Estaba ansiosa y no porque me tocaría hacer mis pasantías con un abogado como Sebastián Vega, sino porque con él aprendería mucho.
«¿A quién querés engañar? Ambas sabemos que es porque te morís de ganas por hacer realidad tus sucias fantasías»
Mi consciencia se encarga de traer a colación la cantidad de veces en que me he soñado teniendo sexo salvaje con él, aunque por lo poco o nada que se conoce de su vida privada, empiezo a coincidir en lo que dijo Ana, quizás es homosexual y por eso no se lo ha visto con ninguna mujer. Es más, recuerdo que hace unos meses, leí una nota en una revista importante del país, que lo vinculaban con un empresario importante de la moda, un tal Santiago Beltrán, con el que se había reunido en varias ocasiones y bueno, han deducido que tienen una relación sentimental, aunque francamente deseo que eso no sea real.
Con los nervios a flor de piel, decido escoger un atuendo que sea formal y sugestivo, porque deseo verme sensual, aunque claro, lo importante es la carrera, pero mentiría si dijera que no quiero que note mi presencia. Estoy ansiosa por llegar al estudio y ver que, impresión consigo de su parte.
Busco entre mis trajes formales, uno que me quede sexi, pero elegante.
Una falda por encima de las rodillas en color negro, una camisa abotonada hasta el cuello junto a un moño anudado y un saco del mismo color que la falda con botones plateados metálicos; unas medias de mi tono de piel, los tacos agujas de cuero y mi cartera de igual material y color predominante. Una cola alta, que aliso al final; hay humedad y mi cabello lo sabe. Unos aros de plata, que me regaló Ariana en mi cumpleaños, un poco de color en las mejillas, delineado sutil y labial rojo, pero no llamativo y ya estoy lista.
Pensé en si ir en mi auto, pasado de moda y desgastado por donde lo mires o ir en taxi, aunque no tengo mucho dinero, aun, no he cobrado mi sueldo y no puedo darme el lujo de gastar lo poco que tengo, así que me decido por viajar en colectivo.
Durante el viaje estuve hablando sola (Lo sé, pensaran que soy estúpida y créanme, en mi lugar estarían igual o más nerviosa) “ensayando” la manera en la que me presentaría, sin sonar lo desesperada que estoy por llamar su atención y porque me suceda lo mismo que en esas novelas que leo, cuando el millonario, se coge a la pobre o en mi caso y mi fantasía, seducir al abogado hasta tenerlo arrodillado ante mí.
«¿Y si es gay?» Me recuerda su consciencia, cosa que suplico a todos los santos porque eso no sea cierto.
Cuando estoy llegando al centro, siento mi corazón palpitar con fuerza, mis manos transpirar, mi respiración acelerarse y mis músculos contrayéndose ¡Esperen! Siento como algo me baja y me remuevo en mi asiento para disfrutar de esa sensación exquisita que me provoca el que mis fluidos “acaricien” mi ya hinchado clítoris.
Llevo mis manos al agarra mano del asiento que tengo enfrente y escondo mi cabeza entre los dos.
Estoy excitada, pensando en él me acabo de mojar y buscó, disimuladamente, intensificar el placer que me estoy regalando, al mover mis muslos y contraer mis músculos internos, cerrándolos a la nada.
El colectivo agarra un par de pozos y eso hace que salte unos pocos centímetros de mi asiento y el impacto produce que la acción de fricción entre mis piernas se sienta agradable.
Yo siempre digo, «Hay que hacerse el amor de vez en cuando, no dejarnos cohibir por lo que dice parte de la sociedad que nos juzgan y ven la masturbación como un pecado, como algo degenerativo» yo disfruto y lo utilizo mucho para desestresarme.
Con mis ojos cerrados y sumida en la sensación que todo esto me provoca, paso por alto la parada donde tengo que bajar y cuando me doy cuenta de ello, no sólo habían pasado 10 minutos y eso me atrasaba la jornada, más considerando que es mi primer día de pasantía y que no puedo llegar tarde, vamos muy mal.
Desesperada me bajo del colectivo y lo primero que hago es ubicarme.
Corrientes y Callao.
—¡Mierda!
Volver en colectivo haría que llegue todavía más tarde y tomar un taxi sigue siendo una muy mala idea ¿Qué hago?
Me paro en una esquina ¿Por qué? La verdad que espero un milagro ¿y creen? Los planetas están alineados a mi favor, o eso creo.
—Hola, preciosa.
Es normal o bien, no debería serlo, que un desconocido nos aconseja en las calles, como en este caso; un auto estacionó delante de mí y cuando bajó el vidrio de su ventana y se asomó no pude evitar suspirar.
1) Porque sinceramente estaba bueno.
2) Porque como siempre, alguna barbaridad me diría, aunque podría sacar algún beneficio.
—¿Qué queres? —respondo de muy mala gana y sin mirarlo.
—¿Queres que te lleve a algún lado, bonita?
No respondo, solo miro mi reloj y doy cuenta del poco margen de tiempo con el que cuento para llegar; él nota mi inquietud y sigue insistiendo.
—No te hagas rogar. Sabemos que estas apurada y soy tu única opción—dice, con una sonrisa de suficiencia en su rostro, que por supuesto no paso por alto. Hay que ser sinceros, el chico es lindo y aun sigo excitada—. Congreso está cortado.
De inmediato le dedico toda mi atención ¿Enserió? ¿Ahora por qué cortan?
No puedo evitar soltar un insulto mientras golpeó mi cintura con las palmas de mis manos, para luego posicionar una de ellas en mi frente.
El joven observa mi actitud y no puede evitar soltar una carcajada, yo le dedica una de “esas miradas” que podrían asesinar a cualquiera, pero a él parece no importarle.
—Por cómo estás vestida, intuyo que debes ir a un lugar importante, y por tu actitud infiero que estas llegando tarde. Vamos, yo te llevo. Sin compromiso.
Observó mi reloj y en 10 minutos ya tengo que estar en la oficina y estoy a unas 15 cuadras. Imposible llegar caminando. Aunque podría llegar corriendo… ¡NO! ¿Encima de llegar tarde, ir toda transpirar y desaliñada? No, eso no va a pasar.
Suelto un suspiro y vuelvo a observarlo mientras evalúo todas las posibilidades.
Viajar con un desconocido, pero poder llegar a tiempo con la ayuda de Dios o ir caminando y que sea lo que todos los Santos deseen.
—Vamos, no soy un asesino serial ni nada de eso —menciona y tomando en consideración todo lo que está pasando con las mujeres hoy en día, es un riesgo que no puedo tomar. ¿Y si algo me pasa? Aunque también me corre el horario.
¡Mierda, 9 minutos!
Yo sé que no debería hacer esto, y no pretendo ser ejemplo de nada así que ¡por favor, no hagan la locura que voy a cometer!
—Esta bien —admito derrotada y me subo.
—¿A dónde vamos, bonita? —me pregunta ejerciendo presión en el volante y atento a mis palabras cuando le contesto—. Bien, vamos entonces.
Suelto un suspiro y m permito bajar la ventanilla, pero él de inmediato me lo impide.
Lo primero que se me viene a la cabeza es que es un delincuente sexual y me maldigo por haberme subido al vehículo.
Internamente comienzo a gritar y mis ojos se llenan de lágrimas, rezo cerrando mis ojos y sin que me de cuenta y sin saber el por qué, él rompe en carcajadas al mismo tiempo que baja las ventanillas apretando un botón.
—¿Crees que pueda lastimarte? —inquiere y yo lo fulmino con la mirada. Entiendo perfectamente su expresión de burla, y es que lo hizo a propósito, disfrutó verme loca de los nervios por no saber qué es lo que iba a hacerme. No respondo, solo lo rebajo con la mirada y me quedó observando hacia la ventana, hasta que rompe el silencio—. Fabian, un gusto —. Veo que extiende su mano para que la tome y yo, pese a querer matarlo, pero agradecida por que me lleve hasta el estudio, estrecho su mano y con una sonrisa falsa es que prosigo a presentarme.
—Ariana —digo sin más y lo suelto y vuelvo a lo que estaba; él sigue hablando.
—¿Siempre estás molesta?
¿Estoy molesta?
¡¡¡CLARO QUE ESTOY MOLESTA!!!
Primer día de pasantía, tendría que estar sentada al lado del honorable licenciado Vega y sin embargo estoy en el auto de un desconocido…
«Pero está bien bueno, el desconocido» mi consciencia hace que mi atención se posicione en el joven que, pese a ser un idiota, no tiene la culpa de que esté llegando tarde. Hubiera traído mi auto, aunque esté feo y posiblemente no me dejen entrar al estacionamiento privado del edificio. En fin, me calmo.
—Es que estoy llegando tarde —explico mientras observo en detalle los lunares que tiene en el rostro.
—Deberías relajarte —propone y me echa una de esas miradas que puedo asegurarles hizo estragos dentro de mi ropa interior. Él lo habrá notado, porque enseguida fijó sus ojos a mis piernas, luego añadió—: ¿Te puse nerviosa?
El tono de su voz fue… ¿Sensual? No lo sé, pero debería estar ofendida. Sin embargo, me siento algo excitada.
—No, para nada —. Intento disimular lo que me provoca, pero caigo rendida tan pronto suelta un audible jadeo que hace fuerte impacto en mi zona sensible y las palpitaciones que me tenían presa en la inconsciencia regresan y no puedo evitar girarme hacia él y posar mis ojos sobre los suyos.
Por unos segundos, mientras esperábamos a que el semáforo nos deje paso, nos fundimos en una lucha de miradas.
Podía notar cómo el amarillo de sus ojos iba desapareciendo, puesto que el negro de sus pupilas iba tomando más dimensión, cuando quise darme cuenta, tenía frente a mí a un hombre cuyo rasgos y comportamiento es el de un animal salvaje que acecha a su presa, la observa en detalle, la estudia, la degusta con sus ojos y en cuanto menos se lo espera ataca.
No logro parpadear cuando se abalanza sobre mí y estampa sus labios contra los míos.
Un segundo más tarde, estamos pasando nuestras manos por todas partes.
Jadeamos.
Nos devoramos.
Deseo más.
Tomo su mano y sin mediar palabras la ubico debajo de mi falda y él comprende lo que deseo.
—¿Queres que te toque? —me pregunta agitado, una vez que nos despegamos para poder tomar aire.
—Si. Quiero que lo hagas —exijo con determinación, mientras me deslizo hacia delante y abro mis piernas para darle mejor acceso.
—Sacáte la ropa interior —me ordena mientras su mano que descansa en mi muslo es arrastrada hacia la cara interna y clava sus uñas. Lejos de provocarme dolor, solo quiero que vuelva a hacerlo porque lo que siento es agradable y todo repercute justo dentro de mi vagina, donde mis paredes se contraen y la lubricación aumenta en exceso.
Sin más, lo hago.
Retiro mi tanga negra y se la entrego justo en el mismo momento en el que el semáforo nos da acceso y los bocinazos nos avisan que debemos continuar.
Arranca el auto y observo lo que hace con la prenda.
Mi mente estalla al verlo llevársela a la zona entre la boca y la nariz y para mi sorpresa, saca su lengua y lame, degusta la parte donde estuvo mi vagina y reconozco el hilo de fluidos en ella. Podría haberme dado asco sin embargo me excitó como no se imaginan lo que hizo, luego se metió la diminuta prenda dentro de la boca lo oigo saborearla, se la saca y la guarda en su bolsillo.
Con estupor, observo todo lo que hace y sin darme cuenta cierro mis piernas y aprieto los muslos, haciendo que la sensación de placer se intensifique y sin pensarlo suelte un gemido, llamando su atención.
—Abrí tus piernas para mí —ordena y seducida lo hago.
Arranca el auto y mientras conduce cuela su mano libre por debajo de mi falda.
Recargo mi nuca en el asiento, cierro mis ojos y me dejo llevar por el placer que me genera sus caricias.
Dos de sus dedos recogen parte de mis fluidos desde mí entrada y los dirige directo a mi clítoris, donde la humedad facilita que resbalen.
Suelto un gemido cuando sus yemas empiezan a hacer circulitos sobre el y me estremezco cuando ejerce una fuerte presión; me hace gritar.
—Eso es, disfruta para mí Ariana, gemí fuerte.
Estoy abierta de piernas, sin prenda interior, con mis partes expuestas a un hombre que no sé quién es y me fascina como sus manos se apoderan de mi y solo me ha acariciado el clítoris.
Los movimientos van en aumento al mismo tiempo en que me pide que entrelace mis manos atrás de mi cuerpo.
No lo pienso, solo actúo.
El tener inmovilizadas mis manos hace que la excitación aumente y lo disfrute un poco más.
Me entrego a él, a su manera de tocarme, al modo en que logra excitarme y perder la noción del tiempo.
Me entre a él, a su manera abrazadora de regalarme placer y que no me importe nada más que lo que estoy deseado que suceda.
Me entrego a él y a sus modos en el que me posee, me marca, me hace gritar.
Me entrego a él.
Sé que los minutos van pasando, que estoy llegando tarde ¿Pero saben qué? Todos tenemos una debilidad y el sexo es la mía. De hecho, no sé si les conté que suelo masturbarme cada noche y no me avergüenzo de admitirlo. Es más, en más de una ocasión le he pedido perdón a Dios por lo que hacía, no podía mirarme al espejo porque me daba vergüenza.
Me sentía avergonzada de regalarme placer a mí misma ¿Pueden comprender la dimensión de eso? Me siento estúpida. Porque por muchos años he dejado que los prejuicios me hagan creer que lo que hacía con mi cuerpo estaba mal, cuando es normal y no debería avergonzarme de ello.
—Estas muy mojada. Si te lo pudiera meter, resbalaría tan fácil.
Escucharlo hablar así, provocó que me deslice un poco más hacia delante y flexione mis rodillas para abrirme un poco más y pedirle, ¡no!, suplicarle que me penetre.
El sonido de su risa no hace más que provocarme, acto seguido suelto mis manos para llevarme una a la boca y morderla, pero tan solo una fracción de segundos porque no sé cómo hizo que pellizcó mi clítoris generando un grito de dolor, rozando profundamente el placer.
—¿Qué acabas de hacer? —inquiero agitada.
—Dos cosas —, saca sus dedos de mi interior y se los lleva a la boca para saborearlos, yo me quedo con la boca entreabierta por el gesto que hizo con su lengua. —no me desobedezcas, si te digo manos atrás, es manos atrás.
—¿La segunda? —pregunto confundida y molesta por dejarme con un orgasmo a medias.
—Llegamos.
La expresión de mi rostro cambia bruscamente tan pronto dirijo mis ojos al edificio y delante, de mí y luego a mi reloj de muñeca.
—La puta madre, 8:05 de la mañana.
Me acomodo la falda y empiezo a recoger las cosas que deje caer a los costados del asiento por culpa de sus “dedos locos” y una vez que los tengo en mi poder, me bajo del vehículo y él se apresura en ir tras de mí y justo antes que pueda ser capaz de cerrar la puerta, me toma de la cintura y me estampa un beso.
No puedo evitar envolver mis brazos a su cuello y dejarme llevar por la excitación que aun me recorre el cuerpo.
«Mierda, sos tan débil que no se si dejarte disfrutar este contacto o arruinarte el resto del día» amenaza mi consciencia, pero no le hago caso.
La lengua de Fabian por poco y me hace un examen perioral e intraoral porque la pasa por sobre cada recoveco dentro de mi boca y es la primera vez que me besan de ese modo que me siento invadida, aturdida, colapsada… todos los verbos terminados en ada. Este hombre es fuego y yo quiero quemarme en sus brazos.
—Listo —me dice alejándose de mi boca y de mi cuerpo dejándome en transe con mis labios separados, mi respiración agitada, la cola de mi cabello totalmente desalineada y mi falda arrugada—. ¿Ariana? —siento que me llama, pero no puedo reaccionar, estoy excitada, con un orgasmo en puerta y con ganas de continuar lo que empezamos.
—Quiero acabar… —digo sin pensar; él sonríe de lado mientras saca de su bolsillo una lapicera, toma mi mano y en la cara interno escribe su número telefónico.
—Llámame esta noche y te prometo hacer que lo hagas—. Vuelve abrazarme y al hacerlo me acomoda la falda, no sin antes susurrarme algo en la oreja que me hace regresar a la vida—: Se te veía el culo.
—¿¡Qué?! —llevo mis manos a mi parte trasera cuando me percato que alguien de traje ha pasado justo a mi lado y Dios que deseo que no me haya visto el culo, aunque me temo que si lo hizo.
—Iba decirte, pero pensé que con el viento que hay te ibas a dar cuenta —comenta y no puedo decirle nada ¿Soy boluda? Si, lo soy ¿cómo no voy a darme cuenta? ¿Cómo no voy a sentir el fresquete en la cola?
No digo nada, acomodo mi ropa como puedo y me adentro al edificio con 10 minutos tarde y ruego a todos los dioses por que el Licenciado Vega no se encuentre en su oficina, que el piquete en congreso lo haya dejado varado.
—¡Dios, lo que sea, pero que llegue después que yo! —suplico mientras corro los 5 escalones hacia el hall donde me anuncio. —Buenos días, soy Cohen Ariana, estudiante de la facultad de derecho, alumna del doctor Galíndez —. La mujer chequea en su computadora mientras asiente, me pide el documento de identidad, el cual le entrego con expresión de desesperación y ella… ¿Se ríe?
—Es la pasante del Licenciado Vega ¿verdad? —me pregunta mientras no quita sus ojos de la computadora.
—Si, señorita y por favor, ¿se puede apurar?
¿Le habré dicho alguna mala palabra? Porque con sus ojos me fulmina sin piedad.
Como si fuera adrede, empieza a lentizar los movimientos de sus dedos sobre el teclado y mi paciencia, que ya cuelga de un hilo, se corta.
—Discúlpeme, pero estoy llegando tarde.
—Me di cuenta —contesta sin inmutarse si quiera y esperando a que la impresora imprima una planilla, la cual me entrega en mano, luego añade—: Debe llenarla.
—¿No puede ser después? —niega con la cabeza y se encoge de hombros.
Renegando empiezo a llenar los papeles, mientras arremeto un centenar de insultos que me trago para no darle el gusto de seguir riéndose de mí hasta que de pronto el sonido del teléfono me sobre salta.
—Licenciado… si, claro… lo siento, bueno. Enseguida la despacho. Adiós—
Mientras hablaba su mirada echaba fuego y si las mismas mataran estaría muerta en este instante.
Sonrío con malicia tan pronto me dice que puedo llenarlo cuando termine la jornada, luego me entrega la credencial con mi nombre y me informa que el Licenciado Vega me espera en su despacho, en el 7mo piso, al final del pasillo de frente al ascensor.
Sintiéndome la mujer más poderosa del mundo, sin saber por qué claro está, me subo en el ascensor y mientras espero a llegar al piso deseado puedo sentir los nervios mezclarse con la excitación que me dejó Fabian. También, que a maldita recepcionista me mantuvo 10 minutos con ella y ya perdí 20, por lo que estoy segura que Vega se enojará. Solo espero que sea un enojo pasajero y no se desquite haciéndome las prácticas un infierno.
Ni bien las puertas se abrieron el corazón se me subió a la boca y mi respiración se volvió agitada, así como si hubiese corrido una maratón.
Me sentía cansada, excitada y preocupada.
Caminé por el largo pasillo hasta quedar delante de una puerta con vidrio esmerilado y un pequeño cartel de bronce con letras doradas «Licenciado, Sebastián Vega»
Me mojé de solo leer su nombre y aunque podría regalarme un orgasmo en su nombre, decido no perder más tiempo y tocar la puerta.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Espero; nada.
¿Debo volver a tocar?
No sé, y me maldigo por ello.
¿Por qué me pone nerviosa, si aun no lo he visto, no he estado frente a él? Bueno, en teoría no lo estoy ¿No?
Me separa una puerta.
Yo vuelvo a tocar.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Espero… nada.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Yo sé que debí haber llegado temprano ¿pero no atenderme?
Me enojo y toda la excitación que les dije que sentía se esfumó.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Vuelvo a tocar; ya no me importa si se enoja, después de todo ¿No es un mal educado por lo que hace?
Insulto por lo bajo, hasta que escucho pasos dentro del estudio y antes de que pueda parpadear, la puerta se abre de manera brusca.
—Tarde, señorita Cohen —me dice sin hacer contacto visual conmigo porque esta observando su reloj.
—Lo siento —atino a decir, cuando me da la espalda y se dirige hacia su escritorio.
Lo sigo en silencio y cuando se detiene frente a una gran pila de carpetas, las toma entre sus brazos, se gira sobre sus pies y todavía sin mirarme me indica que lo siga.
Caminamos los pocos metros que separa lo que parece ser su escritorio con ¿el mío? Y deja caer lo que ahora me doy cuenta se trata de varios expedientes.
—Señor…
—Licenciado Vega —me interrumpe y por primera vez, fija su mirada sobre mí. Sonrío como tonta, pero él no hace una sola mueca, su rostro es inexpresivo y sin déjame decir nada, ni decirle mi nombre es que toma un expediente y lo eleva a la altura de mis ojos y dice—: Archivar —la carpeta impacta sobre el escritorio y me sobresalto por el ruido. No puedo procesar su reacción cuando empieza a repetir la acción unas 8 veces más. Cuando le queda una carpeta la cual sostiene en su mano y la tira sobre la mesa, pero a mi altura—. Vas a preparar una defensa para este caso y lo quiero mañana a primera hora—exige y me da la espalda.
«Creo que se enojó» me dice mi consciencia.
Mierda, va a ser una jornada larga e incómoda sin ningún final feliz a la noche.