Ana María, ignorando las protestas, deslizó el dedo por la pantalla. "Veamos la primera entrada de este blog".
La fecha apareció en la pantalla: cinco años atrás.
"Hoy decidí donar todos mis ahorros al comedor comunitario de la Zona Norte", leyó Ana María, su voz clara y firme. "Mateo se lastimó la mano pintando un mural cerca de allí, y escuché que donar en secreto trae buena suerte. Espero que se recupere pronto".
Un silencio incómodo llenó el auditorio. La fecha y el lugar coincidían exactamente con el "primer acto benéfico" que había lanzado la carrera de Isabela.
Isabela forzó una sonrisa. "Qué triste coincidencia. Lucía siempre tuvo ideas extrañas".
"No parece una coincidencia", dijo Ana María, sin apartar la vista de la pantalla.
Para demostrar su punto, Isabela hizo una seña a sus asistentes. Trajeron varias cajas grandes.
"Estas son las cartas de agradecimiento que recibí de la comunidad", dijo Isabela, abriendo una caja. "La gente sabe quién los ayudó de verdad".
Las cartas cayeron como una cascada. Yo sabía la verdad. Esas cartas eran para mí. Ella las había interceptado todas.
Mateo se levantó y tomó la mano de Isabela. "No dejes que esto te afecte. Todos sabemos la clase de persona que eras tú y la clase de persona que era ella".
Isabela le sonrió, una sonrisa de victoria. "Sé que he pagado un precio por mi bondad, pero no me arrepiento. No dejaré que las dudas de unos pocos manchen mi camino".
Los comentarios en la pantalla se volvieron un torrente de apoyo para ella.
"¡Qué mujer tan bondadosa!".
"Mateo e Isabela son el amor verdadero".
"Esa Lucía era una rata de alcantarilla, incluso muerta sigue causando problemas".
Ana María no se inmutó. "Continuemos".
Su dedo se deslizó hacia la siguiente entrada. La verdad, como un fantasma, se negaba a permanecer enterrada.