Miré a la dama del carruaje, le sonreí—. Debería intentarlo usted también, eso hará que ningún hombre le gane en una carrera a galope.
Dicho eso, tiré de la rienda y espoleé, este echó a correr. Debía reconocer, ese maleducado era hábil, se apartó con sigilo para esquivar mi arrebato de dignidad. La sangre hervía por mi cuerpo, qué caballero tan… tan, ¡tan, tan! Manuela no pronunció palabra, solo analizaba de vez en cuando mis reacciones de regreso a la hacienda, sabía que tenía mil preguntas.
Al llegar, madre bordaba. Su rostro se sorprendió al vernos llegar sin el cochero. Dejamos los caballos en las caballerizas en manos de un mozo de cuadra, mi prima rompió el silencio.
—¿Qué fue lo que pasó?
—En la recámara te cuento, ahora se nos viene algo peor.
Comenté entre dientes al ver su rostro al acercarse transformado en una esfera roja, se alzó el vestido para correr con más comodidad. Nos conocía muy bien, sabía qué, al presentarnos en tales circunstancias, era probable una travesura realizada.
—¿Dónde dejaron el carruaje? —preguntó furiosa.
—Él, muy insulso, se quedó dormido. Ya les había comentado, ese hombre no es confiable, y nosotras tenemos muchos deberes. Debíamos regresar temprano.
— ¡Mariana! —gritó entre dientes.
—Es verdad tía.
—¡Eres igual a ella!, no se puede confiar en ninguna de las dos. Si tu tío. —miró a mi prima—, y tu padre —Me miró—. Si se entera, no voy a interceder por ustedes.
—Aceptaré el castigo que me imponga. No te enojes, no nos pasó ningún altercado. —respondí.
Tomé a Manuela por la manga del uniforme, la llevé hasta el interior de la hacienda, vi como a madre alzaba sus manos al cielo soltando un suspiro.
—¡Niñas!
Nos gritó desde la puerta de la entrada, La esperamos en el primer escalón de las escaleras.
—¿Señora? —respondimos al mismo tiempo.
—En la noche tendremos una importante visita, son los nuevos vecinos. Gente muy considerable e influyente. —enfatizó—. Tu padre quiere la mayor colaboración y atención para con ellos.
—Madre, ¿por qué tanta pleitesía a unos desconocidos? —hice una mueca de disgusto.
—¡No son desconocidos! Tu padre ya los distinguía desde hace unos días de su llegada de Inglaterra. Se encuentran inspeccionando sus propiedades, solo se quedarán un par de semanas. Si no encuentran un tema de interés. —Ese tono utilizado para la última frase que pronunció no me agradó.
—¡Sabes a la perfección madre, que los nobles suelen desagradarme! Si en algo me alegro, es no hacer parte de ellos de manera directa, el vivir en una hacienda nos aleja de la hipocresía de ese entorno.
—No deberías, eres una de ellos, tienes mucho pasado en tus apellidos.
Le hice un gesto de descontento ante su comentario. Según la historia, nuestros descendientes eran ingleses. Desde muy niña mis padres se trasladaron a tierras francesas. Mi padre había realizado varios negocios, los cuales le salieron muy bien e incrementó su fortuna y prestigio de su apellido. No estamos muy relacionados con nuestros familiares ingleses por parte materna, como tampoco con la familia paterna, ya que era un misterio total, no había ningún contacto con la línea española. Por lo tanto, las únicas personas importantes eran las que vivían conmigo.
—Las quiero presentables en la tarde, cenaremos con ellos.
—Como usted ordene lady Granados.
—¡Mariana! Es muy importante, no dejes a tu padre avergonzado.
—¡Madre! ¿Crees qué soy capaz de semejante acto?
Escuché a Manuela sofocar las ganas de reírse. No me contestó, con solo ver su mirada penetrante fue suficiente.
—A las siete estaremos listas, tía.
Corrimos escalera arriba para entrar a nuestros aposentos. Dormíamos juntas, en parte, porque Manuela después de la muerte de mis tíos sufrió de pesadillas, y en mi caso porque con ella me sentía un poco más segura y esa sensación de que vendrán por mí, disipaba un poco.
—Ahora mismo me vas a contar lo ocurrido, no comprendí esos acontecimientos con ese caballero encantador con el que hablabas. —terminó suspirando y cayendo de espaldas en su cama.
—¿Te pareció encantador? —hice un mal gesto mientras me sentaba al borde de la mía.
—Concuerdo con su falta de modales y esa descortesía al no saludarte como era debido. Sin embargo, no negarás lo atractivo, yo diría hermoso.
—Lo que tiene de belleza lo tiene de orgulloso, altivo y descortés.
Expresé en tono displicente, aún tenía vergüenza por su falta de educación, por esa frialdad en sus ojos, ¡me dejó con la mano extendida! Le relaté los acontecimientos del bosque, el cómo por poco hubiera perdido la vida de no ser por él. Me escuchó con suma atención.
—El resto de la historia ya la conoces.
—No entiendo, fue amable y luego cambió tan de repente, un verdadero caballero no actúa con tales modales.
—No lo sé. —quedé pensando—. Tal vez, al escuchar los apellidos se dio cuenta de que no éramos tan importantes. ¿Lo notaste?, él parece de la realeza, se ve muy antiguo —extendí el cuello lo más que pude para tratar de imitarlo.
—Somos una de las familias más respetables del pueblo, además procedemos de familias nobles de Inglaterra. —comentó.
—No poseemos tierras en otro lugar que no sean en la región, al no tener heredero hombre el título nobiliario de mi tío se perdió, por eso tú perdiste todo menos tu dote que fue lo único entregado a padre al convertirse en tu tutor legal.
Afirmó. Yo amaba la hacienda —era una de las haciendas agrícolas más prósperas de la región, muy grande. Su área construida era de dos pisos; en la parte superior quedaban las habitaciones y el cuarto de costura de mi madre. En el primero quedaban un salón principal para realizar actividades, dos comedores de diez puestos, el despacho de papá, el salón de caballeros donde se reunía con sus socios, el living donde reciben a los invitados, los salones del té de mi madre, la biblioteca, la cocina y las habitaciones de Úrsula mi nana, con dos colaboradores más y el mayordomo. Ella no era de tener tantos empleados en la casa, nada más los necesarios, para ella las doncellas sería tener la excusa para hacernos unas mujeres holgazanas.
—¿Lograste ver lo que te persiguió?
—No muy bien, era como una nube negra, una risa tenebrosa dijo que se acercaba el día. —hablé casi en un susurro, recordando el temor.
—Mariana… —Se pasó de cama para abrazarme con fuerza—. Hace meses no te pasaba nada de esa índole.
—Lo sé. —alejé los temores de mi mente para no sugestionarme más de la cuenta—. No sé qué pudo reanudarlos. Pero regresaron, los encuentros extraños volvieron.
Realizamos los deberes para disfrutar el fin de semana, además debíamos arreglarnos para el gran acontecimiento en la casa de los Granados. —hice una mueca. Nos sentamos cada una en nuestros escritorios, nos sumergimos en la culminación de los deberes, por fortuna no fueron muchos, terminé antes que Manuela. Este año nuestros tutores decidieron enviarnos a la escuela de señoritas, así nos librábamos de varias institutrices.
Mientras esperaba, tomé el diario, decidí escribir el acontecimiento de hoy. Al abrirlo me di cuenta de que desde el otoño pasado no había presentado nada sobrenatural, miré la fecha:
Agosto de 1780
Querido diario. Mi prima, el padre y tú son los únicos conocedores de los sucesos que a veces me suceden. Algo tenebroso quiere apoderarse de mí. No de mi alma, pero si presiento que soy la clave de algo, es un constante llamado a que mi cuerpo pronto será necesitado y temo por ello. Sigo asistiendo a misa, trato en lo posible no faltar, las voces disipan en su totalidad al comulgar. Espero no volver a ver en mis sueños a ese rostro feo y mal oliente hombre que se abalanza sobre mí.
Mayo 1781
Querido diario.
Hoy experimenté el mayor susto en mi vida, jamás había sentido tanto miedo. Galopaba en el bosque con Manuela, luego nos separamos o nos separaron, dejándome sola, al percatarme de ello, algo me acechaba, lo que era logró erizar mi piel por completo, pude echar a correr el caballo, temía ser alcanzada y más miedo sentí al escuchar su risa junto a esas tenebrosas palabras, «pronto llegará el día».
Luego. Pasé la más grande vergüenza con el hombre más bello que jamás había visto, con los ojos más transparentes, su mirada era penetrante, misteriosa y reconozco, por un instante sucumbí ante esos ojos. Pero lo que tiene de atractivo lo tiene de grotesco, orgulloso, prepotente y descortés.
Aclaro, ese caballero se parecía a un ángel, sin embargo, si lo vuelvo encontrar lo dejaré en ridículo para devolverle el mismo favor. Agradezco que salvara mi la vida, no obstante, se sintió extraño si rechazo.
Es muy ágil, bello, un hombre frívolo… yo diría que es ególatra muy antiguo.
Cerré el diario, lo guardé en el baúl privado. Seguía enojada ante el recuerdo de su descortesía, ese caballero supo sacarme de mis cabales.
—¿Ya terminaste? —Le pregunté a Manuela, jugaba con el lápiz en su boca.
—¿Cómo haces para hacer las labores tan rápido y ser tan indisciplinada en la escuela?
—Porque son fáciles, además, todo lo digo según mi punto de vista.
—Por eso eres el dolor de cabeza de la señorita Benedetti. —soltó la risa.
—Debemos arreglarnos, si oscurece no podemos hacerlo y quedar bellas como madre nos necesita. Con velas no es lo mismo. Si no has terminado, mañana te ayudo.
—¿Cómo se llamarán nuestros vecinos?
Me encogí de hombros ante su pregunta. Era un tema que carecía de mi importancia.
—Ni estoy interesa en saberlo. —respondí ingresando al lavado.
Úrsula había preparado el baño, lo tomé primero, había llenado ambas tinas. Quería verme hermosa en la cena de hoy, una vez más seguí mis instintos, en esta ocasión alertan de un evento bueno, reacciono según lo que me advierten. Así pasó con Manuela, llegaría a la casa, en ese entonces no sabíamos de la trágica noticia, mis tíos habían muerto, fui la primera en contárselo a mis padres.
—Padre… Madre… tía Betty y tío Luciano murieron. Manuela vendrá pronto, estoy contenta por ella, ¿la dejarán dormir conmigo? —No dijeron nada, se quedaron asombrados en el comedor. Fue madre quien se acercó para consolarme del mal sueño.
No era desconocido en la familia sobre mis padecimientos de terribles pesadillas. A los quince días se presentó el abogado de mis tíos con Manuela, él les contó a mis padres lo que había ocurrido. Fue una sorpresa para ellos concederme a mí el don de presagios como les dijo nuestro sacerdote.
Desde el día de su llegada ha sido una bendición tenerla a mi lado, ese día la mañana fue encantadora, las flores del jardín se mostraban más vivas y muchos animales se acercaron en diferentes momentos de la mañana, Desde que llegó las pesadillas disminuyeron considerablemente.
Algo iba a pasar hoy en la noche con los visitantes, espero sea bueno y no como lo de esta mañana. Tal vez sea diferente, por eso debía arreglarme. Salí del cuarto de lavado, Manuela ingresó.
Me puse el vestido azul, dejé el cabello suelto, la combinación fue de mi entera aprobación, contrastaba el color con el vestido se veía bonito. Aún no sabemos de dónde viene el extraño color de mi cabello, no se sabe si era violeta desvalido o rosa envejecido o los dos al mismo tiempo. Era liso hasta los hombros para luego ondularse hasta caer en largos gajos, con un brillo increíble.
—Te ves hermosa, si te arreglaste así… Debes tener algún presentimiento o ¿será que conocerás a tu príncipe? —No aprobé su comentario.
—No seas tonta, sabes que no pienso en eso y menos para casarme, por ahora soy muy joven, vamos a cumplir dieciocho años. —En su momento le dije a mi madre que no quería presentación en la sociedad, eso no me interesaba, sin embargo, ella insistió tanto, ese día fue un desastre—. Si llego a casarme debe ser con un hombre diferente, un caballero a quien no le importe ensuciarse las manos para trabajar de ser necesario y no ordenar.
—Para muchos ya estamos solteronas, ¿recuerdas nuestra presentación ante la sociedad? —Nos miramos, soltamos una carcajada, después de ese baile, no quise asistir a ninguno otro, ella tomó la misma decisión; las invitaciones llegaban y por más que mi madre insistía no me presentaba a los eventos.
Terminé de arreglarla. Su cabello era rizado de color castaño claro, se los acomodé a un lado, que dejaba ver el medio escote de sus hombros. Resaltando su color de piel.
—Quedaste preciosa, ya debemos bajar, nuestros invitados de honor llegaron hace más de quince minutos. —hice una mueca y soltó una carcajada—. Te vas a casar con uno de ellos y estarás enamorada hasta los cimientos de tu alma, ya lo verás.
—Deja de decir tonterías Manuela. No creo considero eso por ahora.
Bajamos. La hacienda parecía que el sol no se hubiese ocultado, la casa se encontraba iluminada con velas por todas partes, me pareció fantástico. Me encantan las velas, para mí pensar las consideraba como un sendero de luz hacia el camino espiritual de los seres humanos.
Tal vez me caigan bien los vecinos, si debo invitarlos más seguido a cenar con tal de ver la casa como se encontraba lo haría. Escuchamos las voces provenientes de uno de los salones donde mis padres acostumbran a recibir las visitas antes de llevarlos al comedor. Manuela ingresó primero, por estar observando fui la última.
Mi madre hizo un gran esfuerzo. Las voces habían cesado de manera abrupta cuando ingrese al lugar. Me di la vuelta para comprobar con mis propios ojos lo que había pasado. El problema… Quedé fría, estática igual a una escultura de mármol. Manuela también se mostró asombrada. Su rostro era de, ¡no era posible!
Yo fijé la mirada en Lord Antonio D’Montecarlos, quién ya miraba con asombro o ¿admiración? Su rostro era de… ¿Qué pretendía el destino?, a él le brillaron los ojos por un instante, como estrella fugaz en el firmamento. El joven sentado a su lado lo miró arrugando su frente, todos se levantaron para recibirnos.
Mis padres miraban de un lado al otro, por la expresión de sus rostros, noté lo desconcertados que quedaron con nuestras reacciones. También se encontraban presentes los dos señores adultos, los cuales parecían ser sus padres, al detallarlos bien eran los mismos de esta mañana en el choque con el carruaje.
Ahora había un nuevo joven, igual de apuesto al descortés, me pareció que era menor, no mucho, la diferencia debía de ser un par de años por lo menos. El señor Granados fue quien rompió el hielo y nos sacó del estado al que habíamos caído por la incómoda situación. «Esto era inaudito» —pensé para mis adentros.
—Hija, te presento a la familia D’Montecarlos.
—Un placer. —¡Diantres!