Portada de la novela La Leyenda - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 1

La Leyenda - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 1

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La Tierra agoniza por la codicia humana, obligando al Universo a encarnarse en hombre para custodiar a la mujer destinada a sanar el mundo. Esta epopeya describe el sacrificio de la esencia pura ante el ruego de la naturaleza herida. En medio de la oscuridad, brota un amor capaz de restaurar o aniquilar la creación entera. Mediante elementos vitales y un arma sagrada, se librará la batalla definitiva que decidirá el futuro de nuestra especie.
Resumen de La Leyenda - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 1
La Tierra agoniza por la codicia humana, obligando al Universo a encarnarse en hombre para custodiar a la mujer destinada a sanar el mundo. Esta epopeya describe el sacrificio de la esencia pura ante el ruego de la naturaleza herida. En medio de la oscuridad, brota un amor capaz de restaurar o aniquilar la creación entera. Mediante elementos vitales y un arma sagrada, se librará la batalla definitiva que decidirá el futuro de nuestra especie.
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La Leyenda - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 1 Capítulo 1

Cabalgaba de regreso de la escuela de señoritas con Manuela, mi prima. Huíamos despavoridas con el uniforme azul a cuadros, camisa blanca y ese horrible gorro cubriéndonos por completo el cabello.

Donde se entere la hermana rectora de nuestra fuga sería causal de expulsión. —Mi prima desde hace tres años vivía con nosotros, quedó huérfana, luego del repentino accidente en unos de sus acostumbrados viajes.

Aunque, cada año, desde que cumplió los nueve, pasaba las navidades con nosotros. Gracias a Dios ella no los acompañaba en ese viaje, agradezco al cielo por dejarla vivir con nosotros. Ha sido mi compañera de travesuras, aventuras y locuras.

Tenemos el mismo temperamento rebelde, libre y jocoso, de cierta forma somos las niñas descarriadas de nuestras distinguidas familias en esta sociedad aristocrática. Habíamos soltado los caballos del carruaje, como siempre al terminar las clases mi padre nos enviaba, pero el nuevo cochero no me inspiraba nada de confianza, tenía algo atemorizante.

El hombre se quedó esperando a nuestra salida de clase, algo que ninguno había hecho hasta el momento. —Nosotras no nos quedábamos internas, vivíamos cerca del convento—. Por eso en la última hora, en un descuido de la maestra, salimos del aula, desatamos los caballos para salir a galope.

No sentí ningún remordimiento al dejar al nuevo empleado como un incompetente. Nos detuvimos en el bosque porque no podíamos dejar de reírnos, sin darnos cuenta nos habíamos retirado mucho del camino que conduce a la hacienda.

Al percatarme me puse alerta. No era que creyera en las historias de dicho lugar referente a los extraños sucesos, de animales salvajes y hasta fantasmas. Era por lo mucho que intimidaba, hacía alterar mis nervios, y debía ser honesta conmigo misma le temía desde niña.

Por más adoración hacia la naturaleza, los animales y sobre todo el viento, me sentía ligada al aire de una forma indescriptible. Pero la oscuridad alrededor del pueblo era el causante de mis constantes escalofríos.

—Ya dejamos atrás la escuela.

Comentó Manuela, tenía la respiración agitada, con ese brillo de alegría en sus ojos, mi respiración comenzó a cambiar.

—No debemos quedarnos aquí —comenté mientras la piel cambiaba de estado, ahora la tenía erizada—. ¡Corre! —grité.

Echamos a galopar de nuevo sobre los caballos, Manuela siempre acataba mis sugerencias, y más cuando eran mis instintos los emergentes de la alerta. No sé bien qué pasó, de un momento a otro ella desapareció, iba adelantada, pero era imposible que se hubiese esfumado, confío en que haya podido retomar el camino.

En ese instante, sentí que alguien respiraba a mis espaldas, el temor invadió desde mis entrañas, se fue trasformando en un miedo profundo, imaginé un gran demonio tratando de alcanzarme, recé para que mi caballo lograra sacarme del bosque.

Miré por encima del hombro, quería ver quién me seguía. Porque era seguro que algo me perseguía. Pero solo vi el bosque… luego se fue tornando oscuro, como si una nube negra se hubiese apoderado de lugar y a su vez se materializó en una figura humana. Una risa macabra surgió de alguna parte —«muy pronto»—. Susurró una voz maquiavélica. Cuando logré salir de esa oscuridad, ante mí había un carruaje con dos grandes caballos, uno blanco y otro gris.

Vi tres personas en el interior, una de ellas, el más joven, observaba en dirección al bosque, el caballo iba desbocado, no tuve tiempo de tirar de la rienda y ocasioné un impacto con los animales detenidos. Muy seguro observaban lo que había visto.

Ante el fuerte choque salí volando por encima del carruaje, pensé en el fuerte golpe que me daría con los árboles al otro lado del sendero. Cerré los ojos para recibir lo inevitable, sin embargo, no llegó.

Me sujetaron la mano, el joven que miraba salió del carruaje, alcanzó a detenerme en el aire, dejándome en el suelo. Todo fue tan rápido, y provocó un leve mareo al soltarme, no conté con equilibrio y caí. De todos modos, gracias a ese caballero me había salvado, de lo contrario otro escenario sería mi situación.

Nada más tuve un leve maltrato en las manos al ponerlas en el suelo para estabilizarme de la vuelta realizada. Permanecí varios segundos recuperando el aliento y los nervios. Respiré profundo antes de ponerme en pie. Él esperaba ante mí, extendió su mano, con agrado le ofrecí la mía, después de todo, era mi salvador.

Al mirarlo quedé embelesada, ese joven tenía el rostro más hermoso que nunca antes había visto, era muy alto, de cabello castaño claro, sus ojos eran de un bello verde claro, parecía un ángel. Me miró con tal ternura, esa mirada era bella como si por milenios la habría esperado, caí cautivada antes esos ojos atrapantes.

—Se encuentra usted bien, ¿milady?

Su voz ocasionó un trastorno respiratorio desde lo más profundo del pecho, por eso demoré al contestar.

—Eso creo. —respondí bajando la mirada. ¡Me avergoncé! — Muchas gracias, milord.

—Es una gran satisfacción constatar que se encuentra bien.

Su amabilidad se ensombreció un poco, no era correcto que una señorita este sin chaperona, doncella o una carabina, menos montando a caballo como lo suelen hacerlo los caballeros.

Lo miré de nuevo, noté su porte distinguido, «debe ser otro aristócrata, como los amigos de mi padre». Me regaló una deslumbrante sonrisa y no pude apartar la mirada de su perfecto rostro, sus ojos eran como el verde de un lago puro, sus cejas pobladas, nariz perfecta, sus labios eran tan sensuales, cautivantes, por unos segundos me perdí en un extraño deseo.

Sin lugar a dudas, él se parecía a un ángel. Escuché el galopar de otro caballo… «Mi prima», ella no estaba conmigo, el temor se apoderó de nuevo. ¡¿Cómo pude dejarla en ese bosque, sola?!

—¡Mariana! ¡Mariana! —Su voz sonó alarmada.

Miré hacia el bosque en varias direcciones con la ilusión de encontrarla, sin embargo, me sorprendió verla venir por el sendero principal, al verme soltó un jadeo de alegría. Se bajó del caballo y corrió a mi encuentro.

—¡Qué susto me diste! ¿Dónde te metiste?, sabes que no puedo llegar a la casa sola, me matarían después de la travesura…

—¡Fuiste tú quien me dejó sola!

Le reproché. El joven llegó a nuestro lado, el rostro de ella se transformó, puso la expresión más tonta nunca antes vista. Una extraña punzada se materializó desde el pecho. El distinguido caballero tomó la mano de mi prima y se presentó.

—Lord Antonio D’Montecarlos.

Besó su mano, parece un distinguido aristócrata, ¡Diantres! Los caballeros que solo pensaban en sus chequeras no eran de mi agrado, aunque él sea atractivo.

—Manuela Stroward.

Se presentó, realizando la inclinación correspondiente, ¡qué tonta se vio!

—¿Usted…?

Había cambiado, su mirada se transformó en dos témpanos de hielo. No tenía esa calidez de hace unos minutos, ahora me ofrecía una calculadora, fría, penetrante y molesta mirada, la cual me hizo sentir intimidada.

—Mariana Granados.

Le sostuve la mirada, no tenía motivo para no hacerlo. Tampoco sé el porqué de mi reacción, solo seguía mis instintos, efectué la inclinación pertinente, ofrecí la mano para seguir con el saludo protocolario propio de la nobleza.

—Desconcertante sorpresa.

Se dio la vuelta, dándome la espalda con la mano extendida. ¡Me dejó con la mano en el aire!, y mi perfecta inclinación a medias. ¡No ofreció su mano! Se debe saludar según las costumbres. Se ve de muy mal actuar el no hacerlo como lo dictan las normas de una buena educación y más por su rango.

Sentía el ardor por todo mi cuerpo, y un calor emerger desde el cuello. ¡Qué descortés! ¿Cómo una persona cambiaba tan rápido de comportamiento? No hace más de unos minutos fue un verdadero caballero, no obstante, se había convertido en un inculto. Sentí tanto enojo, aunque no se lo demostré, saqué valor, un poco de altivez de donde no sabía que la tenía y me hice la digna con decencia. —madre suele decir; las verdaderas damas lanzamos bofetadas con los guantes blancos.

—Gracias de nuevo por salvarme, milord.

—No fue nada.

Contestó por obligación. Tenía un aire de lord muy superior, me produjo dolor estomacal. Me incordia la gente superior solo por un título nobiliario, aquellos creyentes de ser más que otros por no tener apellidos distinguidos. Le di la espalda, subí al caballo, causando asombro en el rostro de los acompañantes mayores que seguían dentro del carruaje. Por eso, amo vivir en el campo, nunca he empatizaré con la nobleza, aunque sea una de ella.

—No es de doncellas montar igual a los hombres.

Comentó el joven. Lo miré furibunda. Manuela también se había montado de la misma manera, pudo percibir la insolencia en ese caballero.

—No ando interesada en causar buena impresión, menos si es para impresionarlo a usted.

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