Portada de la novela Lo que el destino nos robó

Lo que el destino nos robó

8.3 / 10.0
Diez años después de que una conspiración de engaños los separara, Diego regresa transformado en un poderoso magnate con sed de justicia. Tras haber huido creyendo que su hijo murió, su único objetivo es la venganza. Pero el destino le tiene preparada una sorpresa: Camila lo aguarda con una pequeña que posee sus mismos ojos. Entre ellos resurge un deseo incontenible mientras el secreto de su paternidad amenaza con transformar sus vidas para siempre.
Resumen de Lo que el destino nos robó
Diez años después de que una conspiración de engaños los separara, Diego regresa transformado en un poderoso magnate con sed de justicia. Tras haber huido creyendo que su hijo murió, su único objetivo es la venganza. Pero el destino le tiene preparada una sorpresa: Camila lo aguarda con una pequeña que posee sus mismos ojos. Entre ellos resurge un deseo incontenible mientras el secreto de su paternidad amenaza con transformar sus vidas para siempre.
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Lo que el destino nos robó Capítulo 1

Camila Valdez tenía dieciocho años cuando conoció a Diego Montenegro. Él tenía veinte, trabajaba arreglando autos en un taller del barrio y vivía con su abuela materna. Ella venía de una familia estricta, de esas que miden el valor de una persona por el apellido y la cuenta bancaria. Pero eso no importó en ese momento. Camila y Diego no se fijaron en esas cosas. Solo se vieron, se gustaron, y comenzó algo que cambió sus vidas para siempre.

Se conocieron un sábado por la tarde. Camila había salido a comprar materiales para una tarea de arte cuando se le cayeron los pinceles y una carpeta con bocetos en la vereda. Diego, que pasaba en su bicicleta, se detuvo a ayudarla. Sus manos se tocaron por accidente cuando ambos intentaron recoger el mismo dibujo. Ella se rió nerviosa, y él sonrió sin decir nada. Desde ese gesto torpe nació algo que ninguno pudo ignorar.

Los días siguientes se encontraron por casualidad. O eso querían creer. En realidad, empezaron a buscarse. Camila pasaba por la esquina del taller con la excusa de que iba a comprar pan, aunque ya tenía en casa. Diego salía a barrer la vereda a la misma hora en que sabía que ella regresaba del colegio. Poco a poco, comenzaron a hablar más, a reírse de tonterías, a compartir anécdotas de su día.

A Camila le encantaba cómo Diego la miraba. Con atención, sin juzgar. A Diego le gustaba cómo ella hablaba de sus sueños con pasión, como si realmente creyera que el arte podía cambiar el mundo.

Una tarde, mientras compartían un helado en una plaza vacía, él le dijo:

-¿Tú crees en eso de que el amor puede con todo?

Camila se quedó pensando unos segundos.

-No lo sé... pero quiero creerlo.

Él le tomó la mano por primera vez esa tarde. A partir de ahí, no hubo vuelta atrás.

Durante meses vivieron un romance a escondidas. Ella inventaba que se iba a estudiar con una amiga, o que tenía actividades escolares. Él siempre la esperaba con su sonrisa tranquila y los brazos abiertos. Camila sentía que el mundo desaparecía cuando estaba con él. Y Diego, por primera vez, pensaba que tal vez podía ser feliz sin tener que luchar tanto contra la vida.

Pero el amor de juventud tiene sus propias reglas. Es rápido, intenso, ingenuo. Se sienten eternos los besos bajo la lluvia, los mensajes escondidos, las miradas cómplices en los pasillos de una feria. Y para ellos, todo eso se volvió parte de una rutina secreta que los hacía felices.

Hasta que llegó esa noche.

Camila había tenido una discusión horrible con su padre. Él había encontrado un dibujo donde ella había retratado a Diego. No dijo nada al principio, pero su mirada lo dijo todo. Le gritó que no quería que se relacionara con "gente sin futuro", que debía enfocarse en ser una señorita, en tener un buen matrimonio, en representar el apellido Valdez con dignidad.

Ella no contestó. Solo se fue.

Esa noche fue directo al taller, donde Diego seguía trabajando. Estaba sucio, con la cara manchada de grasa y las manos agrietadas por el trabajo duro. Pero para ella, nunca se había visto más perfecto. Camila se lanzó a sus brazos sin decir palabra. Lo besó como si fuera la última vez. Y ahí, en la oscuridad del depósito donde él guardaba las herramientas, se entregaron por primera vez.

No hubo música, ni velas, ni palabras románticas. Pero tampoco hubo dudas. Fue real, tierno, torpe, pero honesto. Fue suyo.

-¿Te arrepientes? -le preguntó Diego mientras ella se acomodaba junto a él, con la cabeza sobre su pecho.

-Nunca -respondió ella sin pensarlo-. Si el mundo se acaba mañana, hoy fui feliz.

Después de esa noche, empezaron a hablar en serio de fugarse. Diego decía que conocía a alguien en otra ciudad, que podía trabajar allá. Que podían empezar de cero. Él no tenía miedo. Tenía hambre de futuro. Y Camila, aunque asustada, sentía que podía hacerlo si él estaba a su lado.

-¿Y si nos vamos? -le dijo una noche mientras veían las luces de la ciudad desde una colina-. Solo tú y yo.

-¿Y si nos sale mal?

-Entonces lo intentamos otra vez.

Se juraron amor eterno. Pensaron que bastaba con quererse para que todo saliera bien. Pero la realidad se encargó de golpearlos.

Un mes después, Camila comenzó a sentirse extraña. Mareos, náuseas, retraso. Hizo una prueba y la respuesta fue clara: estaba embarazada.

El miedo llegó primero. Después, la culpa. Pero cuando se lo contó a Diego, él no reaccionó mal. La abrazó, le dijo que la amaba y que juntos iban a sacar adelante a ese bebé.

-Vamos a ser una familia, Cami. Lo prometo.

Esa noche, por primera vez, Camila pensó que quizás no todo estaba perdido.

Pero su padre lo descubrió. No por ella, sino porque un día la madre de Camila notó su estado y se lo confesó a Ernesto Valdez.

Lo que siguió fue una pesadilla.

Don Ernesto no gritó. Fue peor. Habló con frialdad, como si no estuviera frente a su hija. Le dijo que si seguía con ese embarazo, arruinaría su vida. Que iba a convertirla en una paria. Que ningún hombre "decente" se casaría con una muchacha marcada. Le dijo que pensara en su futuro, en el de la familia, en el apellido Valdez.

Y luego lanzó la amenaza más cruel:

-Si tienes a ese hijo, te desheredo. Te quito todo. Y haré que ese muchacho desaparezca.

Camila lloró. Suplicó. Pero no lo conmovió.

Finalmente, él le impuso la decisión. Le ordenó que le dijera a Diego que perdió al bebé. Que terminara con él y que luego se irían del país para "evitar escándalos".

Camila no sabía qué hacer. Tenía miedo. No era valiente. No como pensaba. Se sentía sola, atrapada entre lo que quería y lo que su familia esperaba.

Y al final... cedió.

Llamó a Diego con la voz quebrada. Le dijo que había tenido una pérdida. Que ya no podían seguir. Que lo mejor era que cada uno siguiera su camino.

-No te creo -le dijo él-. No eres así.

Ella guardó silencio. No podía mentirle más, pero tampoco podía decirle la verdad.

-Adiós, Diego.

Y colgó.

A los pocos días, Camila abordó un avión junto a sus padres. Se fue con el corazón hecho pedazos y una mano en el vientre, jurando que haría todo lo posible por proteger a su bebé, aunque tuviera que vivir escondida para siempre.

Diego, por su parte, no volvió a sonreír como antes. Dejó el taller, rompió todos los dibujos que Camila le había regalado y aceptó una beca para estudiar en otra ciudad. Se marchó con una herida abierta y un único pensamiento: nunca más confiaría en nadie.

No sabía que, en algún lugar del mundo, su hija crecía sin su nombre... pero con sus mismos ojos grises.

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