Portada de la novela ¡He Pecado!

¡He Pecado!

9.4 / 10.0
Ámbar Hobbs atraviesa su peor momento tras quedarse sin trabajo, sin pareja y sin el respaldo de su mejor amiga. En plena crisis de fe, busca refugio en una parroquia donde conoce a Samuel Thompson, un sacerdote cuya presencia despierta en ella una atracción peligrosa. Decidida a seducirlo, Ámbar pone a prueba la devoción del clérigo, quien empieza a cuestionar sus votos. Entre secretos y deseos ocultos, ambos se ven arrastrados hacia un pecado que cambiará sus vidas.
Resumen de ¡He Pecado!
Ámbar Hobbs atraviesa su peor momento tras quedarse sin trabajo, sin pareja y sin el respaldo de su mejor amiga. En plena crisis de fe, busca refugio en una parroquia donde conoce a Samuel Thompson, un sacerdote cuya presencia despierta en ella una atracción peligrosa. Decidida a seducirlo, Ámbar pone a prueba la devoción del clérigo, quien empieza a cuestionar sus votos. Entre secretos y deseos ocultos, ambos se ven arrastrados hacia un pecado que cambiará sus vidas.
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¡He Pecado! Capítulo 1

Amores míos, bienvenidos sean todos a esta nueva historia.

Quiero aclarar que está historia es con fines de entretenimiento y sin ánimos de ofender a ningún creyente.

Gracias por la oportunidad que le dan a esta nueva historia.

*******************

—¡Mierd4, mierd4!— gemía frustrada Ámbar mientras salía corriendo de la estación del metro—¡Otra vez tarde, Ámbar!...¡Mi vida es un asco!—corrió desesperada evitando los transeúntes matutinos—¡Maldici*n!—exclamó al llegar frente al semáforo y ver qué tardaba una eternidad en cambiar para darle paso—¡Vamos!— en cuánto la luz cambio, salió corriendo, cruzó la calle y entró al edificio, no se detuvo a saludar a nadie, fue directa al ascensor, dónde marco el décimo piso y rogó porque el mismo se apresurara.

—¡Llegas tarde de nuevo, Ámbar!— le dijo la recepcionista de piso, ella corrió hasta el lector de huella y registró su entrada.

—¡Lo sé!—gimió frustrada al observar que el lector de huellas indicaba su hora de acceso a las ocho y un cuarto ¡demonios!, corrió a su escritorio, rogando por no tener problemas. Sus compañeros en los escritorios vecinos le miraron negando. ¡Desgraciados!, era fácil juzgarla sin comprender la vida miserable que estaba llevando.

—¡Ámbar, el jefe ha venido preguntando por ti!— le susurró Amy su amiga y compañera ubicada en el escritorio a la derecha.

—¡No puede ser!, ¡maldit4 suerte la mía!

—Parecía enfadado, ha dicho que en cuanto llegaras debías presentarte en su oficina.

—¡Estoy en problemas!

—Así parece, amiga. Lo siento. — la mirada de Amy era triste.

—No te preocupes, Amy— sus hombros se hundieron en gesto de derrota. Se puso en pie y pasando las manos por sus cabellos castaños, y alisando su falda se encaminó en dirección a la oficina de su jefe. Al llegar, elevó la mano empuñada y tocó un par de veces.

—¡Adelante!— fué lo que escuchó decir, rogando por un poco de suerte a su favor.

—Buen día, señor Smith—fue el saludo que dió al ingresar.

—Adelante señorita Hobbs, cierre la puerta tras usted. —obedeció y se acercó al escritorio. ¿Debía esperar a que él iniciara o debía arriesgarse a dar el primer paso disculpándose?— De nuevo llega usted tarde.

—Lo siento señor, realmente lo siento es solo que el transporte este día...

—Este día, y los anteriores, al menos dos veces por semana—la interrumpió de mala gana.

—Lo siento, es difícil para mí, ya sabe que vivo al otro lado de la ciudad y...

—No seguiré aceptando esa excusa, ya le he dicho que debía mudarse más cerca, si quería seguir trabajando en la firma.

—Lo haría, si el salario me lo permitiera... lo siento, es solo que tengo algunos gastos extras y... no puedo permitirme pagar un lugar cerca de aquí, sería muy costoso y excedería por mucho mi presupuesto.

—¿Entiende que aceptar sus constantes llegadas tardes es exponerme a qué todos hagan lo mismo?

—Lo comprendo, estoy ahorrando para comprar un vehículo y...

—¡Está despedida, señorita Hobbs, recoja sus cosas y salga de las instalaciones!

—¡¿QUÉ?!—lo miró con ojos enormes—No, no, un momento señor Smith, permítame...

—No permitiré más excusas, ni más retrasos, es usted una empleada eficiente en cuanto al rendimiento, hace bien su trabajo, pero... he llegado al límite, debe irse.

—Por favor, señor Smith—suplicó con ojos llenos de lágrimas— no me despida, le prometo que madrugaré aún más, y no volverá a ocurrir, yo...

—Lo siento, le hemos dado muchas oportunidades, no hay cabida para una más. En los próximos quince días se le notificará para que asista a recursos humanos, a buscar su cheque de liquidación.

—Señor Smith, no es solo una excusas, estoy en un mal momento y... soy la única que no tiene auto, la que vive más lejos, además siempre compenso al irme un poco más tarde y...

—Lo siento, ahora salga de mi oficina, tengo trabajo...

—Pero...—el hombre la miró con ojos fríos y comprendió que nada lograría, giró sobre sus talones y salió del lugar dando un portazo. De acuerdo, entendía la posición de Smith pero... ¿Qué haría ahora?

Su vida estaba de mal en peor, lo único aceptable en ella era su empleo y... acababa de perderlo, ¿podría hacer algo bien?

Llegó a su escritorio bajo la atenta mirada de sus compañeros.

—¿Está todo bien?—preguntó Amy evidentemente angustiada.

—Me despidió —dijo conteniendo las lágrimas— ya no tengo empleo.

—¡Rayos, Ámbar!— Amy la miró con angustia—¿Qué harás?

—Por lo pronto, irme— tomó su bolso— recogeré mis cosas...

—¿Te llamo y tomamos un café?

—Claro, amiga... lo voy a necesitar.

Ámbar salió de las instalaciones del edificio, sintiendo el enorme peso del fracaso sobre sus hombros. Se despidió de todos intentando aparentar tranquilidad.

Al llegar a la calle, se giró observado el lugar... era el mejor empleo que había tenido en años, suspiró profundamente y decidió que debía caminar... necesitaba caminar para despejar su mente... con su cartera en el hombro, y la caja en brazos, se dedicó a vagar por las calles, mientras pensaba en lo difícil que se había tornado todo en el último año.

William, su novio, había estado engañandola con una compañera de trabajo, cuando lo confrontó con la verdad, él ni siquiera se preocupó en negarlo, argumentó que se había aburrido de la relación, recogió las cosas y se marchó de casa para vivir su nuevo amor, aquello la destrozó, la infidelidad es algo que no esperas y para lo que no estás preparado jamás, causa una herida muy grande y te afecta en muchas áreas emocionales, hasta comienzas a preguntarte; ¿qué hice mal, que me faltó entregar?, ¿no soy tan bonita, ni tan buena mujer después de todo?, comienzas a cuestionarte todo en la vida.

Jessie, su mejor amiga contrajo matrimonio con un Australiano y ahora estaba del otro lado del mundo, lejos de ella, habían sido mejores amigas por los últimos quince años, más que amigas eran hermanas de vida, estaba muy feliz de que Jessie encontrará el amor, pero se entristecía perderla y saber que sus conversaciones debían ser a través de videollamada, o llamadas a larga distancia, ajustarse a los horarios, no poder abrazarla, irse una noche de antro... horrible.

Y para colocarle la cereza al pastel, ahora era despedida del mejor empleo que lograba conseguir en mucho tiempo... Sólo tenía veinticinco años. ¿Por qué era tan complicada su vida?

Levantó la mirada encontrándose con la fachada de una iglesia... Dios... ¿Sería aquello la consecuencia de sus muchos pecados?, además tenía mucho tiempo que había abandonado la fé, más años de los que pudiese recordar... pronto se descubrió subiendo los escalones que la llevaron a las enormes puertas abiertas, ingresó al solitario lugar, caminando lentamente hasta llegar a los banquillos principales, se sentó y colocó la caja con sus pertenencias junto a ella, permitiéndose dar un largo suspiro sus ojos fueron a la imágen de un Cristo.

—¿Estás enfadado conmigo?, ¿Qué fue eso que hice, como para que todo me salga tan mal?— sus ojos se llenaron de lágrimas que no pudieron ser retenidas, se cubrió el rostro y llena de angustia se dejó arrastrar por el llanto.

Definitivamente no era un buen día para ella.

Se sobresaltó al sentir como alguien colocaba una mano en uno de sus hombros.

—¿Necesitas ayuda, hija mía?— aquella profunda voz la hizo elevar el rostro para encontrarse con unos hermosos ojos verdes.

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