Portada de la novela SOY LA PERVERCIÓN DEL JEFE

SOY LA PERVERCIÓN DEL JEFE

8.4 / 10.0
Un magnate implacable, cuya autoridad nadie osa cuestionar, encuentra en Ana a su oponente más feroz. A pesar del desprecio que siente por la arrogancia de su jefe, la joven estudiante de derecho se ve forzada a trabajar para él. Lo que inicia como una relación laboral hostil pronto deriva en una tensión peligrosa. Decidido a poseer lo que no puede controlar, él la convertirá en su mayor fijación hasta que la pasión logre vencer su orgullo.

SOY LA PERVERCIÓN DEL JEFE Capítulo 1

*****

Me sentía nerviosa. Era la primera vez que iba a ser parte de este tipo de juegos, aunque, a decir verdad, lo esperaba con mucha ansiedad.

Solía ser del tipo de mujer que pasaba horas fantaseando con cada línea de aquellos libros calientes que me encantaba leer; sin embargo, eso no era nada en comparación con lo que mi cuerpo experimentaría en unas horas.

Sabía que en la ciudad había un club en donde uno podía ir en pareja o soltero a experimentar diferentes practicas sexuales, por lo que, luego de pensarlo y meditarlo por mucho tiempo, estaba esperando a ingresar.

Dentro, el ambiente era fascinante y provocativo. Mujeres y hombres se disfrutaban sin inhibiciones, por un lado, y por el otro, quienes lo miraban fascinados.

Debía admitir que observar aquello provocaba en mi interior un deseo incontrolable por llegar al reservado y que comenzara el juego.

Según me habían explicado, una vez dentro de las sesiones, no teníamos nombre ni pasado e incluso, las sumisas teníamos prohibido poder ver al Señor. Así debíamos llamarlo.

Sabía que tan pronto estuviera dentro, debía despojarme de todas las prendas que cubrían mi cuerpo, y eso mismo hice.

Me tomé unos segundos para apreciar el espacio alrededor, pero con la poca luz que iluminaba el sitio, solo pude distinguir una tarima en el centro y bultos alrededor. Supuse que se trataba de los diferentes instrumentos de tortura sexual. Así conocía yo a esos objetos utilizados en este tipo de sesiones.

Una vez que me desnudé, recordé como debía esperar a mi señor y eso mismo hice. De rodillas en el suelo, mis manos con las palmas hacia arriba y mi cabeza mirando el suelo.

«Por nada del mundo debes mirar, a no ser que sea el señor quien se lo indique», recordé las palabras de la recepcionista de esta sección, por lo que no quería desobedecer. Pensar en que podría perderme de un momento altamente excitante era algo que no me perdonaría.

Los segundos de espera parecían eternos e incluso contaba para mis adentros hasta que el sonido de la puerta abrirse me sobresaltó.

Mi yo interior era un manojo de nervios y la emoción de lo que ocurriría después, hizo que una sensación punzante se alojara en el fondo de mi intimidad. Estaba ansiosa por comenzar el juego.

Aun tenía mis ojos a la vista, pero eso no dudó por mucho ya que, cuando él se acercó, se posicionó detrás de mí y tras su orden de cerrar mis ojos, la fría tela de seda me cubrió la vista.

Su cercanía hizo que todo mi cuerpo se erizara, y cuando habló, temblé.

—Ansioso de tenerte aquí—, señaló con sarcasmo y escuché como cerró la puerta. —Eres la primera que ha tenido el descaro de hacerme esperar. Eso no está bien ¿Qué crees que debería hacer contigo? —No dije nada. Hasta donde me habían informado, no se le permitía la palabra a la sumisa a no ser que sea el señor quien lo permitiera y no le he escuchado darme ese permiso. Un golpe en mis senos me sobresaltó y a continuación, su exigencia—: ¡Respóndeme! ¿Qué debería hacer por hacerme esperar?

—Castigarme, Señor—. Aunque tenía prohibido verlo, sabía que estaba parado delante de mí. Para ser sincera, no sabía si había dejado a propósito algo de visión, porque me di cuenta de que podía ver parte de sus pies desnudos y el borde de su pantalón de vestir.

Mi mente comenzó a divagar sobre cómo sería el resto de su cuerpo, y la imagen de un hombre en cueros, con el torso bien marcado y la cremallera de su baja, lo que hizo que, fantasear con el sabor de su enorme y grueso miembro erecto me hiciera agua la boca.

—Castigarte, ¿eh? —preguntó con vos enérgica y grave, mientras comenzaba a caminar a mi alrededor. Completó un círculo y medio hasta que al fin se detuvo en algún lugar fuera de mi línea de visión. Después de unos segundos de silencio, lo escuché caminar hacia uno de los estantes que contenían juguetes. Claramente sabía lo que quería, porque en poco tiempo estaba detrás de mí de nuevo, pidiéndome que colocara mis manos detrás de mi espalda para amarrarlas. Para entonces, mi vagina palpitaba y mi tanga estaba empapada—. Levántate —ordenó y procedió a ayudarme con la tarea. Una vez que me puse de pie, me acompañó hacia la mesa y me hizo inclinarme sobre ella, con la frente presionada contra la dura madera. Me quitó la prenda interior y se apartó de mi lado una vez más, solo para regresar poco después con una cuerda para atar mis pies a las piernas de la mesa, obligándolas a permanecer abiertas. Me mordí el labio inferior, encendida por la anticipación. » Cuando deslizó sus dedos dentro de mí, sintió la humedad caliente envolviéndolo y regodeándose, preguntó—: ¿Esto es para mí?

—Sí, señor —dije con una profunda necesidad de continuar con su toque y me lo concedió. Pegó sus labios a mi oreja derecha y buscó más profundidad, luego me recordó que las malas acciones siempre tienen consecuencias.

—Aun así, necesitas ser castigada —hizo una pausa y prosiguió—: veinte azotes. Dobles, por cada minuto que me has hecho esperarte…

—Fueron solo 10 —me quejé.

—Y otros cinco, por ser irrespetuosa. Acaso ¿debo recordarte que solo si te concedo la palabra puedes hablar? —negué con la cabeza y mordí mi labio inferior expectante a lo que ya sabía que me pasaría. De pronto algo apretó con fuerza mi pezón derecho y no pude evitar soltar un gemido. — Serán 25 en total, mi diosa.

Escucharlo nombrarme así, hizo que me estremeciera y aquel dolor intenso de sus dedos en mi pezón se sintió agradable.

Como recordaba, no estábamos autorizados a conocer nuestros nombres, pero tampoco me habían pedido uno por el cual me llamaría, por lo que, mi diosa, era bastante agradable.

Estaba perdida en mis propios pensamientos cuando, sin previo aviso, metió algo dentro de mí y comenzó a vibrar en su máxima potencia. Era un vibrador.

Jadee a viva voz.

—Sh… si gritas mucho, no podrás escuchar lo que deseo pedirte—me dijo y dió una fuerte palmada sobre mi sensible clítoris. —Debes contar, mi diosa —ordenó.

Escucharlo llamarme de esa manera me fascinaba. Me volvía loca.

La primera nalgada me tomó por sorpresa, a pesar de que sabía que venía. No picó demasiado, aunque dejó una sensación familiar de hormigueo en mi glúteo derecho. La sensación más impactante vino del vibrador, que logró presionar mi punto G y hacerme consciente de mi vagina húmeda y palpitante, entonces recordé que debía contar—: Uno— jadeé.

Como de costumbre, me dio la siguiente nalgada en el glúteo opuesto y la tercera entre mis piernas, haciéndome gemir —dos— y —tres—. Cada golpe picó un poco más que el anterior, pero la sensación de placer creció exponencialmente. Estaba tan excitada por las primeras tres nalgadas que mi discurso se volvió ininteligible después, los números que grité imposibles de entender. Las lágrimas cayeron de mis ojos, no tanto por el dolor en sí, sino por el esfuerzo que me llevó no llegar al orgasmo.

«Recuerda, solo debes liberarte si el señor te lo concede», recordé una regla excepcional. No quería hacer nada que me llevase a que ese frenesí de lujuria se acabara.

Si mi señor quería prolongar la tortura, entonces seguiré soportándolo.

—No puedes terminar—, me recordó con su voz dominante, luego de que me observara temblar descontroladamente a punto de alcanzar el éxtasis divino en sus brazos. No respondí, y él quitó de manera brusca el vibrador de mi interior.

—Maldita sea —se me escapó. Él tomó mi cuello con fuerza y me sorprendió con un violento beso.

Parecía que me iba a quedar sin aire, y él solo mordía sin delicadeza mis labios.

Sabía que me había hecho sangrar, a propósito, y fue eso lo que buscó, porque de inmediato se apartó de mí y dijo—: Tus modales, mi diosa, tus modales. —Se había retirado y maldije para mis adentros pensado que en que había arruinado nuestro primer y quizás, último encuentro, pero cuando regresó y se posicionó detrás de mí, sus dedos tocaron mi sensible clítoris y me hizo saber que este juego no había terminado—. Levanta la cabeza —exigió y pude sentir su erección haciendo presión contra mis glúteos. Me desesperaba por un poco de fricción.

Deseaba tanto ver. Quería arrancarme la venda de mis ojos, pero no me dejaba hacerlo y tampoco quería desafiarlo. Ya había hecho lo suficiente como para ganarme el boleto de salida y por alguna razón que desconocía, me había perdonado las dos veces en que falté a mi palabra y a su autoridad.

Sus manos acariciaron mis muslos internos, ante la palpitación insistente en mi vagina y el deseo desesperado por que de una buena vez arremetiera contra ella con extrema violencia. La espera me estaba matando. No era buena en ello y él parecía que me había estudiado al punto de disfrutar la frustración que me hacía sentir.

—¿Quieres que te toque? —me pregunto y su dedo a penas rozó mi hinchado clítoris. Mordí mi labio inferior, saboree mi propia sangre y me callé las ganas de gritarle que quería que hiciera mucho más que tocar—. Puedes hablar, mi diosa.

Entonces me sentí liberada al tener el privilegio de poder hablar.

—Si, mi señor. Por favor, tóqueme —y me lo concedió.

Me dolía el clítoris y tan pronto volvió a rozarlo con sus dedos, y me mordí la lengua para no gemir a viva voz, pero tan pronto él me otorgó el permiso de hacerlo, no me privé de romper sus tímpanos con mis alardeos de goce.

Con sus movimientos acelerados sobre mi hinchado clítoris y mis gritos de pasión, se podían oír los suyos.

Extendió mi humedad hasta mi trasero y una vez allí, se abrió paso por mi recto, lo cual me hizo encorvarme hacia atrás. Era virgen, pero mis fluidos facilitaron la penetración.

—¿Te gusta? —preguntó con voz ronca y solo asentí.

Su dedo entraba y salía cada vez con más rapidez y esa sensación electrizante que recorría mi cuerpo, se alojaba con gran intensidad en mi centro. Me moría por sentir su duro pene llenarme, pero cuando más lo dilataba, más me desesperaba.

De momento a otro, deja de tocarme y se retiró. Maldije por dentro su ausencia, pero sonreí al sentir su presencia tan cerca.

—¿Quieres terminar, mi diosa? —sabía a lo que se refería y asentí jadeando. —Contesta, mi diosa —insistió en escucharme y yo, lo hice.

—Por favor, mi señor. Quiero sentir su hombría dentro de cada uno de mis orificios.

Podría jurar que mis palabras surtieron efecto en él, porque tan pronto las dije, sus uñas se clavaron en mis muslos y antes de que pudiera decir algo más, sentí una sensación áspera acariciarme desde la vagina hasta el ano.

—¡Qué sabor! —dijo y sentí la punta de su lengua hurgar en mi interior, luego se alejó y frotó algo pequeño contra el interior de mis labios inferiores antes de empujarlo dentro de mi trasero: un dildo anal. Siseé de placer. Gracias a la humedad de mis fluidos y su saliva, el instrumento resbalaba con gran facilidad y durante largos minutos se mantuvo así. Intercalando entre su lengua y el dildo, hasta que al fin habló—: ¿Quieres terminar, mi diosa? —volvió a preguntar y como sabía que debía responder, lo hice de inmediato.

—Por favor, mi señor—, modulé. Luego sucedió algo que esperaba con muchas ansias.

Se arrodilló detrás de mí y me desató. —Ven conmigo, entonces—, ordenó. Me agarró del brazo y me guió hacia algún lugar de la habitación donde me depositó. Era una cama. Me quitó el brazalete de cuero de la muñeca derecha y me dijo que me acostara boca arriba, con los brazos estirados por encima de la cabeza. Luego, procedió a pasar el brazalete de cuero todavía atado a mi muñeca izquierda detrás de uno de los postes de hierro de la cabecera y volvió a unir mi mano derecha. Arrastró mi cuerpo hacia el final de la cama para que mis brazos estuvieran lo más estirados posible.

—Estoy ansiosa, mi señor —le dije y un fuerte golpe en mi glúteo derecho me recordó que no se me había concedido el derecho de hablar.

—No sé qué haré con tu desobediencia. Trabajaremos con ello luego —advirtió y siguió jugando, pero luego de unos breves minutos, volvió a golpear y habló—: Dime, ¿Qué debo hacer contigo, Ariana?

En el momento en el que escuché mi nombre todo se detuvo a mi alrededor. ¿Cómo es que sabía cómo me llamaba? Y de ser así ¿Conocía a ese hombre?

No me podía concentrar producto de la inquietud de no saber si podría ser alguien que conocía, pero él quería seguir divirtiéndose, por lo que, se dirigió hacia mis piernas y las abrió con las manos. «¡Oh, como me encantó cuando hizo eso!», pensó mi yo pecaminoso y adicta al sexo. Luego, me esposó el tobillo derecho; a qué, no podía decirlo. Una vez que repitió el proceso con mi tobillo izquierdo, estaba casi seguro de que era una barra separadora. ¡Definitivamente mi juguete favorito! De repente, escuché un clic y mis piernas se abrieron, dándole acceso completo a mi intimidad. encerado y confirmando mi sospecha.

El resto de la noche fue muy placentera. Me hizo venir con su boca, sus manos, un vibrador y finalmente su polla. Mis piernas se sentían como gelatina cuando terminó conmigo.

—¿Quieres saber quién soy, Ariana? —volvió a sembrarme el miedo. ¿quién sería?

Una parte de mi esperaba con ansiedad ir a otro nivel, pero la otra se moría de ganar de ver su rostro.

—Por favor, mi señor —mantuve mi papel, abnegada a mi amo.

El carcajeó, y escuché romperse el estuche del condón. A estas alturas, poco me importaba saber de quién se trataba, solo quería su dureza clavándose una y otra vez en mi interior.

—Voy a cogerte tan fuerte que borraré de tu cuerpo los rastros de quienes estuvieron antes de mí —ubicó su pene en mi entrada y de una sola estocada se abrió paso ante mí.

Durante largo rato estuvo penetrándome con fuerza, arrancándome gritos de placer y obligándome a pedirle más, pero en medio del acto algo extraño ocurrió, y es que comenzó a pronunciar mi nombre incontables veces y de buenas a primeras me arrancó la venda de los ojos y pude verlo.

—Sebastián —dije con incredulidad al mismo tiempo que sus gemidos se empezaron a oír más lejos, luego un ruido estruendoso que hace que cierre mis ojos y todo se vuelve confuso.

Sus gemidos se pierden, de repente mis manos cubren mis orejas sin entenderlo, ¿acaso no las tenía inmovilizadas?

«Rin… Rin… Rin»

Abrí los ojos y comprendí la realidad.

Había sido un sueño, y el asunto no fue el hecho de que amanecí mojada, francamente me solía pasar; pero la diferencia fue que, por primera vez, el hombre de mis sueños tenía rostro y no cualquiera.

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