Capítulo 2

Roselyn giró su muñeca en un intento de liberarse, pero antes de que pudiera siquiera alcanzar la manija de la puerta, Nathan la atrajo hacia sus brazos. Con un giro brusco, él la presionó contra el asiento, quedando sobre ella.

"Señor, ¿qué quiere hacer? Por favor, no haga nada imprudente. ¡Ya no le pediré que me pague!", balbuceó en pánico la chica mientras intentaba zafarse de sus brazos.

"Te compensaré bien si me ayudas", propuso el hombre, y con el poco aplomo que le quedaba, sacó de su bolsillo una tarjeta bancaria dorada y la puso frente a ella.

Los instintos de Roselyn le gritaban que lo rechazara, pero el brillo de la tarjeta resplandecía como un cruel recordatorio de su abuelo en la UCI y las tarifas del hospital, así que tragó grueso y accedió.

Por suerte, él era inquietantemente atractivo y su rostro era tan refinado que parecía esculpido por los dioses. Se podría decir que era el ser más hermoso que ella había visto en su vida.

El calor acumulado dentro de Nathan se negaba a permanecer contenido, y el cuerpo suave de Roselyn presionado contra él alimentaba un hambre voraz que terminó rompiendo por completamente su autocontrol.

Por su parte, la chica no sabía nada de intimidad. De hecho, su primera vez no le dejó nada más que intensos recuerdos de dolor.

Bajo los árboles, el sedán blanco se mecía suavemente ante el resplandor plateado de la luna, como un barco solitario a la deriva en un mar tranquilo.

Roselyn soltó más de un grito, y cada vez que creía que el hombre había terminado, este comenzaba de nuevo con un implacable ritmo. ¡Ni siquiera parecía cansarse!

En la última ronda, la chica ya no tenía fuerzas para continuar suplicando.

Dado que el agotamiento empezó a hacer lo suyo, ella comenzó a quedarse dormida, y apenas escuchaba a Nathan hablar por teléfono.

La brisa matutina que se colaba por la ventana entreabierta la despertó en un momento.

"Me duele", balbuceó.

Ahora ella estaba tumbada de espaldas en el auto, y su cuerpo dolorido le recordó con brutal claridad lo irreal que había sido la noche anterior en los brazos de un hombre que no conocía.

Tras despertar de golpe, recordó la tarjeta, así que se incorporó rápidamente y escudriñó el asiento trasero.

Allí estaba la tarjeta junto a una nota que decía: "No se necesita contraseña".

Agarrándola fuertemente, ella se enderezó. Entonces trató de asimilar el hecho de que había pasado la noche con un extraño, y la verdad era que no sabía si debía reír o llorar.

De repente, su celular sonó. Era el hospital de nuevo, exigiendo el pago.

Ante eso, ella se armó de valor y abrió la puerta. En cuanto sus pies tocaron el suelo, una sensación de entumecimiento en sus piernas casi la hizo caer.

Murmurando el nombre de Nathan entre dientes, cojeó hasta el lado del conductor, y con cada paso, hacía una mueca de dolor. Tras abrocharse el cinturón de seguridad, lanzó su celular al tablero y puso el auto en marcha, dejando atrás el bosque que nunca quería volver a ver.

Ese hombre sabía lo que quería de ella desde el instante en que se subió al vehículo; Roselyn nunca había conocido a alguien tan descarado.

Una vez que volvió a su apartamento, la chica se duchó para quitarse los restos de la noche anterior, se puso ropa limpia y se dirigió directamente al hospital para saldar la cuenta.

Treinta minutos después, sintiéndose renovada, llegó al puesto de facturación del hospital.

En cuanto deslizó la tarjeta dorada de Nathan sobre el mostrador, el banco alertó rápidamente al personal correspondiente y, sin que ella lo supiera, eso la puso bajo vigilancia.

Después de realizar el pago, planeaba visitar a su abuelo. Pero al salir del edificio, un bullicio inesperado más adelante captó su atención. Tres autos de lujo estaban estacionados ordenadamente, y sus placas distintivas identificaban sin lugar a dudas a sus propietarios como personas ricas y poderosas.

Con la intención de evitar problemas, Roselyn pensó en pasar junto a los vehículos y dirigirse al área de hospitalización.

Sebastian Brown, el Jefe de Gabinete del presidente, se le acercó y le habló con tranquila autoridad y respeto. "Disculpe, ¿es usted la señorita Roselyn White?".

Aunque dudó, la chica asintió. "Sí".

"Nuestro superior desea hablar con usted, señorita White. Por favor, acompáñenos", la instó Sebastian.

Eso la molestó, puesto que ella no conocía a ese "superior" del que le hablaban y no tenía interés en conocerlo.

Sin embargo, dado que el hombre que tenía enfrente ya había anticipado su negativa, le mostró su celular. En la pantalla había imágenes de seguridad de ella usando la tarjeta bancaria.

"Si quiere ver a su abuelo de nuevo, suba al auto. De lo contrario, tendré que denunciarla por robo. Y si la declaran culpable, pasará mucho tiempo antes de que pueda encontrarse otra vez con él", la amenazó sonriente.

Roselyn no necesitó más explicaciones; su libertad y el bienestar de su abuelo ahora estaban en juego.

La promesa de Nathan resonó de repente en su memoria, por lo que una mezcla de vergüenza y furia se arremolinó en su interior.

Capítulo 3

Roselyn sacó la tarjeta bancaria y la levantó con desafiante tranquilidad. "Déjame aclarar algo primero: me dieron esto como pago; no lo robé. Iré contigo, pero solo porque quiero ver a tu jefe en persona. Quiero decir, ¿quién se cree que es para amenazarme y darme órdenes?".

Sebastian no se molestó en responder. En cambio, hizo un gesto con la mano para indicarle al guardaespaldas que se acercara y abriera la puerta del auto.

"Señorita White, ya sea que haya robado o simplemente encontrado esa tarjeta, mi jefe escuchará su explicación por sí mismo". Dicho eso, él la guio hasta el vehículo y cerró la puerta una vez que ella hubo subido.

En el asiento, la chica sentía el corazón inquieto y lleno de temor por lo que le esperaba.

Ella no tenía idea de cuánto duró el trayecto, pero al llegar, bajó y se encontró con una amplia y majestuosa finca que la dejó sin palabras debido a su grandiosa arquitectura. No hacía falta un metro para saber que esta era mil veces más grande que el modesto apartamento que alquilaba.

Ella se detuvo frente a la puerta, insegura de entrar. Pero, de repente, una empleada doméstica con uniforme se le acercó.

"Sígame", la instó con un tono cargado de arrogancia antes de girarse y avanzar.

Incluso un puesto como el de esa mujer en un lugar de tan alta categoría como ese requería una sólida formación académica. Allí las empleadas domésticas no solo eran contratadas para cocinar y limpiar, pues se esperaba algo de educación y etiqueta.

Esa era la primera vez que Roselyn visitaba una casa tan perfectamente decorada. Incluso el techo del invernadero resplandecía deslumbrantemente.

En una habitación de invitados en la planta baja, varias de las empleadas uniformadas en blanco y negro rodearon a la recién llegada.

Ella retrocedió con pánico. "¿Qué están haciendo? No necesitan desnudarme solo para recuperar la tarjeta".

Las mujeres la escoltaron a un opulento baño, donde incluso los marcos de los espejos, los grifos y las duchas brillaban, pues eran de oro macizo.

"Antes de ver a nuestro jefe, necesita darse un baño y dejarnos revisar su cuerpo. Si está ocultando algo, solo causará problemas", explicó la misma que la había guiado allí.

"¿Qué clase de regla absurda es esta? ¿Su jefe es el presidente o qué? ¿De verdad tengo que bañarme y ser revisada solo para verlo?", cuestionó Roselyn, pero mientras tanto, la empujaron con fuerza a la bañera.

El agua tenía una temperatura perfecta y había un leve aroma de lujoso aceite esencial en el aire.

Bajo el agua, la chica no dejaba de preguntarse quién podía ser realmente ese "jefe".

Una vez que las empleadas domésticas se fueron, ella dudó antes de quitarse la ropa interior. Al principio, sintió algo de timidez, pero la cálida y reconfortante agua pronto alivió su tensión, así que ella se recostó hasta hundirse en la bañera, y finalmente exhaló con satisfacción.

Entonces sus pensamientos comenzaron a vagar. ¿Podría el hombre de la noche anterior haberle dado una tarjeta bancaria robada? ¿Sería posible que el verdadero dueño hubiera sido quien pidió que la llevaran allí? Pero, ¿qué tipo de persona extraordinaria podría llamar hogar a un castillo como ese?

Las empleadas volvieron, marcando así el fin del baño, y metieron a Roselyn en el último vestido de alta costura para luego aplicarle un toque sutil de maquillaje y hacerle un peinado simple pero elegante.

Ella observó todo con confusión. Si solo la habían llevado allí para devolver la tarjeta, ¿por qué se estaban enfocando tanto en su apariencia?

"Nuestro jefe llegó. Señorita White, por favor, venga conmigo", dijo un mayordomo de mediana edad con calmada educación mientras acompañaba a Roselyn fuera de la habitación.

El corazón de esta se aceleró a medida que bajaba las escaleras detrás de él. Es decir, que un hombre desconocido exigiera su tarjeta bancaria, que sus empleadas domésticas usaran el baño como pretexto para registrarla pero luego se ocuparan de alistarla con ropa y productos de lujo se sentía como un acto de humillación.

Al entrar al patio, vio una fila de autos de lujo resplandeciendo bajo el sol. Del primero, emergió una figura alta, cuya silueta se marcó agudamente contra la luz. Las largas piernas del hombre iban en unos pantalones de traje a medida, y el conjunto completo de tres piezas que lo completaba iba a la perfección con su semblante distinguido y poderoso.

A medida que él se acercaba, Roselyn pudo ver su rostro claramente por fin.

"Eres tú", murmuró con la voz llena de sorpresa.

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