Portada de la novela Remitente exterior: eres la elegida

Remitente exterior: eres la elegida

9.0 / 10.0
La Tierra se encuentra al borde del abismo por un conflicto bélico en Andrómeda que pone en riesgo a toda la galaxia. En medio del caos, la salvación surge de la mano de un enigmático científico de piel rojiza. Alisa y Vilkank emprenden una odisea desesperada para evitar el fin del mundo, enfrentando una conexión sentimental que no pueden ignorar. Para asegurar el futuro, deberán acatar una demanda extrema que definirá el rumbo de la humanidad.

Remitente exterior: eres la elegida Capítulo 1

ALISA

Ya nada sería igual, nunca más. Ese era el pensamiento de todas las mañanas, el pensamiento que no la dejaría ir nunca más. Alisa sabía que aquello era normal, pero no por eso más tranquilizador. Con un suspiro se levantó de la cama que no era suya, una con sábanas suaves y costosas, un cubrecama aún más lujoso y una habitación que era casi del tamaño de su antiguo departamento. Obviamente aquella habitación, aquella casa, no le pertenecía. Se dirigió al baño entonces para cepillarse, ducharse y vestirse con algo sencillo, bajó las escaleras lentamente admirando todo como cada mañana. Se encontró con Tiana en la cocina ya preparando el desayuno.

-Buenos días- saludó ella -¿necesitas ayuda?

-Siéntate ya- ordenó Tiana riendo -tienes cara de que te lanzas al metro.

Y con esas palabras le entregó una taza de café humeante.

-Si es que funciona en este momento, pero lo dudo mucho- comentó ella -gracias.

Ella se dedicó a tomar lentamente su bebida hasta que un plato con huevos, tostadas y queso fue colocado frente a ella.

-Buen provecho- dijo Tiana sonriendo mientras se alejaba para seguir cocinando.

-Tienes que dejar de ser tan eficiente- pidió ella tomando el primer bocado -me haces ver como una inútil, en cualquier momento Harry se dará cuenta y me dejará en la calle.

-Como si eso fuera a suceder, idiota- rebatió su amiga volteando los ojos.

-Prometo que te ayudo con el almuerzo- juró ella -pero gracias por esto.

-Descuida- dijo Tiana -tu eres la experta en tecnología y comunicaciones, yo no podría. Así que déjame encargarme de esto, todos tenemos que ocuparnos de algo.

-Sí, lo sé.

Un silencio cayó entre ellas durante unos segundos antes de que llegara Harry. Este entró en la estancia sonriendo como siempre, hablando y luciendo como un artista.

-¿Y a dónde va hoy señor?- Le preguntó Tiana para burlarse como siempre -me imagino que tiene muchos compromisos y hay que mantener la imagen.

-Ya que lo preguntas Tiana, cielo- comenzó Harry viéndola -decidí que ya que no salimos ni vemos a nadie al menos podría vestirme para mí, no le hace daño a nadie.

-Si lo pones así- comenzó Tiana -creo que mañana te acompañaré.

-Grandioso- afirmó Harry con una sonrisa deslumbrante antes de darle un beso en la frente a su amiga.

Y con eso el desayuno fue servido, Tiana se sentó a la mesa con ellos. Todos los días eran iguales, ya nada sería lo mismo. Y de nuevo otro pensamiento recurrente que no dejaba de acosarla desde que todo había sucedido. Ellos estaban atrapados desde hace cuatro meses. Por extraño que pudiera parecer, hace cinco meses ella había estado viviendo en un departamento mucho menos lujoso que la casa en la que vivía ahora, su trabajo era lo suficientemente bueno para que pudiera pagar su renta, comida y servicios sin problema. Sus mejores amigos y compañeros de trabajo Tiana y Harry habían estado junto a ella mucho tiempo, todo era relativamente perfecto hasta que dos semanas más tarde las cosas comenzaron a cambiar.

El evento, así lo llamaban, había iniciado con tormentas. Todo el mundo había pensado que el clima se había vuelto loco cuando huracanes, tornados, tormentas eléctricas y lluvias torrenciales fueron anunciados a lo largo de todo el planeta. No importaba que noticia observaras, todas decían lo mismo, en ese momento nadie lo había visto como algo demasiado extraño, a pesar de que en toda la tierra estaban sucediendo los mismos fenómenos. Una semana después las cosas comenzaron a complicarse, los tsunamis fueron el primer indicio de que algo más complicado estaba sucediendo cuando golpearon islas como Japón, las costas se inundaron y finalmente los terremotos iniciaron, incluso en las zonas en las que las fallas tectónicas no eran muy grandes, los movimientos eran demasiado fuertes.

Países como Chile, India en incluso Estados Unidos quedaron devastados, en estado de emergencia, dejando a todos asombrados. Ya para ese momento el mundo entero había entrado en pánico, los saqueos sucedían en todas las ciudades, los robos eran comunes y muchos accidentes eran dejados en las vías que estaban sin asistencia. Los volcanes habían sido lo último, muchos de ellos habían comenzado a despertarse y los que no había estado dormidos habían erupcionado causando aún más daño.

Era por esa razón que ella ya no vivía en su departamento. En el momento en que había iniciado todos los desastres, Harry que había estado más asustado de lo que lo había visto en mucho tiempo, les había pedido a Tiana y a ella que se mudaran con él, su amigo había heredado una mansión antigua de una de sus tías abuelas que no había dejado ningún pariente cercano, solo él. Cuando ellos se habían enterado había sido motivo de risa, ahora, lo veía como una salvación. La casa era inmensa y lujosa, con todas las comodidades, era como tener la moda de hace treinta años, pero con bastantes adaptaciones para las novedades y comodidades.

Por ejemplo cada cuarto tenía televisión, una ducha con función de masajes junto a su respectiva bañera, calefacción en el piso de toda la casa y muchas otras cosas que ella jamás se hubiera imaginado tener, era una lástima que casi ninguna de esas cosas les funcionaran ahora. La mansión estaba ubicada en una zona rural lejos de la ciudad y eso era bueno en algunos casos, pero en otros no tanto. Al menos era una zona residencial cerrada, una zona de viejos ricos, por lo que tenían muchas más seguridad de la que normalmente habría y eso les servía muchísimo en aquellas circunstancias.

-¿Cuándo tienen que irse?- Preguntó Tiana luego de que terminaron de comer.

-Debería ser pronto- dijo ella -la cola siempre es larga.

-Les prepararé algo para que merienden- explicó su amiga levantándose -por si acaso se hace demasiado tarde.

-Gracias lindura- dijo Harry abrazándola -iré a cambiarme, traje de sobreviviente a la orden.

-Lo que mejor te queda- contestó ella solo por molestarlo. A lo que él le mostró su dedo del medio antes de irse haciéndolas reír con suavidad.

-Espero que no tarden demasiado- comentó Tiana buscando en la nevera -aprecio el gesto de que sean ustedes los que casi siempre vayan a la ciudad, pero odio tener que quedarme aquí sola.

-Al menos aquí estás segura- dijo ella sonriendo a medias.

-Es que lo que me digo cuando siento ansiedad- explicó Tiana -pero tú y yo sabemos que eso no es enteramente cierto.

-No pasará nada- prometió ella abrazando a su amiga -pero sabes dónde están las armas.

-Lo sé- contestó Tiana riendo.

Ella subió a su habitación para ponerse lo que ellos llamaban traje de sobreviviente como chiste, pero era bastante acertado. Un jean grueso y usado, botas de punta de hierro, un cinturón grueso que llevaba algunas herramientas prácticas, una camisa manga larga oscura y una chaqueta con bolsillos internos que permitía llevar armas de forma práctica y segura. Se amarró el pelo en una cola alta para luego bajar las escaleras. En la cocina Harry llevaba casi la misma ropa. Ellos tomaron la comida que les había hecho Tiana y salieron al garaje para subirse al auto.

Desde que se habían mudado y el mundo se había vuelto loco, habían creado unas reglas básicas de supervivencia. Nunca muestres lo que tienes a menos que sea necesario y si encuentras algo valioso sin dueño, es tuyo. Por eso, en lugar de la camioneta Jeep 4x4 de Tiana, usaban su Toyota Corolla viejo aunque muy amado y fiel. Una vez que se alejaron de la casa, asegurándose de que todas las pertas estuvieran cerradas, condujeron hasta el otro lado de la residencia para buscar al señor Oslo, un viejo amigo de la difunta tía Hillary, que con sus setenta y cinco años de edad no veía lo suficiente para poder conducir.

-¿Cómo está señor Oslo?- Preguntó ella cuando el hombre subió.

-Viejo como siempre, niña Alisa- contestó el hombre riendo.

-Pero no tan viejo como para vivir en esa casona solo- reprochó Harry una vez más.

-Eso nunca niño- negó el anciano -ya deja de insistir.

-Sabes que eso no va a suceder, viejo- siguió ella con una mueca -sería tan sencillo que vivieras con nosotros. Solo imagínalo, Tiana haciéndote el desayuno todas las mañanas y nosotros como tus sirvientes.

-Otra forma de hacerme sentir más viejo e inútil de lo que soy- se quejó el anciano.

Con un bufido de fastidio a la clara respuesta de Martin Oslo, arrancó el auto. Con eso iniciaron el viaje de cinco kilómetros que los separaban del borde la ciudad. Ella observó al señor Oslo intentando identificar si realmente se veía bien, para su sorpresa, así era. Aquel era un hombre testarudo, luego de que ellos se hubieran mudado y que declararan aislamiento para la población debido a todos los desastres naturales, ese anciano había llegado caminando a la casa solo para saber si estaban bien. Ellos habían insistido en que se quedara con ellos a menos aquel día, pero él los había rechazado y no hubo forma de convencerlo.

Desde que salías de tu hogar, o lo que quedaba, podías ver los desastres, algunas de las casas de la residencia se habían derrumbado luego de los terremotos, sobre todo aquellas que estaban en colinas. Al salir, las calles estaban sucias de las lluvias, ramas y lodo se acumulaba en las orillas, y al mirar a lo lejos, miles de escombros que alguna vez fueron hogares. Ella nunca podía mirar aquello demasiado tiempo, siempre comenzaba a preguntarse si las personas que vivieron allí habían sobrevivido y en la mayoría de los casos no quería saber porque entendía que la respuesta probablemente era negativa.

Llegaron a la entrada de la ciudad media hora más tarde, ya que todos los escombros imposibilitaban la velocidad. Militares los recibieron en la barricada de siempre, luego de inspeccionar su auto los dejaron pasar. Ellos se dirigieron al punto de abastecimiento de inmediato, había una cola larga, pero no tanto como en otras ocasiones, habían llegado temprano. Estacionaron y abrieron las ventanillas.

-Vivimos como en la guerra- se quejó el señor Oslo.

-Al menos recibimos algo- dijo ella sin proclamar los mismos sentimientos aunque los tenía -no es lo mejor, pero podemos tener comida, medicinas y gasolina de este modo.

-De algo tenía que servir el gobierno- se burló Harry como siempre.

-Al menos así no tenemos que pelear a muerte en los supermercados para robar dos latas de atún- terminó ella recordando un evento real. Uno que nunca olvidaría.

Eso había sucedido en los inicios de los saqueos, ellos se habían quedado sin comida y habían tenido que salir a pesar de estar aterrados. Es obvio que nunca más quisieron intentarlo. Unos días después el gobierno comenzó a abastecer las ciudades y zonas aledañas. Era justo eso lo que estaban haciendo ellos. Cada lunes era el momento de salir por suministros.

-En eso tienes razón- aceptó Harry con el temor en los ojos.

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