Capítulo 2

"De verdad eres tú…", dijo el hombre con la voz temblorosa, pero no por miedo, sino por la emoción.

"¿No me reconoces? Soy tu hermano, ¡Carl Murray! Desapareciste cuando tenías tres años y te hemos estado buscando desde entonces. Vine porque tu nombre apareció en una actualización del sistema nacional de información. El resto de la familia no estaba segura, así que me mandaron a confirmar si eras tú de verdad".

Sus palabras eran atropelladas, pero el rostro de Eliana permanecía inexpresivo, y su mirada denotaba una cautela evidente. Minutos antes acababa de escapar de que la vendieran, por lo que confiar a ciegas no era una opción.

"No me importa quién seas. Vete ahora mismo o te arrepentirás", advirtió con frialdad.

Su regla era simple: no atacar a menos que la agredieran primero.

La incredulidad de la joven solo aumentó la desesperación de Carl.

"Lia, te lo juro. Soy tu hermano mayor. Nuestra familia es la más rica de Qidence. En Navidad, cuando tenías apenas tres años, hubo una gran celebración. Había tanta gente que te perdimos de vista. Nunca dejamos de buscarte".

Eliana lo examinó con la mirada, lenta y deliberadamente. "¿La familia más rica llega en una bicicleta oxidada?".

Él bajó la vista hacia la bicicleta, como si recién se percatara de ella, y se apresuró a explicar: "Mi auto se descompuso en el camino. Le pedí prestada la bicicleta a un aldeano solo para llegar más rápido. Te lo juro, ¡nuestra familia es realmente la más rica de Qidence!".

"Ahórratelo. No te creo nada. Vete", espetó ella.

El hombre parecía atrapado en una casa en llamas, buscando una salida con desesperación.

De pronto, su rostro se iluminó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un colgante de jade con forma de pez. "Mira. Esta es la mitad del colgante que papá mandó a hacer para ti. Cuando desapareciste, llevabas la otra mitad colgada del cuello".

En el instante en que sus ojos se posaron en el jade, algo cambió en la expresión de Eliana. Bajó la hoja de la hoz ligeramente.

Acto seguido, sacó de su cuello el colgante que había llevado por años. Su mitad encajaba perfectamente con la que él sostenía.

La imagen fue suficiente para que la convicción de Carl se volviera inquebrantable. Ella no era un simple parecido; era su hermana, a quien había estado buscando todos esos años.

Hasta ese momento, solo se había fiado de la semejanza de la joven con su madre, pero el colgante no dejaba lugar a dudas.

"La parte trasera del tuyo tiene tu nombre, Eliana Murray, ¿verdad?", preguntó él, inclinándose hacia adelante con impaciencia.

Ella entrecerró los ojos. El diminuto grabado era casi imperceptible. La posibilidad de que él dijera la verdad la hizo titubear por primera vez.

A regañadientes, bajó la guardia y preguntó: "¿Dónde dejaste el auto?".

"En la carretera principal del pueblo vecino", respondió Carl sin vacilar.

"Bien. Llévame. Y escúchame bien: si esto es un engaño, no verás el amanecer", advirtió ella con dureza.

"Entendido", respondió Carl de inmediato. Se subió con torpeza a la bicicleta destartalada que estaba junto a la puerta y le hizo un gesto para que subiera.

Eliana iba a negarse cuando una oleada de mareo la envolvió.

Tardó unos segundos en recuperar la estabilidad antes de subirse al asiento trasero.

Carl comenzó a decir: "Agárrate fuerte y…".

"Cállate. Pedalea. Sigue ese camino", le ordenó ella.

"De acuerdo", asintió él y comenzó a pedalear.

No podía dejar de pensar que ella no era la hermanita dulce y delicada que había imaginado. Era, sin duda, una mujer que sabía defenderse sola.

Tomó una respiración profunda y siguió pedaleando con más ahínco hacia el pueblo vecino.

Eliana lo guio por el camino, y recorrieron el trayecto sin cruzarse con ningún rostro conocido.

Casi media hora después, llegaron a la vista del pueblo vecino.

Durante todo el trayecto, Eliana había luchado por disimular los efectos de la droga que aún la debilitaba.

En cuanto sus pies tocaron el suelo, su mirada se posó en un elegante auto negro de lujo, estacionado a un lado del camino. La rueda delantera izquierda estaba completamente desinflada.

Carl se apresuró a tranquilizarla: "Lia, no te preocupes. Ya llamé al taller más cercano. Llegarán en dos horas, quizá menos…".

Antes de que él terminara de hablar, Eliana ya había abierto el maletero. Sacó una llanta de repuesto y un juego de herramientas como si lo hubiera hecho cientos de veces. Sin decir palabra, se dirigió a la rueda dañada.

"¿Qué estás haciendo?", preguntó Carl.

"Cambiar la maldita llanta", respondió ella.

Esperar dos horas no era una opción; la gente de su antiguo pueblo nunca había sido de fiar y quedarse allí era buscarse problemas.

"¿Sabes hacer eso?", preguntó él, incrédulo.

Eliana no se molestó en responder. Colocó el gato hidráulico, elevó el auto y, en cuestión de minutos, la llanta de repuesto estaba firmemente ajustada. Apartó la llanta dañada de una patada, abrió de un tirón la puerta del conductor y se deslizó tras el volante.

Carl seguía paralizado cuando ella espetó: "No te quedes ahí parado. Sube".

"Sí, claro". Carl reaccionó y subió de prisa al asiento del copiloto.

Con una sonrisa, exclamó: "Lia, eres increíble. Cambias una llanta como si nada. Yo ni siquiera sabría cómo hacerlo. Ah, por cierto, ¿y a qué venía la hoz de antes?".

"Para cortar pasto para las ovejas", contestó ella con frialdad.

La simplicidad de su respuesta lo golpeó más fuerte de lo que esperaba.

"No tenía idea de que las cosas hubieran sido tan difíciles para ti. Mira, una vez que estemos en casa, nunca más tendrás que hacer trabajos como ese… ¡Ah!".

Antes de que pudiera terminar, el auto salió disparado como una flecha. Su voz se quebró por el pánico. "¡Reduce la velocidad! ¡Vas demasiado rápido! Te lo digo en serio, ¡baja la…!".

"Cállate", lo interrumpió ella con voz fría. Su parloteo incesante le estaba haciendo zumbar los oídos.

Cuando los gritos comenzaron de nuevo, ella no vaciló. Su mano se movió con un golpe seco y preciso, y el ruido cesó de inmediato.

El motor rugió con más fuerza y el auto zigzagueó entre el tráfico mientras las bocinas de otros vehículos sonaban por doquier.

...

Dentro de un avión que esperaba para despegar, Janessa colgó la llamada con el rostro sombrío y le arrancó el antifaz a Neal. "Tenemos un problema", dijo, fastidiada.

Neal abrió los ojos, molesto. "¿Qué problema?".

"La casa de Brianna se incendió. Todos los que estaban dentro murieron en el fuego".

El peso de sus palabras lo hizo incorporarse de golpe. "¿Y Eliana?".

"¿Acaso no es obvio? ¡Se quemó con los demás!". La mirada de Janessa no contenía ni una pizca de dolor, solo irritación. "Hacía años que no la veías, y se había puesto muy bonita. ¡Venderla por treinta mil fue una pérdida! Teníamos un trato: después de verificar si seguía siendo virgen, nos darían los quince mil restantes. Ahora ese dinero se esfumó".

Neal soltó un suspiro de alivio. "No importa. Cuando me case con Khloe, quince millones serán el gasto de un solo día".

Para él, Eliana, flacucha y olvidable en aquel entonces, no podía compararse con Khloe Clarke, la hija mimada de la familia Clarke y la mujer con la que estaba a punto de casarse.

"Aun así, quince mil no es poca cosa…", refunfuñó Janessa.

Neal sacudió la cabeza y explicó: "Te falta visión. Si ella estuviera viva, yo nunca dormiría tranquilo. Imagina que Khloe se entera de que estuve comprometido con Eliana; se volvería loca. Ahora que está muerta, es imposible que Khloe descubra que existió".

Ese pensamiento pareció calmar la molestia de Janessa, y sus labios esbozaron una media sonrisa. "Tienes razón. Cuando volvamos a Qidence, pasaré por la iglesia. Quizá encienda una vela por ella, para que descanse en paz".

La expresión de Neal se endureció con desaprobación. "¿Y arriesgarte a que Khloe o su familia se enteren? Es inútil. Eliana ya no está, y que llores por ella o no, no cambia nada. Su muerte no tiene nada que ver con nosotros; fue solo mala suerte que la persiguió hasta la tumba".

Janessa estaba por asentir cuando un fuerte rugido de su estómago la interrumpió.

Recordó los pasteles que había traído de casa y buscó rápidamente en su bolso.

Una tarjeta bancaria se deslizó de entre los envoltorios y cayó al suelo con un chasquido.

"Se te cayó algo", comentó Neal, señalando al suelo sin mucho interés.

Al agacharse para recogerla, Janessa se detuvo al reconocer la tarjeta. "Eliana estuvo depositando dinero en esta cuenta desde que empezó a trabajar. Sabía que ir al banco me tomaba más de una hora, pero se negaba a darme el efectivo, solo por fastidiar".

Neal bufó con desdén. "Dejó la escuela a los doce para irse a trabajar. ¿De verdad crees que ha ahorrado mucho? Si la familia Clarke se entera de esta tarjeta, te causará más de un problema. Deshazte de ella".

Él intentó arrebatarle la tarjeta antes de que pudiera responder, pero Janessa la guardó rápidamente en su bolso.

"¡El dinero es dinero! Aunque solo haya depositado mil al mes, con los años eso suma más de cien mil".

Neal se recostó, se bajó el antifaz y la ignoró.

Ya tendría que lidiar con Khloe al llegar a Qidence, a quien nunca le había gustado que él llevara a su madre consigo.

Mientras tanto, Carl, todavía adolorido por el golpe que Eliana le había dado, recobraba el sentido. Justo en ese momento, se dio cuenta de que ya habían llegado a Qidence.

Capítulo 3

Carl sintió un dolor punzante en la base de la nuca, así que se masajeó el área con una mano mientras observaba a su alrededor.

El interior del auto parecía intacto. A través del parabrisas, distinguía el perfil de la ciudad, con la Torre Pearl recortándose contra la brumosa distancia.

Fue entonces cuando la realidad lo asaltó: estaba de vuelta en Qidence.

Lo último que recordaba era haber salido del pueblo con Eliana al volante, pero en algún momento, y sin previo aviso, había perdido el conocimiento.

Recorrió el auto con la mirada y una inquietante certeza lo invadió: Eliana no estaba allí.

Se giró en el asiento y aguzó la vista hasta que finalmente la encontró a unos metros.

Eliana conversaba con un joven de cabello rizado y revuelto que le enmarcaba el rostro.

"El laboratorio ya envió los resultados", dijo el hombre con voz baja pero apremiante.

"¿Y qué dijeron?", preguntó Eliana, entrecerrando los ojos.

En lugar de responder, el hombre le entregó una fina carpeta. "Será mejor que lo leas tú misma".

Eliana lo miró con el ceño fruncido. Una sospecha comenzaba a formarse en su mente.

Abrió el informe y pasó directamente a la última página. Las palabras le devolvieron la mirada: "El análisis de las muestras de ADN de ambas partes confirma un lazo de consanguinidad".

Cerró el informe con un gesto brusco y su mirada se ensombreció, reflejando una tormenta de emociones contenidas.

Desde que tenía memoria, había vivido con la creencia de que era huérfana y, si eso no era cierto, entonces sin duda había sido abandonada.

Esa convicción la había disuadido de buscar la verdad. Incluso con sus talentos y recursos, nunca había intentado encontrarlos.

En su mente, quienes la abandonaron no merecían ser su familia.

Saber la verdad sobre sus orígenes la dejó con un torbellino de emociones que no podía definir del todo.

Aun así, la idea de volver corriendo con su familia no le atraía.

La vida junto a sus subordinados era ahora su realidad.

Observándola con atención, el joven de cabello rizado finalmente preguntó: "Entonces, ¿vas a volver para conocer a la familia Murray? He investigado un poco: además de ti, tienen seis hijos y una hija adoptiva. La situación familiar es bastante complicada".

Ella le devolvió la carpeta sin dudarlo. "Complicada o no, necesito verlo por mí misma".

Su rostro se iluminó con aprobación. "Es el momento perfecto. Este año trasladamos nuestra sede a Qidence. Tener conexiones aquí facilitará todo".

Eliana entrecerró los ojos levemente. "Así que este era tu plan desde el principio: empujarme a regresar con la familia Murray".

Rascándose los rizos, él sonrió tímidamente. "Más bien es una jugada inevitable. El mercado de Eighvale está destrozado. Un grupo desconocido nos ha asestado un golpe duro; hemos sufrido pérdidas constantes sin siquiera saber quiénes son. Necesitamos un nuevo territorio".

"Entonces, avísales a todos que estén listos para empacar en cualquier momento", dijo Eliana.

"Entendido", respondió él con un rápido asentimiento. Se alejó, pero se detuvo al recordar algo. "Ah... durante tu ausencia, cerramos un contrato importante. Es para tratar a un paciente de aquí. Ya que estás en la ciudad, ¿puedes encargarte?".

"¿Qué ofrecen?", preguntó Eliana.

"Dijeron que, si el paciente se recupera, podemos poner el precio que queramos", respondió el hombre.

Eliana arqueó una ceja. "Entonces, que esta sea nuestra tarjeta de presentación en Qidence".

Antes de que su última palabra se desvaneciera, un leve sonido provino del interior del auto.

Con un gesto, Eliana despidió al hombre de los rizos, y él desapareció sin decir más.

Momentos después, Carl se acercó, siguiendo con la mirada la dirección por la que se había ido el hombre.

"¿Quién era ese, Lia?", preguntó, con curiosidad en la voz.

"Solo un conductor que contraté. Él nos trajo a Qidence", respondió Eliana con naturalidad.

"Entiendo". Carl no la cuestionó, pero se llevó la mano al cuello. "Qué extraño... Siento un dolor agudo".

"Seguramente te quedaste dormido durante el viaje y es solo tortícolis", respondió ella con el mismo tono despreocupado.

"¿Tú crees?". Entrecerró sus ojos, todavía inseguro.

"Estoy segura", dijo Eliana con un firme asentimiento.

A pesar de las palabras tranquilizadoras de ella, una duda silenciosa persistía en la mente de Carl.

Cada vez que intentaba concentrarse en lo que había sucedido antes, el dolor punzante en el cuello se agudizaba hasta que se rendía.

Al final, lo único que importaba era que Eliana estaba de nuevo con él.

"Vamos, vamos a casa. Mamá y papá deben de estar esperando", dijo Carl, visiblemente emocionado.

"De acuerdo, vamos". Eliana aceptó sin discutir y lo dejó conducir.

Carl se enderezó, decidido a demostrarle que podía dominar el volante en un viaje tranquilo.

Sin embargo, las calles de Qidence estaban atascadas, con tráfico denso y semáforos interminables que no le daban oportunidad de acelerar.

Tras más de una hora, su paciencia fue recompensada cuando cruzaron las puertas de una lujosa propiedad.

Eliana recorrió el lugar con la mirada y, por primera vez, empezó a creer en los alardes de Carl sobre la riqueza de los Murray.

Se le ocurrió que, como hija reconocida de tal familia, trasladar la sede del Sindicato Ónix aquí sería mucho más fácil de lo que había imaginado.

Apenas tuvo tiempo de asimilarlo cuando el auto se detuvo. Al bajar, vio a varios sirvientes uniformados que cargaban equipaje hacia las puertas.

Carl se adelantó y detuvo a uno de ellos. "Briar, ¿qué está pasando? ¿A dónde van?".

Al reconocerlo de inmediato, Briar Ward inclinó la cabeza en señal de saludo antes de responder: "Ha habido... un cambio importante en la familia durante su ausencia".

Mientras él explicaba, la situación se volvió clara para Eliana.

El padre de Carl, Louis Murray, antes el hombre más rico de Qidence, había sido implicado en una investigación económica de alto perfil y puesto bajo custodia.

Con él, sus hijos Damon y Sawyer, el mayor y el segundo, también estaban detenidos para ser interrogados.

El imperio del Grupo Murray había sufrido un golpe devastador, y el personal estaba siendo despedido en masa.

Acababan de recibir su liquidación, y los que aún se mantenían leales se marchaban ahora con el corazón encogido.

Carl se quedó inmóvil, como si las palabras no lograran asentarse en su mente.

Eliana le dio un suave tirón de la manga. "Vamos. Veámoslo por nosotros mismos".

Eso pareció devolverlo a la realidad. Con una expresión aturdida nublando sus facciones, la guio a través de la puerta principal.

El salón los recibió con una escena tensa: una joven esbelta estaba arrodillada ante una mujer de mediana edad que vestía un elegante traje.

"Mamá, por favor, no tuve otra opción... Con todo derrumbándose aquí, los Clarke no me aceptarán si no rompo lazos con nuestra familia. No tienes que preocuparte, es solo por las apariencias. Después de casarme con la familia Clarke, aún podré ayudar...", suplicaba la joven.

Ante esas palabras, Stella Murray cerró los ojos, con una expresión de silenciosa y dolorosa decepción.

La caída de la familia no había sido un accidente, sino un movimiento calculado. En parte, buscaba ganar tiempo y construir influencia; en parte, era una prueba para ver si la generación más joven podía soportar la adversidad.

Aun así, después de más de veinte años bajo su cuidado, su hija adoptiva, Leyla Murray, decidió marcharse en cuanto llegaron los problemas.

Incluso los sirvientes que habían sido despedidos habían ofrecido silenciosamente regresar si la familia los necesitaba.

Leyla, sin embargo, parecía decidida a poner la mayor distancia posible entre ella y los Murray.

Carl no esperó a que su madre hablara. Se acercó y le dio una bofetada.

Sosteniéndose la mejilla, Leyla lo miró con incredulidad. "Carl, ¿me pegaste?".

Con los ojos fríos, él replicó: "Sí, lo hice. ¿Y por qué no? Solo buscas salvar tu propio pellejo mientras nosotros nos hundimos".

"Tú...", comenzó Leyla, con la voz tensa.

"¡Basta! Cásate con quien quieras. Nos da igual. ¡Ya no eres una Murray!", gritó él.

La mirada de ella pasó de Carl a Stella, quien permanecía en silencio. Entonces, Leyla soltó una risa seca y se puso de pie. "Está bien. Lo han dejado claro. Esta es su decisión, no la mía".

De su bolso sacó un documento doblado y añadió: "Firmen esto. A partir de ahora, sus problemas no son los míos, y me da igual si terminan en la cárcel".

Carl le arrebató los documentos de desvinculación antes de que Stella pudiera reaccionar y garabateó su nombre sin titubear. "Listo. ¡Ahora, lárgate!".

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