Clayton? Nunca hemos oído hablar de nadie así. Anda, muévete y no sigas bloqueando la entrada".

Con un suspiro de resignación, Stephanie negó con la cabeza. No importaba lo lejos que hubiera llegado; siempre habría gente dispuesta a juzgarla por su apariencia.

Antes de que pudiera hacer un nuevo intento, una voz familiar interrumpió el alboroto: "¿Stephanie? ¿Qué haces aquí? ¿No se suponía que tenías que volver corriendo al campo?".

Al girarse, la joven se encontró cara a cara con Aimee.

Esta mostró una mueca de desprecio. "Lugares como este no son para alguien como tú".

Aimee, que recién comenzaba a estudiar pintura al óleo en la Universidad Veridia, había llegado al hotel con la esperanza de conocer al pintor Carlos Russell. Toparse con Stephanie allí era lo último que se esperaba.

El vestíbulo estaba lleno de gente famosa y Aimee sintió cómo sus mejillas se encendían al pensar que alguien pudiera relacionarla con Stephanie, cuya ropa sencilla y apariencia modesta contrastaban por completo con la elegancia de la multitud.

Desesperada por guardar las apariencias, Aimee intentó apartarla a toda prisa.

Stephanie apenas le prestó atención y se dio la vuelta sin dudar.

En realidad, la consulta de Waylon Elliott nunca le había importado, así que no tenía ningún problema en irse.

De pronto, unos gritos estallaron cerca de la entrada principal del hotel.

"¡Ayuda! ¿Hay algún médico? ¡Alguien acaba de desmayarse!".

La multitud rápidamente se amontonó alrededor del alboroto.

"¡Miren sus labios, se le están poniendo morados! Y tiene la cara pálidísima. No para de temblar. ¿Se va a morir?".

"Está empapada en sudor, lleva la camisa chorreando...".

Sin dudarlo un instante, Stephanie se montó en su bicicleta y aceleró hacia el centro del alboroto.

"¡Stephanie, ¿a dónde vas?!", gritó Aimee, apresurándose a seguirla.

Cuando Stephanie llegó al lugar, lo que vio la hizo detenerse.

En el suelo, una joven yacía con un lado del cuerpo visiblemente más grande que el otro, y sus rasgos faciales extrañamente desproporcionados. Su cuerpo temblaba intensamente, y sus extremidades se retorcían en ángulos extraños. Su boca y sus ojos se desviaban bruscamente hacia un lado y su expresión estaba completamente distorsionada.

La condición era inconfundible: un caso extremadamente raro de hemihipoplasia.

"¿Nació así?".

"Qué aspecto tan extraño tiene...".

"Por favor, todos hacia atrás. Soy médica".

Stephanie sacó su estetoscopio e inició un examen rápido pero minucioso: le revisó las pupilas a la joven y le auscultó el corazón y los pulmones.

Aimee observaba desde el borde del círculo, asombrada por la habilidad con la que Stephanie trabajaba. Finalmente, incapaz de contenerse, espetó: "¡Stephanie! ¿Qué demonios crees que haces? ¡¿Cómo te atreves a hacerte pasar por doctora?!".

La aludida le lanzó una mirada firme y respondió: "Cállate".

Sin dejarse afectar por la apariencia deformada de la joven, la apartó suavemente del sol y la colocó a la sombra.

Decidida a impedir que Stephanie se luciera, Aimee alzó la voz para que todos la oyeran: "¡Escuchen todos! ¡La conozco! ¡No es médica de verdad! Solo está fingiendo. Si la dejan seguir, ¡va a matar a esta pobre chica! ¡Hay que detenerla ya!".

"Pues parece que sabe lo que hace", comentó una mujer entre la multitud.

"Lleva un estetoscopio. Quién sabe, a lo mejor es doctora de verdad. No deberías juzgarla tan a la ligera". Un hombre asintió, dándole la razón a la mujer.

"¡Están equivocados! ¡Es imposible que sepa nada de medicina! ¡Va a matar a esta pobre chica!", gritó Aimee, con más fuerza si cabe, sin dar su brazo a torcer.

Se abalanzó hacia delante, intentando apartar a Stephanie. "¡Basta ya! ¿Acaso has estudiado medicina? ¡Apártate y no molestes!".

Sin perder la calma, Stephanie la miró directamente a los ojos. "Si no puedes ayudar, al menos no estorbes. No compliques más las cosas".

Ignorando el caos a su alrededor, abrió su mochila y sacó un botiquín metálico compacto, lleno de frascos, jeringas y herramientas estériles perfectamente organizadas.

Sacó un frasco blanco, extrajo una pastilla azul y, con mucho cuidado, ayudó a la joven a tomarla.

Los segundos pasaron lentamente. Las convulsiones amainaron hasta desaparecer por completo. Finalmente, la joven se quedó quieta, con la respiración ya regular y sosegada.

El silencio fue absoluto, hasta que Aimee gritó: "¡Stephanie, ¿qué has hecho?! ¡La mataste!".

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