Portada de la novela Perversidades del destino

Perversidades del destino

9.4 / 10.0
Carlos Lomas protagoniza esta cruda obra de corte realista que profundiza en la desigualdad y la pobreza extrema. A través de una atmósfera melancólica, la trama explora los dilemas morales y la lucha interna de quienes intentan sobrevivir en barrios marginales. El autor logra retratar con gran sensibilidad el contraste urbano y la búsqueda de identidad. Es una historia donde cada decisión es crucial para enfrentar las adversidades de un destino implacable.
Resumen de Perversidades del destino
Carlos Lomas protagoniza esta cruda obra de corte realista que profundiza en la desigualdad y la pobreza extrema. A través de una atmósfera melancólica, la trama explora los dilemas morales y la lucha interna de quienes intentan sobrevivir en barrios marginales. El autor logra retratar con gran sensibilidad el contraste urbano y la búsqueda de identidad. Es una historia donde cada decisión es crucial para enfrentar las adversidades de un destino implacable.
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Perversidades del destino Capítulo 1

Carlos Lomas nació en un pueblo de calles pedregosas, de abundante polvo, pocos mercados. Durante la noche los jóvenes caminaban a lo largo del andén de la estación de trenes, otros deambulaban en busca de un lugar para compartir con su pareja. Pasada la media noche se tornaba desesperante, los bares eran visitados por borrachos, guapos y rameras. En las casas los hambrientos les pedían a Dios el pan nuestro de cada día. Su padre, que se llamaba igual que él, era minero donde no ganaba suficiente dinero para sustentar a la familia, es decir, su madre, su hermano y a él. Varias noches se acostó con un pedacito de pan y un trago de agua de azúcar en su estómago, pues, no había para más. Esa noche se sentó indignado en el borde de la cama. “¡Oh, Dios!” -se dijo-. ¿Será posible que mi padre sea de por vida un desgraciado minero, mientras hay quienes explotan a los hambrientos, y Dios no le corrige ese pecado? Mientras hacia estas reflexiones se quedó profundamente dormido, y de repente apareció un insólito sueño.

Corría el año 1950, había alcanzado los dieciocho años, y se encontraba en La Habana. Recién llegado tuvo que pernoctar por varios días en los bancos de los parques, y en los portales de las casas; luego se acomodó en un cuarto que le habían prestado. Logró emplearse como aprendiz o auxiliar de plomería, poca cosa, pero era algo en esa época llena de hambrunas, había adquirido gran destreza. Hacia de todo un poco: reparaba la tubería sanitaria, cambiaba instalaciones hidráulicas; en fin, diversidades de cosas para mantenerse en vida. Haciendo trabajos domésticos, conoció así los interiores de muchas de las moradas más lujosas de la ciudad. Bien; se le había encargado uno de esos trabajos de plomería en una morada en el Vedado: la tubería que llegada hasta el baño estaba rota. La reparación era compleja; había que romper la pared y el piso. Era aquella una morada vieja, de paredes sólidas y gruesas, pues teñía doble hilera de ladrillos. Mientras trabajaba escuchó un ligero ruido en la habitación contigua. La puerta intermedia estaba abierta, y en la pared opuesta había un espejo, y por el pudo ver lo que estaba ocurriendo. Un hombre, que no era el dueño, ya que le había abierto la puerta y le dijo que el mismo estaba para Camagüey con la familia. Daba al pequeño disco de una caja fuerte que estaba incrustada en la pared.

Cuando abrió la puerta tomó un paquete. Vio perfectamente que sacaba algunos fajos de billetes, y puso el bulto en su lugar. No quiso ver más y reanudó su quehacer. Aquello no le interesaba, y no se preocupó más por el asunto. Antes de marcharse, puso el bolso con las herramientas sobre una mesa pequeña que estaba en el piso bajo junto a la puerta de entrada, y fue al patio a revisar la tubería, al no haber problema, regresó y recogió el bolso. Ya en el taller vació las herramientas en el suelo y encontró un fajo de billetes. Tal vez fue echado maliciosamente por el hombre que había violentado la caja fuerte. Lo demás es fácil de concebir. Pero pensó que debiera habérselo dicho al dueño del taller, y haberle entregado el fajo de billetes. Lo habría hecho, pero él ya no estaba; se había marchado temprano, encargándole el cierre del local. Lo que debió haber hecho entonces era regresar a la morada y devolver el dinero. Pero era tarde y estaba algo agotado y hambriento. Lo dejó, por aquella noche, proponiéndose arreglar el asunto al otro día. Tampoco lo hizo. Estuvo trabajando desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche y no halló ninguna oportunidad para hacerlo. En varios días se olvidó del dichoso fajo de billetes y, en los venideros ya no volvió a recordarlo.

Había perdido el empleo y sus necesidades se acrecentaron. No tenía dinero y... Bien, salió con sus herramientas para pregonar su venta. Estando en este accionar. Revisó el bolso, y entonces retornó el fajo de billetes. En cuanto lo tuvo a la vista, se lo censuró. De todos modos lo guardó en uno de sus bolsillos. Volvió a la morada con la sana intención de restituirlo. Le animaba la esperanza de que le confiaran algún trabajo, aunque fuese de jardinero. Llegado allí, tocó a la puerta, no vino nadie abrir. Insistió sin que le contestaran. Se dispuso a retirarse; pero algo lo instigaba y se retuvo. Caminó de un lado a otro mientras meditaba; sus manos se movían en los bolsillos con desaliento, humillada la cabeza y mirándose los pies acordes los movía. En eso, apareció un joven vendedor de periódico, que salió de una de las casas próximas, y, viéndolo nervioso le dijo que en la morada no había nadie. Lo instó para que le dijera por qué estaban abiertas las ventanas del piso alto, pero todo fue en vano. Le preguntó si sabía cuál era la ocasión más propicia para encontrar a la criada. Le respondió que no estaba enterado, pero le sugirió lo que sin preguntarle debió sugerirle el sentido común: que probara por la noche. En consecuencia volvió al cuarto y esperó la noche. Entonces fue cuando la malvada idea empezó a germinar, y se mezcló en su mente con sus necesidades. Fue creciendo sin que él lo advirtiera, y estos crecimientos son fatales. Y todo contribuía a irse fuera de lo razonable. Tenía apenas cinco centavos y no alcanzaba para comer. Temía que el dueño del cuarto se lo pidiera, lo cual iba a suceder en cualquier momento. Bien: la idea creció como el gigante de las siete leguas, mientras permanecía sentado en el borde de la cama tentado por aquel fajo de billetes. Hacia las ocho de la noche, poco después de oscurecer, salió y se dirigió de nuevo a la morada, todo estaba concebido. Llegó a la esquina cercana a la morada, se detuvo allí un instante, y pudo ver que adentro había luces encendidas que iluminaban las ventanas del piso bajo. Frente a la morada había un auto en espera de alguien. Las luces se apagaron y unos minutos después una muchacha salió caminando y el auto se retiró. Pudo haberla alcanzado antes que se marchara calle abajo, pues no parecía darse prisa. No lo hizo. Sus pies, como sembrado allí, no lo dejaban moverse. Permaneció innoble viéndola partir, deseando que se alejara. Ella vestía de una forma no acostumbrada y cuando las personas de clase se vestían de ese modo no era para ir de compra, se alejó también. Estuvo dando vueltas alrededor de un parque que había cerca de la morada, tentando en el bolsillo el fajo de billetes, luchando con el hambre y su mente. La lucha fue dura, aunque supuso que lo fue suficiente. Estaba con el estómago vacío, y así es difícil mirar el peligro. No había llevado el bolso con él, pero si tenía colgado en su cintura un destornillador y una pinza, era todo lo que necesitaba para una urgencia. Esta vez no tuvo que torturarse la mente. En una oportunidad, a fin de excluir la tentación, llegó a echar el fajo de billetes en un tanque de basura. Pero de nada sirvió, antes de un minuto había regresado para recuperarlo. Desde ese momento desechó toda vacilación y se dirigió a la morada. Estaba vencido. Tocó la puerta por pura rutina. Sabía que no había nadie. Entonces, introdujo el destornillador por una ranura que estaba visible. La puerta se abrió fácilmente, pues la incauta muchacha no se preocupó por ponerle el seguro. Prescindió de luz para orientarse. Subió la escalera, como hizo cuando fue a reparar la avería. Se dirigió a la habitación. Encendió la luz, ya en las ventanas había puesto una cortina de tejidos gruesos, y dio vueltas al disco sin saber si podía acceder a la combinación; pero no se resistió, echó a un lado la puerta. Entonces, tomó un paquete y puso el fajo de billetes. Su mente traqueó fuertemente, y cambió bruscamente de idea. Tomó el fajo de billetes. Cerró la caja. Apagó la luz y se dirigió a la puerta. Antes de salir, atisbó por unos minutos para cerciorarse de que nadie lo miraba. Cerró la puerta con sumo cuidado, salió a la calle, y se alejó aligeradamente del lugar. Casi de inmediato comenzó a pagar la novatada... ¡Dios, y de qué manera! Antes que hubiese caminado una cuadra miraba a la gente cara a cara, iba encogido, la calle lo presionaba, permanecer en ella se le hacia espantoso. Las personas que venían hacia él, si lo miraban con demasiada fijeza le daban la impresión de que lo espiaban. Las que venían caminando detrás de él, peor aún; sus hombros temblaban en espera de que las manos de un representante de la ley se posaran sobre ellos. Lo peor de todo, ahora que tenía el dinero no sabía que hacer. Una hora antes de tenerlo habría dado cualquier cosa por ostentarlo. Creía también sentir hambre, pues desde hacia varios días no había probado un bocado de comida, pero en ese momento se encontraba con que ni eso sentía. Entró en el más lujoso restaurante que encontró, y pidió los mejores manjares del menú, como había soñado tantas veces. Mientras iba pidiendo, todo marchaba bien; pero cuando los platos comenzaron a llegar a la mesa y los presentes a mirarlo, experimentó un cambio, un salto en el estómago. Se le hacia imposible llevar nada a su boca. Era como si algo cubriese su garganta. Cada vez que ponían en la mesa un nuevo plato, y los presentes lo atisbaban, toda gana de comer se iba siendo más insoportable. Al cabo de un rato no pudo soportar más; sacó no sé qué cantidad de dinero, y lo dejó sobre la mesa y abandonó el lugar. Al encontrarse en la calle, no pudo menos que recordar que su familia estaba hambrienta y que su padre en particular tenía que arriesgarse para trabajar en los pozos de la mina. Será tal vez que era tímido por naturaleza, y que súbitamente no podía cambiar de una cosa a otra, es decir, de hambriento a un tipo acaudalado. Un cambio de este tipo debe hacerse lentamente, tal vez venciendo otros obstáculos. Poco después echo a andar por la calle en esa condición, temeroso de los ojos que los miraban, de los pasos que les seguían, de la honradez de su familia, y la de él propia. Vio una iluminaría que anunciaba un bar. Había visto un sujeto que no le agradó mucho, dos o tres cuadras atrás que parecía seguirlo para explorarlo, y cuando creía que no lo miraba, apresuró los pasos y entró al bar. Parecía un buen lugar para estar un rato y despistar a aquel tipo que lo seguía con demasiada persistencia. Entresacó una buena suma de dinero para permanecer allí hasta el final, sin especular, y miró en torno. La primera muchacha que allí lo vio, movió la cabeza presumiendo una invitación, “es a mí a quién buscas”. “Sí es a mí”, repitió ella con gesto ansioso, pasando una y otra vez su mano sobre sus labios. Sobrevino un silencio. En los últimos momentos había hablado sin interrumpirlo, debido a lo cual el silencio pareció más largo, por contraste, de lo que realmente fue. Su mente estaba revuelta, se preguntó, “¿y qué hago ahora?” “¿Qué puedo hacer?” Es inevitable. El dueño de la morada descubrirá la falta del dinero en cuanto regrese de Camagüey. Y, probablemente aquel vendedor de periódico lo estaba espiando. Además, el dueño del taller le diría quién era él y dónde vive, o quizás vivía últimamente. Todo esto le llevará poco tiempo. Sabrá quién es, lo atrapará, no hay duda. “¿Qué más da?” Siempre los consiguen. El dinero mueve el mundo, y los adinerados tienen la posibilidad de conseguir lo que apetecen con solo un movimiento de mano. En esta reflexión la noche cedió su turno al día y junto a ella se acabó el sueño. Su padre se había levantado y se preparaba para ir a trabajar a los pozos de la mina. Él quedó acostado en aquel descalabrado camastro y la pequeña mente llena de desigualdades. Fijó la vista en el techo, sin que pudiera aún convencerse de cómo había sucedido aquello. Reflejó en su rostro una disparidad de dolor, de resignada decepción, que le conmovía el estómago destrozado por el hambre. Había ido a La Habana con ansias de acabar con la miseria y, en cambio, ella lo había vencido.

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