Los ojos fríos de Kaden se fijaron en Harlow, llenos de disgusto.
"¿Qué crees que estás haciendo?", preguntó con firmeza.
Ella desvió la vista de su pierna ensangrentada hacia la imagen hiriente de él protegiendo a Brittaney como si se tratara de una muñeca delicada. Un dolor intenso se abrió paso en su pecho, mucho más punzante que cualquier herida física.
Hizo un esfuerzo por mantener la voz estable. "Intentó golpearme".
"¡Kaden!", sollozó Brittaney, escondiendo el rostro contra su pecho. "¡Trató de hacerle daño a Princess! ¡Le dio una patada a mi pobre bebé sin razón!".
La expresión de él se endureció todavía más. "¿Por qué herirías a un animal indefenso, Harlow? Sabes lo importante que es ese perro para Brittaney".
La impotencia y la desesperación se desbordaron en una lágrima que resbaló por la mejilla de ella. "¡No lo viste! ¡El perro me atacó primero! ¡Mira cómo está mi pierna!".
El dolor punzante en la espalda y la pérdida de sangre fueron demasiado. Sus piernas cedieron, y se deslizó por la pared hasta quedar desplomada en el suelo.
Por un breve segundo, los ojos de Kaden se posaron en la herida de su pantorrilla, y un leve tic tensó su mandíbula. Su voz bajó apenas un tono. "Voy a curarte eso".
Pero Brittaney lo sujetó con más fuerza, llorando de manera dramática. "¡No! ¡Kaden, ella lastimó a Princess! ¡Mi pobre bebé está aterrada!".
La chispa de preocupación que había mostrado por Harlow se apagó de inmediato. En su lugar, acarició el cabello de la otra mujer con ternura calculada. "Tranquila, cariño. Dime, ¿qué quieres que haga?".
Brittaney levantó el rostro húmedo de lágrimas y lanzó una mirada venenosa hacia el suelo donde estaba Harlow. "Quiero que le pida perdón a Princess".
Él volvió a clavar los ojos en su esposa, mientras su expresión se tornaba implacable. "Lo escuchaste; pide disculpas al perro y todo terminará aquí".
Harlow dejó escapar una risa seca, impregnada de amargura. Entendió, más que nunca, que para él su sangre, su dignidad y su dolor valían menos que un animal consentido.
Pálida pero firme, declaró: "No".
"¿Qué dijiste?", murmuró Kaden, con un tono cargado de amenaza.
"Que no", repitió ella, temblando pero con los ojos fijos en los suyos. "No hice nada malo".
Brittaney lanzó un suspiro exagerado, estremeciéndose como si el peso del mundo cayera sobre ella.
La paciencia de él se quebró. "¿Te atreves a desafiarme?", gruñó.
Ella le sostuvo la mirada, recordando cada vez que había cedido, cada momento en que había enterrado su orgullo esperando una chispa de bondad que jamás llegó. No había recibido nada.
"Sigo siendo la dueña de esta casa, ¿cierto?", susurró con ironía. "¿O ese título es tan falso como nuestro certificado de matrimonio?".
Los ojos de Kaden se estrecharon, y en sus labios apareció una sonrisa cruel. "No juegues conmigo, Harlow. No servirá".
Avanzó hacia ella, imponiéndose. "Discúlpate ahora, o te obligaré".
Harlow miró su rostro apuesto, despiadado, y sintió una ola de repulsión. Él estaba dispuesto a humillarla por un perro y por la mujer entre sus brazos.
Con un esfuerzo doloroso, se levantó apoyándose en el pasamanos. Alzó el rostro y lo encaró, sus ojos rebosando una mezcla de sufrimiento y compasión. Compasión, sí, porque ese hombre, poderoso en apariencia, estaba preso de su propia crueldad.
"Nunca", pronunció con firmeza.
La furia deformó sus facciones. "¡Guardias!", gritó. "Llévenla al patio. Que se arrodille allí hasta que esté lista para disculparse".
Dos guardias de gesto impenetrable acudieron al instante, apresándola por los brazos. Entre tanto, Brittaney, ya sin lágrimas, dejó asomar una sonrisa de triunfo dirigida a Harlow.
"Kaden", lo llamó ella con voz áspera mientras la arrastraban.
Él giró con fastidio, con la impaciencia marcada en sus facciones. "¿Qué? ¿Has cambiado de opinión?".
Quiso gritarle que ya se iba, que su madre había dado el consentimiento y que muy pronto quedaría libre de ella para siempre. Sin embargo, las palabras se ahogaron en su garganta, atrapadas bajo el peso de años de lágrimas reprimidas y de un dolor que jamás había encontrado salida.
Al final, lo único que logró pronunciar fue un susurro desolado. "Eres un hombre sin corazón".
Kaden respondió con un resoplido, dejando ver apenas un destello de fastidio en su rostro. "Quítenla de mi vista".
Sin añadir nada más, le dio la espalda y se alejó, sin dedicarle siquiera una última mirada.
Harlow observó cómo se marchaba, mientras el agarre implacable de los guardias se hundía en sus brazos. La punzada de sus propias uñas hiriendo sus palmas le devolvía la conciencia de su propia resistencia.
Entonces, se obligó a recordarse con firmeza: ya falta poco, solo un último esfuerzo y al fin recuperarás tu libertad.
Harlow pasó la noche arrodillada en el patio, con el frío calando hasta sus huesos y agravando cada una de sus heridas, hasta que todo su cuerpo se convirtió en un océano de sufrimiento. Cuando al fin amaneció, un sirviente se compadeció de ella y la ayudó a levantarse para llevarla de regreso a su habitación.
No obstante, ignoró las súplicas de ese hombre para que descansara. Sentía que debía acudir a la vieja finca de los Barnes, recibir su castigo y, en consecuencia, abandonar esa casa de una vez por todas.
Cojeaba por la gran escalera cuando, de pronto, Kaden apareció en el vestíbulo con el ceño fruncido. "¿Adónde crees que vas?".
La respuesta de ella fue plana, carente de emoción: "Tu madre me ha llamado a la casa principal".
El gesto de él se ensombreció, dispuesto a replicar, pero en ese instante la voz alegre de Brittaney resonó desde lo alto de las escaleras.
"¿Así que vas a la casa principal? ¿Ya corres a contarle chismes a la anciana, Harlow?", comentó con fingida dulzura, bajando lentamente los escalones mientras pronunciaba su nombre con un desprecio intencionado.
Harlow prefirió guardar silencio y continuó su camino hacia la puerta principal.
"Detente". La voz de Kaden sonó como una orden. La tomó del brazo con una fuerza de hierro y añadió: "No vas a ningún sitio. Brittaney quiere ir de compras, y tú la acompañarás".
Su mirada descendió por la figura de ella, marcada por un vestido sencillo y gastado. Con desdén, dijo: "Te daré dinero para que te compres algo decente; das lástima".
Una risa amarga estuvo a punto de escapar de la garganta de Harlow. En cinco años, jamás le había ofrecido comprarle nada. Esa súbita "generosidad" no era más que otra manera de complacer a Brittaney.
Con voz fría, replicó: "No, gracias. Debo ir a la casa principal".
Kaden, sin darle oportunidad de insistir, hizo un gesto a sus guardias. "Pónganla en el auto".
Ella fue obligada a subir al lujoso vehículo sin decir una palabra más.
El recorrido de compras se convirtió en un tormento. Brittaney revoloteaba de una boutique exclusiva a otra, rebosante de energía y risa, mientras Harlow la seguía con los brazos cargados de bolsas cada vez más pesadas.
El dolor de su espalda era insoportable, su pierna latía con cada paso y sus rodillas, aún marcadas por la noche en el suelo, temblaban bajo el peso. Finalmente, no pudo continuar; las bolsas cayeron de sus manos entumecidas, y se sostuvo en una pared, respirando con dificultad, incapaz de articular palabra.
Brittaney se acercó con una sonrisa presumida en su rostro. "¿Ya estás cansada? Eres tan frágil, Harlow".
Ella levantó la vista, mostrando un rostro sin expresión. Sabía que la otra mujer disfrutaba cada instante de su agonía, y comprendía que no tendría escape hasta que la señora Barnes aprobara oficialmente el divorcio.
Reuniendo voluntad, apretó los dientes y se inclinó a recoger las bolsas.
Sin embargo, Brittaney aún no había terminado con su juego.
Al regresar a la mansión, señaló la montaña de ropa nueva y dijo: "Lava todo esto".
Kaden, que leía un periódico, levantó la vista con indiferencia y ordenó sin emoción: "Haz lo que te pide".
Harlow no pudo evitar protestar: "Pero... hay criadas para eso. Y mi pierna... mi espalda...".
En ese momento, él la miró con más atención, y un leve destello de algo parecido a compasión cruzó su rostro.
Brittaney, que lo notó enseguida, fingió un suspiro dramático, dejando que lágrimas brotaran de sus ojos. "No importa, está bien. Lo haré yo misma; jamás quisiera incomodar a la distinguida señora Barnes".
El sarcasmo era evidente. La expresión de Kaden se endureció de inmediato y descargó su irritación contra Harlow.
"¿Ella se ofrece a hacerlo y tú solo permaneces inmóvil? ¿Qué problema hay en lavar unas prendas? No es como si contribuyeras en algo más dentro de esta casa".
Las palabras la hirieron más que cualquier golpe físico.
Guardó silencio, comprendiendo que, pese a cinco años como dueña de la mansión, para él no era más que la hija de un chofer, una sirvienta a la que nunca se le reconocería otro lugar.
Sin emitir respuesta, recogió las ropas y las llevó al cuarto de lavado.
Mientras se alejaba, escuchó a Brittaney rodear con afecto el cuello de Kaden con sus brazos. "Oh, Kaden, eres perfecto. Siempre piensas en mí".
Su voz, suave e indulgente, la siguió. "Por ti haría cualquier cosa, mi amor".
Frente a la pila de sedas y telas delicadas apiladas, Harlow se sintió la persona más ingenua del mundo.
Pasada la medianoche, terminó por fin, con las heridas de su espalda abiertas de nuevo y la pierna hinchada y ardiente por la infección. La fiebre la consumía mientras arrastraba su cuerpo hasta las escaleras.
Llegó tambaleándose a su habitación y cayó sin fuerzas, perdiendo el conocimiento.
Despertó en un entorno blanco y aséptico, donde una enfermera ajustaba el goteo conectado a su brazo.
"Ya despertaste", dijo la mujer con tono amable. "Tenías fiebre alta. El señor Barnes fue quien te trajo personalmente e insistió en que te cuidáramos con esmero; parecía muy preocupado".
El corazón de Harlow dio un vuelco doloroso. ¿Kaden? ¿Preocupado por ella? Sabía que no debía confiar en eso.
De repente, la puerta se abrió de golpe.
Kaden irrumpió en la habitación, con el rostro desencajado por la furia. En su mano brillaba una pistola, cuyo cañón frío colocó directamente contra la frente de ella.