La noche continuaba su curso en la gala, entre risas, música y copas de champán. Sin embargo, para Mateo, todo parecía suceder en cámara lenta. Cada conversación le sonaba como un eco distante, cada felicitación era un recordatorio de lo frágil que era su posición.
Lucía, ajena a la tormenta interna de su prometido, se deslizaba entre los invitados con una gracia natural, estrechando manos y aceptando elogios. Su sonrisa iluminaba el salón, y Mateo no podía evitar sentir una punzada de culpa al verla tan feliz.
Mientras tanto, en el exterior del club, Clara y Dana habían logrado salir sin llamar demasiado la atención. A pesar del frío que se colaba entre los edificios de Nueva York, Clara apenas lo sentía. Su mente bullía de pensamientos mientras sujetaba su vientre con ambas manos.
-¿Estás bien? -preguntó Dana, que caminaba a su lado con el rostro pálido.
Clara asintió, aunque en realidad no lo estaba.
-No puedo creer que él esté ahí, actuando como si nada -dijo entre dientes, apretando los labios para contener las lágrimas-. Me dan ganas de regresar y gritarle a esa mujer todo lo que sé.
-Y arruinar su noche, ¿para qué? -replicó Dana con una mezcla de cansancio y frustración-. No va a cambiar lo que hizo.
Clara se detuvo en seco, obligando a Dana a hacer lo mismo.
-¿Y qué? ¿Vamos a dejar que se salga con la suya? ¿Que siga jugando con nuestras vidas como si no importara?
Dana bajó la mirada, incómoda. No podía negar que compartía la rabia de Clara, pero también sabía que Mateo tenía una habilidad particular para salir indemne de cualquier situación. Habían sido testigos de ello más veces de las que les gustaría admitir.
-Mira, Clara -dijo finalmente-, entiendo lo que sientes. Pero ahora lo más importante no es Mateo, sino nuestros hijos. No voy a permitir que me arrastre a otro escándalo que termine afectándolos a ellos.
Clara apretó los puños, pero no respondió. Sabía que Dana tenía razón, aunque la idea de dejar a Mateo y seguir adelante con su vida sin consecuencias la carcomía por dentro.
De vuelta en el salón, Mateo intentaba reanudar la conversación con un grupo de inversores que su futuro suegro le había presentado. Sin embargo, su mente no podía concentrarse. Seguía dándole vueltas al hecho de que Clara y Dana habían estado ahí, observándolo.
Cuando finalmente encontró un momento para apartarse, se acercó a Lucía y le susurró al oído:
-Voy a tomar un poco de aire. Regreso en unos minutos.
Lucía le sonrió, sin sospechar nada.
-No tardes.
Mateo salió por una de las puertas laterales y se dirigió al jardín del club. La noche era fría, y el aire fresco le golpeó el rostro, pero no logró calmarlo. Caminó entre los setos perfectamente cuidados, tratando de pensar en una forma de manejar la situación.
Sabía que Clara no se quedaría de brazos cruzados. Había visto la determinación en sus ojos, incluso desde la distancia. Y Dana... bueno, ella siempre había sido más cautelosa, pero también más metódica. Si las dos decidían unir fuerzas, sería cuestión de tiempo antes de que todo saliera a la luz.
"¿Qué puedo hacer?", pensó, mientras se pasaba las manos por el cabello. La única solución que se le ocurría era hablar con ellas, intentar convencerlas de que no ganaban nada con exponerlo. Pero eso implicaba enfrentarlas, y la idea lo aterraba.
A su mente llegó, como un torbellino, el recuerdo de Clara y Melina. La última vez que las vio, Clara estaba sentada en la sala de su casa, con su vientre de seis meses de gemelos y los ojos llenos de lágrimas. Melina, su hija, estaba a su lado, con la preocupación en el rostro.
Los gemelos que venían en camino lo llenaban de una mezcla de alegría y terror. Aunque nunca lo admitiría, había imaginado más de una vez cómo sería tener una familia con Clara, pero todo eso parecía tan lejano ahora, tan imposible.
Mateo sintió un nudo en el estómago. Era injusto que él estuviera allí, en ese elegante club, celebrando su compromiso con Lucía, mientras Clara y Melina enfrentaban el peso de su ausencia. Y las expectativas de Dana, la otra mujer involucrada, tampoco eran fáciles de ignorar. Ambas habían confiado en él, y él las había traicionado.
-Eres un cobarde, Mateo -murmuró para sí mismo, deteniéndose junto a una fuente que brillaba bajo la luz de las lámparas.
Abrió el grifo de la fuente y dejó que el agua fría fluyera entre sus manos antes de llevársela al rostro. Al mirarse en el reflejo del agua, apenas se reconoció. La imagen que devolvía la superficie no era la de un hombre feliz ni triunfante, sino la de alguien que se esforzaba por mantener una mentira.
Sabía que había ocultado demasiadas cosas a Lucía. Aunque le había contado que Dana estaba embarazada, había minimizado la situación, asegurándole que no representaba ningún obstáculo para su relación. Pero nunca mencionó que Melina, su hija, vivía con Clara, ni que esperaba gemelos.
Mateo cerró los ojos con fuerza, tratando de bloquear los pensamientos que lo atormentaban. Pero el peso de sus decisiones lo seguía aplastando, como si cada paso que daba lo acercara más a un abismo del que no podría salir.
Con un suspiro pesado, se secó el rostro con las manos y se obligó a regresar al salón. Lucía lo esperaba, todavía rodeada de invitados que la felicitaban. Mateo se unió a ella, esforzándose por mantener la compostura. Pero en el fondo, sabía que su fachada comenzaba a desmoronarse, y que el precio de sus mentiras sería más alto de lo que jamás había imaginado.
Clara y Dana habían intentado pasar la semana alejadas del caos que Mateo había dejado en sus vidas, pero la calma era solo una ilusión. Por las noches, cada una repasaba en silencio las heridas abiertas, imaginando maneras de enfrentarlo. La venganza era un pensamiento recurrente, aunque ninguna se atrevía a admitirlo. Hasta que una tarde, el silencio se rompió.
Mientras el sol comenzaba a teñir el cielo con tonos anaranjados, Clara invitó a Dana a tomar un café en su apartamento. Era una invitación sencilla, casi rutinaria, pero ambas sabían que había algo más detrás de ese encuentro.
La reunión comenzó como tantas otras. Clara sirvió café en el pequeño balcón de su apartamento mientras Dana se acomodaba en una de las sillas de metal. Hablaron de cosas triviales: el clima, las compras, los preparativos para los bebés. Pero el verdadero motivo del encuentro flotaba en el aire, sin ser mencionado.
Miraban la calle desde el pequeño balcón, con tazas de café caliente en las manos. El aire fresco de la tarde acariciaba sus rostros, hasta que las cosas no dichas empezaron a emerger. Finalmente, fue Dana quien rompió el hielo, dejando su taza sobre la mesa con un golpe seco.
-No puedo seguir fingiendo que todo está bien, Clara. No después de lo que vimos en la gala.
Clara levantó la mirada, sorprendida por la brusquedad en el tono de Dana.
-¿A qué te refieres? -preguntó con cautela, aunque ya sabía la respuesta.
Dana se inclinó hacia adelante, con los ojos llenos de furia contenida.
-A Mateo. A esa sonrisa falsa que se paseaba entre los invitados mientras nosotras lo mirábamos desde las sombras. ¿No te hierve la sangre cada vez que lo recuerdas?
Clara apretó la taza entre las manos, con el cuerpo tenso.
-Claro que sí, - murmuró. - Pero ¿qué podemos hacer? ¿Acaso arruinarle la vida nos va a devolver lo que perdimos? No, que va...
-No se trata de devolver nada, - replicó Dana, su voz temblando de frustración. - Se trata de justicia, Clara. Se trata de que él no siga caminando como si fuera intocable mientras nosotras lidiamos con las consecuencias de sus decisiones. ¿Imagina cuando nazcan los gemelos?
Clara dejó la taza sobre la mesa con un temblor en las manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas que luchó por contener.
-¿Y qué sugieres? ¿Enfrentarlo? ¿Gritarle la verdad a Lucía en medio de una cena elegante? Ella en el fondo no tiene la culpa, seguro ni sabe que existimos.
Dana la miró fijamente, con una intensidad que Clara no había visto antes.
-Tal vez. Pero no de cualquier manera, tampoco vamos a ir contra ella, como tu dices, seguro ha estado engañada todo este tiempo. Si vamos a hacer algo, tiene que ser inteligente. Frío. Algo que lo derrumbe sin que él pueda levantarse, que no le quede manera de zafarse del escarnio público.
Clara se quedó en silencio, mordiéndose el labio inferior. La idea era tan tentadora como aterradora.
-¿Cómo? ¿Tienes algo en mente?- preguntó finalmente.
Dana esbozó una sonrisa amarga, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
-Primero, necesitamos pruebas. Algo que lo exponga. Sabemos de sus mentiras, pero necesitamos que el mundo también lo sepa. Fotos, mensajes, cualquier cosa que lo desenmascare.
Clara negó con la cabeza, aún indecisa.
-¿Y qué pasa si Lucía no nos cree? ¿Qué pasa si él encuentra la manera de darle la vuelta a todo, como siempre lo hace? Ambas conocemos lo hábil que es con las palabras.
Dana la tomó de las manos con firmeza.
-Por eso tenemos que ser meticulosas. No se trata solo de Lucía. Se trata de todos los que lo rodean. Su familia, sus socios, sus amigos. Tenemos que destruir su fachada desde dentro.
Clara retiró las manos, apartando la mirada.
-No sé si puedo hacerlo, Dana. Pensar en todo esto... me da miedo. Mira como estoy dentro de poco no voy a poder ni ponerme los zapatos.
Dana suspiró, pero su voz se suavizó.
-A mí también me da miedo, Clara. Pero si no hacemos algo, él seguirá ganando, y nosotras seguiremos perdiendo. ¿De verdad quieres que tus hijos crezcan sabiendo que su padre es un mentiroso que nunca asumió sus responsabilidades?
Las palabras de Dana golpearon a Clara como una bofetada. Cerró los ojos, recordando todas las veces que había defendido a Mateo ante su hija Melina, todas las noches en las que había llorado en silencio para que nadie la viera. Cuando abrió los ojos, había una nueva determinación en ellos.
-Está bien, - dijo finalmente. - Pero si vamos a hacer esto, lo hacemos juntas. No pienso quedarme sola en esto. Cada día voy a necesitarte más, lo sabes...
Dana sonrió, aliviada.
-Nunca estuviste sola, Clara. No mientras yo también esté en esto.
Esa tarde, entre susurros y planes trazados en servilletas, comenzaron a construir su estrategia. Hablaron de los mensajes que aún guardaban, de las fotos que habían tomado en la gala, de las mentiras que podían probar.
Cuando el sol se ocultó y el balcón quedó envuelto en penumbra, ambas mujeres se miraron con un entendimiento silencioso. Habían sellado un pacto, una alianza que cambiaría el rumbo de sus vidas.
-Mateo no sabe lo que se le viene, - dijo Dana con una sonrisa fría, levantando su taza como si brindara.
Clara tomó la suya y chocó suavemente contra la de Dana.
-Por nosotras, - murmuró, y en sus ojos brillaba algo más que rabia: brillaba la esperanza de recuperar el control de su destino.