Hoy era nuestro séptimo aniversario de bodas, un día que debería haber estado lleno de recuerdos dulces, pero el único sabor que tenía en la boca era el amargo de la traición.
El teléfono vibró sobre la barra de la cocina, justo al lado de la masa para los tamales que estaba preparando. Era un mensaje de un número desconocido, pero mi corazón supo de inmediato quién era.
Una foto.
Mi esposo, Ricardo, y su asistente, Valentina, besándose en su oficina. No era un beso robado, era un beso apasionado, de esos que queman, de los que se dan dos personas que comparten un secreto prohibido.
Debajo de la foto, un texto.
"A Ricardo le aburren los sabores tradicionales, Sofía. Él prefiere un juego más… prohibido. Y ese juego soy yo."
Leí el mensaje y no sentí nada. O tal vez sentí tanto que mi cuerpo se apagó para protegerme. Miré la masa, el relleno de pollo con mole que había preparado con tanto esmero, la comida favorita de Ricardo. La que le preparaba cada aniversario.
Con los dedos firmes, seguí envolviendo los tamales en las hojas de maíz, uno por uno, con la precisión de una cirujana. El olor del mole, del chocolate y los chiles, llenaba mi pequeña cocina. Era el olor de mi hogar, de mi negocio, de mi vida. No iba a permitir que el veneno de Valentina lo contaminara.
Ignoré el teléfono. Ignoré el nudo en mi garganta.
Horas más tarde, la puerta principal se abrió. Escuché la risa de Ricardo, seguida de otra risa, una más aguda y falsa. Valentina.
Mi hija de seis años, Lucía, corrió hacia la puerta gritando "¡Papi!" , pero se detuvo en seco al ver a la mujer que venía colgada de su brazo.
"Hola, mi amor" , dijo Ricardo, pero su mirada pasó por encima de Lucía y se clavó en mí. Sus ojos estaban fríos, distantes.
Valentina entró pavoneándose, mirando mi casa como si estuviera inspeccionando una propiedad para comprar.
"¡Qué bien huele!" , exclamó con una voz melosa. "Pero, ay, Ricardo, ya sabes que a mí el mole no me gusta. Se me antojan unos tamales de dulce, de esos rositas."
Miró a Ricardo con un puchero, como una niña caprichosa.
Ricardo ni siquiera me miró a mí. Su voz fue una orden, no una petición.
"Sofía, hazle unos tamales de dulce a Valentina."
Me sequé las manos en el delantal. Mi voz salió tranquila, más de lo que me sentía.
"No hay. Hice de mole, tus favoritos, para celebrar nuestro aniversario."
Valentina soltó un sollozo falso, un sonido ridículo y teatral. Se tapó la cara con las manos.
"Lo siento, Ricardo, no quise causar problemas… Es que… arruiné su aniversario."
Ricardo estalló. Fue como si hubiera accionado un interruptor. Su rostro se descompuso por la ira.
"¿No puedes hacer una maldita cosa que se te pide?" , gritó.
Y entonces, con un movimiento violento, agarró el mantel de la mesa y tiró de él.
Todo voló por los aires. Los platos, los vasos, la jarra de agua de horchata. El gran platón de tamales que acababa de servir se estrelló contra el suelo. El mole caliente salpicó por todas partes, manchando mis piernas, manchando el vestidito blanco de Lucía, que se quedó paralizada por el terror.
El sonido de la loza rota fue ensordecedor.
Lucía empezó a llorar, un llanto ahogado, lleno de miedo.
Ricardo me señaló con el dedo, su rostro a centímetros del mío.
"Te vas a quedar en la cocina con esa… niña. No van a comer nada esta noche. ¡A ver si así aprendes a obedecer!"
Me empujó hacia la cocina y cerró la puerta de un portazo. Escuché el sonido de la llave girando en la cerradura desde afuera.
Nos había encerrado.
Abrace a Lucía, que temblaba contra mi pecho. El olor a mole y a humillación se nos pegaba a la piel. A través de la puerta, escuché a Ricardo consolar a Valentina, prometiéndole que la llevaría al mejor restaurante de la ciudad.
Esa noche, mientras mi hija lloraba en mis brazos en el frío suelo de la cocina, entendí que mi matrimonio no estaba roto. Estaba muerto. Y Ricardo lo había matado hacía mucho tiempo.
Encerrada en la cocina, el tiempo se estiró hasta volverse pegajoso, asfixiante. Lucía se había quedado dormida en mi regazo, con la cara manchada de lágrimas secas y de mole. Yo la miraba respirar, su pequeño pecho subiendo y bajando, y sentía un vacío tan grande que amenazaba con tragarme.
Esto no era nuevo. El encierro, el hambre, la humillación. Era solo una versión más cruel de los últimos años. Mi mente, por sí sola, viajó hacia atrás, a los recuerdos que intentaba enterrar cada día.
Recordé el día que nació Lucía. Empecé con el parto en la madrugada, sola. Ricardo tenía una junta "importante" fuera de la ciudad. Lo llamé una y otra vez, con las contracciones rasgándome el cuerpo. No contestó. Cuando finalmente lo hizo, horas después de que Lucía ya estuviera en mis brazos, su voz sonaba adormilada y molesta. Valentina estaba con él, lo supe por un murmullo al fondo. Dijo que no podía volver, que el negocio era primero. Me abandonó en el momento más importante de mi vida.
La Nana Elena, mi ama de llaves, la mujer que me había cuidado desde niña, fue quien me sostuvo la mano. Ella fue mi roca.
Ahora, desde el otro lado de la puerta cerrada, escuché un susurro.
"Niña Sofía, ¿estás bien?"
Era la Nana Elena. Su voz era un bálsamo.
"Sí, Nana. Estamos bien."
"Ese hombre no tiene alma" , murmuró ella, su voz cargada de ira contenida. "Pero tienes que ser fuerte. Por la niña. Cómete algo, te dejé unas tortillas en la alacena."
Asentí en la oscuridad, aunque no podía verme. Elena siempre encontraba la manera de cuidarnos en secreto, de dejarnos comida cuando Ricardo nos castigaba sin cenar, de darnos una palabra de aliento cuando la crueldad de él y Valentina nos dejaba sin aliento.
"Deberías dejarlo, Sofía" , susurró Elena una vez, mientras me curaba un moretón en el brazo que Ricardo me había hecho por "tirar el café" .
"No puedo" , respondí yo, como siempre. "Es mi esposo. El padre de mi hija."
Pero la verdad era que me aferraba al fantasma del hombre del que me enamoré, el Ricardo que me escribía poemas y me llevaba a ver el amanecer en la playa. Un hombre que ya no existía.
Un quejido suave me sacó de mis pensamientos. Lucía se estaba despertando.
"Mami, tengo hambre" , susurró.
"Lo sé, mi amor. Espera un poco."
Lucía se levantó y se acercó a la puerta. Le dio unos golpecitos suaves con su manita.
"¿Papi?" , llamó con una vocecita temblorosa. "Ya nos portamos bien. ¿Podemos salir? Mami no ha comido."
Desde el otro lado solo hubo silencio. Lucía esperó, con la esperanza brillando en sus ojitos.
Luego, escuchamos los pasos de Ricardo acercándose.
"¡Lárgate de la puerta!" , gritó él a través de la madera. "Y deja de llamarme papá. Tú no eres nada mío. Eres un error, igual que tu madre."
El sonido de sus palabras fue más violento que el golpe que había dado a la mesa. Vi cómo la luz en los ojos de Lucía se apagaba. Cómo su pequeño cuerpo se encogía, como si las palabras de su padre fueran golpes físicos.
Se dio la vuelta lentamente y caminó hacia mí. No lloró. Simplemente se acurrucó a mi lado, buscando mi calor, y se quedó muy quieta.
En ese momento, acunando a mi hija herida, el fantasma de mi amor por Ricardo se desvaneció para siempre. Ya no quedaba nada. Solo cenizas. Y una rabia fría y dura que empezaba a crecer en mi pecho.