Capítulo 2

En un instante, el aire a su alrededor pareció congelarse.

Mauricio Moran bajó la mirada hacia la niña que se aferraba a su pierna.

La pequeña tenía una carita adorable. Vio su propio rostro reflejado en los grandes y brillantes ojos de la niña y no pudo apartar la mirada.

Un impulso de llevársela lo invadió.

Sin apartar la vista de ella, le preguntó con voz suave: "¿Dónde está tu familia?".

"¡Papi! ¡Tú eres mi papi!". La niña le sostuvo la mirada, sin rastro de timidez. Le regaló una sonrisa tan dulce que le derritió el corazón.

"Cárgame, no quiero caminar", murmuró.

Estaba a punto de extender los brazos para levantarla cuando percibió un perfume de mujer. Justo en ese momento, una mujer apareció y tomó a la niña en brazos. "Disculpe, señor", dijo ella, apenada. "A mi hija le da por decir que cualquier hombre guapo es su papá. No fue su intención molestarlo, de verdad lo lamento".

Hizo una leve inclinación de cabeza y se dio la vuelta para marcharse.

Mientras la veía alejarse, lo asaltó una extraña sensación de familiaridad.

Eliana le pellizcó suavemente la mejilla a su hija. "¿No me prometiste que ibas a dejar de hacer esto?".

"Pero es que era muy guapo...". La niña hizo un puchero, como si fuera a protestar, pero su madre le lanzó una mirada de advertencia y la pequeña guardó silencio.

Eliana se reunió con Kimora y juntas se dirigieron al estacionamiento.

Kimora acomodó a los gemelos en el auto y luego fue a ayudar a su amiga con el equipaje. Justo al bajar del auto, Eliana se encontró de frente con dos figuras conocidas.

A Asher se le cayeron las llaves de la mano con un estrépito metálico del que ni siquiera pareció percatarse. "¿Eliana?", preguntó con incredulidad. "¿Estás... viva?".

Ella se quedó paralizada un instante, pero su expresión se endureció de inmediato. Su mirada se posó primero en él y luego en Erica, que estaba detrás.

"Sí, lo estoy. No merecía morir, ¿o sí, Erica?". Eliana pronunció cada palabra con deliberada lentitud.

Erica estaba tan conmocionada que retrocedió tambaleándose, horrorizada. Se torció un tobillo y cayó al suelo con un gemido ahogado.

Alzó la vista y vio que Eliana ya no era la mujer desaliñada de cinco años atrás. Incluso sin una gota de maquillaje, Eliana resplandecía, erguida y hermosa. Erica se estremeció ante la sonrisa burlona que se dibujó en los labios de Eliana. Instintivamente, se volvió hacia Asher en busca de ayuda, solo para encontrarlo mirando a Eliana con una obsesión evidente. Asher caminó lentamente hacia Eliana, le extendió la mano y le preguntó: "¿Por qué no me has contactado en todos estos años?".

Ella retrocedió un paso, esquivando su mano. "No me toques. Me das asco".

Él se quedó de piedra, sin saber cómo reaccionar.

Erica estaba lívida de rabia. ¡No podía creer que Asher todavía estuviera obsesionado con esa zorra!

Eliana los observó a ambos con absoluto desprecio. Luego, articuló lentamente: "Ya lo verán. Nos volveremos a encontrar. ¡Y me aseguraré de que paguen por lo que me hicieron!".

Justo en ese momento, Kimora cerró el maletero de un portazo, cuyo estruendo hizo estremecer a Erica y a Asher.

Eliana sonrió con desdén, subió al auto y se marchó.

Al llegar a casa, Eliana y Kimora se pusieron a desempacar.

"¡Mami, queremos ayudarte!". Los gemelos corrieron hacia Eliana y la llenaron de besos en las mejillas.

Una oleada de ternura la invadió. Les devolvió los besos y les dio algunas bolsas ligeras para que llevaran.

"¡Mira qué hombre tan guapo!", le dijo Aileen a Adrián, mostrándole una foto. "¡Es el abuelo!", exclamó la niña.

Adrián se quedó sin palabras.

Eliana se detuvo en seco. Vio que Aileen había abierto el álbum de fotos en una página que mostraba a su padre en su juventud. La niña soltaba risitas.

"Déjame ver".

Eliana tomó el álbum de las manos de su hija.

Acarició suavemente las fotos, una por una, y las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras miraba los rostros sonrientes de sus padres.

Recordó lo que Asher le había dicho: la muerte de sus padres ocultaba algo más. El Grupo Moran había adquirido el Grupo Pierce poco después de su bancarrota. Seguramente, todavía quedaban antiguos empleados.

¡Tenía que descubrir la verdad!

Tomó una decisión mientras miraba la oferta de trabajo del Grupo Moran en su celular.

El Grupo Moran se alzaba majestuoso en sus Torres Gemelas, un imponente complejo en el corazón del distrito financiero.

La recepcionista condujo a Eliana a la oficina y le susurró: "Es la señora Gabrielle Aston, la directora del Departamento de Diseño".

Eliana asintió y entró.

Una mujer sentada en un sofá la escudriñó de pies a cabeza. Aunque su mirada la inquietó, Eliana mantuvo la compostura y sonrió con cortesía. "Hola, soy Eliana Pierce".

"Bienvenida al Grupo Moran", respondió Gabrielle con una sonrisa. Le dedicó una mirada significativa y sentenció: "Esta noche me acompañarás a una reunión con un cliente".

"¿Esta noche?", preguntó Eliana, sorprendida, pero se recompuso al instante. "Está bien".

Gabrielle asintió con satisfacción y caminó hacia la puerta, contoneando las caderas. "Sígueme".

Eliana la siguió para formalizar su contratación. Al salir del ascensor, notó que los rostros de los empleados se tensaban, intimidados por una presencia imponente.

De una oficina emergió un hombre alto, rodeado de altos ejecutivos. Llevaba un traje impecable y su sola presencia imponía respeto.

Eliana parpadeó, mirándolo fijamente; le resultaba familiar.

De pronto, él se detuvo en medio del pasillo y giró la cabeza.

"Eliana", la llamó Gabrielle desde atrás. Antes de que pudiera reaccionar, Gabrielle la apartó bruscamente.

El rostro de su nueva jefa se ensombreció y su mirada se volvió gélida. "Tienes que aprender a ubicarte. El señor Moran es un hombre implacable y distante. Si muestras el más mínimo interés en él, te despedirán en el acto".

Era Mauricio Moran, el director ejecutivo del Grupo Moran.

Eliana tardó un segundo en asimilarlo y bajó la cabeza. "Entiendo".

La directora resopló y entró en la oficina, pero Eliana permaneció inmóvil en su sitio. En cuanto se quedó sola, levantó la cabeza y su mirada se perdió en el pasillo, en la dirección por la que él se había marchado.

Capítulo 3

Al ver que Mauricio se detenía en seco, su asistente se acercó, preocupado: "¿Sucede algo, señor Moran?".

Mauricio frunció el ceño, desvió la mirada y siguió su camino.

Quizás solo había sido una distracción. Por eso el rostro de esa mujer le resultó familiar.

Al caer la noche, el Club Dorado Imperial cobró vida.

Un Maybach se deslizó hasta detenerse frente a la entrada principal. Mauricio bajó y entró al club con paso firme.

"Vaya, qué milagro. Llegas diez minutos tarde", comentó Wyatt con una ligera sonrisa, jugueteando con su anillo de sello junto a la recepción. Su aire de donjuán era evidente, y el sonrojo de la recepcionista a su lado lo confirmaba: sin duda, había estado coqueteando con ella.

"Una reunión se alargó", respondió Mauricio. Con un gesto altivo, indicó con la barbilla hacia el interior y entró al club sin esperar a su amigo. "Si no piensas acompañarnos al salón privado, ¿por qué no te quedas de recepcionista en mi club?", añadió con sarcasmo.

Wyatt chasqueó la lengua y lo siguió, pero al instante notó la expresión sombría de su amigo. Alzó una ceja. "Oye, solo era una broma por la tardanza. ¿Por qué esa cara?".

Mauricio lo ignoró.

Wyatt estudió su rostro por un momento y murmuró para sus adentros: "Esa máscara parece tan real...".

Una vez en el salón privado, Mauricio cerró la puerta y preguntó en voz baja: "¿Alguna noticia del anillo?".

"Ya se están ocupando", respondió Wyatt, encogiéndose de hombros. "Pero por ahora, nada nuevo".

Mientras hablaba, le sirvió una copa de vino. "¿Y tú? ¿Ninguna pista?".

Cinco años atrás, Mauricio pasó la noche con una desconocida; un error que le costó caro. A la mañana siguiente, descubrió que tanto la mujer como el anillo de su familia habían desaparecido.

"Durante un tiempo, pensé que mi tío lo había planeado todo", dijo Mauricio, tomando un sorbo de su copa con fingida indiferencia. Había algo en su porte que lo hacía irresistible. "Pero después descubrí que sus hombres también buscaban el anillo. Nunca supe qué tramaba".

Wyatt esbozó una sonrisa burlona. "¡Vaya nochecita! No solo perdiste el anillo, sino también la virginidad".

Mauricio se reclinó en el asiento y le clavó la mirada. Aunque una sonrisa asomaba en sus labios, Wyatt sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Wyatt carraspeó y se apresuró a cambiar de tema.

Mientras tanto, en otro salón privado del club, Eliana entraba detrás de Gabrielle.

El salón estaba a media luz y, sobre la mesa, descansaban varias botellas de licor. Un hombre obeso yacía despatarrado en el sofá. En cuanto entraron, la mirada lasciva y depredadora del hombre se clavó en Eliana.

Eliana frunció el ceño, invadida por una súbita punzada de repulsión.

Gabrielle, por el contrario, se acercó al hombre con una sonrisa coqueta. "Señor Blake, ¡qué puntual!", lo saludó ella.

"Un caballero como yo no puede hacer esperar a una dama", rio el señor Blake, extendiendo una mano regordeta para acariciar el muslo de Gabrielle.

Ella esquivó la mano con naturalidad y le hizo un gesto a Eliana. "Vamos, saluda al señor Blake".

Solo entonces el hombre reparó en Eliana, quien permanecía de pie junto a la puerta.

Llevaba un vestido color crema que se ceñía a su esbelta cintura, realzando su figura.

Al verla, los ojos del hombre se iluminaron. Se levantó de inmediato y la tomó del brazo. "¡Ven, siéntate aquí, a mi lado!".

Pero Eliana retrocedió un paso, mirando a Gabrielle con vacilación.

"¿Qué esperas? ¡El señor Blake te dijo que te sentaras!", exclamó Gabrielle. Luego, con una sonrisa de disculpa hacia el hombre, puso una copa en la mano de Eliana y se inclinó para susurrarle al oído: "El éxito de este proyecto depende de él. Si no puedes con tu primera tarea, no te molestes en volver mañana".

Eliana comprendió al instante las intenciones de su jefa. Apretó los puños, reprimiendo el impulso de marcharse de allí en ese mismo instante. Pero si quería descubrir la verdad sobre su pasado, necesitaba conservar su puesto en el Grupo Moran. Tenía que soportar lo que fuera que le deparara la noche.

Forzando una sonrisa, respiró hondo y chocó su copa con la del hombre. Acto seguido, se la bebió de un solo trago.

"¡Así se hace, Eliana!", la animó Gabrielle, mientras volvía a llenarle la copa.

Copa tras copa, el mundo de Eliana comenzó a desdibujarse.

Su copa cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Se hundió en el sofá y, con un último atisbo de lucidez, levantó una mano. "No... no puedo beber más...".

Aprovechando el momento, Gabrielle se escabulló del salón.

Apenas se cerró la puerta, Blake no pudo contenerse más. Se abalanzó sobre Eliana, derribándola sobre el sofá.

Aturdida por el alcohol, abrió los ojos y vio el rostro grasiento del hombre que se inclinaba sobre ella, a punto de besarla. Reaccionó por puro instinto y le dio una bofetada con todas sus fuerzas.

El eco de la bofetada resonó en el silencio del salón. La bofetada pareció despejarlo de golpe.

Él retrocedió por el impacto y, al tropezar, se golpeó la cabeza contra el filo de la mesa. Se dobló de dolor. "¡Maldita sea! ¿Cómo te atreves a golpearme, perra?".

Pero ella no pensaba quedarse allí ni un segundo más. Se levantó del sofá de un salto y corrió hacia la puerta.

"¡Detente ahora mismo!", rugió el hombre a su espalda, poniéndose en pie para perseguirla.

De repente, Eliana vio la puerta del salón contiguo entreabierta y se deslizó dentro sin pensarlo dos veces.

Apenas cruzó el umbral, las fuerzas la abandonaron y se desplomó en los brazos de un hombre.

Luchó por levantar la cabeza. Vio un rostro masculino desconocido, pero sus ojos... le resultaron extrañamente familiares.

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