Capítulo 2

Mi día comenzó según lo planeado. Una buena dosis de sexo con la sexy… ¿Ashley? ¿Elena? bueno con ella,  casi tres kilómetros recorridos en la cinta del gimnasio, una ducha fría para refrescarme y todo antes de las siete y media de la mañana. Subí los peldaños de la residencia de mi hermana de dos en dos, nunca rechazaba una oportunidad de quemar más calorías.  El pasillo del primer piso aún está desierto, aunque escucho las voces detrás de cada puerta cerrada.

Una morena pasa por mi lado envuelta en una toalla mientras se seca el cabello húmedo. Ladeo mi cabeza para evaluar bien la situación. Morena, piernas largas, sexy y húmeda. Justo mi tipo. Me sonrisa se ladea como si tuviese vida propia, pero cuando miro el reloj veo que no tendré tiempo ni de pedir su número. La morena sin percatarse de mi entra en su habitación, ubicada a dos puertas de la de mi hermana para mi comodidad.

Me consideraba de mente abierta y sabía muy bien que mi hermana, así como yo, disfrutábamos del sexo y lo practicábamos de forma segura, pero no por eso podía evitar querer protegerla en todo momento. Así que vivir con ella en la misma casa y tener que ver al tipo que acabase de follarla superaba todos mis niveles de autocontrol. De lo solo pensarlo se me tensan los músculos. Lo mejor era estar en residencias separadas

Llegué a su habitación y utilicé la llave que me dio para entrar. No había ninguna media puesta en la puerta, así que no me encontraría con nadie en su cama, aunque eso sería realmente una sorpresa, mi hermana jamás llevaba a ningún chico a su habitación. Megan estaba dormida acurrucada con su almohada. Su cabellera dorada le cubría el rostro. Aún conservaba esa carita de bebé que tanto me gustaba cuando estábamos pequeños.

Me senté de un brinco a su lado y ella solo gimió en protesta.

—Megs, vamos levántate —grité—, eres demasiado floja. Llegaremos tarde al primer día de clases. No, rectifico, tú llegarás tarde al primer día de clases, porque como no estés lista en —miré mi reloj para confirmar el tiempo que podría darle— ,quince minutos, me voy.

Se sentó en la cama sin abrir los ojos y se desperezó. Su cabello enmarañado me dio risa. Ella era un desastre en las mañanas. La amenacé con irme sin ella y fue el impulso que necesitó para terminar de levantarse.

¡Qué floja!

Mis amenazas siempre funcionaban. Ella era la típica mujer que tarda una eternidad en arreglarse, menos conmigo. Después de tantos años compartiendo la misma casa, sabía que era bastante capaz de dejarla tirada si no estaba lista al finalizar mi conteo. De hecho, más de una vez había pasado.

Aproveché de revisar mi teléfono mientras Megs se alistaba.

 ¡ASHLEY! —exclamé en mi mente con victoria—, se llamaba Ashley.

Guardé su número y la fecha de hoy, rara vez repetía con una chica pues no quería darle a ninguna falsas esperanzas a pesar de que siempre dejaba claro lo que buscaba en ella: buen sexo; y lo que no esperaba: una relación. Pero Ashley hace esta cosa con su cadera que, ¡Dios!, tenía que volver a probar.

Pensando en ese movimiento demoledor, me acordé de la morena que vi hace poco y le pregunté por ella a Megan. Mi hermana siempre estaba dispuesta a ayudarme con algunos números cuando quería jugar la carta de “tímido” con alguna chica.

Por fin salimos de su habitación y le abrí la puerta del automóvil para que subiese. No me molestaba buscar a mi hermana ni llevarla a donde quisiera. Megan es mi mejor amiga, así nos criamos y fue lo que nos mantuvo cuerdos durante todo el divorcio de nuestros padres. El día que me llamaron para decirme que tuvo un accidente mi corazón se paralizó y sentí como una parte de mi vida se me escapó del cuerpo.

La imagen de su auto destruido jamás la borraré de mi recuerdo, así como tampoco su cara ensangrentada por aquel golpe que se dio en su frente y de donde manaba el líquido carmesí, que se mezcló con su rubio cabello y lo enmarañó. Cuando la vi fue mi sangre la que abandonó todo mi cuerpo, pude haberme desmayado en ese momento.

Con ese recuerdo atormentándome, la verdad es que no estaba nada deseoso de que ella estuviese detrás del volante otra vez, no porque fuese mala conductora, sino porque no confiaba en quienes iban detrás de los volantes de los otros vehículos.

¡Juro que sentí como me nacieron canas ese día!

—Mamá  te manda a decir que le respondas los mensajes —me recordó Megan.

—Lo haré después, cuando se me pase la molestia.

—Ryan, está bien, en serio, no me importa lo que ella pueda pensar de mí.

—Te llamó puta, Megan.

—Me dijo que si quería a alguien serio en mi vida no podía seguir estando con tantos chicos solo por sexo. No es lo mismo a como tú lo dices y francamente, no es mentira que eso es lo que hago.

—Eres su hija, no puede decirte eso —tercié.

—Lo estás sacando de proporciones, Ry —me recordó una vez más, pero no volvió a tocar el tema.

Llegué a la universidad con el tiempo justo. Odiaba ser impuntual, una de las pocas cosas buenas que heredé de mi padre. Para cuando Megs bajó del automóvil ya llevaba dos botones menos sueltos en su camisa y mostraba un poco su sujetador, sonreí ignorándola, era tan parecida a mí que no sabía que gestos copió de mí, y cuales yo copié de ella.

Le pasé el brazo por encima de sus hombros, necesitaba enviar un mensaje a todos los nuevos. Ella es mi hermana, no está sola, tiene quien la defienda y puedo matarte.

Había muchas caras femeninas conocidas, algunas muy molestas conmigo y otras no tan molestas como para seguir intentándolo, pero todas sin excepción me miraban de arriba abajo con lasciva. Yo me fijaba era en las presas nuevas, sin embargo a todas les sonreí, no me gustaba tener mis opciones limitadas, por esa razón trataba de que ninguna de mis conquistas me odiara, aunque a veces era un poco inevitable.

Atravesamos los pasillos directos a la oficina de la rectoría, para retirar nuestros horarios de clases. Había una fila de más de veinte chicos y chicas esperando ser atendidos que me hizo exasperar. Nos colocamos hasta el final pero miraba pasar el segundero con angustia. ¿Dios que tanto se puede tardar imprimir una simple hoja? Me pregunté mientras pellizcaba el puente de mi nariz.

Sin esperar más me dirigí hacia la oficina. Una chica menuda y con cabello caoba estaba detrás del escritorio luciendo bastante agobiada. Debía reconocerle que tecleaba con rapidez y que no parecía estar perdiendo el tiempo. Algunos de sus movimientos eran un poco descoordinados por sus nervios, me quedó claro que ella no era muy buena bajo presión.

Perfecto, jodidamente perfecto.

Me regresé a la fila por Megs, necesitaría también de su ayuda para salir de aquí más rápido.

—Comienza a pestañear — le susurré mientras yo colocaba mi mejor sonrisa.

La vi batir sus pestañas con seducción y guiñar con picardía. Mi sonrisa se ensanchó con orgullo, esa es mi hermana.

Me incliné sobre el mostrador flexionando mis músculos para que lucieran un poco más grandes. Ahora era mi turno de hacer mi magia.

—Hey —comencé con una pequeña sonrisa torcida mientras la miraba directo a sus ojos.

—Ho-hola —tartamudeó mientras sus mejillas se encendían.

—Sé que estas muy ocupada linda —dije con zalamería—, pero me urge llegar a clases y esta fila es muy larga. ¿Crees que podrías ayudarme? —y rematé con un puchero.

—Yo, ehm… —la chica me miraba atontada, era de las que mi cercanía les quitaba el habla, ya estaba acostumbrado a eso.

—K, ¿puedo llamarte K verdad? Verás, me levanté súper temprano para poder ir al gimnasio antes de llegar a clases, no son ni las nueve de la mañana y estoy agotado y de verdad te agradecería si pudieras hacer esto por mí. Te daría lo que quieras —finalicé alzando una ceja de forma sugestiva.

Las manos de K comenzaron a temblar, una sonrisa nerviosa se quedó grabada en su rostro por mi última frase. Se tenía que estar imaginando las formas en que me cobraría este favor porque humedeció sus labios con lentitud.

¡Te tengo!

—Claro, si RA, digo Ryan, ¿verdad? —su cara no podía estar más roja y se veía adorable debo concederle.

—Ryan Asper y Megan Asper —dije inclinándome más hacia ella para que mi aliento mentolado le diese en la cara. Tragó grueso.

La vi como tecleada respirando agitada y me permití darle una mirada. Era atractiva, con rasgos delicados y me apostaba lo que no tenía, que debajo de esa blusa dos tallas más grande escondía una linda silueta.

—Busca también a Alejandro Hott —me susurró Megs.

—Alejandro Hott también por favor —cuando alzó sus ojos agregué—, te ves linda cuando te sonrojas K. ¿te lo han dicho antes?

Sus mejillas explotaron mientras tecleaba el nuevo nombre. Me entregó las tres hojas con los horarios y le dediqué unas sinceras gracias con un guiño. Separé el que me pidió Megan y me acerqué a ella tomándola por la cintura para entregárselo.

Megan estaba en una especie de contiendas de miradas con un nerd de la fila. La tomé por la mano cuando le entregó la hoja al chico y la arrastré fuera de la oficina mientras miraba el reloj. Podía hacerlo, si Megan corriese un poco más, llegaría a tiempo. Apreté el paso y la hice dar varias zancadas. Apenas logré sentarme en el escritorio cuando mi reloj anunció el inicio de las clases.

Aliviado, suspiré agradecido de haberlo logrado. Lo menos que quería era pasar el primer día de clases enfadado con mi hermana y su tardanza con ese nerd.

¿Será que la estuvo molestando por habernos saltado la fila? Imposible, si ella había desplegado su magia, imposible que él se resistiera. Opté por preguntarle a mi hermana, curioso por lo ocurrido.

¡El nerd resultó inmune a los encantos de mi hermana! Me reí en mi mente por su semblante desconcertado mientras me contaba. Su ego estaba profundamente herido.

Un perfume cítrico golpeó mi nariz cuando una chica se sentó a mi lado. Trigueña, cabello negro, apenas maquillada y en definitiva nueva. Le hice señas a mi hermana y me volteé a darle la bienvenida con mi mejor sonrisa. Su respuesta fue inmediata, la hice sonrojar solo con un “Hola”.

Esto será fácil.

El viejo Sr. Figgs entró en el salón para comenzar con la clase de Literatura y me concentré de forma inmediata. Cuando terminó la clase de literatura y la de historia, Megan se despidió de mí, iría a la oficina de rectoría para solucionar el problema con su horario, mientras yo iba al cafetín a comer algo.

Comencé mi andar por los pasillos estrechando algunas manos con varios de los chicos de cara conocida, y por supuesto guiñando el ojo a algunas chicas también.

—¡Brooo! —gritó Taylor mientras estrechábamos con excesiva fuerza nuestras manos y dándonos un pequeño saludo de hombros—. ¿Cuándo regresaste?

—Recién ayer T.

—Hola Tay Tay —saludó una pelirroja pasando al lado de Taylor, este giró sus ojos cuando la pelirroja se perdió.

—Estas batiendo tus propios records TayTay, cuatro horas de clases y….

¡ZAS! Una cachetada le volteó la cara a mi amigo. La morena responsable se alejaba con grandes zancadas furiosas. Mientras un adolorido Taylor se frotaba la mejilla.

—Bien, eso me lo merecía.

—Ok, me corrijo, este debe ser un record mundial, apenas llevamos cuatro horas de clases y ya tienes una conquista y una bofetada en el mismo minuto. —Lo tomé por sus hombros y lo giré para caminar al cafetín—. Entonces ¿me contarás por qué te merecías eso?

—Bueno, ¿recuerdas que te conté de una morena que me invitó a pasar las vacaciones en su casa con sus amigas de fraternidad?

—Ujum —asentí

—Bueno, todo marchaba bien, el sexo, oh hermano, esa mujer sabe lo que hace, que te lo digo yo, practicó gimnasia en el instituto así que puede ponerse las piernas detrás de la cabeza y…

—Ahórrate esos detalles Tay Tay.

Él aludido me miró ceñudo, odiaba el sobrenombre y me estaba dedicando una sutil advertencia. Solté una carcajada.

—Como decía, todo marchaba bien, hasta que me emborraché la última noche y desperté en la cama con una de sus amigas —encogió sus hombros con despreocupación.

No pude evitar reír a carcajadas a su costa, era normal que estas cosas le pasaran a Taylor, o mejor dicho, era normal que Taylor hiciera esas cosas.

Seguimos caminando intercambiando algunas anécdotas de las vacaciones. Las de Taylor en definitiva más graciosas que las mías aunque seguí evitando, como siempre que hablábamos, que me diera los detalles innecesarios de sus compañeras. Apreciaba mucho a mi amigo, no mentiría lo quería, pero odiaba que no tuviese reparo en crear imágenes vividas de las chicas que llevaba a la cama. Se lo dije varias veces y más de una vez pagó por sus imprudencias, sin embargo para él eso era inevitable.

No pude llegar al comedor porque una mano me tiró dentro de un pequeño cuarto oscuro, antes de poder protestar tan siquiera, unos labios se estamparon con los míos mientras unas manos me seguían sujetando con fuerza y posesión de mi camisa. Abrí los ojos y pude ver lo suficiente con la escasa luz para saber que era una mujer. Me relaje de inmediato y tomé a la desconocida por la cintura atrayéndola hacia mí.

Sus manos se enredaron en mi cabello al tiempo que su lengua invadió mi boca. Bajé las manos por la suave tela que la cubría hasta que me topé con la piel de sus muslos descubiertos. Mi desconocida llevaba un vestido bastante corto que me sacó una sonrisa en sus labios. Cuando me dio el primer mordisco comencé a perder los estribos, la empujé contra la pared más cercana y me uní más a ella. Rompí el beso solo lo justo para dejar un reguero húmedo en su cuello arrancándole pequeños suspiros.

Apreté mis manos en su trasero e hinqué los dientes en su hombro cuando ella hizo lo mismo con mi cuello.

—¡Oh Ryan! —gimió

Oh no.

Esa voz la reconocería donde fuese. Melissa. Ella es la razón por la que no repito. Fue la primera con la que se me ocurrió esa genial idea y como consecuencia se volvió psicópata, buscándome, llamándome, persiguiéndome y ¿cómo no? Asaltándome en medio del pasillo. Pero el principal problema no es que ella me asaltara, es que era demasiado buena en la cama así que reincidir se me hacía fácil.

Su mano bajó por mi entrepierna y apretó mi creciente erección. Cualquier pensamiento fugaz de no caer otra vez con ella desapareció. Gemí en su boca restregándome en su mano y en su muslo. Sus gemidos y suspiros me aturdían los sentidos. Enredó una de sus piernas con la mía, pidiéndome de forma silencia que la subiera.

Profundicé el beso y la tomé por el trasero para apoyarla en la pared al tiempo que me rodeaba la cintura con sus piernas. Cuando comencé a subirle el vestido la voz de Ricky Martin inundó el pequeño espacio. “I’m sexy and I know it” era el ringtone de Megs.

Rompí el beso y me comencé a desprender de las garras de Melissa, pero no pude hacerlo todo lo rápido que quería y la llamada cayó al buzón. Cuando por fin alcancé mi teléfono tenía un mensaje de Megan con dos palabras “S.O.S. Cafetería”. Comprobé la hora y era de hace apenas cinco minutos. Maldije en silencio, desde el choque odiaba mensajes como aquellos y no haberle respondido a tiempo me llenó de angustia.

—Me tengo que ir, es mi hermana —le expliqué a Melissa

—Seguro que ella está bi… —me zafé una vez más de sus manos que querían enredarse en mi cuello y sin esperar a que terminara salí del cuarto acomodándome la ropa.

Di grandes zancadas por el pasillo, apresurado por llegar a su lado, con mi corazón martillando con fuerza y mi erección aun molestándome entre las piernas.

Apenas entré al cafetín visualicé su cabellera dorada en una de las mesas. A medida que me iba acercando la noté ilesa así que mi tensión desapareció, pero lucía agobiada con su cabeza apoyada sobre sus manos. Me senté frente a ella sin que notara siquiera.

—Debemos trabajar en tu definición de S.O.S., o mejor aún, profundicemos en las causales de infartos. En cualquier caso, la meta aquí es no matar a tu hermano de un susto.

—Es una emergencia —aseguró aún enfurruñada.

—¿Qué pasó Megs? —pregunté comenzando a contagiarme con su angustia

—No era un error Ry, me quedó Matemática 1, y ahora debo cursar ambas materias.

Mi boca cayó abierta cuan larga era.

—¡Megs! Pensé que habías revisado las calificaciones por el portal web de la universidad — la regañé.

—Lo hice, pero solo revisé las materias que me preocupaban. Matemática 1 no era una de ellas.

—¡Megan Valley Asper! ¿Cómo no revisaste matemáticas si tú apestas en esa materia?

Ocultó su rostro con sus manos y pude ver como se iba colocando escarlata.

—Lo sé, lo sé —sollozó—, soy tan estúpida. Pensé que me había ido bien en el último examen.

Odiaba verla llorar y era lo que estaba por pasar. Tendría cuatro días a la semana matemáticas, creo que ya tendría suficiente castigo. Di un largo suspiro antes de continuar.

—Está bien Megs, ya no puedes hacer más nada, solo deberás esforzarte el doble.

—Debo repetir la materia y pasar ambas con un porcentaje mayor de setenta por ciento, o perderé el año

—¡¿Qué?! —grité—. Esto es por lo que repetir nunca trae nada bueno.

***

Después de dejar a mi hermana en su residencia me dirigí al gimnasio. Su noticia me dejó agobiado, no imaginaba lo que debía ser para ella. No era un entrenador certificado, pero todo el tiempo que pasaba en el gimnasio y después de tanto tiempo, me sabía las rutinas que debía ejecutar y por esa misma razón prestaba apoyo a algunas de las mujeres que tenían las intenciones de conquistarme si yo las ayudaba con sus ejercicios.

Verlas estirarse sugestivamente delante de mí era solo un valor agregado al dinero adicional que me ganaba.

Hoy tenía dos mujeres que entrenar, que ya me estaban esperando en cuanto entré.

—¡Ryan! Ya me estaba preocupando —gimió con un puchero Maricela, una mujer en sus avanzados cuarenta, que no lucía de su edad sino mucho menor y se comportaba como una adolescente, ella era agradable pero desconcertaba un poco esa personalidad infantil que insistía en tener.

—¡Ry, Ry! Casi te llamo y me acordé que no tengo tu número —Olivia lanzaba otra vez uno de sus múltiples recordatorios de que no tenía como comunicarse conmigo.

A ambas les sonreí antes de saludarlas. Eran muy buena amigas entre sí y más de una vez me habían sugerido alguna salida entre los tres, pero seguía pasando.

No se caga donde se come, y el dinero adicional por entrenarlas me caía de maravillas, no quería perderlo. Sin embargo, les coqueteé como siempre, para mantenerlas felices y con esperanzas.

—Ya me cambio y vuelvo. Comencemos con un poco de cardio y luego pasaremos a las maquinas.

Ellas me obedecieron y caminé hasta los baños para cambiarme la ropa.

—Ryan, tengo a una chica que necesita entrenador y mi horario ya no me lo permites. ¿Te interesa? —me preguntó Chris, otro de los entrenadores del gimnasio.

—Claro, ¿está aquí? Puedo organizar el horario y el pago de una vez.

Una vez estuve vestido con mi ropa de entrenamiento, Chris me apuntó a la chica que estaba requiriendo de mis servicios. Era alta, bastante esbelta y con cierto aire de superioridad. Me acerqué hasta ella y me presenté.

Laura resultó ser muy agradable, la belleza de su rostro era impactante y sin embargo ella no se comportaba como una mujer de semejante belleza. La llevé hasta donde Olivia y Maricela hacían cardio para comenzar la rutina con ellas.

—¿Nueva? No me gusta compartir lo mío, Ryan —Maricela rio falsamente. No estaba bromeando.

Yo sonreí antes de responderle:

—Tranquila, ella no tiene nada tuyo, solo me tiene a mí para entrenarla como a ustedes .

Su semblante cambió por un segundo, pero se recompuso y siguió en sus ejercicios. No le había gustado mi muy sutil aclaratoria.

Yo no le pertenezco a ninguna mujer.

Capítulo 3

—¿Qué voy a hacer Ry? Si repruebo el año, perderé la beca —metí una cucharada inmensa de helado en mi boca, más de la que era posible que tragara, sin querer pronunciar en voz alta el resto de mis pensamientos—. No puedo perderla… ¿Qué haré?

—No te desesperes, Meg, y no hables en singular como si estuvieses sola en esto —me reprendió, pero me hizo sentir un poco mejor.

—Lo sé, es solo que… estoy tan asustada. Es mucho para mi sola, ¡dos matemáticas! —aún me costaba creerlo.

—Estoy pensando, ¿de acuerdo? Pero no entres en pánico —respondió comiendo helado de forma más decorosa—. Este problema no se ahogará en helado por más que lo intentes.

Ignoré su advertencia calórica y seguí atacando el suculento postre.

Guardamos silencio un momento mientras veíamos televisión acostados en su cama. Cuando alguna crisis nos azotaba el punto de encuentro era su residencia, porque él tenía menos gula y podía guardarme mi dotación de helados y galletas, mientras que si lo mantenía a mi alcance desaparecía en un parpadeo.

—¡Lo tengo! — gritó haciendo que me ensuciara de helado por el susto—. En la universidad hay un grupo de tutores.

—¿Un grupo de qué? —era primera vez que escuchaba algo así.

—Están dedicados en exclusivo a dar tutorías a todo el que lo necesite. Te explico, hace unos meses Taylor salió con una chica que me dijo que recibió clases de física y que tenían los exámenes de años pasados para estudiar. Puedes ir a inscribirte y que te den clases que te ayuden a pasar ambas materias —su cara era de felicidad.

—O… —medité por un segundo— puedo seducir a un nerd para que haga los trabajos por mí y me de los exámenes.

Ryan alzó una ceja y comiendo otro poco de helado se encogió de hombros:

—Lo que más te funcione y que no te haga repetir el año.

***

—Espera —me dijo mientras tecleaba con rapidez en su teléfono, esperó la respuesta y volvió a hablar— .Taylor dice que es en el aula 320, y el grupo se reúne después de las dos de la tarde. Las tutorías se establecen con cada tutor de forma individual y pueden usar el salón o cualquier otro que este libre en ese momento. Eso es todo lo que sabe.

—Está muy bien enterado, ¿no? —dije alzando mi ceja.

—Tenía que saberse los horarios para que no lo atraparan con los pantalones abajo follando.

Ambos nos reímos a costa de Taylor, y cuando me contó de la bofetada del día anterior se me saltaron las lágrimas y me comenzó a doler la barriga. Taylor estaba para comérselo con chocolate, pero era bastante idiota y demasiado mujeriego, incluso para mí. Pero como sabía que a mi hermano le molestaba, no perdía la oportunidad de insinuarle que me gustaba por el puro placer de verlo celoso.

—Tengo que agradecerle el favor a Taylor —sugerí y mi hermano arrugó el entrecejo.

—Yo me encargaré de pagar tus favores con mi amigo, Megs —su tono era de advertencia.

—Mi pago le gustará más —insistí pero la mirada que mi hermano me dedicó me hizo sonreírle, descubriendo la broma que le gastaba.

***

Mi segundo día de clases arrancó con mejor pie. Para cuando llegó Ryan a buscarme yo ya estaba terminando de maquillarme. Su cara de sorpresa la guardaré por el resto de mi vida. Además, como salimos más temprano de lo esperado nos dio tiempo de pasar por un café decente, en vez del de la cafetería que lucía y sabía a agua sucia. Con mi café en mano entré a la universidad con mi hermano.

Hoy las miradas eran más indiscretas que ayer. Me coloqué un vestido azul oscuro bastante ajustado, corto por las rodillas y sin tirantes con un escote corazón. El clima comenzaba a cambiar para recibir al otoño y este era un vestido de verano, pero la misión que tenía hoy lo ameritaba.

Con posesión y protección Ryan me cogió por la cintura haciendo rodar mis ojos detrás de mis gafas de sol, amaba que me protegiese pero como siguiese así no tendría una cita en mucho tiempo.

—¡Hey Bro! —saludó Taylor—. Por Dios Megan, harás que deje de llamar Bro a tu hermano y comience a llamarlo cuñado —me reí ante su comentario siempre coqueto, pero Ray en cambio lo fulminó con la mirada, hasta que este alzó las manos en son de paz—. Te venía a decir que cambiaron de aula. Ahora están en el 307 —evitó mirarme, pero alzó las cejas hacía Ryan.

Sonreí.

—Gracias Tay Tay —dije con Sorna mientras me alejaba a mi primera clase, bajo su imprudente mirada y la risa de Ryan.Entré al salón y me senté en mi puesto habitual, al lado de la ventana.

—Meggi —dijo la única persona a quien tenía permitido llamarme así.

—Hola Nicole —la abracé con cariño.

Nicole era mi única amiga y la conocía desde el instituto. Compartíamos siempre algunas clases y aunque lo intentamos no quedamos juntas en la misma residencia, aunque aún no perdíamos la esperanza de lograrlo. Nicole era de las pocas muchachas que no se sentía nada atraída por mi hermano y se debía a que era lesbiana.

Recuerdo que cuando me lo dijo me sorprendí; incluso sentí miedo de que yo fuese objeto de sus deseos, pero supo ubicarme muy bien porque la segunda frase que me dijo después de «soy gay» fue «tú no eres mi tipo», y si era cierto o no, no me importaba; Sentí mucha vergüenza de que ella pudiese confiar en mi de esa forma y que yo reaccionara de aquella manera ante lo que fue una de las declaraciones más difíciles que había hecho. Lo que ella hiciera con su vida y su cuerpo, siempre que la hiciera feliz, no era de mi incumbencia.

—Acabo de llegar directo del aeropuerto, perdimos el vuelo de regreso porque mi padre se empeñó en tomar una ruta “panorámica” para disfrutar el trayecto. Al parecer la ruta panorámica bordeaba la ciudad en vez de atravesarla. Fueron las cuatro horas más largas de mi vida —ella como siempre tan dramática.

—Tampoco es que te has perdido de mucho. Ya sabes cómo es el primer día. Oh, bueno aunque si te perdiste de algo — me sentí un tanto avergonzada por la noticia que iba a darle—, resulta ser que me quedó matemática 1 y ahora veo ambas matemáticas y si no apruebo con un setenta por ciento adiós segundo año y beca.

—¡¿Qué?! —gritó.

¿Es que no sabían reaccionar de otra forma?

.

***

Me despedí de Nicole y Ryan, mientras caminaban anudados de brazos hacia la salida. Ambos iban guiñándoles los ojos a las mismas chicas, cosa que les encantaba hacer como una pequeña competencia sobre quien se sonrojaba con quien. Aunque Nicole tenía la teoría de que cualquier mujer, aunque fuese un tanto insegura de su lesbianismo, se tiraría a Ryan solo para probar, porque él estaba tan bueno que cualquiera se haría bisexual con tal de no quedar como un idiota y decirle que no; así las cosas, el juego estaba adulterado desde un principio.

Llegué al salón 307, toqué un par de veces y una voz masculina me dijo que pasara.

El salón tenía unos seis muchachos que ni se molestaron en subir su rostro desde el cuaderno cuando entré.

—Hola —saludé a nadie en particular.

Todos alzaron la vista y se codearon unos a otros como para asegurar de que nadie se perdiera mi presencia. Sonreí lo más amplio que pude y les regalé un pequeño y coqueto mordisco en mis labios. Uno de ellos sacó un inhalador y tuve que contener la risa con mucho esfuerzo.

—Necesito tutorías de matemáticas —no bien terminé la frase sus caras se alargaron con tristeza.

Me quedé esperando por una respuesta, hasta que las miradas acusatorias entre todos designaron al valiente que debía responderme.

—Este, uhm… —tartamudeó de forma adorable—, este es el club de matemáticos. El grupo de tutorías se reúnen en el salón 301 al final del pasillo.

—Ups —me despedí caminando a la puerta y les guiñé un ojo con chulería.

Cuando cerré la puerta escuché sus exclamaciones emocionados y reí mientras caminaba al salón correcto. Antes de abrir la puerta me revisé el atuendo.

Toqué y entré sin esperar respuesta. Siete chicas estaban sentadas leyendo revistas de forma distraída y una de ellas le pintaba las uñas a la otra. Revisé el titulo impreso en la identificación del salón para confirmar que estaba en el correcto. Este vestido aquí no me serviría en nada, sabía que no era la favorita entre las mujeres.

—Hola —me animé a decir—, ¿este es el grupo de tutorías?

Las miradas se fijaron en mí y recorrieron mi atuendo con más descaro que los muchachos segundos antes. Vi formar en los rostros de cada una las miradas a las que ya estaba acostumbrada: molestia, celos, envidia, inseguridad, rabia.

Seguí esperando por una respuesta sin evidenciar lo incómoda que me sentía. Una chica se acercó a mí, era la que estaba dando la manicura a la otra. Me extendió la mano acompañada de una sonrisa sincera

—Hola, si, estás en el lugar correcto. Soy Andrea.

—Megan Asper —respondí estrechando su mano.

—Lo sabemos —dijo—, todas conocemos a tu hermano —una risita nerviosa salió de ella acompañada por algunas otras mejillas sonrojadas a su espalda.

Solo pude reír con ella.

—Hoy no tendremos reunión. La presidenta del grupo está enferma y hasta que no nombren a una profesora sustituta solo perdemos un poco el tiempo. ¿Qué necesitabas?

—Bueno, yo busco eso justamente, tutorías, me quedó matemática 1 del año pasado.

—Pues has venido al lugar indicado pero deberás esperar que se nombre la nueva presidenta. Ella es quien distribuye las tutorías entre nosotras —y señaló a las otras chicas y a ella misma con su dedo—, las tutoras. ¿Te apuntaste en la lista?

—Eh, no. No sabía que había una lista.

—No hay problema. Ten, apúntate.

Me entregó un lápiz y me apunté a una hoja que estaba sujeta a una gran cartelera de corcho. La lista superaba a las treintenas de muchachas, contándome.

—¿Cuántas alumnas pueden tener cada una?

—Cuatro alumnos máximos.

—¿Y la profesora también sirve de tutora?

—No, eso va contra las reglas.

No tenía que ser un Einstein para saber que la probabilidad de que me quedará sin tutora eran muy altas. Respiré para calmar mis nervios y tomé mi teléfono para mandarle un mensaje a mi hermano.

Hoy no habrá clases, ¿sigues esperándome?

Sorry hermanita, pensé que tardarías. Paso por ti en veinte minutos —respondió.

.

Me senté en un escritorio al lado de la chica Andrea, que continuó haciendo la manicura a la otra chica. Si este grupo de chicas eran las que harían posible que no repitiese el año y aprobara, pues más me valía comenzar a agradarles.

Y eso era una tarea bastante difícil, nunca se me dio bien hacer amistades, por lo que me sentí torpe apenas me senté con la determinación de ganarme un poco de su confianza.

Sube por mí al salón 301. Ven con todos los encantos Asper, necesito ayuda —le tecleé a mi hermano.

¿Con ropa o sin ropa?

Reí sin poder disimularlo y ganándome algunas miradas curiosas. Ry era capaz de presentarse en boxers si se lo pedía, ya una vez yo lo salvé de un novio celoso de una forma parecida. Pero no quería matar a estas chicas con una vista de Ryan sin ropa, allí sí que me quedaría sin tutoras.

Con ropa, pero solo la necesaria —respondí.

¡Hecho! Te quiero —fue su último mensaje.

.

.

Los veinte minutos me pasaron rápido. Logré entablar una conversación aleatoria y trivial con esas chicas y más de una vez nos carcajeamos con las ocurrencias que alguien comentaba. Yo no era una chica de muchas amigas, las mujeres solían odiarme y tratarme mal. Por un lado se sentían inseguras como si fuese a saltarle encima a sus novios y restregarme contra su pierna u otro miembro. A veces sentían celos si pasaba que estaba con el chico de sus sueños; envidia  por la seguridad que desprendía; o rabia e incluso vergüenza por mi vida sexual activa y sin pudor.

Sus comentarios hirientes me sacaron lágrimas hasta que aprendí a que sus palabras crudas e insensibles solo era una prueba de su inmadurez. A más de una que me criticó por tener relaciones sexuales la vi detrás de las gradas del instituto arrodilladas y no precisamente rezando.

—¿Crees que me queda bien este color? —preguntó la chica de piel morena llamada Nazaret—, el negro debe hacerme ver más delgada, ¿no?

—Con tus ojos y ese color chocolate, deberías usar colores claros. Te quedarían bellísimos —aseguré.

—Pero evita el blanco, no quieres parecer una galleta oreo —le dijo su compañera de escritorio ganándose un codazo.

La puerta se abrió y una muy conocida melena castaña se asomó.

—Megs, ¿estás lista? —preguntó mi hermano.

Oh Dios, no lo puedo creer.

Cuando dije que usara solo la ropa necesaria tuve que ser más específica. Ryan estaba en la puerta del salón con su pecho al desnudo. Su camisa blanca estaba empapada colgando de uno de sus hombros y sus pantalones estaban igual de mojados, pegados por completo a sus piernas y tan bajos que se entrevía esa V de su cadera que sabía que pararía los corazones de estas pobre criaturas a mi alrededor. Su cabello igual de húmedo goteaba sobre su rostro y su pecho. Cruzó sus brazos y flexionó sus músculos. Oí a mi espalda algunos suspiros ahogados y escuchaba menos respiraciones de las que debían ser, alguien dejó de oxigenarse.

—Si no lo estás puedo esperar —sonrió con amplitud disfrutando el momento—, no creo que a las chicas les moleste mi presencia.

Un grito ahogado descubrió a Nazaret y Ryan solo le guiñó el ojo. ¡Dios!, las va a matar a todas. Me levanté cuidando que no notaran mi sonrisa y me giré para despedirme de ellas. Pero pude haber tomado un lápiz y habérmelo clavado en el ojo en su presencia y aun así no me hubiesen notado. Carla, babeaba literalmente sobre el pupitre y ella era la que parecía más consciente de todas. Solo Andrea se logró espabilar para decirme un tímido adiós con sus mejillas encendidas en escarlata.

Llegué a la puerta pero Ryan no se movía, lo hice retroceder a empujones y aun así metió su cabeza por el resquicio para despedirse.

—Nos vemos bellas —ronroneó su mejor voz seductora.

Cerré la puerta y no habíamos dado un par de pasos cuando escuché gritos histéricos que nos hicieron reír.

—Tú y yo debemos definir mejor nuestros códigos. Ayuda no significa llegar sin camisa, mojado y hacerle creer a esas chicas que las azotarías en un cuarto rojo, en cualquier momento. Eso guárdalo para cuando pida la caballería.

—Primero: esto —y se señaló el pecho y la camisa— fue solo casualidad; y segundo no haría nada que ellas no quisieran y si hubieses visto las miradas que me daban, él que debía tener miedo de ser azotado y amordazado era yo. Podré tener cincuenta sombras, pero te juro que ellas tienen más.

Reí y giré los ojos.

—¿Y qué te pasó?—cuestioné subiendo al automóvil.

—Melissa pasó.

Ryan se sentó a mi lado en boxer, la ropa húmeda tuvo que dejarla en la maleta del automóvil. Le di un golpe en el hombro en cuanto puso el motor en marcha. Odiaba a Psicomelissa y él lo sabía. Me daba terror que estuviese con ella porque esa chica tenía una obsesión con él, tanto que incluso llegó a expresar sus celos por mí.

Soy su hermana por Dios santo.

—Oye, déjame explicarte —se defendió apresuradamente—. No pasó nada, lo juro. Pero me acorraló en la piscina después de que salí del vestuario, retrocedí evitándola y me caí. No deberías pegarme, deberías premiarme por mi autocontrol.

—¿Autocontrol? ¿Tú que estuviste el primer día de clases encerrado con ella y fue solo gracias a mi mensaje que no recaíste?

—Hoy estaba desnuda Meg, DES. NU. DA. Y aun así logré retroceder. Me merezco una maldita medalla —se enfurruñó con su atención en la vía—. ¿Y quién de esas jovencitas será tu tutora? Espero que no haya sido la que parecía que no estaba respirando, no sé si siga viva a esta altura.

—Ninguna —respondí haciendo evidente mi preocupación—, no hay presidenta y hasta que eso no pase no habrán asignaciones de tutorías, y como si eso no fuese poco, soy la numero treinta en la lista de tutorías y el cupo máximo son veintiocho alumnos. Estoy jodida a falta de mejor definición.

Me recosté del asiento cruzando mis brazos sobre el pecho. No teníamos dinero como pagar tutorías privadas y si me quedaba la materia perdería la beca.

Las lágrimas comenzaron a picar en mis ojos mientras se acumulaban también en mi garganta. Limpié una que se deslizó por mi mejilla, sintiéndome molesta conmigo misma, no por estar llorando, sino por haber permitido que esto ocurriese.

—Hey, no te pongas así, si lo de las tutorías no funciona algo se nos ocurrirá, y si es por dinero también lo resolveremos, en serio Megs, no me gusta verte así. Si quieres puedo presentarme con la caballería cuando estén las tutorías, seguro que dejaré algunas vacantes.

Mi hermano me robó una sonrisa con su ocurrencia, pero mi mente seguía angustiada.

Al día siguiente disfrutaba del almuerzo con mi hermano, Nicole y Taylor cuando Andrea se acercó con timidez a la mesa.

—Meg, digo, Megan —saludó con nerviosismo.

—Hola Andrea —me alegraba de verla, esperaba que me tuviese buenas noticias de mi tutoría.

—Hoy a las dos de la tarde habrá una reunión para asignar las tutorías. En el mismo salón. El rector nos acaba de informar que ya designaron presidenta nueva.

Andrea miraba nerviosa a los tres pares de ojos que la observaban.

—Muchas gracias por avisarme. Allí estaré. ¿Crees que logre conseguir una tutora? Sé que somos muchos alumnos apuntados y son pocas las tutoras, eso me tiene muy angustiada.

—Haremos todo lo posible, nunca hemos abandonado a nadie. Bueno… ehm —las miradas la colocaban nerviosa—, nos vemos en la tarde.

No bien me había despedido, ella se marchó.

Apenas Andrea estuvo fuera de nuestro rango de visión los buitres se lanzaron por ella, tuve que advertirles con mi mejor semblante serio que Andrea estaba fuera de la lista libidinosa de cada uno de ellos. Bufaron enfadados, pero no me llevaron la contraria.

Cuando apenas faltaban cinco minutos para las dos de la tarde, entre al salón acompañada por mí hermano. Melissa seguía rondándolo y él como buen cobarde sin autocontrol que era, la estaba evitando. De hecho, agradecí su compañía, quizás sí necesitaría que dejara algunas aspirantes sin aire para generar vacantes. Mi hermano, esta vez vestido, saludó con una sonrisa menos lujuriosa que la última vez, y aun así arrancó varios suspiros y creo, si mi oído no me fallaba, un gemido.

Saludé a Andrea y fue la única que saludó a mi hermano sin que su respiración fallara.

—Espero que no sea todo lo que he escuchado que es, porque de ser así—exclamó Nazareth, sin embargo no identifiqué lo que quería decir, porque sus palabras me hicieron temer de que la nueva presidenta fuese un ogro, pero su sonrisa me hizo dudar.

—¡Pues yo espero que sí lo sea!—respondió otra emocionada.

—Hola a todas —una sexy voz ronca detrás de mí, interrumpió la pequeña conversación que teníamos y me envió escalofríos por toda la espalda.

Me volteé hacia la puerta para ver a Hottie, el chico de la fila en la oficina del rector, entrar por la puerta del salón. Colocó su mochila sobre el escritorio y se ajustó sobre su nariz las gafas de pasta gruesa y negra. Llevaba un jeans azul un poco desgastado, unas vans negras, una camisa blanca simple y una pajarita roja con pintas amarillas anudada en su cuello.

Si yo fuese modelo aparecería en una Cosmopolitan o quizás Playboy si no hacían desnudos, pero el aparecería en la revista National Geografic por haber descubierto algún tipo de teoría física. Yo aparecería en Jersey Shore de MTV y él en The Big Bang Theory.

Me dedicó una simple mirada, como si yo no llevase una ajustada falda de cuadros, unos tacones altos y una camisa escotada. Se fijó más en Ryan sentado detrás de mí que en mis largas piernas descubiertas.

—Estamos fuera del horario así que seré rápido. La profesora García continúa enferma y no podrá reincorporarse a las clases. El Rector me pidió que asumiera en su ausencia el control del grupo. Como saben no es el único grupo que presido por lo que espero que sean puntuales en las actividades, presenten informes de avance de acuerdo al formato que les estaré enviando y cumplan con las fechas de entrega de los mismos; la organización es vital.

Todas guardaron silencio, algunas asistieron un poco intimidadas y quizás hasta maravilladas. Hottie les dedicó miradas a cada una, confirmando que le hubiesen entendido.

—Por norma —prosiguió—, el presidente no puede asumir a ningún alumno como tutor, pero como no soy profesor y tienen un excedente en sus solicitudes, asumiré dos tutorías, mis otras actividades no me permiten asumir más de eso.

Caminó con paso seguro por mi lado y pude sentir el suave aroma de su perfume Hugo Boss.

¿Pero qué coño? ¿Es en serio, ni una mirada?

Cogió la lista de los inscritos para las tutorías que se encontraba en la pizarra de corcho al fondo del salón y regresó hasta el escritorio.

—Haremos esto fácil —con un lápiz comenzó a rayar la hoja al tiempo que dictaba cuatro nombres para cada tutora—. Y eso me deja a mí a número 29 y 30: Valeria Mull y Megan Asper.

—Valeria Mull retiró su solicitud —agregó Nazaret dudando de como referirse al presidente interino—. Retiró su solicitud porque sus padres le pagaran una tutoría privada.

—Bien —asintió—, en ese caso Megan Asper queda solo para mí.

La forma como lo dijo, como si supiese con exactitud el doble sentido de sus palabras pero no le importara, hirió mi ego. Ya quisiera él tenerme solo para él. Mi corazón se detuvo pero por una razón distinta en cuanto la mínima idea cruzó mi cabeza.

Quería esa boca gimiendo mi nombre tanto como yo gemir el de él.

Sacudí mi cabeza para apartar ese pensamiento.

—No cuentes con mis encantos aquí hermanita, creo que funcionaran tanto como los tuyos —susurró divertido en mi oreja Ryan.

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