No era necesario prender la luz de la habitación para darme cuenta de que Dante tenía en cuatro a la morena encima de su cama. Sus siluetas los delataba, pero de pronto aquella imagen se difuminó con rapidez al ser descubiertos en plena intimidad. Aparté la vista e ingresé como si nada: fría y seria mientras escuchaba blasfemias y el puro desconcierto hecho palabras de esas dos personas que no sabían qué demonios estaba pasando.
—¡Aria!¡¿Por qué siempre pasas sin tocar?! —el grito de Dante, prepotente y furioso repercute en mi oído, pero paso de él.
—¿Es tu novia? —le pregunta la chica a él, consternada y completamente avergonzada —¡Me largo! Dios, siempre me toca puros infieles. Lo siento chica, no sabía que era tuyo.
—¡¿Qué?!¡Ella no es mi novia, espera...!
Escena siguiente, escucho el portazo de la conquista de Dante largándose.
Ingresé al baño compartido que tenemos en nuestra habitación y así, encerrarme en él para poder desmaquillarme y sacarme ese vestido tan apretado y molesto que me hace sudar de repente por los nervios. Incluso resulta asfixiante.
—¡¿Por qué siempre me haces lo mismo?! —me grita él, consumido por la ira —¡Hemos charlado sobre esto Aria y me prometiste que no entrarías de esa forma cada vez que estoy con alguien!
La luz blanca del baño me enceguece un poco hasta que logro acostumbrarme y por fin veo mi rostro en el espejo. Estoy tan pálida que no me reconozco. Me quito los zapatos y me aflojo el corsé bajando el cierre.
La mancha de rímel cae como lluvia negra desde el borde de mis ojos hasta mis mejillas. Parezco un mapache, pero no me importa. Incluso mis ojos color avellana resaltan por lo cristalinos que están. No recuerdo en qué momento me puse tan ebria al borde de no recordar cuándo me he puesto a llorar de tal forma para mancharme el rostro con maquillaje. Incluso mi labial rojo se había corrido por meterle un gran beso fogoso al falso pirata Dante.
—¡Di algo!¡Al menos discúlpate! —insiste Dante detrás de la puerta.
Estoy tan cansada de sus gritos que tomo el picaporte con tanta rabia que abro la puerta con brusquedad y lo encuentro de pie con los brazos cruzados. No tiene sudadera, por lo que veo su abdomen marcado y sus pectorales con la piel de gallina. Tiene el cabello desarreglado y está mordiéndose el labio inferior, conteniendo la rabia.
La habitación está a oscuras, por lo tanto, la luz del baño ilumina parte de ella.
Su semblante furioso se afloja un poco en cuanto nota que estuve llorando. Frunce el entrecejo, confuso.
—¿Qué diga algo? —me rio, irónica, mientras me suelto la maldita coleta del cabello y mi cabello cae como cascada sobre mis hombros—¡¿Es que mi actitud de mierda no te ha dicho lo suficiente, Dante?!
Me mira, sin saber qué decir.
—¿No te dice absolutamente nada cada vez que interrumpo cuando follas? —me cruzo de brazos, sin importarme la pinta que tengo y me acercó a él poco a poco con el corazón en la boca —¡¿No te dice nada?!
—¡No! —espeta —¡No soy adivino, Aria!
Por un segundo, tan sólo por uno, quiero decirle lo que siento, cuanto lo amo. Cuánto he llorado por él en interminables noches, cuánto he soñado con que él me correspondiera. Pero sé qué si él sintiera algo por mí vendría a buscarme y me lo diría. Porque Dante es eso, alguien que sabe lo que quiere.
Y yo no soy lo que él quiere.
—Y tan inteligente que pareces—le digo en voz baja, al borde de romper en llanto nuevamente —. Ve a follar a otro sitio, ten respeto por mi maldita sea.
Estoy a punto de cerrar la puerta para no verlo, pero él me lo impide, colocando su mano en ella y obligándome a que no lo haga. Me sobresalto.
—Estás celosa —afirma, asintiendo con lentitud, como si se castigara así mismo por descubrirlo tarde —Aria Evans estás celosa de mí.
De pronto hay un brillo malicioso en sus ojos que no logro descifrar a qué emoción refiere.
Meneo la cabeza y comienzo a reírme, eufórica por culpa del nerviosismo absurdo que me consume poco a poco. De pronto me encuentro mareada y quiero escapar de su intensa mirada fija, divertida y que espera una respuesta antes de creerme loca.
—Eres mi amigo ¿cómo voy a estar celosa de...? —vuelvo a romperme a carcajadas, hasta que esta va cesando poco a poco en cuanto noto que Dante comienza acercarse a mí con cierta precaución y en silencio.
Se acerca cada vez más, al borde de que su pecho desnudo queda a la altura de mis ojos y su respiración golpea contra la coronilla de mi cabeza. Jamás ha estado tan cerca. No soy capaz de levantar la mirada porque estoy hipnotizada por su piel tan estirada. Tan suave. Evito la tentación de pasar uno de mis dedos sobre ella.
—Aria, mírame.
—No —musito, lastimada.
—¿Qué sientes por mí? —su voz se vuelve profunda, curiosa.
—¿De qué te sirve saberlo, Dante?
—Podría llegar a entender muchas cosas.
Siento un ligero escalofrío en el cuello en cuanto posa un dedo suyo por debajo de mi mentón y levanta con cuidado mi cabeza, obligándome a que lo mire.
Meneo la cabeza, echándome hacia atrás en todo ello.
—¿Qué demonios estás haciendo, Dante? —me echo hacia atrás, aturdida—¿Quieres besarme cuando hace sólo dos segundos estabas montándote a otra?¡¿Por quién me tomas?!¡Yo no quiero algo pasajero, no así!
Salgo del baño hecha una furia, empujando la mitad de su cuerpo al salir y focalizada en buscar ropa muchísimo más cómoda que aquel vestido carísimo. Dante enciende la luz de la habitación, descolocado y me quedo tiesa al ver su cama hecha un desastre y un condón anudado en el suelo.
—Dormiré en otro sitio. Lo siento, Aria —me anuncia, apenado.
Estoy tan concentrada buscando en mi cajonera algo qué ponerme para dormir que lo último que escucho de él es tomar su ropa y marcharse antes de que aquella pelea pase a otro nivel.
Lo siento Aria.
Malhumorada, comienzo a llorar en silencio, sintiendo las lágrimas calientes. Me arde la garganta de lo encabronada que estoy. Todas mis ilusiones sobre tener algo con él aquella noche se esfumaron frente a mis ojos. Nadie puede darse una idea de lo horrible que me siento al ser rechazada de esa forma.
Demonios, cuánto me hubiese gustado que Dante me amara y no que tuviera la intención únicamente de acostarse conmigo. Seguro no se sintió satisfecho con la otra chica y quiso terminar lo que había empezado, pero conmigo.
Me coloco mi pijama, apago la luz del velador y me hago un bollito en la cama. Lloré hasta quedarme dormida.
Lo primero que hago en la mañana es abrir los ojos y compruebo que Dante no ha pasado la noche aquí. También noto que en el suelo no sigue el condón tirado. Supongo que lo ha levantado y tirado antes de marcharse. Se me pasa la idea loca de ir hasta el cesto de basura y comprobar que lo tiró allí.
Estoy loca. Los pensamientos de la mañana nunca suelen ser buenos.
La luz del sol se traspasa por las blancas cortinas, iluminado toda la habitación. Las paredes blancas con cuadros colgados resaltan por el choque de la luz del sol y el cristal de estos.
Hay fotografías con mi familia en mi pared, y en la pared de Dante hay pósters de AC-DC con sus respectivos cantantes. Dante siente una gran admiración por ellos y siempre los oye mientras estudia. Todavía no entiendo cómo lo hace. Yo con música no suelo estudiar. Me desconcentra.
Ambos tenemos un escritorio para cada uno. Mientras que mis apuntes y libros están desacomodados y tirados allí como si nada sobre la madera oscura, Dante es más ordenado y si algo tiene polvo lo limpia de forma inmediata.
Ojalá fuera así con los condones, pienso, regañadientes.
La habitación es mediana. Cabemos los dos. Aunque a veces creo que no. A veces quiero sacarlo de allí y otras quiero tener la suerte de que me invite a su cama a escuchar música a través de los auriculares.
Mi amor por él va más allá que un revolcón. Y a veces eso me asusta. Muchísimo.
Trato de pensar en lo que debo leer para mi próximo examen para que Dante no sea mi primer pensamiento de la mañana, pero...tampoco quiero hacerlo. No se me apetece.
Sigo durmiendo. Los odios a todos.
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Un magnifico y glorioso nueve. Aún no me lo creo. Estoy entre procesarlo y aceptar que he sido magnifica estudiando todos los temas diversos de Biología Humana. Me quedo boquiabierta al ver mi nombre en la lista. Mi nombre junto a un nueve.
—¡Eres una hija de tu putisima madre, Aria! —Maddy me sacude los hombros y me abraza, felicitándome —¡¿Cómo demonios pudiste tener una de las notas más altas sin tener contacto con el diablo?!
Si supiera...
—No dormir, supongo —me rio y doy un par de saltitos en el lugar, satisfecha con mi logro.
—Tenemos que festejar —Maddy me mira a través de sus pestañas pelirrojas —. Dime que iremos a festejar, no seas pendeja.
Si tuviera que describir a Maddy, sería con la siguiente palabra: insistente.
Ambos nos apartamos un poco de la multitud de estudiantes que aún siguen revisando sus notas colgadas en la pizarra del pasillo.
—Sí, iremos —pongo los ojos en blanco y le sonrío.
—¡Genial! —saca su teléfono móvil de su bolsillo trasero —Deberíamos invitar a Dante, quizás la salida logre levantarle el ánimo luego de la baja nota que recibió...
—¡¿Qué?!¡No! —tapo la pantalla de su iPhone con la palma de mi mano antes de que piense poner sus dedos largos en el teclado de la pantalla —. No puedes invitar a Dante, Maddy.
—¿Por qué no puedo invitar a Dante? —repasa sus palabras con lentitud, confundida al ver mi cambio de ánimo.
De la alegría al estado de alerta hay un solo paso comadre, pienso.
—He discutido con él —lamento, aun recordando cómo leía su calificación, sin darse cuenta de que yo estaba a centímetros de él, observándolo ver su peor cara de decepción.
Sabía lo mucho que se había esforzado estudiando. Maldición, habíamos estudiados juntos. No sé qué demonios ocurrió. Bueno, ahora que lo recuerdo, habíamos estudiado juntos hasta que surgió nuestra discusión.
Su indiferencia me dolía. Aunque ahora sé qué el dolor, está ligado con Dante.
Dante=Dolor.
—Me enfada muchísimo saber que nunca me cuentas nada si yo no te lo saco —espeta, Maddy —¿Por qué discutieron?
¿Cómo decirle a Maddy que estaba enamorada de Dante? ¿Cómo explicarle a Maddy que estaba enamorada del chico que ella deseaba con locura? Lamentablemente siempre había algo que me frenaba estar con Dante, y uno de esos motivos era Maddy, mi compañera de universidad.
Sí, podía defender con uña y garra que yo había conocido a Dante primero. Que tenía una gran ventaja sobre ella, pero no podía llegar explicar con qué dulzura miraba Maddy a Dante.
Podía percatar aquel rubor que se producía en sus mejillas y la inquietud de sus manos torpemente entrelazadas cuando Dante se unía a nosotras.
¿Cómo impedirle a Maddy amar? Bueno, no sé si ella lo amaba, pero si le gustaba.
Cuando estaba a punto de soltarle una mentira que la conformara, pero hubo algo que cruzó la puerta. Perdón, mejor dicho, alguien. Alguien que me frenó de golpe, parando absoluto todo mi alrededor. Absolutamente mi realidad.
Un grupo de chicos cruzó la puerta. Amigos, para ser especifica por su forma de relacionarse y hablarse. Pero...hay uno de ellos que me dejó boquiabierta.
—Los de último año están de regreso —me comenta Maddy al darse cuenta qué había captado mi atención, abrazando su mochila contra su pecho y apoyando su mentón en ella—. Me parece injusto que ellos los tengan tantos recesos seguidos y nosotros no.
No sólo me parecía injusto que ellos tuvieran más receso que nosotros, los estudiantes de primer año. Sino que, me pareció injusto que, al ser la hija del mismísimo dueño del infierno, caiga en la tentación una vez más.
Aria estás jodida. Estúpidamente jodida.
Llegué a la conclusión de que estaba a escasos centímetros de querer morder una dulce manzana.
Cabello rapado oscuro al igual que su sudadera sin estampado y ajustada al cuerpo. Pantalón de jeans rasgados a la altura de la rodilla y unas malditas Vans que combinan con su atuendo despreocupado. Como si no tuviera la intención de impresionar a nadie.
Tiene un lunar en la mejilla y unos ojos...oh por todo Zeus. Desde donde estoy situada veo claramente que uno de sus ojos lo tiene más claro que el otro. Pero no tengo la oportunidad de verlo con detenimiento porque aquel joven de estatura monstruosamente alta desaparece por el pasillo con su grupo de amigos.
Cabe mencionar que la mayoría de las chicas que estaban allí interrumpieron sus actividades para mirar a los muchachos, incluso los del mismo sexo también los han observado más de la cuenta.
—Amenadiel.
Miro a Maddy, con el ceño fruncido.
—¿Eh?
—Amenadiel —me repite con una sonrisa. Se ha dado cuenta que lo he mirado más de la cuenta—. El chico rapado, se llama Thiago Amenadiel. Es ayudante de catedra. Pero no me preguntes en que materias se ha especializado para ayudar a estudiantes de años anteriores.
—¿Cómo un profesor?
—Exactamente, como un profesor. O como un tutor.
—¿Y cómo sabes su nombre?
—Lo he visto salir de una de las salas de la biblioteca. Hay una pequeña oficina donde él trabaja con los estudiantes y los prepara para los exámenes más complicados. He oído de él —coloca su mochila en su espalda y entrelaza su brazo con el mío. Empezamos a caminar a la par—. Y su nombre no es difícil de olvidar.
—De pronto tengo ganas de prepararme para un examen —bromeo.
Maddy no tarda en echarse a reír.
Dante no regresó a la habitación en todo el día. Supongo que no hemos coincidido en todo el día. Regresé a mi habitación luego de pasar la tarde en la habitación de Maddy. Acordamos en que ella vendría a buscarme apenas esté cambiada para salir al bar.
Estaba subiéndome los vaqueros oscuros cuando la puerta de mi habitación se abrió bruscamente. Me sobresalto del susto.
—Mierda, lo siento —Dante se cubre los ojos con una mano, avergonzado e ingresa, cerrando la puerta con un golpecito de su pie.
—Como ni nunca hubieras visto un trasero —me abrocho el pantalón y me pego un nalgazo con la palma de mi mano —. Bueno, el mío es difícil de olvidar según varios estudiantes de segundo año. Ya puedes mirar.
Dante afloja los hombros y deja de cubrirse los ojos, regalándome una sonrisa. Le devuelvo la sonrisa con una gran tristeza.
Cuanto daño me hace una sonrisa. Me pregunto cuándo dejara de afectarme como lo hace.
—Hola —me saluda con un hilo de voz y con un brillo simpático en sus ojos café.
—Hola —mi voz suena inaudible, con una pizca de melancolía por el maldito nudo en la garganta que tengo.
Apoya su espalda contra la pared y sus labios apretados me adelantan que quiere decirme algo, pero no sé qué. De pronto tengo la ilusión de que él me...
—He leído cada carta que hay debajo de tu colchón, Aria —suelta, mirando mi cama.
De pronto siento que el calor de mi rostro se va. Palidezco, sintiendo como cada parte de mi cuerpo tensándose.
—Esta mañana quise hacer la buena acción del día tendiendo tu cama, siempre la dejas desastrosa —se ríe en voz baja, meneando la cabeza. Pero de pronto la seriedad vuelve a su rostro—. No sabía que tú... —se lleva el puño a sus labios, con el ceño fruncido. Busca las palabras exactas cuando yo estoy a punto de desmoronarme—¿Aria hace cuanto me amas?
Mis ojos se llenan de lágrimas, mi boca se seca y siento que estoy en un limbo de sentimientos cruzados.
—Desde los doce años —se me quiebra la voz.
No esperaba que aquella noche él descubriera mis cartas. No esperaba que nunca lo hiciera, es decir, él siempre está ocupado ¡¿por qué demonios tendería mi cama?! Siento ira, frustración. Me siento una estúpida.
Mis cartas son mi desnudo más íntimo. De pronto quiero salir corriendo. No puedo creerlo. No puedo creer que él...ay mi Dios.
—Por favor no dejes de hablarme por el simple hecho de amarte como lo hago —me tiembla la voz, todo el cuerpo. Siento de pronto un gran temor.
—¿Qué? —espeta, ofendido —¿En serio pensabas que yo dejaría de hablarte si me enteraba de esto? Si me amas como lo dices me conocerías lo suficiente para saber que yo no te haría eso, Aria.
—¡Lo hiciste cuando te lo confesé a los quince años, Dante, en una fiesta en casa de Cassidy!¡Lo hiciste, de la noche a la mañana dejaste de hablarme!
—¡No recuerdo que tú me hayas...! —de pronto calla, haciendo memoria. Me mira, perplejo —. Pensé que me lo decías en broma. Nos reímos juntos. Me dijiste te amo, creí que me lo decías en plan de amigos. Fuiste tú la que no me habló por semanas —me saca en cara, señalándome con su dedo.
Las venas de su cuello se tensan.
—Esa misma noche besaste a Cassidy frente a mis narices —mis palabras me dejan un mal sabor en la boca. Imágenes de aquella noche me invaden rápidamente —¿Cómo hablarle a la persona que no para de romperme el corazón con cada respiración que hace? ¿Cómo no querer apartarme de algo que me hace mal y bien a la vez? Quise alejarme, incontables veces, pero no podía estar sin saber de ti, Dante. Quería escuchar tu voz, estar presente cuando reías con tus amigos. Extrañaba tus abrazos. Son tan adictivos. Me dolía muchísimo estar contigo, pero me ardía el pecho cuando estaba lejos de ti.
Dante, decidido, camina hacia mí y pasa su mano a mi cuello. Un escalofrío recorre mi espina dorsal hasta llegar a mi nuca. Se me entrecorta la respiración al ver que su rostro está a escasos centímetro del mío.
—No me harás pecar, Aria —la yema de su dedo pulgar traza mi labio inferior—. Por más que desee tirarte sobre mi cama y hacerte mía hasta que amanezca, no desobedeceré el destino que tienen para mí los dioses del Olimpo.
Lo aparto de un empujón en el pecho, apartándolo de mí rápidamente.
—¡¿Desde cuándo lo sabes?! —le grito, con mis ojos encendidos en llamas de una forma literal.
—Desde siempre —carraspea, con el mentón en alto y con una media sonrisa llena de orgullo—. Tu intención es ser una de las tantas diosas del Olimpo. Toda hija de Hades lo desea y tú no te quedas atrás. Al ser tu amigo me he permitido conocer más de ti, Aria.
Clavo mis dientes en mi labio inferior, conteniendo la rabia para no lanzarlo por la ventana en aquel preciso momento. De pronto me siento humillada, más expuesta de lo que he podido permitir.
—Si me amas puedo ser una, Dante —sostengo, cautelosa —. Ámame y veras que ambos podemos sacar un gran beneficio.
—¿Amarte? —se echa a reír —. Yo te quiero, pero no de la forma que tú deseas.
—¡¿Por qué no me delataste ante mi madre?!¡¿Por qué no me delataste ante Perséfone?! —le grito, aterrorizada.
—Porque es lo mucho que puedo hacer por un alma perdida como tú —toma un par de cosas como su cazadora y un gorro de lana gris colgado sobre el borde de la silla, camina hacia la puerta y me lanza una mirada a través de su ancho hombro —. Una hija de Hades en la tierra, quien lo diría. Y si, tienes un trasero de infierno, jamás te lo discutiría. Abrígate, hace muchísimo frio, Aria.