No debía estar ahí.
Se repetía una y otra vez aquella frase mientras bebía su copa de champagne. Arregló su cabello al verse en el reflejo de un espejo del
salón y trató de darse fuerzas recordando porqué estaba en aquel lugar para empezar.
Paso 1: Encontrar a su esposo.
Paso 2: Seducir a su esposo.
Paso 3: Quedarse embarazada de su esposo.
Paso 4: Cobrar la fortuna que ofrecían los Giordano y poder ayudar así a su padre quien estaba en el hospital con cáncer de estomago.
Era un chiste del universo que justamente eso era lo que
tenía que hacer para conseguir el dinero para los tratamientos de su papá, pero así era la vida y las circunstancias. Los primeros meses que Nathaniel y ella se dedicaron a fingir que eran esposos no hubo problemas porque recibía una parte del dinero de los Giordano para sus gastos (no demasiado, pero sí más de lo que estaba acostumbrada) pero en cuanto Nathaniel se alejó por completo y cambió su apellido, desligándose por completo de la familia, si bien Bianca vivía en la mansión no tenía acceso a sus cuentas bancarias, habían congelado sus fondos y la
tenían bajo la amenaza de que, si se iba, la acusarían de robo y la harían pudrirse en la cárcel.
No era la clase de vida que quería por lo que quedarse y fingir era una mejor idea.
Sin embargo, cuando su padre enfermó pidió a sus suegros que le dieran el dinero, trató de apelar a su misericordia, pero ellos le dieron un contrato y un mes para poder darle lo que necesitaba.
—Es bastante simple ¿No lo crees?
—Si hago esto ¿Pagarán el hospital de mi papá y sus terapias? —preguntó Bianca viendo el contrato que le ponía Carmenza Giordano en frente para que lo leyera—. Quiero tener la seguridad de que estoy haciendo lo correcto.
—Se trata de tu padre ¿No es así? Nathaniel ha dejado de lado nuestro apellido y ha dejado la empresa de lado. Sin embargo, solo él puede hacer algo ya que es el dueño absoluto. Las herencias de los Giordano indican que el hijo varón es quien hereda todo, y sus acciones automáticamente pasan a ser de sus hijos. Además de que obtienen un 25% extra de las propiedades familiares y sus terrenos. Como Nathaniel renunció a la familia y yo como mujer ya no tengo parte en la herencia, al morir perderíamos todo. Yo quiero que se conserve el legado familiar y tú quieres dinero para salvar a tu
padre. Lo que yo veo es un trato justo. Si quedas embarazada de Nathaniel entonces tendrás acceso a los fondos designados para tu hijo y así podrás seguir pagando tú misma lo que tu padre necesita. Lee los términos de este acuerdo.
Bianca tomó la pluma y tras leer todo el acuerdo, firmó solo pensando en que si esa era la manera en que podía ayudar a su padre entonces lo haría. Ya solo tenía que encontrar la forma de seducir a su esposo.
***
Respiró profundamente y se dirigió al baño a retocarse el maquillaje. Se pintó los labios de rojo y se acomodó el cabello nuevamente.
Frente al espejo no parecía la misma chica que cinco años atrás se hubiera casado con Nathaniel. Había diferencias abismales. La niña de dieciocho años tenía el cabello largo, liso y rubio mientras que la mujer en el espejo tenía
el cabello marrón rojizo, corto y el ondas. Los ojos claros de Bianca no eran los ojos oscuros de Celeste, incluso le habían operado los senos. Estaba ahí con una nueva identidad (idea de su suegra) para poder seducir a su marido.
Ahí en Nueva York no era Bianca Rizzo ni Bianca Giordano. Era Celeste Tyler, una chica americana sin mucha más historia que ser una niña millonaria que viajaba por el mundo.
Salió del baño y se dirigió a la recepción del hotel donde se llevaba a cabo la cena de beneficencia para la niñez y trató de buscar entre los asistentes a Nathaniel. Gracias a un detective sabía dónde vivía, que hacía para ganar dinero y que estaba invitado a ese evento debido a su trabajo filantrópico.
Pero no llegaba.
Miró su reloj y al notar que eran las once de la noche pensó que había perdido su oportunidad, era mejor irse a su habitación y descansar y
luego emprender la cacería en otro momento. Fue por su abrigo para salir del salón cuando lo miró entrar, iba de traje, negro y elegante como lo recordaba el día de su boda, sonreía.
Ella suspiró y trató de no mirarlo tan seguido para que él no se percatara de su presencia.
Al pasar un mesero tomó una copa de champagne y dio un trago.
Ahora solo tenía que pensar la manera de acercarse.
***
Nathaniel entró al hotel pues ya había quedado de asistir a aquella cena benéfica. Muchas familias ricas estaban ahí reunidas para financiar
algunos orfanatos. Estaba muy comprometido a aquello puesto que él mismo era un huérfano, en cuanto se enteró de la verdad de su familia, había dejado Roma e incluso se había cambiado el apellido para honrar a sus verdaderos antepasados.
No quería nada que tuviera que ver con los Giordano. No quería convertirse en CEO de Gamma, aquella empresa no tenía nada de él, no quería la esposa que le impusieron y no quería volver a saber de ellos para ser honesto, y esa era la razón por la que estuviera a kilómetros de ellos viviendo en Nueva York desde hacía cinco años.
Se había hecho rico por su cuenta, usando solo su dinero para invertir en varios negocios que resultaron exitosos. Era dueño de varios clubes nocturnos y un hotel. Tenía su propio pent-house y una oficina en el Empire State. No se quejaba, había sabido comenzar de cero, y aunque era feliz, a veces pensaba en Bianca.
Había sido cruel dejarla sola con aquellos buitres como lo eran Carmenza e Ignazio, sus “padres”, pero ¿Qué podía hacer?, cuando se casó con ella apenas la había conocido, parecía una niña insulsa, sosa y muy aburrida, rubia y con aquellos ojos azules muy inocentes.
Pero de inocente no tenía nada y podía arrancarse un brazo para apostarlo. La chica no era más que una cazafortunas, y si bien parecía estar muy desagradada con la boda, no había dicho que no en ningún momento. Eso sin duda siempre lo iba a recordar.
Al entrar al hotel para ir a su mesa en la cena y preparar su chequera para hacer generosas donaciones pensó que había tenido unos días bastante tensos, incluso lo intentaron asaltar saliendo de un banco y la herida que tenía en el brazo se lo recordaba y se hubiera quedado en casa descansando si no estuviera tan empeñado en ser disciplinado y constante a sus compromisos.
Después de todo, un hombre de palabra tiene que cumplir asus deberes.
Sin embargo, un hombre con necesidades (como él) podía seducir a aquella noche a alguna soltera en la fiesta y deshacerse del estrés con el
arte de hacer el amor.
Y ya decidiría quien sería la afortunada de compartir una noche con él.
Después de todo la noche no era una noche pérdida. Bianca volvió a una mesa vacía manteniendo siempre la mirada hacía donde estaba Nathaniel. Se estaba haciendo un nudo en el estomago pues ella a duras penas sabía lo que era coquetear y seducir a un hombre. Sacó un espejo de polvo de su bolso de mano y revisó su maquillaje y su cabello, y ahora que lo pensaba había ido bastante sencilla a diferencia de las otras mujeres de aquel salón. Tenía un vestido negro ajustado que dejaba una abertura en su pierna, con una sola manga. El cabello apenas tenía una peineta de diamantes (falsos) y unos aretes igual de falsos que su peineta.
No resaltaba a no ser que le miraran los labios, rojos cereza.
Quiso reírse a carcajadas, eso de la seducción no le estaba saliendo bien. Sin embargo, ella no se percataba que la miraban como si fuera una oveja. Nathaniel tenía la vista fija en ella estudiando su figura, por lo que fue un golpe de suerte a su causa que él se acercara. —No lleva joyas, así que puedo deducir por eso que es una mujer sencilla. No hay anillo de matrimonio en su mano por lo que deduzco, es soltera, y está sola en una mesa alejada de todos por lo que puedo decir que no conoce a nadie en este lugar. -Bianca volteó y se quedó sin aliento al ver a Nathaniel parado ahí junto a su mesa. —¿Le importa si me siento?
—Señor Valenti. -contestó ella con una sonrisa. —Vaya que me ha dado un susto.
—Me disculpo. ¿Conoce quien soy? -Ella sabía quién era porque le había seguido el rastro, pero no podía decir que ese era le motivo de que lo supiera. Apenas dos semanas estaba en Nueva York así que no podía decir que lo había visto en alguna fiesta antes de esa. —Está en ventaja, señorita, yo no sé quien es.
—Y sin embargo vino a hablar conmigo. -dijo ella con una sonrisa. —Mi nombre es Celeste Tyler. -dijo ofreciendo su mano derecha y Nathaniel la tomó para besarla suavemente. —Es un placer conocerlo, señor Valenti. Y respecto a su pregunta, creo que todos aquí lo conocen muy bien.
—Ya que vamos a dejar las formalidades, será mejor que me llame Nathaniel, señor Valenti es demasiado y no soy tan anciano. Imagino que es extranjera, su acento. La delata.
Bianca se sonrojó y sonrió. Ya había previsto eso, pero no pensaba que fuera tan pronto. Respiró profundo y asintió. —Creo que se me queda grabado cada acento que escucho cuando viajo. Estuve en Sicilia el último mes antes de regresar a mi ciudad. -Ella no quiso decir mucho más porque temía que la descubrieran, aunque, Nathaniel apenas la veía cuando estaba en el mismo lugar que ella. Se concentró en la cena, aplaudió cuando el maestro de ceremonias hizo pasar a los artistas que iban a amenizar la noche y se deleitó en los platillos que servían en la mesa, sin embargo, sabía que tenía que hablar con Nathaniel. —¿Por qué vino esta noche?
—¿Y tú? Creí que ya habíamos dejado las formalidades. -Dijo Nathaniel dejando de lado su servilleta.
—¿Por qué viniste esta noche?
—A lo mismo que tú, me imagino. Pagué una cantidad exorbitante por un puesto en una mesa, sé que las ganancias irán a “Creciendo Juntos”, la organización infantil que se encarga de los niños en situación de calle, que han estado en hogares de acogida y bueno, tú sabes. -Bianca sonrió y asintió. —Es una buena causa.
—Sí, lo es. -Se pasó la mano por el cabello y sonrió. Ella no había ido por las mismas razones, quería algo más, volverlo loco de pasión para poder quedar embarazada. —es una buena causa.
—¿Sabes que sensación tuve cuando te vi por primera vez esta noche?
—¿Qué? -ella dejó su tenedor y su cuchillo sobre la mesa y lo miró con curiosidad.
—Que vas a cambiar mi vida, Celeste.
Bianca tomó la copa de vino y bebió un poco al sentir la boca reseca. Lo vio levantarse cuando sonaba una canción lenta y ella alzó una ceja cuando vio que le ofrecía una mano. —¿Qué haces?
Nathaniel sonrió. —Te invito a bailar. ¿Me concedes eso? -Él sabía que se estaba portando como un idiota puesto que, desde el momento que la vio caminar tan rápido alejándose de él cuando entró que ella sería la chica que se llevaría a su cama. Era un canalla, al verla, supo que ella sería de las románticas y estaba haciendo todo incluso sin sentir nada más que deseo. —Un baile, señorita Tyler.
—Creí que ya no seríamos formales. -sonrió y él sintió como si el mismo cielo le hubiera concedido un deseo en cuanto ella le tomó la mano para irse con él a la pista de baile junto a otras parejas. La pegó a él tanto como pudo para sentir su cuerpo. Se quedó mirando sus ojos marrones y su boca pintada de rojo carmín.
Algo brillaba en ella y era un canalla porque sabía que solo le daría una noche y nada más.
No habría rosas, ni corazones, ni chocolates.
Él no se enamoraba jamás.
***
Bianca estaba en sus brazos intentando no sentirse mal con lo que estaba haciendo. Había ido ahí decidida a obtener lo que necesitaba para salvar la vida de su padre, sin embargo, algo le decía que todo estaba mal. Miró a su esposo y quiso reírse en su cara como venganza porque él mismo le había dicho que nunca serían nada y sin embargo, estaba coqueteando con ella de forma descarada, mirando sus pechos falsos, su rostro falso y su sonrisa falsa. —Es usted muy guapo. -dijo ella mirándolo a los ojos. Y lo era. Alto, de cabello castaño, ojos grises y labios perfectos. Sentía sus músculos bajo sus manos y seguro que habían dejado sin aliento a más de una.
Él no le había sido exactamente fiel y también lo sabía gracias a Edward Ramírez, el detective que había contratado para seguirlo y saber todo sobre él. —Pensé que habíamos dejado las formalidades, pero gracias, usted también es muy guapa.
No se mordió la lengua para hacer la siguiente pregunta. —¿Más que su esposa?
Nathaniel alzó una ceja y se detuvo aunque la música seguía sonando. —¿Qué sabe de mi esposa? ¿Es periodista?
—Le aseguro que no soy periodista. Pero estuve en Italia ¿Recuerda que le dije? -ella mantuvo su seguridad y alzó una ceja igual que él. —Se dice mucho de usted y como abandonó a su familia, los Giordano. Sé que es casado, y lo uso como barrera para que… -le quitó la mano que puso de forma descarada en su trasero y se alejó de él. —no haga una tontería.
—Es la primera mujer que usa a mi esposa como barrera, aunque a duras penas podría decir que Bianca es mi esposa.
—Si busca en internet dice que su esposa es Bianca Giordano. ¿O debe ser Valenti? Me confunde.
—¿Quieres saber? Celeste, lo que sucede es que mi esposa y yo jamás consumamos el matrimonio y a duras penas la recuerdo. Sé que era rubia y tímida, como un ángel, pero de ángel no tiene nada, es una cazafortunas.
—La esposa trofeo de un CEO ¿solo eso?
—Solo eso. ¿Me dará el beneficio de conocerla mejor ahora que hemos aclarado lo que pasa con mi “esposa”?
Bianca se sintió un poco dolido de que dijera que ella era una cazafortunas, tenía que recordarse que en aquel momento era Celeste, no Bianca. Asintió y volvió a bailar con él. —Ya que hemos superado su infortunio con su esposa, seguramente sí, podremos conocernos mejor ¿Qué me ofrece? Soy una mujer de negocios, y sé que una relación no puede darme ya que no ha tenido la decencia de divorciarse de su esposa.
—¿Para que ofrecerle esa cortesía?
—Para que ella pueda ser libre, tal vez. Digamos que hasta usted podría ser libre si rompe el matrimonio y podría casarse con alguien más.
—No creo en el matrimonio. -dijo con firmeza. —Así que no me casaría de nuevo.
—Seguro su esposa difiere.
—¿Conoce a mi esposa?
Bianca sabía que tenía que irse con cuidado o todo su plan se iría a la deriva. Negó y sonrió. —Para nada, señor Valenti. No la conozco.