Diez minutos después, por fin logré arreglarme y entrar al restaurante.
En el salón privado el ambiente era cálido, la calefacción estaba al máximo. Violeta llevaba un vestido corto celeste y se encontraba sentada en el centro como una muñeca de porcelana. A su lado, Julián Cordero, mi propio hermano, le pelaba uvas con una delicadeza que parecía casi devoción.
Apenas me vio, Violeta me regaló una sonrisa resplandeciente.
—¡Al fin llegaste, Emilia!
Se levantó de inmediato, mirando hacia los lados con gesto confuso, como si realmente lo lamentara.
—Ay, es que justo vinieron unos amigos míos y… ya no hay lugar para ti, qué pena...
Julián, sin levantar la vista, soltó con total naturalidad:
—En la entrada hay un banquito. Puedes sentarte ahí.
Bajé la mirada y ahí estaba: un pequeño asiento de servicio que los meseros usaban para esperar órdenes.
«Eso no está bien…»
Violeta frunció los labios como si dudara, pero en sus ojos brilló una chispa de burla. Lo había hecho a propósito.
Damián me miró, frunciendo el ceño.
—¿Y ahora qué? ¿Tienes asiento y tampoco quieres sentarte? Todos te hemos esperado bastante. ¿Vas a hacer una escena delante de todos?
Sentí las miradas impacientes clavarse sobre mí. Miré hacia la mesa: los platos estaban casi vacíos. Solo faltaba el pastel y el brindis.
La verdad, nunca esperé demasiado de esta noche.
—Está bien. Me sentaré —respondí con voz neutra, tomando asiento bajo las miradas de todos.
Damián me lanzó una mirada extraña, casi sorprendido, antes de volver a su expresión habitual.
El ambiente volvió a llenarse de risas. Julián empujó un carrito con un enorme pastel y Damián, preparado, sacó un cañón de confeti.
—¡Feliz cumpleaños!
Todos aplaudieron y vitorearon alrededor de Violeta, mientras yo me limitaba a observarlos, desde mi rincón.
Una punzada amarga me cruzó el pecho.
Tres días antes también había sido mi cumpleaños. Dijeron que estaban ocupados, que no podían. Terminé sola, comiendo en el restaurante que yo misma había reservado y, a media noche, me dije a mí misma en voz baja: «Feliz cumpleaños, Emilia».
Más tarde, vi las fotos en Facebook.
Habían estado con Violeta, lanzando fuegos artificiales.
Todos.
Uno por uno.
No sé cuánto tiempo pasó.
Damián se acercó con una pequeña porción en un plato, tomándome por sorpresa.
—Gracias —dije con una sonrisa ligera.
—En unos días vamos a llevar a Violeta de viaje —dijo con tono casual—. Será secreto. Como tú estás libre en la universidad, haznos un itinerario. No tenemos mucho presupuesto ahora. Después, si queda dinero, te llevamos a ti.
Mi sonrisa se borró de inmediato.
—No hay problema.
Damián se quedó quieto, sorprendido.
—¿Hablas en serio?
«¿Importa?», pensé. «Al final, siempre soy la que se queda atrás».
Habían emprendido una empresa juntos, prosperaron. Y ahora me decían que no hay fondos para incluirme.
¡Mentira!
Pero yo también podía viajar sola. No necesitaba que me llevaran.
Julián también se acercó, mirándome con sospecha.
—Respondiste muy rápido. ¿No estarás planeando arruinarlo todo?
—No —respondí, mirándolo con calma—. Lo digo en serio. Si quieren viajar con ella, háganlo. Yo puedo esperar. ¿Cuántos días serán? Puedo…
—¡Cállate! —me interrumpió Damián, con el rostro endurecido—. No finjas. Te lo advierto: deja de pensar tonterías.
Suspiré, sin perder la serenidad.
—No pienso en tonterías. Además, dentro de poco empezaré el programa de investigación confidencial.
Él me miró, con los ojos entrecerrados.
—¿Crees que con eso me vas a hacer cambiar los planes?
«Ya no volveré…». La frase quedó atrapada en mi garganta.
Justo entonces, Violeta apareció corriendo y se colgó del brazo de Damián.
—¿De qué hablan?
Damián bajó la voz, sonriendo, mientras le acariciaba el cabello.
—Emilia aceptó ayudarnos con el itinerario del viaje.
—¿En serio? ¡Qué emoción!
Violeta me abrazó con una falsa efusividad.
—¡Gracias, Emilia, por cumplir mi deseo!
Después, tomó a Damián y a Julián de la mano.
—¡Vamos, vamos! ¡A jugar todos juntos!
Los tres se alejaron riendo, entrelazados, sin mirar atrás.
Yo salí del salón lentamente.
Al cerrar la puerta detrás de mí, escuché la voz feliz de Violeta:
—¡Vamos a estar juntos para siempre!
Recordé aquel día, tres años atrás. Mis padres habían muerto en servicio y nunca encontramos sus cuerpos, por lo que Julián y yo solo pudimos reclamar sus uniformes.
Damián me sostuvo mientras yo lloraba como si se me fuera la vida.
—Tranquila. Ahora estamos Julián y yo. Nunca estarás sola —me dijo entonces.
Julián nos tomó de las manos y añadió:
—Sí. Siempre estaremos juntos.
Mentiras.
Sentí que la nariz se me cerraba por las ganas de llorar y aceleré el paso hasta salir del hotel.
Encontré un rincón solitario y me dejé caer. Empecé a llorar, sin emitir sonido, solo lágrimas y más lágrimas.
«No pasa nada», me dije. «Lloro ahora, lo suelto todo».
«Después de hoy, nadie podrá volver a herirme.»
Estaba agotada.
Al final, pedí un taxi y regresé a casa.
Cuando intenté abrir la puerta, me di cuenta de que habían cambiado la clave.
Probé con la fecha de nacimiento de Damián…
No funcionó.
Intenté con la de Violeta.
Tampoco.
Fruncí el ceño, el sueño ya empezaba a pesarme, por lo que, con fastidio, llamé a Damián, quien tardó en responder.
—¿Cuál es la nueva clave de la casa?
—No puedes entrar por ahora —respondió con indiferencia—. Julián y yo le preparamos una sorpresa a Violeta. Redecoramos de la casa. Es su regalo.
Abrí los ojos de par en par.
«¿Y el cuaderno de mamá…? ¿Lo tiraron…?»
Me puse tensa de inmediato.
—Haz lo que quieras con la decoración, pero déjame entrar por mis cosas.
—¿Y para qué vas a empacar? —preguntó, con un tono cargado de fastidio—. Esta sigue siendo tu casa. Quédate tranquila en la entrada hasta que regresemos. Luego hablamos.
Dicho esto, me colgó.
El cansancio desapareció de golpe. Me senté junto a la puerta, ansiosa, mordiéndome los labios.
Mi madre era investigadora del Estado, casi nunca estaba en casa, por lo que nunca nos tomamos una foto familiar.
Sin embargo, antes de una misión, me dejó un cuaderno con sus recuerdos, su infancia, sus metas… Y lo más importante: sus deseos para mí y para Julián.
Yo, curiosa, lo leí como si fuera una novela. Siempre lo colocaba en el mismo lugar, esperando que ella volviera para escribir más.
Pero nunca volvió…
La secuestraron.
Papá, que era policía, fue a rescatarla. Pero era una trampa, y los dos murieron en una explosión.
La policía nos llevó a mí y a Julián fuera de la ciudad esa misma noche, y solo pude llevarme conmigo el cuaderno que ella me había dejado. Mi único recuerdo real de ellos.
A las tres y media de la madrugada, finalmente apareció el coche de Julián.
Me puse de pie de inmediato.
Damián bajó primero, cargando con cuidado a Violeta en brazos.
Me apoyé contra la pared, observando en silencio.
Cuando Julián abrió la puerta, traté de entrar detrás de ellos, pero me detuvo.
—Primero entra Violeta.
Damián se agachó con ternura.
—Violeta, amor, ya llegamos.
Nunca lo había visto así.
Ella tardó varios segundos en despertar.
—¿Ya llegamos?
Julián se apresuró a ayudarla a bajar.
Las luces de la casa se encendieron. Todo, desde las paredes hasta los muebles, era rosa, blanco, suave… Estilo princesa. Todo para ella.
Sin poder más, subí corriendo las escaleras. Intenté abrir el dormitorio principal, pero tenía candado.
—¡¿Dónde está la llave del cuarto?! —grité desde el pasillo, mientras ellos seguían mostrándole la casa a Violeta.
Damián me miró por un segundo, pero no dijo nada.
Bajé corriendo y los encaré.
—¡Denme la llave!
Damián chasqueó la lengua, molesto.
—¿No ves que estamos ocupados? ¿Por qué tanto drama por una llave?
—Además, ese cuarto ahora es para Violeta —acotó Julián—. Tus cosas las pasé al cuarto de servicio.
Sentí que me hervía la sangre y dejé de escucharlos. En mis oídos apareció un zumbido, un eco molesto producto de la furia que me desbordaba.
—Julián, si el cuaderno de mamá no aparece… Te juro que no te lo voy a perdonar.
Sin esperar respuesta, corrí hacia el cuarto de servicio, el cual no tenía ventanas y ahora se había convertido en una bodega improvisada. Mis cosas estaban tiradas por todos lados. Mis vestidos arrugados, mis libros, mi almohada… Todo hecho una montaña.
Desesperada, me arrodillé y empecé a buscar, con manos temblorosas.
Revisé todo. Pero el cuaderno no aparecía por ninguna parte.
Los tres vinieron tras de mí y Violeta se acercó con una falsa preocupación.
—Emilia, yo te ayudo a buscar…
Le aparté el brazo de un manotazo. Violeta salió volando y cayó al piso, soltando un grito:
—¡Ay!
Damián corrió a levantarla, y, furioso, exclamó:
—¡¿Qué te pasa?! ¡Solo quería ayudarte!
—Pide disculpas —ordenó Julián, sujetándome el brazo con fuerza—. O no vuelves a pisar esta casa.
Antes, me habría disculpado, incluso, les habría suplicado. Pero no ahora. Ahora, solo me importaba una cosa…
—Devuélvanme el cuaderno y me iré sin hacer escándalo.
—¿En serio todo este escándalo por un simple cuaderno? —preguntó Julián, frunciendo el ceño, harto.
—¡Ese cuaderno es lo único que mamá me dejó! —lo interrumpí, con la voz cargada de dolor—. ¿En serio no lo viste? Estaba en mi mesa de noche…
Julián se quedó callado. Incluso Violeta detuvo su llanto.
—Recuerdo que ese día —dijo Damián, tomando la palabra—, cuando limpiábamos, quemé muchas cosas.
Lo dijo como si no significara nada.
Me detuve y lo miré fijamente.
—¿Qué derecho tenías de tocar mis cosas?
Sin pensarlo, le di una bofetada. Los ojos me ardían.
—Desgraciado.
Damián se tambaleó hacia un lado, sorprendido.
—¿Estás loca?
Me puse de pie con calma, y, cuando hablé, mi voz salió baja, pero firme como el acero:
—Se acabó, Damián. Terminamos.