Después de presenciar aquella aberración con sus propios ojos, Annika se apresuró a regresar a su habitación, como si el mismo diablo le pisara los talones. Cerró la puerta con un golpe seco y echó el seguro antes de lanzarse hacia el baño, donde vació su estómago en el retrete. Varias arcadas más, hasta que su garganta quedó ardiendo y su cuerpo se tensó, dominado por la náusea. Se apoyó contra el lavabo, respirando con dificultad, mientras el pecho le hervía de angustia.
-Maldito...-susurró, su voz temblorosa, llena de repulsión por lo que acababa de presenciar. -¡Maldito seas, Rainer!.
Golpeó el lavabo con furia, la impotencia apoderándose de ella. No podía hacer nada. Ni siquiera huir parecía una opción viable. La sensación de estar atrapada la consumía, como un peso insoportable sobre su pecho.
Salió del baño con el rostro demacrado por la rabia. Sin pensarlo, arrancó el vestido rojo que le habían impuesto y lo pisoteó, con furia, hasta que sus fuerzas se agotaron. Se desplomó en la cama, su cuerpo temblando, con las lágrimas al borde de los ojos, pero se negó a dejarlas caer. No por él, no por ese hombre tan despreciable. Antes morir que derramar una sola lágrima por alguien como Rainer.
En busca de consuelo, apagó las luces y se envolvió en las mantas, abrazando el calor de la cama. Al menos, pensó, tenía ropa, comida, y cierta comodidad. Debía aprovecharlo mientras pudiera, antes de que ese hombre la redujera a nada, antes de que su vida se convirtiera en una jaula. Cerró los ojos, todavía furiosa, pero con una determinación férrea. Ya sabía lo que debía hacer con ese bastardo.
***
El día después de casarse con Rainer no trajo ningún cambio. Todo seguía igual de hostil, como siempre. Ser la señora de la casa no resultaba muy distinto a ser una sirvienta de bajo rango, porque al parecer, la rubia amante de Rainer tenía el privilegio -o la desgracia- de ocupar su cama.
-Esto es lo que hay -dijo la sirvienta de siempre, colocando la bandeja de comida sobre la mesita de noche en la habitación de Annika-. Rainer ha pedido que te trajeran el desayuno, como una pequeña muestra por haberte convertido en la señora Vogel.
Las palabras de la mujer caían sobre Annika como un veneno, amargas y crueles. Annika, sin embargo, las ignoró.
-Gracias -respondió, con una calma helada-. Parece que mi marido empieza a tener buenos detalles.
La sirvienta levantó una ceja y torció una sonrisa cínica.
-¿Ah, sí? -se burló-. Pensar eso solo demuestra lo poco que te valoras, después de haberme visto acostarme con tu supuesto esposo, justo frente a tus ojos.
Annika esbozó una sonrisa burlesca. Una mínima mueca de indiferencia.
-Las amantes son útiles solo cuando nadie más está disponible -dijo con frialdad, haciendo que la sonrisa de la rubia se desvaneciera de inmediato-. Disfruta de mi "marido", espero que te suban el sueldo por el esfuerzo de abrirle las piernas.
El rostro de Lavinia se tornó rojo de furia. Sus puños se apretaron a los lados de su cuerpo, pero rápidamente se recompuso, forjando una sonrisa de victoria.
-Respiras por la herida -dijo con desdén-. Estás muriéndote de celos por la humillación de anoche. No puedes soportar que una simple sirvienta te haya arrebatado la atención de Rainer.
-Te lo regalo -suspiró Annika-. Ah, perdón, olvidé que Rainer no es un hombre a tu nivel. Estoy segura de que preferiría cortarse los huevos antes que presumir delante de la sociedad con una simple sirvienta. -Se puso de pie y, con desdén, miró a Lavinia por encima del hombro-. Si vas a seguir calentando su cama y ser su juguetita, hazlo bien y deja de ladrar. Ahora, lárgate.
La sirvienta estuvo a punto de actuar por impulso, levantando la mano para abofetearla, pero logró mantener la compostura. En lugar de eso, esbozó una sonrisa forzada antes de salir de la habitación. Era mejor dejar pasar la provocación y hacerle la vida imposible en otro momento, que arriesgarse a perder el favor de Rainer por una simple rabieta.
Annika, por su parte, rodó los ojos con fastidio antes de fijarse en la bandeja de comida sobre la mesita de noche. ¿Acaso eso era lo único que había? ¿Y Rainer se lo había enviado por algún tipo de consideración? Se echó a reír y negó con la cabeza. No parecía un desayuno lleno de buenas intenciones, sino más bien sobras, que rápidamente desechó en la basura. Prefería pasar hambre antes que tragar ese revoltijo de tripas.
El resto del día lo pasó encerrada en su habitación, mirando por la ventana o hojeando un libro, sintiéndose más inútil que nunca. No tenía nada que hacer, y aunque su vida con sus padres no era menos tormentosa, al menos entonces no estaba atada a nadie ni soportaba el desprecio de los empleados. Era libre, a su manera.
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Se busca personal para limpieza y mantenimiento en mansión privada.
Se requiere empleado/a de limpieza y mantenimiento para trabajar en una mansión privada de alto nivel. Las responsabilidades incluyen:
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Requisitos:
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Annika se incorporó en la cama con los ojos fijos en el número de contacto que aparecía bajo el anuncio. La emoción inicial de imaginarse trabajando para sí misma pronto se desvaneció, eclipsada por la realidad de su situación: estaba atada a un marido que no solo la mantenía relegada, sino que la trataba como una prisionera.
Si tan solo pudiera trabajar... ese infierno sería más soportable. Un empleo, sin importar cuál fuera, sería una vía de escape. Desde pequeña, había aprendido a ser una ama de casa impecable, un legado que su madre se encargó de inculcarle con rigor. Pero aunque viviera rodeada de lujos, hacer algo por cuenta propia no disminuía su valor ni la hacía menos digna.
Con cuidado, recortó el número del anuncio y lo guardó en un cajón. Mientras lo hacía, su mente ya buscaba estrategias para convencer a Rainer de que la dejara trabajar. Sabía que no sería fácil. Recién casados, él parecía decidido a controlar cada aspecto de su vida. Tendría que descubrir algún punto débil, si es que lo tenía, para abrirse camino hacia la libertad que tanto anhelaba.
Escuchó a lo lejos el rugir de un motor. Annika saltó de la cama y se asomó a la ventana de su habitación, viendo el auto de Rainer entrar en los terrenos de la mansión. Su verdugo había llegado.
Se apresuró al espejo, ajustándose la ropa: los mismos vestidos glamurosos de siempre, impregnados con ese insoportable aroma a otra mujer. Peinó su cabello rubio con rapidez y se roció un poco de perfume. Una vez lista, salió al salón para recibirlo.
Cuando Rainer entró, la observó de pies a cabeza con una expresión que oscilaba entre la extrañeza y el escrutinio. ¿Estaba ella finalmente cumpliendo con el papel que él esperaba? Algo en su interior se revolvió.
-Tenemos que hablar -dijo Annika, firme. Él frunció el ceño.
-¿Acaso no ves que vengo de trabajar? -espetó con irritación, justo cuando Lavinia apareció para tomar su portafolio y quitarle el saco con un gesto deliberadamente coqueto-. Estoy cansado, más tarde.
Rainer pasó junto a Annika con Lavinia siguiéndolo de cerca, pero ella no estaba dispuesta a rendirse. Lo alcanzó justo a tiempo, apartando a la sirvienta y sujetándolo por la manga de la camisa para detenerlo.
-Por favor -le dijo en un tono bajo, suave, inusual en ella-. Solo dame un momento, Rainer.
-¿No lo has escuchado? -interrumpió Lavinia, su voz cargada de recelo-. Necesita descansar. No seas desconsiderada.
-Él es mi esposo, y tú una sirvienta -replicó Annika con acidez, logrando que Rainer se girara hacia ella, arqueando una ceja-. Quiero hablar con él a solas.
-Ya te dijo que...
-Largo -la cortó Rainer con frialdad-. Ahora.
Lavinia giró hacia su jefe con una expresión triunfante, pero la sonrisa en sus labios se desvaneció al encontrar la mirada severa de Rainer, cargada de una orden inquebrantable.
-Pero, Rainer...
-Ahora -repitió él, con los dientes apretados y un tono que no admitía réplica.
La sirvienta apretó la mandíbula, lanzando una última mirada llena de odio hacia Annika antes de inclinarse y retirarse en silencio.
-Sígueme -ordenó Rainer, sin apartar la vista de Annika. Ella obedeció, siguiendo sus pasos escaleras arriba.
Al llegar al despacho, Rainer abrió la puerta y esperó a que Annika entrara. Apenas cruzó el umbral, él cerró la puerta tras ellos, sus ojos clavados en ella, brillando con un destello de deseo contenido.
-Bien, habla -exigió con un tono frío, cruzando los brazos-. Espero que seas breve.
-Yo... -Annika le dio la espalda y cerró los ojos con fuerza- quiero que despidas a esa mujer.
-¿Qué?
Dudó antes de continuar, abriendo los ojos con una mezcla de incertidumbre y determinación. Nunca había sido buena para la seducción ni para hacerse la víctima.
Se giró de nuevo hacia él, dejando ver una expresión cargada de dolor.
-Lavinia, ¿no? -se acercó con pasos decididos- Tu sirvienta. Quiero que la despidas.
Rainer frunció el ceño, claramente confundido.
-¿Te has vuelto loca? ¿Ya olvidaste cuál es tu lugar aquí?
-Soy tu esposa -quedó frente a él, con la mirada húmeda-. Te acostaste con ella en lo que debía ser nuestra noche de bodas. ¿Por qué no tienes un poco de consideración, si vamos a compartir esta vida juntos?
Él la observó en silencio, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Había reproche en sus palabras, pero también algo más profundo. Por un instante, creyó que le importaba lo que había sucedido. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro mientras acortaba la distancia entre ambos.
-¿Estás celosa de Lavinia? -murmuró, con un tono burlón. Annika, sin delatar su satisfacción, mantuvo su postura-. ¿Te dolió verme con ella esa noche? ¿Es por eso que vienes con este reclamo?
-Sí -admitió con determinación-. Ese lugar me pertenece, Rainer. Soy tu esposa.
Rainer sintió una satisfacción inmensa. Siempre había creído que Annika era una mujer imperturbable, incapaz de mostrar debilidad. Por más que intentaba herirla, ella mantenía su actitud altiva, ignorando cada provocación. Pero ahora, ¿estaba finalmente admitiendo cuánto le dolía verlo con otra?
-Lo siento, querida esposa -murmuró con tono triunfante-. Lavinia ha trabajado para mí durante años. Además... -tomó un mechón del cabello de Annika y lo rozó con sus labios-, ella cumple con lo que tú aún no has sido capaz de hacer. Te dije que dejaras de ser tan egoísta.
-¿Entonces vas a seguir con ella? -preguntó Annika, apretando la mandíbula al ver cómo Rainer asentía.
-Tuviste tu oportunidad -dijo mientras sujetaba su mentón y la obligaba a mirarlo-. Podrías haberlo tenido todo conmigo, pero elegiste rechazarme y darme la espalda. Huiste sabiendo perfectamente el acuerdo entre tu padre y yo.
-Eso no justifica lo que haces -replicó, mordiéndose el labio inferior antes de continuar-. Yo... yo puedo hacer lo que quieras. Si deseas que esté en tu cama, lo haré.
Pronunciar esas palabras le provocó una náusea que apenas logró contener. Su único consuelo era la esperanza de que su plan estuviera funcionando, que Rainer creyera en su supuesta fragilidad y en la necesidad de ganarse su atención.
-No, ya es tarde para eso -respondió él con frialdad, soltándola mientras ella respiraba aliviada-. Cumplirás tu papel cuando yo lo decida. Por ahora, Lavinia es quien calienta mi cama.
-Tu debes de estar de acuerdo ... -murmuró Annika, dejando entrever una expresión controlada -lo acabo de comprobar.
-¿De qué estás hablando?
-En este lugar me tratan como a una sirvienta más -respondió, mirándolo directamente mientras una lágrima, trabajada con esfuerzo, rodaba por su mejilla-. No me atienden como deberían, me miran con desprecio y susurran a mis espaldas. ¿Sabías que Lavinia incluso sugirió que buscara trabajo? Rainer, tú sabes de dónde vengo... Yo nunca...
Annika no terminó la frase y bajó la mirada, dejando escapar un sollozo silencioso que no pasó desapercibido para Rainer. Una nueva oleada de satisfacción lo invadió. Sabía perfectamente que ella, acostumbrada a una vida de privilegios, debía considerar el trabajo una tortura, más aún cuando carecía de habilidades prácticas. Ser tratada con hostilidad por todos no era solo incómodo, sino un golpe directo a su orgullo. ¿Había estado reprimiendo todo aquello durante tanto tiempo?
-Así que por eso quieres que la despida -murmuró Rainer, tomando su barbilla para alzarle el rostro y encontrarse con unos ojos enrojecidos por las lágrimas-. Ahora que estás sola, sin el respaldo de nadie, vienes a buscar mi atención como una zorra desesperada. ¿Crees que soy un idiota? Sabías perfectamente que no ibas a ser tratada como una reina aquí, Annika. No te lo has ganado.
-¿Qué quieres decir? ¿Estás de acuerdo con esa mujer? -preguntó Annika, con un dejo de alarma en su voz-. No puedes hacer eso, Rainer, soy tu esposa, tienes el derecho de...
-No tengo derecho a nada -la interrumpió con desprecio-. A partir de ahora, Annika, vas a valerte por ti misma. Busca un trabajo, porque de mí no recibirás ni un solo centavo. No me casé contigo para mantenerte. Solo cuando estés completamente a mis pies consideraré tener alguna indulgencia. Ahora, fuera de aquí.
Annika intentó insistir entre lágrimas, pero Rainer perdió la paciencia y terminó echándola a la fuerza de su despacho. Al otro lado de la puerta, ella dejó de llorar y, tras recomponerse, secó las lágrimas fingidas mientras una media sonrisa se dibujaba en su rostro. Todo había salido exactamente como lo había planeado, y lo mejor era que apenas había tenido que esforzarse.
Mientras tanto, Rainer, aún en su despacho, se sentía victorioso. Creía haber encontrado la debilidad de su esposa y estaba convencido de que pronto volvería suplicando, incapaz de enfrentar la realidad. No imaginaba lo astuta que podía ser Annika ni lo lejos que estaba de quebrarla.
Annika no sabía qué le revolvía más el estómago esa mañana: las fachas de mierda que llevaba encima o tener que desayunar frente a Rainer con su amante enredada sobre él como una maldita lapa.
Se sentó, tragándose el asco y el fastidio, mientras esos dos se restregaban descaradamente en la mesa. Intentó enfocarse en el plato que tenía delante, pero el primer bocado casi la hizo vomitar. Era otra de las bromitas de Lavinia, la muy desgraciada.
Respiró hondo, recordando que debía mantener su papel de víctima. Necesitaba mantener a Rainer bajo control, aunque eso implicara tragarse la humillación. Levantó la vista y los vio: Lavinia alimentaba a Rainer con una cuchara, riéndose como una idiota. Annika sintió un nudo en el estómago, pero se obligó a seguir con su plan.
Dejó caer la mirada, dejando escapar un sollozo que acompañó con un gesto de falsa vulnerabilidad al secarse una lágrima imaginaria con el dorso de la mano.
-Pobrecita -se burló la sirvienta desde la esquina-, llora como si fuera la protagonista de un mal drama. Tonta.
Rainer soltó una carcajada, pero no dijo nada. Era el momento. Annika golpeó la mesa con fuerza, haciendo que todo en la sala se detuviera. Se levantó de golpe, la furia encendida en sus ojos mientras caminaba hacia Lavinia. Sin miramientos, la agarró del brazo y la levantó de las piernas de Rainer con un tirón.
-¡¿Qué coño te pasa?! -protestó Lavinia, sorprendida.
-¡Lárgate! -gritó Annika, su voz oscilando de rabia-. ¿Te diviertes restregándote con el marido de otra? ¡Fuera de aquí, zorra!.
La carcajada de Lavinia fue como un fósforo cayendo en gasolina. La muy cínica tenía el descaro de reírse en su cara. Annika sentía cómo la sangre le hervía de verdad. La odiaba. Si esa mujer no se hubiera metido con ella desde el inicio, tal vez habría encontrado otra forma de manejar a Rainer.
-¿Todavía no entiendes cuál es tu lugar? -dijo Lavinia con una sonrisa venenosa, colocándose detrás de Rainer como si fuera su escudo-. Solo me voy si mi jefe lo ordena. Así que háblale a él, no a mí.
Annika fijó la mirada en Rainer, quien parecía encantado con el espectáculo. Una esposa celosa peleando por su lugar, justo lo que alimentaba su ego.
-Rainer -murmuró ella con un tono cansado, dejando que su expresión se volviera vulnerable y rota-. Yo... haré lo que quieras. Mira esto -dijo, señalando el espantoso vestido que llevaba puesto-. ¿Sabes lo humillante que es salir así a buscar trabajo? Es obvio que me lo van a negar. No sé cómo más hacerlo. Estoy haciendo todo esto por ti, ¿y tú sigues haciéndome esta mierda? ¡No lo merezco!.
Él respondió con una sonrisa torcida, estudiándola de arriba abajo con descaro. Verla en ese estado le provocaba algo retorcido. Diversión y deseo. Esa versión sumisa y derrotada de Annika lo atraía más de lo que quería admitir. Parte de él quería llevársela a la cama de inmediato, pero su ego inflado y su orgullo machista no le permitían ceder tan fácilmente.
-¿No lo mereces? -Rainer repitió con un tono sarcástico mientras se levantaba de su asiento -. Sigues siendo igual de insufrible, Annika. ¿De verdad pensaste que iba a pasarme la vida arrastrándome por ti? Esto es lo que te toca, y apenas estoy calentando motores.
Annika apretó la mandíbula, tragándose las ganas de mandarlo al infierno. Qué asco le daba tener que actuar como una pobre imbécil, pero sabía que esa era la única forma de mantener su plan en marcha. Sorbió por la nariz y limpió las últimas lágrimas de su rostro, esforzándose por parecer derrotada.
-¿Me darás al menos para un taxi? -susurró con un hilo de voz, lo suficientemente bajo como para sonar vulnerable.
Lavinia soltó una carcajada desde su lugar, casi atragantándose de la risa.
-¿No tienes ni para eso? -se burló la mujer -. Qué patética.
Annika bajó la mirada con los dientes apretados, esperando la reacción de Rainer. No tenía nada más que los trapos que él le tiraba y la bazofia que llamaban comida. Dependía también de su dinero.
-Casi lo olvido -soltó él con una sonrisa -. Ahora eres una pobre diablo más en este agujero.
Sacó la billetera, dejando caer un puñado de billetes a sus pies. El gesto era tan calculado que la humillación quemó más que las palabras. Ella cerró los puños, conteniendo la sarta de maldiciones que le hervía en la garganta. No podía arruinarlo todo perdiendo el control.
Se agachó en silencio, recogiendo cada billete con movimientos lentos, mecánicos. Cuando alzó la vista, su expresión era vacía y cansada.
-Gracias -murmuró, apenas audible.
-Nunca olvides lo que eres, Annika -le espetó Rainer, con un tono gélido-. Si pones un pie fuera de aquí, no durarás ni un día. ¿Qué vas a hacer? ¿Crees que alguien te va a dar la hora sin identificación? No me vengas llorando cuando te reviente la realidad allá afuera.
-¿Y qué opciones tengo? Eres tú quien me ha hundido en esta mierda. Tú, favoreciendo a esa cualquiera mientras yo tengo que mendigarte. ¿De verdad crees que elegí esto?
Rainer la agarró de las mejillas con fuerza, obligándola a mirarlo.
-Te lo buscaste, Annika. Te creías intocable cuando me hacías dar vueltas como un idiota, ¿no? Mira dónde estás ahora, arrastrándote por las sobras. Esto es culpa tuya.
La soltó con un empujón que casi la hace perder el equilibrio.
-Desaparece de mi vista. Y ni se te ocurra intentar largarte, porque si no te mato yo, lo harán los rusos. ¿Entendido?
Ella tragó saliva, luchando por mantener el poco control que tenía sobre sí misma.
-Lo sé. Eres lo único que me queda, y mi último refugio -susurró antes de girarse.
Agarró el bolso de la mesa y salió del comedor casi corriendo, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Detrás de ella, Rainer se quedó observándola con una sonrisa de triunfo. Para él, era cuestión de tiempo antes de que ella regresara, dispuesta a rendirse. Por ahora, disfrutaría del espectáculo que le daría.
***
Annika estaba hecha un manojo de nervios. El corazón parecía querer estallar, latiendo con fuerza bajo la mirada gélida del hombre frente a ella. Era un anciano, tal vez rondando los setenta, de cabello blanco como la ceniza, vestido impecablemente con un chaqué gris. Sus manos, enfundadas en guantes negros, sostenían un bastón con la misma firmeza con la que sujetaba su autoridad. Un monóculo en su ojo derecho completaba su porte de severidad. La observaba de arriba abajo, como si estuviera evaluando una mercancía defectuosa.
Annika sentía que se le encogía el estómago. ¿Era su ropa vieja y gastada? ¿O acaso el hecho de haber llegado en un día no acordado? Tragó saliva, intentando que la voz no le temblara.
-Yo... -se forzó a hablar-. Vine por el anuncio en el periódico. Hablamos por teléfono, ¿me recuerda? Annika Klein.
El anciano no dejó de escanearla con esa mirada de desaprobación que pesaba toneladas. Finalmente, habló, su tono tan cortés como frío.
-Señorita Klein, no recuerdo haber acordado una cita con usted para hoy.
Ella sintió cómo la frustración se le subía al pecho, apretándole la garganta.
-Lo sé, lo sé, y lo lamento mucho -respondió, mordiéndose el labio. La desesperación empezaba a filtrarse en su voz-. Pero... necesito este trabajo.
No tenía documentos, ni referencias, ni nada que pudiera respaldarla. Su ropa vieja y desgastada era una bofetada a la imagen de "buena impresión". ¿Y si Rainer tenía razón? ¿Si no podía conseguir nada fuera de esa cárcel dorada? Solo de imaginarlo, la idea de regresar a ese infierno con su sonrisa de burla la llenaba de rabia. No podía fallar.
El hombre entrecerró los ojos, dispuesto a rechazarla de plano.
-Lo siento mucho, señorita, pero...
-¡Por favor! -Annika dio un paso al frente, tomando la mano enguantada del anciano en un impulso desesperado-. Sé que no vengo vestida como debería, que me adelanté al día acordado, y tampoco tengo los papeles que me pidió, pero... le ruego que me dé una oportunidad. Necesito este trabajo más de lo que se imagina. Estoy... desesperada. Ni siquiera he desayunado.
Su voz se quebró al final, pero no soltó la mano del hombre, aferrándose a la mínima esperanza de no tener que volver con las manos vacías.
No mentía. No solo no había comido nada esa mañana, sino que las demás comidas se las había saltado por culpa de Lavinia, que le traía la comida tan salada o tan insípida que ni ganas le daban de probarla. Los días con ese hombre, casada con él, se volvían cada vez más insoportables.
-Haré lo que sea -repitió Annika, ante el silencio pesado del hombre-. Puedo hacer cualquier cosa, se lo aseguro. Si quiere, puede ponerme a prueba durante una semana, sin sueldo.
El anciano suavizó la mirada, retirando la mano de Annika con algo de incomodidad. La estudió una vez más, de arriba a abajo, antes de soltar un suspiro resignado.
-Está bien -dijo al fin-. Entre. Hay algunas reglas que debe seguir antes de empezar a trabajar aquí.
Annika sonrió tan ampliamente que casi se le olvida cómo era hacerlo. Casi saltaba de alegría mientras seguía al hombre a través de las grandes rejas de hierro, viejas y oxidadas.
El camino de piedras crujía bajo sus pies, cubierto de hojas secas. Annika miraba a su alrededor, viendo cómo los jardines estaban completamente descuidados, las flores secas y marchitas, los árboles rebosantes de hojas amarillas que caían al suelo con cada ráfaga de viento.
Y ni hablar cuando vio la mansión. Aunque en su exterior parecía desmoronada y olvidada, los jardines que la rodeaban también lucían muertos y abandonados.
El anciano abrió la puerta principal y entró, con Annika siguiéndolo, intrigada. A pesar de la fachada deteriorada, el interior era un reflejo de un lujo antiguo. Cuadros en las paredes, floreros con flores secas, candelabros de cristal y muebles finos de estilo clásico. El suelo de mármol negro brillaba bajo la tenue luz, y unas escaleras imponentes se elevaban hacia lo que parecían ser habitaciones interminables.
-Primera regla, señorita Klein -dijo el hombre, deteniéndose en medio del salón y volviéndose hacia ella-. El segundo piso está completamente prohibido. Todo lo que tendrá que hacer se limitará a las áreas fuera de esa zona.
-¿Puedo saber por qué? O... -se detuvo al ver la mirada implacable del anciano, y enseguida asintió, sumisa-. Claro, está bien.
-Segunda regla -continuó sin perder el ritmo-. Está prohibido hablar con el propietario. No le dirija la palabra, ni haga nada que le cause molestias.
-Pero...
-Tercera regla-la interrumpió el anciano, con un tono firme-. Las instalaciones del sótano están fuera de los límites. Lo mismo para las áreas subterráneas. Como estará supervisando toda la mansión, señorita Klein, evite esos lugares, por su bien.
Annika tragó saliva, pero asintió sin dudar. Era muy buena en acatar órdenes, sobre todo cuando dependía de ello su supervivencia.
-Otra cosa, señorita -prosiguió el hombre-. Su único trabajo será limpiar y ordenar. También encargarse de los jardines y el césped. Este lugar necesita una limpieza a fondo. ¿Puede con eso?
-Sí, absolutamente.
-¿Tiene experiencia? ¿Alguna carta de recomendación?
-No, ninguna -respondió con pesar-. Pero verá lo bien que puedo hacer el trabajo en esta semana de prueba. No se arrepentirá, confíe en mí. Me esforzaré al máximo.
-De aquí no debe salir información, señorita. No ve nada, no escucha nada, no siente nada. Lo que estoy haciendo con usted es una excepción. No llena ninguno de los requisitos para el puesto -la miró fijamente-. Espero que esté a la altura de esta oportunidad y sea digna de confianza. De lo contrario, su final será... trágico.
Eso le dio una señal de alerta, pero asintió sin pensarlo. Ya estaba dentro, de todos modos. No iba a dejar pasar una oportunidad como esa para alejarse de Rainer, y haría lo que fuera necesario para que él la dejara seguir con el trabajo. Tendría que encontrar otro camino.
El anciano continuó mostrándole la mansión, dándole instrucciones claras que debía seguir al pie de la letra si quería mantener el puesto. El lugar era enorme, hermoso, acogedor, pero en un silencio pesado.
El mayordomo le había dejado claro que no tendría que ocuparse de la comida ni de nada relacionado con la alimentación del propietario. Y lo más importante, la limpieza sería a medio tiempo. Una lástima, porque Annika hubiera preferido quedarse más tiempo allí para evitar las caras de su esposo y su amante, pero al menos algo era algo.
Finalmente, el anciano, llamado Sergio, le indicó dónde estaba su habitación de descanso, para que pudiera cambiarse y ponerse su nuevo uniforme de limpieza, comenzando de inmediato con la tarea.
Al terminar de vestirse y lista para comenzar, Annika decidió empezar por limpiar la entrada principal y el gran salón. Le quedaba poco tiempo antes de que llegara la hora de salida, así que se tomó su tiempo, concentrada y más feliz que nunca. Se sentía libre, sin la presión de Rainer encima.
Solo había algo que la incomodaba: el hecho de que, en ese mismo momento, Rainer debía saber dónde estaba y que había conseguido trabajo. ¿Y si la encerraba? ¿Y si le prohibía salir solo para tenerla bajo control? Ese era su mayor temor, además de ser encontrada por los rusos. Por suerte, había pasado la mayor parte de su vida bajo el control de su padre, encerrada, lo que hacía casi imposible que alguien supiera quién era.
Estaba tan sumida en sus pensamientos sobre los pros y los contras de su vida que no escuchó los fuertes pasos acercarse a la puerta principal. Alzó la cabeza de golpe al ver una sombra moverse por debajo de la rendija, pero cuando intentó levantarse para abrir, la cerradura cedió y la puerta, llena de tallas, se abrió. Frente a ella apareció una figura que debía medir al menos dos metros de alto.
Annika retrocedió por instinto, asustada, pensando que tal vez se trataba de un ladrón o algo similar, por la apariencia del hombre. Pero un ladrón no entraría con tanta naturalidad en una mansión como esa, ni mucho menos atravesaría las rejas oxidadas sin que el anciano lo hubiera notado, con las cámaras y la alta seguridad que había.
Se quedó quieta en su lugar, cerca de las escaleras, con la aspiradora en la mano. El hombre la miraba fijamente con unos ojos plomizos, grises intensos, que parecían poder traspasar el hierro. Pero solo podía ver eso: sus ojos, ya que su rostro estaba cubierto por un pasamontañas y una capucha negra que le tapaba la cabeza.
Llevaba botas de cuero negro de combate, jeans oscuros y una sudadera de tela gruesa. Además, tenía guantes que cubrían sus manos.
Avanzó unos pasos hacia adentro y la puerta se cerró detrás de él con un sonido seco. Annika no podía moverse ni emitir palabra alguna. ¿Quién era? ¿El dueño? Era demasiado aterrador, demasiado alto, demasiado imponente como para ignorar su presencia.
Cuando aquel hombre dio un paso más hacia ella, como si estuviera a punto de matarla o hacerle algo peor, el anciano carraspeó con fuerza.
-Es la nueva sirvienta -anunció, deteniendo al gigante en seco-. Trabajará para ti a partir de ahora. Ya me he encargado de todo.
Annika soltó un suspiro de alivio. Por poco y se orinaba del susto. Ver a ese hombre la hizo sentir que tenía un pie más cerca de la muerte. Literalmente.
El gigante apartó la mirada de ella, como si ya no tuviera importancia, y dirigió su atención al suelo. Fue entonces cuando Annika notó a un gato negr0 de ojos dorados que apareció de la nada y se restregó contra la pierna del extraño. Él se apartó con un movimiento brusco y empezó a caminar, ignorándola por completo, con el gato siguiéndole los pasos.
El único sonido en el aire era el eco pesado de sus botas mientras subía las escaleras. Cada escalón retumbaba hasta que, a lo lejos, se escuchó una puerta abrirse y cerrarse de golpe, con una agresividad que dejó a Annika inmóvil, aún procesando lo que acababa de ocurrir.