Portada de la novela Hasta la muerte, un voto sangriento

Hasta la muerte, un voto sangriento

8.0 / 10.0
Tras quince años de un matrimonio pactado con sangre, mi vida con Alejandro colapsa. Al descubrir su engaño, él rechaza el divorcio y me violenta para cuidar a su amante encinta. No obstante, un informe secreto desvela una realidad siniestra: Alejandro planeó mi antiguo secuestro y la muerte de nuestro hijo. La traición culmina con una ironía cruel, pues él es estéril y el bebé que defiende con tanta ferocidad ni siquiera le pertenece.

Hasta la muerte, un voto sangriento Capítulo 1

Mi esposo Alejandro y yo construimos nuestro imperio sobre un pacto de sangre: "Hasta que la muerte nos separe". Durante quince años, esa promesa fue nuestro cimiento. Hasta que encontré las fotos de su amante.

Se negó a darme el divorcio. Me atrapó con nuestro juramento mientras ella llamaba para anunciar su embarazo. La eligió a ella, incluso me golpeó para protegerla.

En su boda, puse una grabación de él llamándome "un desecho" y "estéril".

"¿De qué sirve una esposa que no puede darte un heredero?", le había preguntado él a ella.

Pero su amante me había enviado un pequeño regalo de bodas: un expediente que detallaba el secuestro que sufrí años atrás.

No fue un ataque al azar. Alejandro lo había planeado. Lo orquestó para quebrarme y, en el proceso, provocó la pérdida de nuestro único hijo.

El último informe en el expediente eran sus propios análisis médicos.

Yo no era la estéril. Era él. Y el bebé de ella no era suyo.

Capítulo 1

Casandra Montes POV:

La primera vez que Alejandro Garza mató por mí, él tenía diecisiete años.

El recuerdo no es borroso ni parece un sueño; es nítido, grabado en mi mente con la claridad escalofriante de un diamante cortando cristal. Recuerdo el sonido astillado del bate de béisbol barato al conectar con el cráneo de mi padrastro. Recuerdo el rocío tibio que me golpeó la mejilla, un grotesco bautismo de sangre.

Pero, sobre todo, recuerdo los ojos de Alejandro cuando la policía se lo llevó. No eran los ojos de un muchacho aterrorizado. Estaban tranquilos, casi serenos. Las esposas hicieron clic alrededor de sus muñecas, y él miró por encima del hombro hacia mí, que estaba paralizada en la puerta de ese infierno en la colonia marginada.

Una sonrisa lenta y genuina se extendió por sus labios.

"Ahora eres libre, Casi", susurró, y sus palabras se abrieron paso a través del lamento de las sirenas. "Por fin eres libre".

Pasó dos años en el tutelar de menores. Dos años en los que lo visité cada semana, con nuestras manos presionadas contra el grueso cristal, nuestros futuros planeados en susurros a través de un teléfono intervenido. El día que salió, se veía mayor, más duro, pero esa sonrisa era la misma. A él no le quedaba familia, y a mí tampoco. Solo nos teníamos el uno al otro.

Tomamos un camión a Monterrey con menos de cinco mil pesos entre los dos y un único sueño compartido. Empezamos desde la nada. Él era el rostro carismático, el tiburón despiadado que podía oler una oportunidad a kilómetros de distancia. Yo era la estratega detrás de él, la que veía cada ángulo, cada debilidad, cada movimiento que nuestros oponentes harían antes de que siquiera lo consideraran.

Juntos, construimos Industrias Garza Montes desde cero, un imperio corporativo forjado en las cenizas de esa noche violenta. Nuestro vínculo no era solo amor; era un pacto sellado con sangre y trauma. El día de nuestra boda, de pie en un juzgado civil estéril porque no podíamos pagar nada más, no intercambiamos votos tradicionales.

Tomó mis manos, su mirada tan intensa como el día en que me salvó. "Hasta que la muerte nos separe", dijo, su voz un gruñido bajo de posesión. "Sin divorcios, Casi. Solo una viuda".

Yo lo repetí sin dudar. "Solo un viudo".

Durante quince años, ese juramento fue nuestro cimiento. Era la roca sobre la que se erigía nuestro imperio, la amenaza tácita que flotaba en el aire de cada sala de juntas y en cada conversación susurrada a altas horas de la noche. Él era mío y yo era suya. Era así de simple.

Hasta que dejó de serlo.

Encontré las fotos en una memoria oculta en la caja fuerte de su oficina. No solo unas cuantas fotos ilícitas. Cientos. Una colección meticulosamente curada que abarcaba años. Todas de la misma chica. Una chica con ojos grandes e inocentes y una sonrisa que parecía demasiado brillante, demasiado ingenua para el mundo que Alejandro y yo habitábamos. Ariadna Aguirre.

Cuando lo confronté, ni siquiera tuvo la decencia de parecer culpable. Se reclinó en su silla de cuero, con el horizonte de la ciudad que conquistamos brillando detrás de él, y me dedicó un suspiro de fastidio.

"Es solo una niña, Casi. Una distracción. No significa nada".

"¿Una distracción que has estado documentando durante tres años?". Mi voz era peligrosamente baja, una serpiente enroscada lista para atacar. La pila de fotos impresas yacía entre nosotros en su escritorio de caoba, un monumento a su traición.

"No seas dramática", dijo, agitando una mano con desdén.

Una frialdad se filtró en mis huesos, un escalofrío familiar que no había sentido desde que era una adolescente acobardada en aquella colonia. Deslicé una sola hoja de papel sobre el escritorio. Un acuerdo de divorcio. Mis abogados habían sido minuciosos. Me quedaría con la mitad de todo.

Ni siquiera lo miró. Solo me miró a mí, un destello de algo indescifrable en sus ojos. "No".

"Alejandro, esto no es una negociación".

"Dije que no", repitió, su voz bajando a ese gruñido posesivo que tan bien conocía. "Parece que estás olvidando nuestro acuerdo, cariño".

"Esa fue una promesa hecha por niños que no sabían nada".

"Fue una promesa hecha por un chico que fue a la cárcel por ti", corrigió, con la mandíbula apretada. "Una promesa que tú le hiciste a cambio". Se puso de pie, elevándose sobre mí, y repitió las palabras que una vez fueron nuestro consuelo, ahora una jaula. "Hasta que la muerte nos separe. Viuda, Casi. No divorciada. Ese fue el trato".

Hizo trizas el acuerdo con sus propias manos, el sonido del papel rasgado llenando la silenciosa oficina. Luego salió, dejándome con el confeti de nuestra vida rota.

Mi teléfono vibró una hora después. Un número desconocido. Contesté, con una sensación nauseabunda ya revolviéndose en mi estómago.

Una voz joven y entrecortada al otro lado. "¿Es la señora Garza?".

"¿Quién habla?", pregunté, con tono plano.

"Oh, puedes llamarme Ariadna", canturreó, como si fuéramos viejas amigas. "Solo quería llamar y... bueno, para darte las gracias. Alejandro habla de ti todo el tiempo. Dice que eres fuerte, brillante... pero tan, tan fría".

Permanecí en silencio, mis nudillos blancos mientras agarraba el teléfono.

"Me dijo que encontraste las fotos", continuó, con una falsa simpatía en su tono. "Se sintió tan mal. Verás, me ha estado observando desde que estaba en la universidad. ¿No es romántico? Dijo que solo estaba esperando a que tuviera la edad suficiente".

Se me cortó la respiración.

"Está conmigo ahora mismo, ¿sabes?", susurró en tono de conspiración. "Está tan triste de que estés molesta. Realmente se preocupa por ti, a su manera. Pero me ama a mí".

Una serie de imágenes inundó mi teléfono. Ariadna y Alejandro. En un yate, ella con la cabeza echada hacia atrás en una carcajada. En un departamento en París, él besándole el cuello mientras ella sonreía a la cámara. En una gala a la que se suponía que yo debía asistir con él, él susurrándole al oído en un rincón apartado. En algunas fotos, su anillo de bodas estaba puesto. En otras, no. Fue descuidado. O tal vez simplemente no le importaba.

La última foto me dejó sin aire. Era un primer plano de la mano de Ariadna descansando sobre su vientre plano. En su dedo había un anillo de diamantes que empequeñecía la simple argolla que Alejandro me había dado.

El texto que siguió fue un golpe en el estómago.

"Me está dando todo lo que nunca pudo darte a ti. Una boda de verdad. Una familia".

Otro mensaje.

"Va a casa contigo esta noche, Casi. Pero pronto, vendrá a casa conmigo. A nuestra casa".

Dejé caer el teléfono. Un único grito gutural se desgarró de mi garganta, crudo y animal. Barrí con el brazo el escritorio de Alejandro, enviando fotos, premios y años de historia compartida a estrellarse contra el suelo. El sonido de cristales rotos era lo único que podía igualar el quebranto dentro de mí.

Caí de rodillas en medio de los escombros, el juramento resonando en mi cabeza.

Hasta que la muerte nos separe.

Acababa de firmar su propia sentencia de muerte.

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