Capítulo 2

Melissa no encontraba tiempo para divertirse, tampoco quería faltar al contrato firmado con su esposo, que, aunque hubiese pasado tres años seguía sin conocerle. Su mejor amiga, Rebeca Ferrara, está cansada de verla siempre agobiada y con la infelicidad retocando sus mejillas.

—¡Dime qué esta noche si me acompañaras a la inauguración de mi bar! Ya pronto se vence el contrato que hiciste con ese hombre, debes aprovechar y recuperar el tiempo que perdiste. —Melissa había decidido honrar a la familia Mancuso hasta el día en que se venciera el contrato y pudieran firmar el divorcio.

—No tienes que insistirme tanto Rebeca, ya le envié un mensajero a Michael para organizar el divorcio. Entonces acepto, estaré de primera en la inauguración de tu bar. —Rebeca Ferrara saltaba de la emoción porque tenía preparado algo especial para ella.

—Me encargaré de que no te arrepientas de la decisión que acabas de tomar. —Ambas sonrieron, y se encaminaron al aula donde tendrían la última clase de psicopatología con un profesor que debía renunciar a su cargo por problemas de salud. Fue emotiva la despedida. Después de eso, Melissa se iría a su respectiva casa para descansar un poco y asistir al evento de inauguración en la noche.

Casi que obligada por Hannah, eligió un vestido corto de color rojo, luego le envío una selfie a su amiga para qué comprobará lo atractiva que se veía; sin embargo, no se sentía cómoda porque exhibía una gran cantidad de piel, así que eligió unos pantalones de color rojo y una camisa de manga larga en satín perlado, además de unos tacones de aguja rojos.

No era necesario llevar un bolso porque dejaría sus cosas personales dentro del auto, quería estar tranquila disfrutando del logro de Rebeca.

Apenas puso un pie en el bar, una copa con champagne se detuvo frente a sus ojos.

—¡Hay que brindar, perra! —dijo Rebeca—. Celebra el triunfo conmigo.

Por ser la primera copa la aceptó. Pero luego se percató qué Rebeca intentaba embriagarla y se abstuvo de recibir más licor.

El ambiente se estaba tornando un poco desagradable, no se sentía cómoda y prefirió salir a la terraza para recibir un poco de aire fresco.

Se quedó observando en cielo, pensando en lo desafortunada que era, hasta parecía que sobre sus hombros pesaba alguna maldición, que sus padres biológicos y los adoptivos hayan muerto de manera trágica, no podía ser una simple coincidencia.

De pronto observó a la distancia que varios hombres corrían con sus armas desenfundadas. De inmediato supo que perseguían a alguien y empezó a buscarlo con su mirada.

Odiaba de forma significativa a todas las organizaciones que tuvieran alguna relación con la mafia, por fin dio con el hombre al que todos esos hombres perseguían, estaba oculto detrás de un muro y si ella no hacía nada para salvarlo tendría los minutos de su vida contados.

Sin pensarlo mucho bajo corriendo y salió del bar sin avisar o despedirse. Encendió el motor de su coche y condujo en dirección al muro donde ese hombre intentaba resguardarse.

—¡Súbete! —le gritó abriendo la puerta del auto.

—¡Lárgate! No te importa… ¡Desaparece de aquí! ¿Acaso quieres morir? —preguntó el hombre con el rostro ensangrentado y al parecer su hombro dislocado.

—Qué te subas, he dicho, ¡pendejo! —reclamó sabiendo que los enemigos andaban cerca—. ¡No me obligues a repetirlo!

Aquel hombre decidió confiar en ella y se subió al coche.

—¡Gracias! —agradeció mientras se alejaban del lugar. Pero de seguro no podrían llegar muy lejos, uno de los hombres copió la placa del auto e hizo una llamada.

—Ahora dime ¿Quién es esa gente? ¿Por qué te persiguen? —interrogó—. Habla y sabré a donde llevarte para que curen esas heridas. El hombre se sintió conmovido porque estaba pensando en su bienestar.

—Son mafiosos del grupo “Sagrado castigo” me siento frustrado, por más que intente mantenerme en el anonimato, filtraron mi ubicación y ahora no hay lugar donde pueda esconderme. Eres una intrépida loca, ahora te van a perseguir también. —Melissa lo miró con incredulidad.

De algo le servía ser la más aplicada en su carrera, había hecho contacto con varios chicos estudiantes de medicina. Pero ahora asistiría a pedirle ayuda a una chica que vivía cerca de donde estaban, sabía que estaría en casa estudiando porque era bastante aplicada.

—¡No hables, procura mantenerte vivo mientras llegó a casa de una amiga que te hará una curación, por ningún motivo me atrevo a llevarte a algún hospital, ya todos deben estar plagados de esa gente! —mencionó con seguridad.

El hombre había dedicado unos segundos para observarla, se percató que se sintió atraído no solo por su valentía sino también por su belleza—. ¡Aquí es! —dijo sacándolo de su ensoñación.

Abrió la puerta para bajarse, pero el hombre la detuvo:

—Dime, ¿qué quieres? ¿Dinero? ¿Poder? Incluso yo mismo, podría ser tu recompensa. —Melissa sintió que su rostro se llenó de vergüenza, aunque no podía observarlo bien porque el cabello y la sangre ocultaba gran parte de la cara, por la forma en que vestía se deducía que era un hombre elegante.

Sin embargo, por un momento se detuvo en el azul de los ojos de ese hombre y quiso aceptar la recompensa, no le interesaba dinero, ni poder, quería un amor bonito para su vida.

Melissa dibujó una media sonrisa y se quedó pensando en la respuesta que le daría, pero en ese instante entro una llamada de Rebeca.

—Dime, ¿Dónde estás? Trae de inmediato tu sucio trasero ante mí —le dijo que de inmediato regresaría y colgó.

—Disculpa, pero no puedo aceptar ninguna de sus propuestas. Te quise salvar, porque estoy en contra de esos grupos que usan su poder para violentar a los demás, sin importarles si son inocentes o no. Entonces mi respuesta es: no. Ya obtuve mi recompensa al salvarte —dijo abriendo la puerta del auto para que bajara. Se apresuró a llamar a la puerta de la casa de su amiga y le pidió que lo curara. Luego le explicó que no podía quedarse porque Rebeca la estaba solicitando con urgencia.

—Espera chica valiente. Por lo menos dime tu nombre. —Melissa sabía que de alguna forma en algo turbio debía estar involucrado, así que prefirió mentir.

—Soy Marta… un placer. —No esperó a que pronunciará otra palabra y corrió a su auto.

***

—¿Dónde estabas señorita? Llevó un rato buscándote. Quiero presentarte a alguien, que se interesó en ti. ¡Vamos! —La agarró de la mano y la arrastró en medio de la multitud. Estuvo buscando por un largo rato al hombre que deseaba presentarle, pero no lo pudo hallar.

—Dame un momento, también tendré que llamarlo, no puede ser que te traje con todas las intenciones de presentarte a este hombre y ahora tenga que buscarlos a uno por uno para juntarlos —reclamó furiosa Rebeca.

Melissa sonrió y mientras esperaban que apareciera el fulano principal azul que Rebeca le había elegido se sentó frente a la barra y pidió un trago.

Cerca de una hora esperando y cuatro tragos después, Melissa empezaba a sentirse mareada. —¡Ha llegado Melissa! ¡Ha llegado!

—No, Rebeca, ya no quiero conocer a nadie más. Recuerda que soy una mujer casada —dijo enseñándole la mano con un anillo. La boca le apestaba a alcohol, así que Rebeca tomo unas mentas y se las hizo tragar.

—Pronto serás una mujer divorciada. Además, tu marido, se puede decir que te abandonó, dime cuándo fue la primera vez que lo viste, el día de tu boda que te hizo instalar en su casa. ¿Hablaste con él? ¿Tuvieron sexo? ¡Nada de eso pasó! Entonces quédate tranquila. Pronto saldrás de ese atolladero, lo único bueno fue que salvaste la empresa. —Rebeca tenía razón en cada una de sus palabras. Pero solo por no llevarle la contraria intentaría conocerlo y después se negaría a mantener algún tipo de relación con él.

—Me convenciste, veamos a ese chico. —De nuevo pasaron por toda la pista y llegaron hasta un perfumado y recién bañado hombre.

—¡Hola! —susurró Rebeca detrás de aquel hombre de anchas y fornidas espaldas.

—¡Buenas noches lindas...! —Se quedó helado porque de todas las mujeres en el mundo a la que menos esperaba ver era a Melissa—, señoritas —continuó hablando porque se percató de que Melissa no lo había reconocido.

Capítulo 3

—¡Gracias por el halago! —respondió Rebeca.

—¿Qué hacen a estas horas de la madrugada solas, sin un hombre que las esté cortejando? —interrogó aquel hombre que no era otro más que Michael Mancuso.

—¡Porque la estaba guardando para ti! ¡Dijiste que vendrías a la inauguración de mi bar y quería brindarte la mejor compañía de todas! —dijo Rebeca guiñándole un ojo—. Ahora sí, me disculpan, debo continuar atendiendo a mis invitados.

Se alejó y los dejó solos para ver hasta dónde eran capaces de llegar, iba cruzando los dedos para que Melissa se dejará seducir de ese apuesto y galán caballero.

—¿Qué te parece si bailamos? —dijo Michael extendiendo su mano.

—¡Bailemos! —dijo ella y entonces él tomó con delicadeza su mano y la llevo hasta la pista. Elevó su mano hasta el hombro izquierdo y ella, sin percatarse que había un objeto extraño en el piso, se dobló el pie, ejerció presión en el hombro de aquel desconocido y este emitió un gruñido lastimero—. Lo siento, ¿te lastimé?

—No te preocupes, ¿tú estás bien?

—Sí, solo pise mal y se me dobló el pie, ¡estoy bien! —Ahora, con más confianza, él tomó las manos de la chica y se rodeó con ellas el cuello, luego la atrajo hacia él con las suyas y al oído le interrogó.

—¿Con qué te llamabas Marta? ¿Por qué mentiste? —Melissa reaccionó y quiso apartarse del él, pero no pudo.

—No, no puedes ser el mismo hombre que… de… ¿Cómo…? —se quedó sin aliento.

—Si soy el mismo. ¡Gracias por lo que hiciste por mí!

—¿Pero estás bien? Tenías todo el rostro lleno de sangre. ¿Te lastimé el hombro? ¡De verdad lo siento! —Melissa estaba impactada.

—Estoy bien, solo fueron rasguños. Tu amiga me hizo una buena curación. Te preguntarás ¿Por qué sucedió todo eso? No tengas miedo, no soy un matón. —se burló—. Pero tengo enemigos poderosos.

—Entonces me quedo un poco tranquila.

—Sabes que me parece curioso que no recuerdes mi rostro. Es la primera vez que sucede. En la gran mayoría de casos las mujeres se mueren por tener una aventura, apenas me conocen. —Michael estaba pensando que ella solo estaba fingiendo no haberse percatado de quién era, así que necesitaba descubrir que tanto sabía—. Necesito que me aceptes una salida este fin de semana. No quisiste aceptar la recompensa, pero si quisiera verla de nuevo.

—¡Acepto! —respondió Melissa mientras sentía que ese hombre le metía una mano dentro de su pantalón… la imaginación de Melissa voló de inmediato y se quedó inmóvil hasta que vio que solo estaba sacando su teléfono celular que llevaba allí oculto, agendó un número y de nuevo volvió a ponerlo donde estaba.

—¡No habrá excusa! Esperaré tu mensaje. —De pronto todos los que estaban en el lugar gritaron e hicieron fuertes ovaciones al escuchar que una samba empezaba a amenizar el ambiente.

Melissa no se quedó atrás y empezó a moverse con agilidad y belleza, Michael Mancuso no dejaba de observar lo atractiva que era esa mujer. Se acercó a ella y a pesar de los rasguños que tenía en su cuerpo se movía con soltura.

Ambos se sentían atraídos sin ninguna duda, estaban disfrutando el momento.

Por un largo rato estuvieron bailando y disfrutando de la fiesta. El administrador del club anunció que la fiesta en algunos minutos se daría por terminada, no podían exceder del tiempo establecido.

—¡Vamos, te llevo a casa!

—No hace falta, yo traje mi coche.

—No pretenderás que te deje conducir en ese estado, yo te llevo. —Ella aceptó y le entrego las llaves de su auto.

—Tienes un bonito apartamento —le dijo Michael Mancuso.

—Sí, así es. Estudio psicología en la universidad privada, que está a unas cuantas cuadras de aquí, lo compré porque me facilitaría la vida vivir cerca de mi casa de estudio, soy una mujer con muchos compromisos —Michael la felicitó por ser una mujer dedicada. Lo que aún no le pensaba revelar era que había encontrado trabajo en esa universidad.

Él con amabilidad le abrió la puerta del coche y la ayudo a salir. La acompañó a subir las escaleras y espero a su lado mientras ella buscaba las llaves.

—Me la he pasado muy bien esta noche. Recuerda la invitación que te hice para el fin de semana. —Ella sonrió con timidez y lo miró a los ojos. Hasta le pareció que tenía serías intenciones en besar sus labios.

—¡También la pasé increíble! Gracias… —dijo y se giró para abrir la puerta, pero él la tomó de ambos hombros, la volteo y le plantó un beso en la mejilla.

Melissa se sonrojó y no entendió «¿Por qué había sido tan rudo solo para besarla en la mejilla?» Pero mejor que hubiese sido así, ella seguía siendo una mujer casada.

Apenas Melissa se despidió y cerró la puerta, Michael no se podía explicar «¿Por qué no había sido capaz de besarla en los labios?»

Luego su rostro se ensombreció al ver que Regina, su “Mamba negra” como él la apodaba, estaba esperándolo con las manos en la cintura como si se hubiese percatado de todo lo que había pasado con Melissa.

—¿Qué es todo esto? —preguntó agarrándola de un brazo y haciéndola girar en sentido contrario.

—Lo mismo pregunto yo, ¿A qué juegas? Justo a varias cuadras de aquí te habían tendido una emboscada, al parecer te estuvieron siguiendo toda la noche. —Michael, sin ningún asombro, interrogó.

—¿Ustedes qué hicieron?

—También te estábamos siguiendo, una de tus empleadas me comentó que habías llegado con la ropa llena de sangre y que habías vuelto a salir, así que busque una comisión y nos fuimos a cuidarte la espalda. Vi como bailaste con esa mujer toda la noche. ¿Ahora resulta que la amas? —interrogó con desdén.

—Eso no fue lo que te pregunté… ¡no lo haré dos veces porque no eres sorda, Mamba!

Ella, aún humillada porque no le había ofrecido una explicación, respondió, —¡Todos murieron! —No tuvo fuerzas para dar más explicaciones porque los celos estaban arañando su corazón, llevaba mucho tiempo de siendo la amante de Michael Mancuso.

—Me parece perfecto. Ahora quiero advertirte de otro asunto, —dijo tomándola de la barbilla y sujetando con fuerza—. Si algo le llega a pasar a esa chica, usted pagará con su vida, me oíste Regina.

Ella le quitó la mano con furia y protestó —No tienes que advertírmelo, sé quién es… no en vano he estado todos estos años a tu lado. Pero déjame decirte que no me agrada que te arriesgues de esa manera… ¡Solo por ella fuiste capaz de salir de nuevo a exponerte!

—No es así, tenía un compromiso con una amiga. La aparición de Melissa en el lugar fue coincidencia. Además, siempre te dije que serías mi amante, en ningún momento te ofrecí posibilidades para ser más que eso.

—Me queda todo muy claro. —Caminó y se subió a uno de los autos, quienes esperaron a que Michael se subiera para salir del lugar en caravana.

Al día siguiente, Melissa recordó con intriga todo lo que había sucedido. Hasta había soñado con ese hombre y su perfume. —¡Ocúpate en algo Melissa! Eres una mujer casada. —era increíble que se estuviera cuestionando tanto por un esposo inmaduro que había decidido huir de su vida.

No sabía cómo empezar a buscarlo para exigirle el divorcio, ya necesitaba salir de ese problema, tal vez así podía empezar su vida de forma normal sin temor a ser señalada como una adúltera.

Después de tomarse un café, quiso ir hasta la casa del abuelo de su marido para hacerle una pregunta que hasta ahora resonaba en su cabeza.

Se vistió bastante formal, porque el abuelo Joseph era un hombre elegante y exigente. Bajó al parqueadero para ir en su auto, pero se percató que había un charco de sangre y lo que menos quería era que el abuelo pensara que ella estaba involucrada en algún delito. Así que prefirió irse en taxi. Al llegar a la casa el abuelo Joseph estaba regando las flores del jardín, cuando la vio bajarse del taxi, cerró la llave y se acercó a interrogar.

—¿Qué ha pasado con tu auto? —Melissa rápidamente mintió.

—Tiene una pequeña falla mecánica y tuve miedo de quedarme accidentada en la mitad del camino. ¿Cómo estás, abuelo? —Se acercó y le dio un beso en ambas mejillas.

—¡Qué alegría de que puedas venir a visitar a este pobre viejo! —La tomó de la mano y la guio hasta el interior de la casa.

—Perdón por no haber pasado antes, pero he tenido algunos días muy cargados, con las evaluaciones de la universidad y todos los deberes de la empresa. —Se sentía mimada cuando hablaba con el abuelo Joseph

—Te entiendo mi pequeña niña, llevas muchas ocupaciones en tu espalda. —dijo él con su voz cansada, así que procuraría ser objetiva

—Abuelo, nunca he preguntado ¿Por qué mi padre hizo un trato con esta familia para que yo me casara con su nieto? —interrogó.

—Siempre estuve muy agradecido con tu padre, Paolo Dupont, un gran hombre, ojalá Dios haya perdonado sus culpas. —Miró en dirección al cielo y continuó—. Fue un trato que hicimos entre los dos. Él me salvó la vida y yo le prometí cuidar de su familia en su ausencia. Sí, establecimos un acuerdo, si algún día le ocurría algo, mi nieto se casaría con la hija mayor, es decir contigo para que fuese tu protector. Estaba en deuda con ese hombre, por eso mantuve mi palabra y la mantengo. —Ahora Melissa entendía que lo que había sucedido era el pago de una deuda moral nada más.

—Gracias abuelo. Me ha encantado tu sinceridad, ahora debo retirarme. —Se levantó de la silla y entonces él la detuvo:

—Solo espero que ya se te haya pasado la tonta idea de querer divorciarte de mi nieto. —Melissa sonrió, pero no pudo decirle nada—. Le ordenaré a mi chófer que te lleve a casa, mi nieta política no puede estar en la calle sola y sin protección, tendré que hacerle algunos severos reclamos a mi nieto.

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