Portada de la novela El cielo la mandó, el infierno la obedeció

El cielo la mandó, el infierno la obedeció

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Eliana regresa para encontrar a su familia devastada: su padre encarcelado y sus hermanos en la miseria. Lejos de rendirse ante el desprecio social, asume el liderazgo utilizando el influyente Sindicato Onyx para restaurar su honor. Bajo su apariencia sencilla, oculta ser una experta en medicina y tecnología. Pese a que un poderoso magnate la reclama públicamente como su prometida, ella lo rechaza con frialdad, desafiando su peligrosa obsesión.

El cielo la mandó, el infierno la obedeció Capítulo 1

Un dolor punzante en la cabeza hizo despertar a Eliana Murray, quien sintió una extraña presión en la entrepierna.

Abrió los ojos de golpe y su mirada, fría y afilada, se clavó en dos mujeres de mediana edad. Una de ellas la sujetaba por los pantalones, mientras la otra luchaba por abrirle las piernas.

"Si vuelven a tocarme, se arrepentirán", dijo Eliana, y, sin pensarlo, lanzó una patada al pecho de la mujer más corpulenta.

El impacto la hizo retroceder hasta que cayó al suelo con un golpe seco y un quejido de dolor.

"¡Ay! ¡Maldita perra, cómo duele!", gritó, encogiéndose.

La otra mujer soltó los pantalones de Eliana y se apresuró a ayudar a su compañera a levantarse.

Eliana intentó abalanzarse sobre ellas, pero se detuvo en seco al sentir la áspera soga que le mordía las muñecas. Tenía las manos atadas con fuerza.

Maldición. ¿Dónde diablos estaba? Recordaba haberse dormido en casa de su madre adoptiva… ¿cómo había terminado en ese lugar?

Su mirada recorrió el lugar. Estaba encerrada entre paredes podridas, con una puerta asegurada por un cerrojo oxidado. Un único hilo de luz se filtraba por una ventana agrietada en lo alto.

La mujer robusta, ya de pie con la ayuda de su compañera, le gritó a Eliana: "¡Perra! ¡Te partiré la cara por esa patada!".

Alzó la mano para golpearla, pero la otra mujer le sujetó la muñeca.

"No le toques la cara. Pagaron treinta mil por ella, y con esa cara bonita podemos sacar el doble".

Un lento bufido escapó entre los dientes de la mujer robusta mientras bajaba el brazo. "Le dimos suficiente sedante como para tumbar a un caballo. No entiendo cómo se despertó tan rápido. Como sea, al menos está consciente para la revisión".

Eliana entrecerró los ojos y preguntó: "¿Qué revisión?".

"Pagaron treinta mil, y parte del trato es comprobar si sigues siendo virgen", respondió la mujer robusta.

A Eliana se le revolvió el estómago. ¿Acaso esas lunáticas querían comprobar si era virgen? ¡Qué ridículo! No tenían ni idea de con quién se estaban metiendo. Ella no era una don nadie a la que pudieran pisotear a su antojo.

En Eighvale, Eliana era la reina del mercado negro; una sola palabra suya bastaba para destruir a cualquier estúpido que se atreviera a desafiarla.

Eliana soltó una risa fría. Sus ojos afilados brillaron mientras forcejeaba con la soga, intentando ganar tiempo.

"¿Treinta mil? ¿Quiénes son ustedes?".

Su viaje a la aldea de Udrerton no había sido más que una pérdida de tiempo. Había dejado todo en Eighvale al enterarse de que su madre adoptiva, Janessa Holt, estaba gravemente enferma. ¿La realidad? Era un simple resfriado.

Había planeado marcharse a la mañana siguiente. En lugar de eso, despertó atada a una silla en un cobertizo en ruinas.

La mujer robusta se agachó, sujetó el tobillo de Eliana y dijo con desdén: "Janessa te vendió. Coopera y tal vez te consigamos un buen hombre. Si te niegas, te arrojaremos con cualquier viejo solitario que no ponga peros".

"¿Janessa las contrató para venderme?", preguntó Eliana, incrédula, como si acabara de escuchar el chiste más absurdo de su vida.

Tenía tres años cuando Janessa la recogió de un camino polvoriento. Desde entonces, la exhibía como su "hija adoptiva", aunque todos sabían que en realidad la criaba para casarla algún día con Neal Holt, su hijo biológico.

Sus primeros recuerdos eran de tareas interminables, manos llenas de rasguños y un cansancio que le calaba hasta los huesos.

Decidida a escapar, aprendió cuanta habilidad pudo. A los doce años, ya tenía los medios para marcharse, y nunca más volvió.

Aun así, nunca olvidó la deuda que sentía por el techo que le habían ofrecido.

Por eso, el primer día de cada mes, le enviaba a Janessa una suma considerable de dinero. La cantidad total que le había dado a su madre adoptiva podría haber comprado ya varias propiedades de lujo en cualquier ciudad importante.

Solo había vuelto ahora porque creyó que Janessa estaba en su lecho de muerte, y quería hacerle una última visita.

La realidad era más miserable de lo que jamás imaginó: la habían vendido por treinta mil como si fuera una vaca.

Ahora entendía por qué Janessa la recibió con sonrisas y palabras dulces.

Había creído, tontamente, que la mujer había cambiado. En realidad, Janessa solo la estaba atrayendo a una trampa.

Sus subordinados le advirtieron que no pisara Udrerton. Debió haberles hecho caso, porque en la familia Holt no había ni un alma decente.

Eliana tensó cada músculo con un único objetivo. Las cuerdas cedían, sus dedos arañaban los nudos y la libertad estaba casi a su alcance.

Respiró hondo y dijo con tono deliberadamente incrédulo: "Están locas. Janessa nunca me vendería. Se supone que soy su futura nuera".

Una de las mujeres soltó una carcajada. "¿Su nuera? Llevas demasiado tiempo fuera. Su hijo Neal está a punto de casarse con la hija de un magnate. Ahora su familia nada en dinero. ¿Para qué te querría?".

Aferrando con más fuerza el tobillo de Eliana, la otra mujer espetó: "¡Deja de moverte y abre las piernas! Tenemos que confirmar si todavía eres virgen. Si no lo eres, no pagaremos el resto. Y ni se te ocurra oponer resistencia. Si por accidente te rompemos el himen, la que pagará las consecuencias serás tú".

Eliana esbozó una sonrisa lenta y peligrosa. "Ahora veremos quién paga las consecuencias".

En ese instante, la soga se soltó de sus muñecas. Se abalanzó hacia adelante, agarró a la mujer robusta por el cuello y la levantó en el aire.

La mujer se retorcía de pánico, pero sus dedos no lograban aflojar el agarre de Eliana. Su rostro palideció, para luego tornarse de un rojo intenso. Sus labios comenzaron a adquirir un escalofriante tono azulado.

La otra mujer se lanzó hacia ellas, pero Eliana le soltó una patada en el costado sin perder el equilibrio.

El golpe la arrojó contra la pared y, con una tos húmeda, escupió sangre que le manchó la barbilla.

Aun con el dolor, encontró la voz para gritar: "¡Alguien! ¡Ayuda!".

Dos hombres fornidos irrumpieron por la puerta con garrotes y luego atacaron a Eliana sin dudarlo.

Ella arrojó a un lado a la mujer robusta y, con un movimiento de manos más rápido de lo que ellos pudieron seguir, atrapó ambos garrotes en el aire.

Los hombres se quedaron paralizados, sorprendidos por su velocidad.

No tuvieron tiempo de reaccionar antes de que las patadas de Eliana los dejaran tendidos en el suelo, con las extremidades torcidas e inmóviles.

En ese momento, la mujer robusta que Eliana había arrojado antes intentó sorprenderla por la espalda, creyendo tener la ventaja.

Pero en cuanto se acercó lo suficiente, Eliana se giró y la noqueó con un certero golpe del garrote.

Diez minutos después, la joven salió del cobertizo en llamas. La intensa luz del sol la obligó a entrecerrar los ojos.

Alzó una mano para bloquear el resplandor, ignorando los gritos débiles y desesperados que provenían del interior.

No miró hacia atrás ni una sola vez. Su atención estaba fija en la residencia de los Holt, justo frente a ella.

Los traficantes de personas no merecían piedad.

Y después de esto, los Holt pagarían por todo.

Aceleró el paso cuando unas voces resonaron a lo lejos.

"¡Fuego! ¡Que traigan agua!".

Las llamas habían atraído a los aldeanos, que corrían con cubos llenos de agua.

Envuelta en el abrigo que le robó a una de las mujeres, Eliana mantuvo la cabeza gacha y se escabulló entre la multitud, moviéndose en contra de la frenética corriente.

No tardó en llegar a la casa de los Holt.

Derribó la puerta de una patada, levantando una nube de polvo, pero en cuanto entró se dio cuenta de que el lugar estaba vacío.

"Vaya que saben correr", murmuró, mientras una fina sonrisa se dibujaba en sus labios.

No importaba dónde creyeran que podían esconderse. Los rastrearía hasta el último rincón del planeta.

La deuda que una vez sintió ya no existía; ahora era el momento de ajustar cuentas. Ni Janessa ni Neal saldrían ilesos.

Con el rostro duro, Eliana avanzó hacia la que fue su habitación de niña: un cuartucho sofocante habilitado en un armario, cargado de calor y del hedor a moho.

Efectivamente, tanto el pequeño bolso que había traído como el teléfono que guardaba bajo la almohada habían desaparecido. Dentro de ese bolso no había nada de valor, solo su licencia de conducir.

Aun así, perderla haría que volver a Eighvale fuera mucho más complicado.

Eliana apartó el pensamiento por el momento. Supuso que podría encontrar un teléfono en el pueblo y llamar a su gente para que vinieran a buscarla.

Tenía la mano en la puerta cuando unos pasos apresurados resonaron desde el exterior, acercándose a la casa.

Frunció el ceño un instante, y luego esbozó una sonrisa afilada. Debían de ser los Holt, volviendo antes de lo previsto.

Sus ojos recorrieron la habitación hasta posarse en una hoz que estaba apoyada contra la pared, detrás de la puerta. La empuñó con determinación.

La figura que la esperaba al otro lado de la puerta no era ninguno de los Holt. Frente a ella había un joven de unos veinte años que no reconoció.

Su traje estaba hecho jirones, tenía las mejillas cubiertas de barro y el cabello revuelto por el viento. Detrás de él, una bicicleta oxidada se sostenía sobre su pata de cabra.

Manteniendo la hoz oculta a un costado, Eliana preguntó: "¿A quién buscas?".

El hombre se dio la vuelta, sobresaltado, y se quedó helado al verla.

Cuando sus ojos se posaron en ella, se abrieron de par en par. Ella vio la incredulidad apoderarse de él, seguida de una intensa emoción: las lágrimas rodaron por sus mejillas sucias.

"¡Lia! ¡De verdad eres tú! ¡Lia!", gritó, corriendo hacia ella con desesperación.

Se detuvo en seco, a un paso, cuando la hoja de la hoz le apuntó directamente.

Un movimiento más y le cortaría la garganta.

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