Portada de la novela Pacto Infernal

Pacto Infernal

9.4 / 10.0
Mientras su madre agoniza, Amanda presencia el asesinato de una mujer idéntica a ella. Capturada por el criminal Pablo Ferrari, se ve obligada a aceptar un trato extremo para costear el trasplante que salvará a su progenitora: suplantar a la difunta Elena en el hogar del capo Alejo Troconi. Inmersa en la mafia, Amanda oculta que aún es virgen, un secreto que podría costarle la vida si el mafioso lo nota. ¿Logrará Pablo rescatarla de este peligroso engaño?

Pacto Infernal Capítulo 1

Dicen que hay momentos en que el tiempo y el espacio se detienen para que dos personas que estaban destinadas a estar juntas se encuentren.

Son las nueve de la mañana, Amanda corre por el pasillo, la noticia de la recaida de su madre, la llena de terror. De frente a ella, en sentido contrario una mujer camina haciendo respiraciones rápidas y sujetando su barriga, ambas están en medio de una difícil situación; una de ellas con temor a la muerte de su madre, la otra a punto de traer al mundo una nueva vida. Se tropiezan sus hombros, ambas se disculpan, hay en una algo que sorprende a la otra. Mas, el momento se esfuma instanteamente. Elena toma el pasillo para las parturientas y Amanda hacia el lado de emergencia.

Aún ninguna de ellas sale de su expectación.

—Dios, esa mujer se parece tanto a...

—Familiares de la paciente Verónica Lugo, por favor. —se asoma la enfermera hasta el corredor principal.

—Yo, yo, soy su hija.

La enfermera se acerca, le entrega el recipe de medicamentos y le señala:

—Debe traer este medicamento ahora mismo, su madre está bastante mal. Si no recibe el tratamiento... —hace una pausa y niega con su cabeza.

Amanda no necesita que la mujer termine aquella frase para saber lo que ocurrirá. Desde que su madre comenzó con aquellos dolores hace un par de años, ella es quien ha estado a su lado tratando apoyándola. Trabajando día y noche para reunir el dinero y lograr el trasplante de riñón de su madre. En ese país, no basta estar en lista de espera, siempre el que tiene más, pasa a primer lugar en la lista, ella lo sabe.

Desesperadamente camina con la receta en la mano, las lágrimas se deslizan por sus mejillas, con el reverso de la sudadera gris, se limpia el rostro. Saca el móvil para verificar cuanto dispone en su cuenta y comprar el medicamento.

Repentinamente se tropieza con un hombre algo raro en su comportamiento, parece que busca a alguien con afán. Va acompañado de otro sujeto cuyo aspecto aterroriza a cualquiera, una cicatriz en su rostro y un gesto de desprecio hacia ella, la hacen estremecer.

—Disculpe —se excusa ella, con el más alto de los dos. El hombre es sumamente apuesto, ojos claros, barba incipiente y mirada profunda.

—Muévete Pablo. —increpa a su amigo, quien no deja de mirar a la chica sorprendido.

Amanda apresura el paso, a ratos voltea a ver hacia atrás y Pablo también lo hace, sus miradas se vuelven a encontrar. Ella ve cuando toman el pasillo hacia el área de parto.

Cruza la calle, entra a la farmacia. Pregunta por el medicamento.

—Lo siento señorita está agotado.

La angustia de Amanda aumenta, ella no sabe que hacer. Sale de allí, camina hacia la próxima farmacia, tampoco encuentra el medicamento. Una cuadra más adelante, finalmente consigue, pero el dinero es insuficiente.

—Por favor, lo necesito con urgencia, mi madre está muy mal, se me muere.

—Lo siento, pero esto no es un lugar de beneficencia pública. Son medicamentos importados. No puedo hacer nada por usted.

Amanda sale devastada de aquel lugar, no puede creer que ese sea el fin de su madre, las lágrimas corren por su rostro. Cruza la calle sin poder ver claramente, la bocina de los autos que frenan cerca a ella, la aturden aún más.

—Quítate del medio, loca —grita el conductor del auto.

Ella no voltea a verlo, sólo corre hasta la acera, entra al hospital por la puerta trasera. Corre por el pasillo, tropieza nuevamente con alguien, levanta el rostro, es el mismo hombre de hace minutos atrás.

—Tú, otra vez —dice él, con un tono firme, pero a la vez tierno.

—Disculpe, disculpe —llora sin poder ocultar su angustia.

—¿Qué te ocurre?

—Disculpe, no lo conozco. —agrega ella con un nudo en la garganta sin tener con quien desahogarse.

—¿Puedo ayudarte? —aquellas palabras son mágicas, pero ella no se atreve a decirle nada, la mano donde sujeta el papel tiembla y la deja caer.

Pablo se agacha, recoge el papel, ve el medicamento y le vuelve a preguntar:

—¿Necesitas comprar esto? —ella apenas asiente. Él se voltea hacia su compañero.— Ya regreso.

La toma del brazo rumbo a la salida, salen hasta la calle. Él cruza junto a ella dando grandes pasos.

—Allí, allí hay —responde ella.

—Aguarda aquí —él va hasta la parte de atrás pide el medicamento, lo compra y sale hasta la entrada. Vuelve a sujetarla del brazo y cruza junto con ella. Entran hasta el hospital.

Amanda no encuentra maneras de agradecerle aquel extraño su gesto. Había orado tanto entre lágrimas que sólo puede agradecer aquel milagro.

—No tengo como agradecerle esto.

—No te preocupes, sé lo que se siente. —ella se dispone a irse y él la detiene— Por lo menos dime cómo te llamas —ella sonríe levemente.

—Amanda Lugo, ese es mi nombre. —Se aleja apresuradamente, cada minuto es vital para su madre. Llega hasta el área de emergencia y lleva el medicamento.

—Tenga, disculpe si tardé pero no tenía como... —la enfermera toma el medicamento y entra hasta donde está la madre de Amanda.

Ella se sienta, intentando calmarse. Recuerda el rostro y la mano suave de aquel hombre. Piensa que debe ser eso, un ángel. Cierra los ojos y aguarda a que el médico salga y hablar con él.

Minutos después, el médico sale y ella va detrás de él.

—Dr Mario, ¿Cómo está mi madre?

—Amanda la situación de tu madre cada vez es peor, la diálisis no está funcionando. Debemos hacer el trasplante cuanto antes.

—Doctor usted sabe que mi madre está en la lista de espera, yo, yo no he podido hacer más de lo que hago para ayudarla.

—Lo sé Amanda —coloca su mano sobre el hombro de la chica— La próxima recaida puede ser mortal. Allí no podré hacer nada.

Las palabras del médico son como una daga que atraviesa el corazón de Amanda. Verónica, su madre lo es todo para ella. Siempre han sido ellas dos, una para la otra, sin más nadie a su alrededor. Su padre nunca lo conoció, sólo ha escuchado de él pocas cosas y no muy buenas del todo.

Amanda camina hacia el pasillo, de ida y vuelta. Aguarda a que su madre sea dada de alta y regresar a la pensión donde alquilan, todo es caos en su mente, todo pareciera venirse abajo. Recuerda entonces a la chica con la que se topó minutos atrás. El parecido entre ambas es extremo, ¿tendrá algo que ver con ella? ¿Quizás sea hija de su padre? ¿Quizás es su dopler ganger? Se dirige hacia la sala de parto. Escucha las voces de los hombres que conversan frente a la puerta del quirófano. Reconoce la voz grave de Pablo, queda paralizada cuando escucha aquella frase:

—Si no entrega al niño, hay que matarla —afirmó Rubén.

—¿Estás loco? El jefe pidió que la lleváramos con vida, a ella y al bebé.

—Esa perra es la culpable de la marca en mi rostro.

—No fue su culpa. Sólo intentaba defenderse.

—Deja las pendejadas Pablo. Yo sé lo que tú y ella... —hace una pausa al escuchar el ruido que produjo el móvil de Amanda al sonar.

Ella se regresa por el pasillo, atiende y finge no haber escuchafo aquella conversación, de pronto siente la mano cubriendo su boca y ve la pistola apuntando en su sien.

—¿Estabas espiando? —la interroga el sicario. Ella niega con su cabeza, mientras intenta decirle que no.

—Déjala Rubén. —ordena Pablo. El hombre obedece, descubre su boca y la empuja. Pablo se acerca a ella.

—¿Estás bien? —ella Asiente aterrada. Ahora siente pánico al verlo.— No le hagas caso a mi compañero, es un patán. Está nervioso porque su esposa está dando a luz.

La mira para observar su reacción. Astutamente, Amanda finge no haber escuchado la conversación anterior.

—Venía para darle las gracias nuevamente por lo que acaba de hacer por mi madre.

—No hay nada que agradecer. Estuve en una situación igual con alguien a quien amaba mucho y por no tener dinero, esa persona no está más. —el desconcierto en su voz fue evidente.

—Lo lamento mucho.

En ese momento, la enfermera sale con el niño en brazos y Rubén va detrás de ella. Pablo lo sigue, mientras Amanda respira profundamente intentando calmarse. Aquello que ocurre no es normal. La madre de aquel bebé está en peligro. Ella va hasta la sala de recuperación. El médico sale y ella entra. Ve a la mujer sobre la camilla, realmente es demasiado grande el parecido entre ellas como para pensar que es apenas una consecuencia. Elena también la mira y pregunta angustiada:

—¿Dónde está mi bebé?

—Está bien, lo llevaron al área de recién nacidos.

—No, no. Esos hombres desean hacerle daño. Es mi bebé. Ayúdame por favor. —le implora.

Escucha los pasos acercarse y reconoce la voz de aquel hombre repugnante, se esconde desesperada debajo de la cortina.

—Nos volvemos a ver, perra. —Elena está aterrada, intenta gritar y él le cubre la boca.— No se te ocurra gritar. Al salir de aquí te irás con nosotros. El patrón ya sabe que es su hijo. —Elena niega con su cabeza intentando defender a su hijo de aquel atroz destino.

En un intento desesperado muerde la mano de Rubén y éste sin dudarlo, dispara en su cabeza con el arma usando silenciador.

—¿Qué mierda hiciste? —irrumpe Pablo en la habitación.— El jefe dijo que la quería viva, imbécil.

—El patrón sólo necesita a su heredero y ya lo tenemos.

—No sabes en el lío en que te metiste.

Nuevamente el móvil de Amanda comienza a vibrar, es el médico de su madre, algo terrible ocurre, ella tiembla de pánico, debe contestar aquella llamada, mas si la descubren ella será la próxima en morir.

—¿Quién está allí? —pregunta y se acerca a la cortina, la levanta.— Esta vez estás muerta —sonríe Rubén.

Pablo se lleva las manos a la cabeza, esta vez no tenía como evitar que su impulsivo compañero actuara. Amanda suplica por su vida.

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