Portada de la novela Conociendo el paraíso

Conociendo el paraíso

8.5 / 10.0
Rosario, una docente de los suburbios, vive inmersa en un entorno de carencias y ambiciones ajenas. Su monótona existencia se transforma cuando Abel, un antiguo amigo, reaparece para despertar en ella una pasión profunda. Ante diversas crisis personales, él se vuelve su pilar fundamental, motivándola a replantearse su realidad. En medio de este vínculo de deseo y reflexión, Rosario deberá tomar decisiones cruciales que definirán su destino final.
Resumen de Conociendo el paraíso
Rosario, una docente de los suburbios, vive inmersa en un entorno de carencias y ambiciones ajenas. Su monótona existencia se transforma cuando Abel, un antiguo amigo, reaparece para despertar en ella una pasión profunda. Ante diversas crisis personales, él se vuelve su pilar fundamental, motivándola a replantearse su realidad. En medio de este vínculo de deseo y reflexión, Rosario deberá tomar decisiones cruciales que definirán su destino final.
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Conociendo el paraíso Capítulo 1

Las calles de mi barrio son tan dañinas a mis pies que a penas puedo caminar, en especial por el barro que se encuentra por todos lados. No podía ponerme tacones, pero los llevaba en el bolso para ponérmelos en el trabajo, por suerte mi novio Mariano tenía unas botas especiales para que yo pueda caminar, fue muy amable en regalarmelas, dice que las encontró pero no quise preguntar más, lo importante es que me hacían un gran favor.

Me topo en el camino a Paola, una amiga que por el momento trato de mantenerla alejada de mí, somos amigas por supuesto, pero ambas tomamos caminos distintos que no separan cada vez más.

—¿Rosi, cómo te va? ¿Vas atrasada? —camina hacía mí mientras mueve sus caderas de un lado al otro de forma majestuosa.

—Sí, mi despertador no sonó, y la verdad el frío de la lluvia hizo que me quedara acurrucada en mi casa.

—Ah, entonces Mariano pudo arreglar bien su techo, me alegro, así ya no anda con goteras.

—Bueno Paola, te dejo, veo que ya llegó un auto… Pero, ¿y eso? Son cuatro ¡Dios, Paola, a esconderse!

Me alarmo, pensé que se iba a armar un tiroteo de los tantos que hay por acá, ella está vinculada con personas muy peligrosas y justo estoy junto a la persona que buscan siempre.

—Ay, tranquila, solo son los autos de Horacio Ledesma, regresó después de mucho tiempo, y al parecer más rico. Se dio cuenta que estos trabajos son más fáciles de conseguir dinero, y él un empresario respetado, lo puede usar para esconderse.

—Si ya tiene plata, para qué más. La ambición mata, Paola.

—La ambición te llena de vida, por eso los millonarios están más vivos que nosotros.

—Te dejo, que se me va a hacer más tarde.

Paola era la que mandaba chicas a la gente con dinero, y es que, qué mejor lugar para conseguir chicas que se acuesten por plata que en los barrios humildes, las tienen en la palma de la mano. Ella entró en esto cuando tenía 13, dijo que un trabajador de ellos le ofreció unos pocos pesos, pero era demasiado para una chica pequeña e ingenua, y se dio cuenta que su patrón era un narco, él notó su belleza y la quiso para él por un noche, ahí vio el verdadero golpe de oro. Es una morena hermosa, puede tener varios a sus pies, pero lo que hace no es agradable.

—¡Todavía sigue la oferta Rosario! —me dice a lo lejos y yo solo asiento para despedirme.

¿Yo ofrecerme a hacer estos servicios? No, no puedo, soy muy reservada con mi cuerpo que apenas Mariano me toca, es un muchacho lindo, su piel tostada es encantadora al igual que sus músculos y su gran altura, pero no sé si realmente quiera pasar la vida con él. Planeo irme de acá, no me ato a mi madre ni mucho menos a un novio, por algo he seguido estudiando y queriendo ganar mi propio dinero. Paola me decía que si se puede ganar siendo un profesional matriculado, pero pasaría 30 o 40 años para tener un poco de todo lo que quiero, pero si me iba por sus lados en 1 año ya me podría comprar un auto, o quizá menos. Sin embargo eso no es para mí, no pretendo hacerlo.

Valdrá la pena recibirme de profesora, es lo más cercano que pude estudiar, y he obtenido mi título muy rápido para poder trabajar lo más pronto posible. Aunque llevo 6 meses trabajando en la escuela y todavía no me dan mi recibo de sueldo, ni un pago, sabía a lo que me metía, me dijeron que tardarían en pagarme, pero es demasiada la espera, quisiera alquilar un departamentito cerca de la escuela, o mejor aún, en la zona céntrica, seguro valdrá la pena todo el esfuerzo que estoy haciendo.

Tomo el colectivo que me deja muy cerca de la escuela, el trayecto duraba unos 20 minutos, entre algunas paradas, este es el momento en donde aprovecho para ponerme mis zapatos negros con pequeños tacones, y limpiar toda la suciedad pegada por el barro de las botas para poder guardarlas ¡Pronto tendré un auto, estoy segura!

Al llegar al establecimiento, me apresuro subiendo los escalones de la entrada, pero por mi aceleramiento, no me percato que al abrir la puerta choco con un sujeto, mi cara se estampa contra su mentón barbudo, se sintieron como pequeñas agujas sobre mi piel, se sentía muy molesto, una sensación desagradable.

—¡Dios, lo siento! —exclamo de inmediato.

Al verlo a los ojos, y él a los míos, mi mente da un trance para recordarlos.

—¿Rosario, Rosario Pani?

Oh sí, es él.

—¿Abel?

—Sí, soy yo ¡Hola!

Quedo anonadada por este sorpresivo encuentro, que no reacciono ante su abrazo, pero a él se lo ve muy contento, sin embargo siento su aroma, tiene el mismo perfume de siempre, esa fragancia varonil, una mezcla de frescura con dulce, hasta ahora solo lo sentí en él y no en otra persona.

—Sos profesora, me alegro de que estés trabajando, era un poco de lo que querías hacer.

Pero sigo viviendo en la miseria.

—Emmm… Sí ¿Sabés, nunca te ví acá? De pronto te aparecés a medio año de terminar el ciclo escolar… ¿Una hija no reconocida?

Carcajeó un poco, sin mostrar su perfecta dentadura que noté cuando lo reconocí.

—No, es que bueno… volví, y vine a dejar a mi sobrina.

—¿Tu sobrina?

—Sí, mi sobrina. Siempre me cuidé con respeto al sexo, Rosario, la verdad es que siempre quise tener un hijo que sea de los dos.

Abel era así, una persona que no tenía vergüenza de decir las cosas, las decía sin culpa, sin que su piel sintiera un escalofrío como el mío lo está sintiendo ahora.

—Ah —fue lo único que pudo haber salido de mi boca después de su comentario.

—Te ves muy bien… muy bien de salud… muy sensual… muy perfecta.

—Ya Abel, guárdate tus palabras, no podés decir esas cosas acá —miro hacía todos lados revisando que nadie haya escuchado ese comentario desagradable.

Lanzó un suspiro y sonrió demostrando que sus dientes son lo más lindo que he visto en mi vida.

—Vi que llegás apurada, no te molesto más. Pero tenemos tanto de qué hablar, te invito un café luego de que salgas.

—¿No vas a retirar a tu sobrina?

—No, le diré a su mamá que venga por ella. En serio, Rosario, tenemos mucho de qué hablar, seguro necesitás explicaciones después de que me fui.

—La verdad que sí, ahora te veo tan grandote, antes eras un flacucho, y además con camisa y un saco en la mano… Sí, necesito muchas explicaciones. Nos vemos después del mediodía, porque tengo que quedarme por una reunión y hacer otras cosas, y espero que estés ahí —digo lo último en forma amenazante y mirándolo directamente a sus ojos color miel.

Asintió y nos dimos un beso en la mejilla, su barba picaba pero eso no le quitaba el hecho de que se viera demasiado atractivo. No puedo apartar mi mirada ante su descenso por las escaleras, creo que él siente que lo observo, y de pronto se detiene para decirme.

—Me alegro de verte.

Igual yo... maldito y estúpido niñito que me dejó confundida.

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