Portada de la novela El CEO, un mafioso y yo

El CEO, un mafioso y yo

9.1 / 10.0
La enfermera Paulina queda cautivada por el señor Rizzo durante sus pasantías, pero el romance se desmorona cuando ella descubre que él está casado. Decidida a dejar atrás ese amor, vuelve a su ciudad para trabajar en una clínica de élite. Sin embargo, el destino la sorprende al presentarle a un hombre físicamente igual a Rizzo, aunque con un aura inquietante. Entre la pasión y el misterio, Paulina deberá descubrir si es un impostor o un peligroso juego.

El CEO, un mafioso y yo Capítulo 1

“El futuro pertenece a los que creen en la belleza de sus sueños.”

Eleanor Roosevelt

Paulina Santos Carusso

Siempre he sido una chica diferente al resto de mis hermanas: Andrea y Valentina, ellas son coquetas y extrovertidas, yo en cambio soy introvertida y callada. Mientras ellas salen a disfrutar con sus amistades, yo prefiero quedarme con mi madre, ayudarla en los quehaceres de la casa, y estudiar. Eso sí que me apasiona.

Estoy en el quinto semestre de enfermería, ya falta menos para mi graduación. Escucho la voz de mi madre que me llama desde la cocina:

—¡Pau! La comida está lista. Ven que se enfría. —Ya bajo —le grito desde arriba porque sé que no dejará de llamarme hasta que no esté allí, con ella.

Ella sirve la comida. Se sienta a mi lado, ora para bendecir la comida. Es una costumbre que aprendió desde muy pequeña. Mi abuelo Leonardo Carusso de origen italiano, llegó al país luego del período de post guerra en 1945, “IL nonno” como lo llamábamos era devoto de la Rosa Mística y mi madre heredó esa tradición catolicista en extremo. Yo también creo mucho en la virgencita, siempre le prendo una vela, le coloco tres rosas y le pido para que me ayude a pasar algún examen de la universidad.

Oramos en silencio, ella se persigna y luego comemos. Después de almorzar, mamá toma su siesta matinal y yo aprovecho de leer un poco. El mundo de la historia me envuelve, de no haber estudiado enfermería sería historiadora, de seguro. Una vez que cumpla con mi pasantía rural podré escoger a dónde trabajar. El lunes comienzo en el pueblo de Icabarú, una zona indígena al sur del país.

Aunque soy citadina y desde siempre hemos vivido en una de las zonas más pudientes de la capital “Vista hermosa”, me atrae la idea de conocer los orígenes étnicos de mi tierra. Aprovecho de limpiar mi maleta y adelantar guardando algunas cosas, en especial el uniforme de enfermera que mamá me hizo. Me emociona realmente dar un paso más en mi carrera como futura enfermera y ayudar a muchas personas, así como lo hizo mi abuela Paulina Martinelli. Sí, por ella mi madre al nacer, me puso su mismo nombre. Siempre se han impresionado con el parecido físico que tenemos mi nonna y yo.

Mi abuelo siempre nos contaba que ella fue una heroína, la conoció durante la guerra; él era soldado y ella hacia trabajo voluntario atendiendo a los heridos luego de los enfrentamientos en el campo de batalla. Allí se enamoraron y un año después de estar de novios se casaron. Mi abuela quedó embarazada rápidamente, continuaba la situación de caos que siempre queda después de la guerra, hambre y desolación.

Por eso cuando mi madre nació, ellos decidieron escapar de Lombardia y viajar a América del Sur, para ofrecerle un mejor estilo de vida. El barco donde huyeron fue atacado en plena alta mar y una granada fragmentaria explotó hiriéndola gravemente, ella murió. Mi abuelo, no tenía dos minutos que le había quitado de los brazos, a mi madre, aquello fue un milagro. Esa historia siempre me conmovió mucho.

Aún me conmueve sobre todo después que el nonno murió, porque él nunca pudo superar la ausencia de mi abuela Paulina. Se dedicó solo a criar a mi madre hasta que ella fue toda una adolescente y conoció a mi padre en Santa Elena donde vivieron muchos años después de llegar de Italia. Allí, se enamoró de mi padre, quien era un garimpeiro, razón por la cual mi abuelo lo rechazaba. Fue entonces, que mamá se casó a escondidas del él, y quedó embarazada a los dieciséis años, tuvo a mis hermanas y luego a mí. Después de mi nacimiento él desapareció sin dejar rastro. El nonno no fue sólo un abuelo, fue prácticamente un padre para mí y mis hermanas.

Es domingo, ya tengo listo mi equipaje, estoy esperando el carro ejecutivo que me llevará a Icabarú. Debo salir antes de las diez de la mañana para poder llegar en doce horas a mi destino. Es bastante lejos de la capital, pero ya quiero conocer el lugar donde estaré trabajando y haciendo mi pasantia como enfermera residente.

Todo nuevo ciclo genera ansiedad y todo cierre tristeza, dar un paso hacia mi futuro, hace que me sienta agitada por lo que vendrá en adelante. Mas, también me provoca gran tristeza, tener que despedirme por unos meses de mi madre y mis dos hermanas. A pesar de que somos muy distintas, no significa que no las adore, cada una de ellas es muy especial para mí. Hora de despedirme, abrazos por doquier, lágrimas de alegría y tristeza se entremezclan.

—¡Dios y la virgen te cuiden mi niña! —me dice mamá, dándome un beso en la frente.

—Cuídate hermanita —Valentina llora y me abraza con fuerza.

Andrea es un tanto menos sentimental, sólo sonríe y agita su mano para despedirme. El auto se detiene, guardo mi equipaje en el baúl y subo. Es ese el instante, en que te das cuenta que no hay marcha atrás. No puedo evitar mis lágrimas, trato de disimular para no provocarle mayor tristeza a mamá.

¡Adelante, Icabarú me espera!.

Son largas horas de carretera, apenas nos detenemos a comer e ir al baño o tomar algunas fotos del viaje. El señor Samuel es muy gentil. Le pido que se detenga para fotografiar el puente colgante sobre el Río Cuyuní, el cual fue diseñado por el mismo Gustavo Eiffel, aquello me llena de orgullo.

Ya comienza a oscurecer. Finalmente llegamos al puesto de salud donde haré mi pasantía. Debo presentarme antes, para confirmar mi inicio a las 6:00 de la mañana. Allí me recibe el Dr. Fabricio Núñez.

—Bienvenida señorita Paulina. —me saluda amablemente.

—¡Gracias doctor! —respondo sonriendo.

Estoy agotada del viaje, necesito descansar. Helen, es la primera enfermera que conozco en aquel lugar, me sonríe amigablemente, seremos compañeras en aquella medicatura. Ella me muestra el lugar, es apenas, una construcción divida en tres compartimentos: la recepción y sala de espera, un baño y una sala de emergencia, compartida en dos ambientes, uno para suturas y otro para casos de emergencias mayores; además de una pequeña oficina que es usada como consultorio para el médico atender a los pacientes y descansar durante sus guardias nocturnas.

—¿Qué edad tienes? —me pregunta Helen.

—Veintiuno, recién cumplidos.

—Vaya eres muy joven. Espero puedas adaptarte pronto. Es una zona indígena, ellos tienen su propia lengua, pero pocas veces tenemos emergencias en este lugar. Ya sabes como son los indígenas, ellos usan las plantas para curarse. Sólo si no lo logran es que vienen por aquí —me platica Helen.

—Gracias por el dato. —le guiño un ojo.

—Bueno, te dejo para que te recuestes un rato. Normalmente usamos la camilla que esté desocupada o el mueble que está en la oficina del médico. Estos consultorios de atención médica, son muy poco dotados de mobiliario.

—Está bien, aún no tengo mucho sueño. Le escribiré a mi madre para avisarle que estoy bien.

—Pues si logras tener señal aquí, sería un milagro. —me responde.

Ella sale hacia la recepción, yo escribo el mensaje y cruzo los dedos para que pueda enviarse. (Mensaje enviado) muestra la pantalla. Me emociono por ello y me recuesto en la camilla; sin darme cuenta me quedo dormida. De pronto escuchó la voz de un hombre cerca de mí. Me incorporo rápidamente en la camilla y frotó mis ojos.

—¡Buen día señorita! —me saluda aquel hombre sonriendo. Es alto, moreno, ojos claros y debe medir 1,70 de altura y pesar unos 90 kilos, es un hombre excesivamente guapo.

—Buen día, disculpe. Me quedé dormida. —trato de excusarme.

—Soy el Dr. Carlos Godoy. ¿Usted debe ser la nueva enfermera si no me equivoco?

—Sí, soy yo. Un placer —me bajo de la camilla, le extiendo la mano y él me apreta con fuerza.

—Bienvenida entonces señorita Santos. Trabajará a partir de hoy conmigo en el horario nocturno. Ya era hora de que la pobre Helen tuviese un descanso.

—Sí, por supuesto. Ya voy a cambiarme. Camino hasta el baño con mi maleta, saco mi uniforme de enfermera y me cambio velozmente. Salgo a la recepción, me siento a esperar a que llegue algún paciente. El doctor está parado frente a la puerta y me mira fijamente.

—Necesitamos tomar café. —comenta. —Sí, es necesario. —yo respondo sin entender su indirecta.

—Sí, en la oficina tenemos una cafetera pequeña. Helen prepara el café allí todos los días.

Su comentario me parece algo grosero, acabo de llegar y no tengo porque saber que además de ser enfermera, también debía hacer el papel de secretaria. Me levanto y voy hasta la oficina. Él se hace a un lado para que yo pueda entrar y hacer el café. Lo preparo como a mí me gusta, medio fuerte, medio dulce. Le sirvo una taza y me sirvo la otra para mí.

—Tenga, disculpe por no saber cuáles son mis funciones acá. —le entrego la taza y vuelvo a mi escritorio.

Escucho su risa atorrante. Camina hacia mi escritorio.

—Señorita Santos, yo soy médico y me ha tocado lavar el baño o limpiar el área de emergencia. Aquí somos un equipo. Si tiene alguna queja, póngala.

Su tono es sarcástico y déspota. Intento no molestarme y le respondo:

—Trabajaré como parte de un equipo. Pero, creo que también hay que aprender a pedir favores.

Mis palabras parecen enfurecerlo, une el entrecejo y luego suelta otra carcajada. Respiro profundamente para no caer en su juego. Por suerte para ambos, llega un paciente. Es un niño de algunos seis años y un hombre rubio, de ojos claros, muy alto y fornido lo trae en brazos. Su mirada se cruza con la mía.

—Doctor, este niño creo que fue picado por un alacrán. —Colóquelo en la camilla. —le pide el médico mientras comienza a examinarlo.

—Señorita Santos, por favor traiga el termómetro, está sudando frío.

—¿Es familiar suyo Sr. Rizzo?

—No, es el hijo de mi capataz. Mientras el médico revisa al niño, la mirada de aquel hombre es inquisidora y penetrante, me perturba de tal manera que un año más tarde, siento el mismo escalofrío recorrerme entera y mi corazón acelerarse como el reloj de una bomba a punto de estallar. No imaginé que me perdería en su mirada para siempre.

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