Portada de la novela La CEO del Placer

La CEO del Placer

9.0 / 10.0
Jimena Dávila, la poderosa directora del Grupo Dávila, domina el mundo empresarial con una disciplina férrea que ignora sus propios deseos. Sin embargo, su estabilidad se quiebra cuando Thiago Ríos, un ingeniero de espíritu indómito, aparece para desafiar su mando. Lo que inicia como un choque de voluntades en la oficina pronto se convierte en una atracción irresistible. Jimena enfrentará el dilema de proteger su imperio o sucumbir a una pasión desconocida.

La CEO del Placer Capítulo 1

Las paredes de cristal del último piso devolvían un reflejo limpio, perfecto, impoluto. Así como Jimena Dávila había aprendido a vivir: sin grietas, manchas y sin una arruga fuera de lugar.

Detrás del escritorio de roble que había pertenecido a su padre, la mujer que a los treinta y cinco años había heredado el imperio Dávila se mantenía erguida, con las piernas cruzadas, el mentón elevado y el rostro inescrutable. El traje azul petróleo abrazaba su figura esbelta con la precisión de una armadura; su cabello oscuro, cortado en ondas pulidas a la altura del cuello, enmarcaba un rostro hermoso, frío, definido como una estatua de mármol.

La luz del atardecer teñía la oficina de tonos dorados. Más allá del vidrio, la ciudad bullía con su ritmo implacable, pero en ese santuario de vidrio y silencio, el tiempo parecía haberse detenido.

-¿Tiene algo más que decir en su defensa? -preguntó sin levantar la voz, sin alterar ni un músculo de su rostro.

Frente a ella, el ingeniero de sistemas sudaba en silencio. Su camisa blanca estaba empapada en la espalda. La boca se le abría y cerraba como si las palabras se le hubieran secado en la garganta.

Jimena sostenía un expediente abierto con varias pruebas: desvíos, transferencias encubiertas, accesos a servidores que no le correspondían, correos escondidos en carpetas ocultas. Su dedo índice pasó una vez más sobre la firma electrónica del hombre.

-Cinco años trabajando aquí -añadió ella, con una calma que dolía más que un grito-. Cinco años fingiendo lealtad. Robando como una rata. Y encima creyendo que yo no lo descubriría.

El ingeniero intentó hablar, pero Jimena alzó una mano. La interrumpió sin necesidad de levantar la voz. Su autoridad era como una niebla fría que llenaba cada rincón de esa oficina panorámica.

-Mi padre me enseñó a no confiar en nadie. Y tenía razón -musitó, con un destello en la mirada verde que no era ira... era algo más profundo. Frustración y amargura.

Recordar a su padre era como tocar una piedra helada. Había fallecido hacía tres meses, dejando a su única hija no solo con millones y empresas, sino con un legado de control, reglas y una vida sin margen para el error. Ni para el placer. Mucho menos para el amor.

-Está despedido. La auditoría continuará. Y espero que tenga un buen abogado -dictó la sentencia con una frialdad impecable, presionando un botón en su intercomunicador-. Seguridad, acompáñenlo.

Dos hombres de traje negro, robustos y silenciosos, entraron sin pronunciar palabra. El ingeniero bajó la cabeza, derrotado. Jimena lo observó salir sin pestañear, como si expulsara una sombra más de su imperio. Como si la limpieza fuera constante... necesaria.

Cuando la puerta se cerró, exhaló. Lentamente.

El silencio se apoderó de la oficina. Solo el leve zumbido del aire acondicionado se oía entre el cristal y el roble.

Se quitó los tacones con precisión, uno a uno, y caminó hacia el ventanal. La alfombra gruesa era suave bajo sus pies desnudos. Desde allí, la ciudad se extendía bajo sus pies como un tablero de ajedrez. Luces, movimiento, ruido... pero dentro de ella, todo era estático. Ordenado y solitario.

Sus dedos jugaron con el broche plateado que llevaba en la muñeca. Era una costumbre nerviosa que solo salía cuando estaba sola. El broche era antiguo, sencillo, de su madre. La única pieza que no combinaba con su imagen ejecutiva, pero que llevaba siempre.

-Esto es tuyo, papá -murmuró-. Y ahora, también es mío.

Su voz tembló apenas. Pero no se permitió más.

De regreso a su escritorio, presionó otro botón.

-Diana, haz que Recursos Humanos se comunique conmigo. Necesitamos un nuevo jefe de sistemas. Pero no uno cualquiera. Uno que no se deje tentar fácilmente... quiero alguien competente, moderno. Y que no le tema a una mujer con poder.

-Sí, señorita Dávila -respondió la asistente con prontitud.

Colgó. Volvió a mirar la ciudad, mientras los últimos rayos de sol se apagaban entre los rascacielos. La noche descendía, elegante y sigilosa, igual que ella.

Horas más tarde, su chofer la dejó frente al portón de hierro forjado de su casa en la zona alta de la ciudad. La fachada de piedra clara se mantenía impecable, flanqueada por hileras de cipreses que susurraban bajo la brisa nocturna. Una casa grande, moderna, perfectamente diseñada.

Pero no había nadie esperándola.

El sonido de sus tacones resonó en el mármol del vestíbulo hasta que se los quitó de nuevo, como si en casa no pudiera sostener más esa imagen de mujer invulnerable. Caminó descalza hasta el salón, dejando atrás el eco de sus propios pasos.

Encendió una lámpara de pie junto al sillón de cuero, y la habitación se iluminó con una luz cálida y dorada. Sobre la mesa de centro descansaba una fotografía: ella y su padre, en una entrega de premios. Él con su clásico traje gris y una sonrisa de medio lado, ella en un vestido negro de escote discreto, rígida incluso en la celebración.

Se dejó caer en el sofá con un suspiro contenido.

-¿Para qué me enseñaste tanto, papá? -preguntó al aire, con los ojos clavados en la foto-. Si al final, me dejaste sola.

El silencio fue la única respuesta. Ni una voz, ni un crujido.

Dejó caer la cabeza hacia atrás. El techo abovedado parecía mirarla con indiferencia.

En la cocina, el refrigerador parpadeaba con su motor sordo. El aroma de jazmines del jardín entraba por una ventana abierta. Era un aroma que su madre amaba. Pero su madre ya no estaba. Y su padre... su padre se había ido con todo el peso del apellido y la herencia sobre sus hombros.

Fue a la cocina. Sirvió una copa de vino tinto sin ceremonia, con movimientos automáticos. Volvió al salón, se envolvió en una manta ligera y encendió el reproductor de música. Un cello suave llenó la casa con una melodía triste, desgarradora, como un lamento contenido.

Apoyó la cabeza en el respaldo. Las lágrimas no salían. No sabían cómo, porque ni eso le permitía su padre.

Pero dentro de su pecho, algo se rompía en silencio. Una parte que no podía permitirse mostrarle a nadie.

Porque todos la veían como una figura imponente, una mujer de acero, implacable, inquebrantable. Nadie se detenía a pensar que, cada noche, esa armadura pesaba más.

La copa tembló en su mano.

-No sé si puedo hacer esto sola -susurró, pero su voz se ahogó entre las notas del cello.

Y como cada noche desde que él murió, se quedó allí, envuelta en el silencio de su casa, bebiendo un vino que no sabía, viendo una ciudad que no sentía, deseando que alguien -alguien de verdad- se atreviera a ver más allá de sus muros de cristal.

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