Capítulo 9

Pasé todo el día en el basurero municipal.

Tenía las manos llenas de cortes y raspones, las uñas negras de mugre y la ropa empapada de desechos apestosos. Los trabajadores me veían como si estuviera loca; era una mujer rebuscando frenéticamente en una montaña de basura.

Al atardecer, por fin lo encontré, enterrado en un montón de comida echada a perder.

Pero la foto de mi abuela ya no estaba.

Abrí el anillo con relicario con las manos temblorosas. El pequeño retrato que guardaba en su interior había desaparecido. Era la única foto a color de ella cuando era joven, mi último vínculo con este mundo.

Sentí dolor insoportable. Me desplomé de rodillas entre los desperdicios, llorando con desesperación.

Regresé corriendo al hospital como pude.

A Isabella apenas la estaban dando de alta. Cuando me vio, sucia y oliendo mal, sonrió con triunfo. Las enfermeras a nuestro alrededor se me quedaron viendo; era una mujer que apestaba a basurero.

—¿Encontraste tu anillo? —preguntó ella a gritos, para llamar más la atención—. Lo de la foto...

—¿Qué le hiciste a la foto? —Me lancé contra ella y la agarré por los hombros.

—La rompí. Y luego la eché por la taza del baño —dijo ella con indiferencia, como si hablara del clima—. Fue anoche. La hice pedacitos, pedacitos chiquititos. Te aseguro que no la vas a encontrar nunca. De todos modos, me daba asco verle la cara a esa vieja.

Perdí los estribos.

¡ZAS!

Le di un golpe con todas las fuerzas que me quedaban. Isabella se tambaleó hacia atrás mientras la marca roja de mi mano empezaba a notarse en su mejilla perfecta.

Dante me llamó, lleno de asombro y furia, retumbando en el pasillo:

—¡¿Qué estás haciendo?!

Se acercó furioso y me empujó tan fuerte que casi me caigo. Corrió al lado de Isabella y le acarició la cara con delicadeza.

—¡¿Cómo puedes ser tan cruel?! —Dante me lanzó una mirada fría, llena de asco y decepción—. ¡Isabella apenas se está recuperando! ¿Qué, la quieres matar? ¡Dios mío! ¿En qué te convertiste?

¿Cruel? ¿Él me estaba diciendo cruel?

Al ver a Dante desviviéndose por Isabella, al notar las miradas de juicio de la gente a mi alrededor y ver el brillo de victoria en los ojos de ella, empecé a reírme.

—Ya basta —dije con una calma que daba miedo—. No tienes idea de lo que es la crueldad en realidad. Pero estás a punto de descubrirlo.

Me di la vuelta y me alejé, apretando el anillo recuperado entre mis dedos. La foto se había ido para siempre, pero ya había tomado una decisión.

Si Isabella quería jugar, si quería destruirme poco a poco, entonces íbamos a jugar.

Haría que todos vieran lo que realmente era: una maldita abusiva de preparatoria. Haría que sintiera lo que es ser despreciada y señalada por todos.

Le enseñaría lo que era la verdadera maldad.

***

Ya en mi auto, llamé a mi colega, Sarah. Era una reportera de investigación que se especializaba en sacar a la luz el lado más turbio de la sociedad.

—Necesito un favor. ¿Puedes ayudarme a investigar a unas personas...? —Mi voz se quebraba por las lágrimas, pero mis palabras eran firmes.

Hubo un silencio del otro lado.

—¿Estás segura de esto? No te conviene meterte con los Blackwood ni con los Rossi.

—Estoy segura —respondí, aferrándome al volante—. Esto no es nada comparado con lo que ella me hizo.

Mañana, en mi boda, el juego llegaría a su punto más crítico.

Capítulo 10

El día de la boda amaneció radiante y despejado.

La propiedad privada de la familia Blackwood parecía sacada de un cuento, llena de rosas blancas y candelabros de cristal. Los invitados, lo más selecto de la sociedad de Chicago, esperaban con ansias el evento del siglo.

Dante estaba frente al altar con un esmoquin hecho a la medida; se veía imponente y muy atractivo. Marco lo acompañaba como su padrino y de vez en cuando miraba hacia la entrada.

—¿A qué hora llega la novia? —susurró un invitado.

—Debe estar por llegar —respondió Dante, aunque se veía un poco inquieto.

En ese momento, un equipo de prensa profesional apareció en la entrada. Había camarógrafos y un presentador con micrófono; parecía una transmisión en vivo.

—¡¿Qué demonios es esto?! —Dante se molestó.

La seguridad los detuvo, pero el productor a cargo mostró un documento.

—La señorita Rose nos invitó para cubrir la boda en vivo. Dijo que era una sorpresa.

Dante se sintió incómodo.

Había planeado “castigar” a Rose, pero transmitir la boda en vivo era otro nivel. Eso podría arruinarle la vida.

Estaba a punto de intervenir, pero Isabella lo detuvo con una sonrisa.

—Rose debe tener sus razones para esto. Hay que respetar su voluntad, ¿no crees?

Isabella estaba encantada. Se moría de ganas de que el mundo entero viera cómo Rose se desmoronaba.

Dante dudó un momento, pero pensó que ella tenía razón. Además, después lo compensaría. Le daría suficiente dinero para que viviera tranquila el resto de sus días.

El equipo instaló rápidamente las cámaras por todo el lugar, incluyendo una pantalla gigante frente a la mesa principal.

—Es para un video de la feliz pareja —explicó el productor.

Los minutos pasaban. La hora fijada llegó y se fue, pero Rose no aparecía por ningún lado.

Dante sacó su celular y la llamó, pero lo mandó al buzón. Lo intentó de nuevo y pasó lo mismo.

—¡¿A qué está jugando?! —masculló Marco.

Los invitados empezaron a murmurar. El ambiente se volvió tenso y pesado.

—Tal vez tuvo una emergencia —dijo Isabella, fingiendo preocupación.

En realidad, estaba fascinada. En su mente, Rose estaba demasiado destrozada para presentarse. Que la dejaran plantada en el altar frente a todos haría que Dante la odiara para siempre.

Diez minutos después, cuando la paciencia de todos se agotaba, la pantalla gigante se encendió.

Al principio, los invitados guardaron silencio, esperando un video romántico.

Pero la primera voz que salió de las bocinas hizo que la sangre de Dante y Marco se congelara.

—¿Es tan ingenua que hasta me da ternura? Sigue creyendo que el hombre que la abraza todas las noches soy yo.

Todo el lugar se quedó mudo.

Los invitados se miraron entre sí, confundidos y sorprendidos. La cara del Don Blackwood mostraba una furia incontenible.

—¡Maldita sea! —siseó Dante.

Intentó correr hacia la cabina de control, pero unos hombres altos que parecían de seguridad le bloquearon el paso.

La grabación siguió, reproduciendo cada palabra cruel de la conversación que tuvieron en el club.

Las expresiones de los invitados pasaron de la confusión al asombro, y luego al asco. Algunas mujeres ya estaban susurrando, lanzando miradas de desprecio hacia los tres que estaban en el altar.

—No puede ser, ¿conque eso fue lo que pasó?

—Qué crueldad...

—Se burlaron de esa pobre muchacha...

Pero eso era solo el comienzo.

Después de la grabación, empezó un video. La primera toma era de la Academia St. Mary. Luego, la cámara enfocó un pasillo.

Isabella apareció en pantalla; se veía más joven, pero tenía una sonrisa malvada. Otras chicas tenían acorralada a Rose, que en ese entonces era una adolescente delgada y asustada.

—Miren nada más a la muerta de hambre, ni para el lunch le alcanza —se burló la Isabella joven—. ¿Y quieres competir conmigo para reina del baile? ¡Sigue soñando!

La siguiente escena hizo que todos en la sala gritaran de asombro.

Isabella le dio una cachetada a Rose.

—¡Aprende cuál es tu lugar, basura!

Pasaron video tras video, mostrando a Isabella encerrando a Rose en un baño, cortándole el cabello, poniendo tachuelas en su silla, escupiendo en su agua... cada fragmento era una prueba clara de su crueldad.

Los invitados estaban pasmados.

—¿Cómo es posible? —susurró alguien.

—Y yo que pensaba que Isabella era tan bondadosa.

—Así que así es como es en realidad...

El último video mostraba a Isabella mirando a la cámara oculta, con una sonrisa maliciosa y triunfal.

—Nunca vas a ser nadie en esta vida. ¡Yo me voy a encargar de que recuerdes que a mi lado no eres nada!

El video se detuvo en su cara deformada por la maldad. El salón quedó en silencio.

Dante se quedó tieso en el altar, con los puños cerrados y las venas del cuello a punto de saltar. Por fin lo entendió. Lo habían engañado; esa mujer lo había manipulado con su fachada de perfección.

Marco estaba pálido como un muerto. Se dio cuenta del error tan espantoso que habían cometido.

Y en cuanto a Isabella, la mujer que siempre se mostraba tan controlada, ahora estaba totalmente al descubierto. Su cara cambiaba de color, entre roja y pálida. Cualquier mentira sería inútil frente a esa montaña de evidencia.

La trampa que le habían tendido a Rose se acababa de cerrar sobre ellos.

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