El vestido de seda azul profundo, encontrado por la sirvienta en el vasto vestidor, era una obra de arte y una tortura. Apenas abrazaba el cuerpo de Olivia Fox, y aunque disimulaba la sutil curva de su embarazo mejor que el jersey de lana, la hacía sentir dolorosamente expuesta. Un estilista, enviado por Caín, había transformado su simple cola de caballo en un sofisticado peinado recogido, y su rostro pálido ahora lucía un maquillaje experto que ocultaba la fatiga y el miedo.
Cuando Olivia bajó al gran salón, Caín ya estaba esperándola. Vestido con un esmoquin que parecía una segunda piel, era la personificación del poder silencioso. Él la miró con la mirada crítica de un coleccionista revisando una adquisición.
-Perfecto. Casi- Caín se acercó a ella, y el olor a su colonia cara y hielo la invadió. Se detuvo a centímetros, sus ojos azules fijos en su escote. -Solo una cosa.
Tomó de un joyero de terciopelo una gargantilla de diamantes tan pesada que la luz que reflejaba era cegadora. Con manos firmes, la colocó alrededor del cuello de Olivia. El frío del metal era un recordatorio físico de su situación.
-En este mundo, el silencio se compra con diamantes. Úsalos. Son parte de la farsa- ordenó. -Esta noche cenamos con los Arslan. Quiero que seas silenciosa, sonrías en el momento justo y actúes como la esposa devota y asombrada. Eres mi activo esta noche. ¿Entendido, Olivia?
-Entendido, Caín- respondió Olivia.
-Bien. Y si por casualidad experimentas alguna... indisposición- dijo, haciendo una pausa y mirando su rostro con severidad. -Sal de la habitación inmediatamente. Tu palidez en la oficina ya me demostró que eres frágil. No toleraré ningún incidente que ponga en peligro la fusión.
El restaurante era una fortaleza privada en la azotea de un edificio, con vistas panorámicas que solo confirmaban la inmensidad del imperio de Caín. La cena fue agotadora. Olivia sonreía hasta que le dolían las mejillas, asintiendo a los términos financieros que no entendía y riendo de los chistes que le parecían crueles.
El señor Arslan la miró con aprobación. -Caín, esta joven te ha sentado bien. El matrimonio te ha calmado el temperamento.
-Olivia es una excelente compañía- mintió Caín, deslizando su mano por la espalda de Olivia en un gesto que era posesivo ante los demás, pero que para ella se sentía puramente controlador. La mantuvo cerca, no por afecto, sino para asegurar que su "activo" estuviera donde debía.
A mitad de la cena, mientras hablaban de inversiones en el Bósforo, Olivia sintió una oleada de náuseas. Era la peor hora, el peor lugar. El olor del costoso vino tinto en la mesa era demasiado. El maquillaje profesional no podía ocultar el sudor frío que perló su frente.
Caín la sintió tensarse bajo su mano. Él se inclinó, su aliento en su oído era frío. -¿Qué sucede?- Su voz era apenas un siseo furioso, solo para ella.
-Necesito ir al... al tocador- logró articular Olivia, susurrando.
Caín no dudó. Se puso de pie con una facilidad asombrosa.
-Disculpen- dijo Caín, con una sonrisa forzada a los Arslan. -Mi esposa está un poco indispuesta. Ha tenido un día largo adaptándose a su nuevo ritmo.
El comentario era condescendiente, pero cumplía su objetivo. Olivia pudo escapar al baño y dejó que el malestar la consumiera, temiendo que el esfuerzo físico de las náuseas hiciera saltar alguna costura de su vestido.
Cuando regresó, Caín ya estaba en el pasillo esperándola, su rostro duro.
-Te tardaste. Te dije que no toleraría incidentes- Caín la tomó por el brazo, su agarre era de hierro.
-No fue mi culpa- siseó Olivia, tratando de soltarse. -Mi cuerpo está exhausto.
-Entonces, acostúmbralo- Caín la arrastró suavemente de vuelta a la mesa. -O te juro, Olivia, que la próxima vez no habrá excusas. Si pones en peligro esta fusión por tu debilidad, no me importará si te vas a la calle.
Regresaron a la mesa. La cena terminó finalmente, y el camino de vuelta a la mansión fue en un silencio tenso.
Al llegar a la suite de Olivia, ella se quitó los diamantes y el vestido con una rabia sorda. Él era su captor, pero también su única protección.
El sonido de una puerta abriéndose la hizo sentarse. Era Caín. Entró sin llamar, quitándose la corbata con un gesto abrupto.
-La cena fue un éxito a pesar de tu... exhibición de fragilidad- Caín fue al minibar y se sirvió un trago. -Necesito que me des el calendario de tu periodo exacto de aquí en adelante. Si hay alguna citas médicas que debes seguir, o cualquier dato sobre tu salud. Te harás una limpieza de cutis, un chequeo de vitaminas, lo que sea. Pero no quiero alboroto. Necesito que estés bien cuando te necesite.
Olivia se sintió humillada. -No tienes derecho a entrar aquí sin llamar. Y no tienes derecho a mi información médica. Nuestro contrato es de una esposa social, no de una esclava.
Caín se giró. Sus ojos se entrecerraron. -Tengo todos los derechos que me da este contrato, Olivia. Y el derecho a saber lo que puede afectar mi negocio. Recuerda, tu debilidad es el punto de quiebre de mi imperio, y mi paciencia contigo es el hilo del que pende tu vida.
El aire vibró con su amenaza. Caín tomó un largo sorbo de su bebida y se acercó a la puerta. Antes de irse, se detuvo y dijo, con una frialdad final:
-Mañana, la primera lección: vamos de compras. Necesitas un guardarropa que refleje tu nuevo estatus y que te permita ser funcional, no una molestia frágil. Y no te atrevas a usar ese jersey.
Y con un portazo que sacudió la lujosa habitación, se fue, dejando a Olivia sola con la aterradora verdad de que su esposo, el hombre que la había comprado, ahora controlaba incluso la forma en que respiraba.