Una mujer con cola de caballo, toda frágil y "delicadita", se tapaba la nariz mientras le estaba reclamando al hombre a su lado.
Yo miré al tipo: alto, derechito como regla, plantado tieso, con esa cara seria de pocos amigos…
Puse los ojos en blanco.
—¿Ignacio Ramírez, verdad? Soy tu prometida, Beatriz Camacho. Ya, muévete. Búscame un lugar donde descansar.
Y dicho eso, le aventé las maletas hacia él. Ni me importó la cara de "pobre de mí" de la otra. Me levanté y me fui caminando como si nada.
—Ignacio, ¿Beatriz no me quiere? —soltó a mis espaldas, con voz llorosa.
Yo ya venía reventada del viaje, mareada, con ganas de vomitar otra vez. Me subió una rabia que ni yo sabía de dónde salía.
—¿Nos conocemos o qué? Ignacio, ¿eres hombre o qué? ¿Te vas a apurar o qué?
Ni siquiera me molesté en voltear a verles la cara; me fui con un gesto amargo. No avancé mucho y sentí pasos detrás. Miré de reojo: era Ignacio, cargando mi maleta. La cara igual de seria, cero emoción, cero explicación.
Ahí entendí todo. Con una "mosquita muerta" así y un hombre que no sabe ni abrir la boca, ¿cómo no iba a sufrir Ofelia en la vida pasada? Encima ella era orgullosa, de las que se lo tragan todo. Con esos dos, obvio iba a salir perdiendo. Qué mala suerte…
Pero bueno. Yo no soy de esas que aguantan calladas. Si ando contenta, la vida se goza. Y si no estoy contenta, te aseguro que tú tampoco vas a estarlo.
Como el compromiso era real, Ignacio ya había recibido el aviso desde la familia. Sabía que yo venía y, desde temprano, ya tenía listo el papeleo del matrimonio.
Así que no pasó mucho y se armó la boda.
Los papás de Ignacio ya habían fallecido y los míos estaban lejísimos. Al final, los que vinieron fueron puros compañeros del ejército y sus esposas.
Por suerte, hubo ambiente: la boda estuvo movida, bien animada.
—Ay, qué envidia. Nada más por un compromiso de los mayores te tocó casarte con Ignacio. Qué suerte tienes. No como yo…
Y bajó la cabeza, se puso a llorar bajito. De golpe, la fiesta se quedó en silencio, puro sollozo. Los invitados se miraron entre ellos, incómodos. Yo vi a Liliana tapándose la cara, con los hombros temblándole. Y se me escapó una sonrisa.
Me acerqué un par de pasos, me puse de puntillas, le tomé la cara a Ignacio con las dos manos… Le planté un beso, bien sonoro.
Luego levanté la ceja, provocadora, mirando a Liliana.
—Sí, obvio. ¿No que mi suerte es buenísima? Ignacio tiene carrera, tiene cara, tiene cuerpo. Pues claro que a alguien con "buena suerte" le toca casarse con él. Si no, a lo mejor una con mala suerte ni aguanta la presión.
Mientras hablaba, con la mano que tenía en su cintura le di un pellizco bien fuerte. Sonreí, pero con veneno.
—¿Verdad que sí, Ignacio?
Él no cambió la expresión, pero la oreja se le puso roja.
Antes de que dijera algo, Liliana lo miró con ojitos mojados, toda lastimera.
—Ignacio, Beatriz, no se equivoquen: yo de verdad vine a felicitarlos. Si a Beatriz no le agrado, hoy ya no me meto más en la boda, pero…
Y en esas, dos lagrimotas se le rodaron por la cara.
—Ignacio, mañana acuérdate de ir por mí. Todos estos años, este día lo hemos pasado juntos.
Ignacio asintió.
—Mañana alisto todo y paso por ti. No te preocupes.
Y en cuanto lo oí, la mano que tenía en su cintura se me tensó de golpe. Aproveché el movimiento y le metí un derribo de manual.
Con un giro por encima del hombro, lo tiré al suelo.
De golpe, la boda quedó en silencio, todos me miraban como si no creyeran lo que acababan de ver.
Qué risa. ¿En plena boda me quieren dar "bienvenida" con un golpe bajo? ¿Y todavía con eso del "aniversario"? En la vida pasada, ellos dos sí se fueron bien juntitos a celebrarlo, bien dulcecitos y cuando volvieron, ni una explicación le dieron a Ofelia. Se quedaron atorados en ese malentendido toda la vida.
Pero yo no soy Ofelia, ella aguanta, yo no aguanto ni tantito.
¿Qué quiere, ir a "pasar el aniversario"? Pues que vaya, y yo le voy a dar pelea. Y luego agarro mi maleta y me largo de esta isla miserable.
¿Se creen que las chicas en mi casa no se pueden casar? Si no fuera por el compromiso de los mayores, yo estaría viviendo comodísima.
—Ignacio, ¿te duele? Beatriz, ¿cómo puedes hacer eso? ¡Ignacio es un hombre! Tú así…
Liliana traía la carita entre pálida y roja de coraje, y miraba a Ignacio con cara de pobrecito.
En cambio, Ignacio se levantó rápido, se sacudió como si nada. Me echó una mirada profunda, de esas que pesan. Luego se cubrió la boca con el puño y tosió dos veces.
—Estoy bien.
Y como si aquí no hubiera pasado nada, me agarró la mano y dijo:
—Mañana vienes conmigo.
Yo me quedé de piedra. Liliana se quedó todavía peor.
—¿Cómo puedes? ¡Ya no te voy a hablar jamás!
Y se fue corriendo, llorando, tapándose la cara.
En ese momento, me llegó al oído un susurro cálido.
—Primero terminemos la boda. Después te explico, ¿va?
Sin la estorbosa de por medio, y con todos en shock, nadie se atrevió a armar escándalo. Así que lo que siguió fue rapidísimo.
No tardó nada en acabar. Ya en el cuarto, sentada, le pegué un manotazo a la cama. ¿Y este qué? ¿Me estaba sacando una jugadita? Que no se crea, a mí esas cosas no me van.
Se escuchó un "clic"; la puerta se abrió y entró Ignacio. Yo, de inmediato, puse cara dura y resoplé.
—Te aviso: a mí me chocan los hombres que no saben poner límites. Si tú vas a andar de aquí para allá, mejor de una vez nos separamos. No me hagas perder el tiempo, que yo todavía me puedo volver a casar.
Él frunció el ceño.
—Tú eres con quien mi abuelo dejó arreglado mi matrimonio. Si me caso contigo, me hago cargo de ti.
Yo solté un "ajá" y le dije:
—¿En qué año vives? Te lo digo claro: si se puede, se vive. Si no se puede, se divorcia. Además, cuando los abuelos arreglaron esto, nadie dijo que por casarme contigo ya iba a ser tuya de por vida.
—Tú…
Se veía que lo estaba sacando de quicio, se puso a caminar por el cuarto, de un lado a otro.
Al final suspiró, se sentó en la orilla de la cama e intentó agarrarme la mano.
—Con Liliana no pasó nada, ni antes ni después. Yo de verdad quiero vivir bien contigo.
Y sin importarle que yo me moviera, me apretó la mano con fuerza.
—Yo no soy bueno para hablar. Si algo no te gusta, dímelo de frente. Lo que pueda cambiar, lo cambio.
Bajo la luz del cuarto, se veía serio. Y no sé por qué, pero se me calentó la cara. Yo asentí, fingiendo que me daba igual.
—Va. Yo también tengo carácter. Si tú aguantas, pues ya estuvo.
Vi el brillo de una sonrisa en sus ojos y me dio coraje. Así que me le fui encima, le rodeé el cuello con los brazos y lo besé.
De inmediato, se nos desordenó la respiración. En nada, él me dio la vuelta y quedó encima de mí. Sus manos se fueron directas a mis botones. Me miró fijo y, con la voz ronca, preguntó:
—¿Puedo, amor?
Yo, muerta de pena y de coraje, le di un pellizco. ¿Y ahorita qué va a andar preguntando? Al verme toda roja, soltó una risita y enterró la cara en mi cuello.
—Fue mi culpa…
Sentí su aliento caliente en la piel. Y, sin querer, fui cerrando los ojos.
Entonces—
—¡Ignacio! ¡Liliana dejó una carta y desapareció!
De pronto, retumbaron golpes en la puerta. Ignacio se quedó tieso y se enderezó de golpe.
—Amor… tú duérmete. Salgo un momento.
Yo lo miré, furiosa.
—¿En el cuartel no hay un montón de gente? ¿A fuerzas tienes que ir tú? ¿No sabes que hoy es la noche de bodas?
Ignacio se terminó de vestir y se me plantó enfrente. Agarró mi ropa, como si de verdad fuera a vestirme él.
—Vamos juntos, amor. Los Flores me salvaron la vida. No puedo hacerme el loco con su única hija. Así que ven conmigo, ¿sí? Y cuando volvamos, me pegas, me regañas, lo que quieras.
Me quedé un segundo en blanco; luego lo empujé y me vestí sola.
—Vámonos.
Ni lo miré. Salí con la cara helada. No caminé ni dos pasos cuando sentí su mano caliente en la mía: me la tenía agarrada.
Sacudí la mano dos veces, pero no me soltó, y le lancé una mirada fulminante.
—Amor, camina más despacio. Está bien oscuro.
Como si no viera mi coraje, me apretó la mano con fuerza. En un abrir y cerrar de ojos llegamos a la casa de Liliana.
Como sus papás ya habían muerto, en el ejército la cuidaban bastante. Vivía sola en un cuarto grande.
Y en ese momento, el cuarto estaba lleno de gente.
La primera en darse cuenta de que Liliana había desaparecido fue María Zamarripa; llegó corriendo con una carta en la mano:
"Ignacio, no quiero ser una carga para todos. Me voy con mis papás."
Una sola línea cortita, pero a Ignacio se le frunció el ceño al instante. Y de inmediato empezó a dar órdenes para que todos salieran a buscarla.
En cuestión de nada, toda la isla se llenó de gritos.
—¡Liliana!
En la costa había especialmente mucha gente. Yo también me puse a buscar, por si de verdad le pasaba algo.
Pero como por la orilla ya estaba hasta el tope, me fui a revisar los rincones, los huequitos, los lugares más escondidos.
Y ahí fue cuando me cayó el "premio".
—¿Qué haces tú aquí? ¿Y Ignacio? ¿Dónde está?
Al escuchar mis pasos, Liliana se giró toda emocionada. Pero en cuanto vio que era yo, se le cayó la cara. Estaba parada encima de unas rocas, mirándome con puro rencor.
Me solté una risita, burlona.
—¿Qué? ¿Por un hombre que ni te tiene en el corazón vas a andar jugándote la vida?
A ella se le fue el color de la cara; luego le volvió de golpe: roja… blanca… roja… blanca… Apretó los dientes.
—¿Tú qué vas a saber? Ignacio y yo crecimos juntos. Y mi familia le salvó la vida. Si no fuera porque tú te metiste, su esposa sería yo.
Se me salió una risa helada.
—Ajá. ¿Y si de verdad te tuviera en el corazón, crees que yo habría tenido chance de meterme? Además, lo nuestro es compromiso desde antes de nacer. Si hablamos de primero, ni de chiste te toca. Así que mira: antes no pintabas, y después, menos. Ignacio va a ser mi hombre. Pero si a ese hombre se le meten ideas raras, no me tiembla la mano para romperle las piernas y regalártelo, para que se vayan de parejita por ahí. Nada más que a ver si te da para cargarlo.
Dicho eso, me di la vuelta.
Ya la encontré. Y por cómo estaba, era obvio que no quería morirse; solo quería armar su show de lágrimas. Yo no iba a perder el tiempo.
Pero en eso, Liliana me jaló del brazo, se me pegó al oído y susurró, bajito:
—Dime, si nos caemos las dos al mar al mismo tiempo, ¿a quién salva Ignacio? ¿A ti o a mí?
No me dio ni tiempo de reaccionar: sentí un tirón brutal. Y al segundo siguiente, caí al agua.
Me tragué varias bocanadas de agua de mar, salada y amarga. Y entre el ahogo, lo único que alcancé a escuchar fue su voz chillona:
—¡Ignacio, sálvame!