Barbra
Al salir del restaurante me dirijo al edificio. Dejo mi scooter en el estacionamiento y subo al piso donde vivo. Saco la tarjeta y entro en mi dulce hogar.
Vivo sola desde que me mudé a la universidad, ya que mis padres están en Alaska. Solo me comunico con ellos cuando tengo tiempo libre. Por eso es muy raro cuando los llamo. Esa es la razón por la que los extraño algunas veces.
Me dirijo a la cocina, agarro un pedazo de pan, abro uno de los cajones y saco el envase de mantequilla de maní. Con una cuchara esparzo un poco sobre el pan y, sin perder tiempo, comienzo a comer.
Después de comer me voy a la habitación y busco en mi armario un traje para hoy. Busco y encuentro el que me conviene. Lo guardo dentro de mi bolsito, luego meto los tacones, dejo el bolso sobre la cama y comienzo a desvestirme para ir a la ducha y lavar mi cuerpo.
Después de varios minutos me coloco un vestido holgado de color rosa y unas zapatillas, agarro mi bolso y salgo del edificio en dirección al estacionamiento. Subo a mi scooter y acelero rumbo al club.
Al llegar estaciono mi moto y entro por la parte trasera del lugar. Se puede escuchar la música a todo volumen. A esta hora apenas empiezan a llegar los clientes; ya algunas chicas se encuentran bailando. Entro al camerino y tomo asiento en el mío. En el sitio están Pilar, Axia, Britney, Lola y otras más que no recuerdo sus nombres, son muchas.
—Hola, Ax —dejo mi bolso sobre mis piernas y la miro. Ella sostiene un labial de color rosa—. ¿Cómo te encuentras?
—Súper —termina de pintarse los labios, presiona y los abre lentamente, casi soltando un beso—. ¿Cómo estás tú? —me dedica una mirada.
Miro mi reflejo en el espejo.
—Muy bien, gracias por preguntar.
Axia usa un traje de dos piezas: sujetador con tiras y un bikini, ambos de color fucsia y llenos de lentejuelas. En su cabello rubio lleva unas trenzas dobles que, con ayuda de extensiones, llegan hasta su trasero bastante grande.
La veo levantarse y mirarme.
—Nos vemos —se despide retirándose.
—Adiós —mascullo mientras inicio mi maquillaje.
Aproximadamente hace tres meses empecé este trabajo como bailarina exótica. Se me hizo fácil entrar, ya que a la jefa le gustó mi perfil y la forma en que bailo. Por supuesto, antes hice una audición, al igual que Britney y Lola, y quedé seleccionada. Lo del baile se me da fácil porque desde pequeña estuve en una academia de danza árabe, lo cual es una ventaja en este empleo. Una de las cosas importantes de este trabajo es el cuerpo: debo mantenerme en forma.
Yo solo me encargo de bailar en la pista, con la ayuda de un tubo metálico o, como otras lo llaman, pole dance. Hay que bailar con sensualidad y usando ropa muy reveladora. Aquí el objetivo es transmitir originalidad y ser extremadamente sexy.
Todas acá somos, digamos, otras personas; tenemos nombres artísticos. Solo con esos nombres nos conocen los clientes del club. Está terminantemente prohibido que los clientes pidan información personal de las bailarinas, ya que ellos solo vienen a pagar por vernos y nosotras solo estamos aquí para bailar, eso es todo. Otra cosa prohibida es salir del club con algún cliente y prostituirse, porque esto es solo un club donde bailamos, no para prestar servicios sexuales.
Hay otros donde sí lo hacen, pero bajo perfil.
Los clientes no deben tocar a ninguna chica que esté bailando. La única forma de que lo hagan es en un privado, y estos mayormente son bailes de regazo, que consisten en bailar sobre el cliente. Aun así, es solo si la bailarina quiere. Si incluye tocar, debe pagar aparte. Hay otras modalidades, como el de mesa, las que se quitan la ropa hasta quedar desnudas, etc. Yo simplemente me encargo de bailar y nada más. He hecho varios privados con pole dance. ¿Lo bueno? Pagan muy bien y, si es privado, mucho más. Aun así tengo muchas solicitudes, pero no las acepto. Mayormente quieren toquetear y sexo.
Mi nombre artístico es Black Ángel —Ángel Negro—, así que en la noche o mientras estoy trabajando solo soy conocida por ese nombre. La única persona que sabe sobre esto es Ricardo, nadie más. Es un secreto que guardo. Muchas personas ven este trabajo como algo indecente, pero lo que no saben es que es igual que cualquier otro oficio, como el de una enfermera o el de una camarera. La diferencia es que bailamos, somos animadoras.
El significado de mi nombre se debe a que siempre visto prendas de color negro, es mi estilo. Algunas veces uso antifaz, otras solo maquillaje, depende del atuendo. Hay que ser creativas.
Me coloco un brassier modelo strapless que hace ver mis senos en su lugar. Es de tela metalizada y me queda muy ajustado. Un bikini, una falda plisada muy corta, todo del mismo material y del mismo color. Por último, unos tacones de aguja con plataforma de 10 cm, negros, igual que la ropa que uso.
Una cosa importante es que la ropa debe ser de buena calidad y cómoda, ya que al bailar puede ocurrir un accidente, como que se rompa alguna prenda, entre otras cosas. Mi cabello castaño oscuro lo dejo suelto con rizos suaves. De maquillaje esta vez solo ojos ahumados y labios de color rojo cereza. Luego, lo que no puede faltar: un perfume llamativo. En esta ocasión, Good Girl de Carolina Herrera.
—Es tu turno —escucho que anuncia Katy, la encargada.
La miro de inmediato y asiento.
—Voy en camino.
Sin perder tiempo me dirijo a la pista y, al salir, solo puedo ver a los espectadores frente a mí y el bullicio. Hay mujeres, pero mayormente son hombres los que asisten. De diferentes edades, tamaños, razas y colores. Solteros, casados, con hijos, sin hijos. De todo tipo.
El club está entre claro y oscuro, lo típico de este tipo de sitios. Así que al comenzar la canción inicio mi baile. Al final el piso ya está lleno de billetes de dólares. No está permitido que los clientes se acerquen a darme dinero; si lo hacen, lo dejan en el piso. Así que el chico que los recoge pasa de inmediato por mi lado para hacerlo.
Después de trabajar, me quito todo lo que llevo puesto y me vuelvo a colocar la ropa que traje. Tuve que pedir permiso por lo que debo hacer hoy, así que hoy digamos que no hubo mucho dinero. Mañana será mejor.
Salgo del lugar despidiéndome de las chicas y me dirijo a la salida donde se encuentra mi motocicleta. Subo a mi scooter y me abro camino al restaurante.
Comienzo a conducir por las solitarias calles de Boston mientras siento el frío que hace que mi piel se erice por completo. Debí traerme un abrigo.
Al llegar no entro por el estacionamiento, sino que estaciono la moto en el callejón. En ese lugar está la puerta trasera que va directo al área de la cocina.
Alerta, miro a ambos lados, saco las llaves, las introduzco en el candado y abro. Luego uso otra de las llaves en la cerradura, giro tres veces y abro. Al entrar, todo está totalmente oscuro. Enciendo la linterna de mi teléfono, cierro la puerta detrás de mí y camino por el pasillo hasta llegar a la cocina. En cuanto llego, las luces se encienden.
En ese momento el vigilante entra a la cocina. Es un señor que ronda los 55 años, más bajo que yo, con ojos grises y viste un traje de pantalón con camisa azul marino.
—Buenas, señor Milo —lo saludo y luego saco mi teléfono para mirar la hora: 01:03.
—Buenas noches, señorita.
—¿No ha venido el camión? —mirandolo elevo la ceja.
—Aún no, señorita —me mira y regala una sonrisa amable de labios apretados.
Asiento lentamente y me cruzo de brazos.
—Me parece que deberíamos esperar en el estacionamiento, ¿no cree? —ladeo la cabeza mirandolo con el ceño fruncido.
—Me parece bien, sígame —él se gira.
Él comienza a caminar con una linterna en la mano y yo lo sigo esta vez alumbrando con la de mi teléfono. Cruzamos por el área de las mesas, que es gigante y todo está completamente oscuro. Nos toca caminar varios minutos y, bueno, el señor Milo camina muy lento. Pero después llegamos al estacionamiento. Al salir puedo ver que este lugar sí está totalmente iluminado. Me quedo de pie, me cruzo de brazos y me limito a esperar la comida.
En estos momentos le he lanzado mentalmente muchas maldiciones a Travis Masson. Mi scooter está del otro lado del restaurante, solo espero que no me la roben. Ambos me hacen venir a estas horas de la madrugada, cuando podría estar aprovechando para ganar dinero.
El señor Milo y yo solo estamos esperando y esperando. Él silba la melodía de Popeye el Marino. El aburrimiento nos hace hacer ciertas cosas. Viéndolo bien, no me gustaría ser vigilante, es demasiada soledad para mi gusto.
Hubo un momento en el que me cansé de estar de pie y simplemente me senté en el piso. Desbloqueo mi teléfono e inicio una partida de Candy Crush para distraerme. Luego se descarga y solo me quedo mirando la nada mientras los ojos se me cierran solos.
—Señorita —escucho una voz lejana y unos toques en mi hombro.
No me había dado cuenta de que me había quedado dormida. Me levanto de un respingo y miro al señor.
—Disculpe, ¿qué hora es? —restrego mis ojos y me pongo de pie.
—Son las 05:30, señorita.
Abro los ojos de par en par, atonita.
—¡Por los cielos! —agarro mi cabeza—. Debo irme —me pongo de pie.
—La acompaño.
Así que con pasos rápidos y sintiendo cómo me hierve la sangre de rabia, llego hasta la puerta.
—Gracias, señor Milo. Que tenga un lindo día —trato de ser amable. Debo agradecer que fue mi unica compañia.
—De nada, señorita, igual para usted —el señor hace una afirmación.
Me siento aliviada de que mi scooter aún esté aquí. Sin perder tiempo subo y me marcho a mi hogar.
Travis Masson, me las vas a pagar.
°°°
Solo escucho que la alarma suena. Extiendo mi mano hasta mi teléfono y la apago. Prácticamente no pegué el ojo en toda la madrugada; si dormí dos horas fue mucho. Me siento agotada, como si hubiera estado en un maratón.
Me levanto para ir nuevamente al trabajo, me doy una ducha rápida y me coloco mi uniforme, esta vez el pantalón negro —que mi jefe tenía razón en llamarme la atención por no usarlo—, es una regla y yo la incumplí. Siempre antes de ir al trabajo desayuno; así que hago unos huevos revueltos y luego tomo asiento en mi sala a comer mientras miro el noticiero. Los ojos me pesan, las ojeras se notan aunque esté a diez mil kilómetros de cualquier persona.
Puto Masson, puto camión, puto Jon.
Horas después me encuentro sobre Miss Pink camino al restaurante. Luego del tráfico me estaciono, bajo y guardo el casco. Sujeto mi cabello y, con mi bolsito ya sobre mi hombro, ingreso al lugar. Por el camino me encuentro con Scarlett que viene llegando.
—Buenos días, Barbra —me saluda ella con una pequeña sonrisa en sus labios mientras me observa con sus ojos verdosos.
—Buenos días, Scarlett, ¿cómo amaneciste?
—Muy bien, con una pereza que te puedo hasta contagiar.
—No, no creo, ya yo la tengo.
Y es la verdad. Ayer me acosté súper tarde por lo del camión de comida que nunca apareció, sin mencionar la pequeña siesta que di con los fantasmas del restaurante y el vigilante.
Entramos a la cocina y ya la mayoría se encuentra en el sitio. Lavo mis manos y salgo a la parte trasera en busca de Ricardo, ya que Naomi aún no llega y los demás no son de confianza. Se me hace algo incómodo entablar una conversación con alguno. Además, están reunidos hablando no sé qué y no quiero entrar en su charla. Tengo tanto sueño que hasta hablar me da pereza.
Al estar frente a la puerta pesada de hierro la empujo y salgo, ahora encontrándome con Ric fumando uno de sus cigarros matutinos.
—Hola —me detengo a su lado.
Él está recostado contra la pared con un pie apoyado en ella y el otro en el piso. Esto es un callejón, donde a los lados solo hay basura.
—Este lugar es asqueroso —comento mirando a los lados.
Él libera humo por la nariz y me mira.
—Hola, Barbri —saluda—. ¿Cómo amaneciste? —acerca nuevamente el cigarro a sus labios y aspira.
Miro al frente y veo el pene grande dibujado sobre la pared de ladrillos. La gente grosera y sus cosas, en vez de hacer una obra tipo Leonardo da Vinci, hacen morbosidades.
—Estoy bien —ladeo mi cabeza, observando el pene—. Vaya, es el pene más grande que he visto —suelto aún mirando.
Ricardo ríe, libera humo y luego tose.
—Si sigues así morirás pronto, amigo —lo miro preocupada.
—Ya no lo puedo dejar —vuelve a dar una calada—. ¿Cómo te fue ayer en el club?
Lanzo un suspiro.
—Muy bien, fue mucha gente.
—Sí, me imagino. ¿Cómo está mi tía? —tira la colilla del cigarrillo.
—Katy está bien —lo observo.
Afirma y luego mira al frente.
—No me había dado cuenta de lo grueso que es —espeta mirando el pene dibujado en la pared.
Dejo escapar otra carcajada estrepitosa.
—Vamos, es hora de entrar —enlazo mi brazo al de él.
—Lo digo en serio —comenta sonriendo.
Entramos y después solo comenzamos con nuestro trabajo de todos los días. Pero yo ando como uno de los zombies de The Walking Dead. Todo me molesta, mi mal humor se nota desde lejos. Pero claro que no por eso le daré malas caras a los que están a mi alrededor.
En el almuerzo los chicos solo hablan y yo estoy en posición de descanso tratando de relajarme.
—¿No dormiste anoche? —inquiere Scarlett.
—Sí, anoche dormí aquí, con los fantasmas del lugar —respondo aún en posición de descanso.
—¿En serio? ¿Estuviste aquí anoche? —interroga Ricardo en un tono sorprendido.
—Sí…
—¿Por qué?
—Órdenes del hijo de puta de Masson —respondo con rabia.
—Oh… lo siento. ¿Por qué tú? —cuestiona Naomi.
—Porque me odia —confieso con molestia.
—Y se acabó el descanso —avisa Ricardo mirando su teléfono.
—A trabajar, compañeros.
Con pesadez me levanto y los sigo para entrar nuevamente a la cocina. Al llegar puedo ver que Jon sale de la oficina y de inmediato clava su mirada sobre mí.
—Evans —escucho que pronuncia mi apellido.
Con pasos lentos me acerco.
—Hola —trato de sonar amigable y que mi rostro no revele el odio instantaneo que le tengo con solo verlo.
—Lo siento por haberte hecho venir, al jefe se le olvidó comunicarte que el camión canceló la entrega —comenta él haciendo una mueca de preocupación.
¡¿Qué!?
Sonrío como una desquiciada.
—¿Es en serio? —mi tono de voz suena serio y una líne se posa en mis labios.
Jon me lanza una mirada llena de comprensión.
—Sí, lo lamento, de verdad. ¿Nos disculpas? —curva los labios con verguenza.
Qué lindo él… ahora sí que le declaré la guerra.
—No te preocupes, está bien —sueno despreocupada.
Mentalmente le saqué el dedo del medio porque si lo hago me despiden.
Saco las llaves y se las entrego.
—Ten.
—Gracias, Barbra.
Sonrío y después me giro. Mi rostro cambia a uno completamente fruncido. Bastardo, idiota, malnacido.
Decido irme nuevamente a continuar con lo que hago. Pero es que la rabia que siento me va a dar un infarto. Se le olvidó. ¡Al maldito se le olvidó! ¡No lo soporto!
En ese momento veo que Rupert se acerca hasta Esmé para indicarle que elabore un cappuccino para el jefe. De inmediato me acerco y me detengo a su lado para observarlos a ambos.
—Yo lo hago —sonrío dulcemente.
—Bien, se lo llevas al señor Masson —Rupert me mira con tranquilidad.
Entrelazo mis manos sonriendo.
—Sí, lo llevaré, señor.
Él me regala una pequeña sonrisa y se retira a otra parte de la cocina. Así que sin perder tiempo comienzo a preparar el cappuccino, y por último le agrego solo un poco de canela. Ya cuando está listo, me encamino en dirección a la oficina donde el jefe se encuentra completamente solo.
Al entrar, él eleva su mirada azul hasta mí.
—Buenos días, señorita Evans —saluda con educación.
Le sonrío.
—Buenos días, jefe. Acá le traigo el cappuccino, el señor Rupert me pidió que se lo entregara —lo dejo sobre su escritorio.
—Gracias —agarra la taza aún mirándome—. Lamento lo de anoche…
Yo igual.
—¡Oh! No se preocupe, está bien. Cosas que suceden —pestañeo con una pequeña sonrisita.
Asiente y toma un trago largo de su bebida.
—Hasta luego, si necesita algo estaré en la cocina —me giro y con pasos lentos comienzo a caminar hacia la puerta mientras mentalmente cuento:
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Escucho que empieza a toser sin parar. Lentamente dejo salir una sonrisa malvada. Doy la vuelta sobre mis zapatos y lo miro con el rostro serio.
—¿Está bien, señor? —frunzo el ceño.
Su rostro blanco ahora es de un tono muy, pero muy rojo.
—Llama una ambulancia —habla con debilidad y continúa tosiendo.
Me giro nuevamente casi lanzando una carcajada. Abro la puerta y salgo de la oficina.
—¡Rápido! ¡El señor Travis está en problemas! —exclamo alarmada para todos los que se encuentran en la cocina.
Todos me observan. Veo cómo Jon sale casi corriendo y entra a la oficina.
—¡Está teniendo una reacción alérgica! ¡Llamen una ambulancia!
Dije que me las iba a pagar. Lo que hice no es para matarlo ni nada, solo una pequeña venganza. Además, solo le coloqué un poquito de canela, que lo único que haría sería ocasionar que su garganta se hinche. Pero nada grave.