Capítulo 1

Capítulo 1

Estas reuniones de la empresa me hartan.

Lo único que escucho son quejas y reclamos; esos viejos se olvidan de quién soy. Suelo sentarme en la cabecera de la mesa de juntas; a mi derecha está Romina, mi secretaria, y a la izquierda, Pablo, este inútil que tengo por amigo. Paso tres horas tratando de afianzar mi puesto. Mis días están escritos en una agenda, programados. Comienzan con la elección de un traje y terminan cuando me lo quito.

Llegar a mi piso por la noche y oír solo el murmullo del motor del refrigerador y los maullidos de Cristóbal marca el final de mi jornada.

Allí me relajo un poco: pongo música, lleno el plato de comida de Cristóbal mientras él corre de un lado a otro, subiéndose y bajándose de los muebles, y abro un vino antes de cenar.

Debe ser algo que ya forma parte de mi sistema. Vivir rígido. Pero es la vida que elegí: hacerme cargo de la cadena de hoteles de mi familia. En la esquina, junto a la poltrona, está la prueba de mis años de trabajo. Me gusta acercarme y mirarla desde arriba: el Romano Riviera, la maqueta del edificio.

Nadie apostaba por el proyecto. Me tomó dos años darle forma: conseguir el edificio, acondicionarlo, decorarlo. Cuando por fin estuvo terminado, se convirtió en el hotel insignia. Estoy orgulloso; incluso lo reconocieron en los World Travel Awards como el hotel más lujoso a nivel global.

Mi otro logro -el mayor de todos- es, sin duda, Matteo, mi hijo. Pero él vive con su madre; decidimos que era lo mejor cuando hablamos del divorcio con Sofía. Fueron diez años de matrimonio, diez años de nada. Así que firmar los papeles no nos costó demasiado.

De hecho, fue Sofía quien planteó la idea del divorcio.

Esa tarde me pidió que fuera al restaurante donde solíamos comer. Llegué tarde; siempre había algo que me retenía. Ni se inmutó, ya estaba acostumbrada. Pedimos café y se cruzó de piernas antes de hablar:

-Quiero que nos divorciemos -al menos esperó a que el camarero se alejara unos pasos-. Hace un tiempo conocí a un hombre; es abogado y trabaja en una compañía de inversiones. Lo he estado frecuentando.

Supuse que cualquier otro marido en mi lugar, cualquier otro hombre, se habría sentido humillado o traicionado. Yo tomé un sorbo de café. Aunque sentí algo de envidia: había encontrado a alguien que la hacía sentir de verdad. Pensé que, en el fondo, había estado esperando que eso pasara.

-¿Cómo quieres hacerlo?

-¿No te molesta? Bueno, en realidad no espero que te moleste -dijo.

-No, no me molesta. Confieso que me da un poco de envidia, pero mereces ser feliz como cualquiera.

El trámite fue sencillo: pidió lo que le correspondía -y un poco más también. ¿Se lo iba a negar? Es la madre de mi hijo. Pautamos los días que Matteo pasaría conmigo, aunque viviría con ella.

Volver a la soltería me enfrentó de nuevo a todo ese proceso que implica conocer a alguien. A los cuarenta y dos años, se vuelve tedioso. Ya sabes lo que buscas, cómo lo prefieres y lo que no admites. Quiero compañía y sexo, sin melodramas y fuera de mi piso.

Encontrar a alguien que tenga la misma perspectiva es muy difícil. No me considero un mujeriego ni un machista. Sé que hay mujeres que abrazan ideas similares a las mías; sobre todo aquellas que se han saturado de las mentiras y relaciones que no llevan a ningún lado. No soy la clase de hombre que endulza el oído para conseguir una revolcada.

Pablo cree que me estoy poniendo viejo y que he perdido el deseo sexual. Yo pienso que es un idiota. Está casado, tiene dos hijas y una amante. Cree en eso de que un hombre lo es según cuántas «descargas» logre en una semana. La esposa lo sabe, las hijas lo saben, y la peor parte se la lleva la otra mujer.

Conozco a Clara. Trabaja en la compañía, en el departamento contable. Es joven y bonita, pero al parecer no muy lista. No es la primera conquista de Pablo en la oficina, pero esta le ha durado bastante.

Nos conocimos en la universidad, y siempre fue así. Tiene una necesidad constante de estar rodeado de mujeres o de acostarse con ellas. Como él lo hace, supone que el resto de los hombres también debemos hacerlo. Y por eso no se cansa de insistirme en que me presente a alguien.

Caí dos veces en sus citas arregladas. Me arrepentí las dos veces.

La primera fue una amiga de su esposa. Cenamos en uno de esos restaurantes donde hasta el agua cuesta una fortuna. Ella llegó arreglada como si caminara por la alfombra roja de los Óscar: impecable, soberbia y muy hermosa. Pero cuando abrió la boca, me dejó perplejo.

-Perdón por llegar tarde, pero el tráfico a esta hora es una mierda. ¿Qué pedimos?

Toda la gracia de su exterior nada tenía que ver con su lenguaje o sus modales. Abrió el menú como si fuera un paquete de papas fritas. No me molestan los insultos o los ademanes bruscos, pero ese contraste tan marcado de verdad me perturbó.

En la cama es diferente. Me gusta mandar y que me obedezcan; me gusta escuchar los gemidos mezclados con palabras sucias. Me excita, me saca de quicio. Verlas tratar de respirar mientras me hundo en ellas por completo, hacer que me miren a la cara mientras me la maman.

Cuando la llevé al hotel, creí que iba a ser tan grosera para hacerlo como para hablar. Pero resultó ser una bolsa de papas tirada en la cama, que solo me abrió las piernas. Sin emoción, sin excitación. Solo sexo porque era el siguiente paso. Aburrida.

De todas maneras, se me puso dura cuando la vi desnuda. Tenía los pechos grandes, los muslos también, y un trasero delicioso. Quise colarle un dedo mientras se lo hacía de perrito, pero se espantó tanto que me la apretó con fuerza, y me gustó. Así que seguí intentándolo, solo para que siguiera reaccionando igual.

Me hizo acabar así, sin siquiera darse cuenta. Le pinté toda la espalda de blanco. Ahí supe que no íbamos a hacer mucho más, porque se desplomó sobre las sábanas, jadeando.

Soy un caballero: no salí corriendo después de cogerla. Pasamos la noche en el hotel. Ella, durmiendo; yo, masturbándome en el baño para sacarme las ganas que me quedaban.

A la mañana siguiente, la llevé a su casa y no la vi más.

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Abro Essenza como siempre, puntual a las nueve. Me gusta el ritual de levantarme temprano, darme una ducha, prepararme un café y tomarme mi tiempo antes de salir. Nunca entendí a la gente que se despierta quince minutos antes de enfrentar su día. Yo no puedo; siento que pierdo tiempo.

Cinco calles separan mi apartamento de mi tienda. Las camino todas las mañanas sin apuro, sin correr y saludando a mis vecinos. Cuatro de cinco días piso caca de perro, no falla nunca. Así que, cuando termino de subir la cortina metálica, me quito los zapatos antes de entrar. Ya se me hizo costumbre tener siempre un par -o dos- guardados en el estudio.

Tengo una perfumería. Una perfumería artesanal, y es un primor. No porque yo lo diga, sino porque mis clientes la describen así. He puesto mi alma en cada detalle: del alero cuelgan frascos de diferentes formas y tamaños. Me encanta cómo la luz del sol se refleja en ellos, como si fueran lamparitas. Una pasionaria que planté abriendo el piso de la acera trepa por la vidriera y se enreda en los tirantes del alero. Da una flor rara pero hermosa, blanca y morada; parece un plato volador o un mandala viviente.

Clara me regaló el cartel dorado que cuelga como bienvenida: «El lugar donde los recuerdos se transforman en aromas».

No podía ser otra que Clara quien me regalara algo así. Después de todo, ella sabe mejor que nadie cómo llegué hasta acá.

La conozco desde que tengo memoria. Literal: desde el jardín de infantes. Tengo más recuerdos en su casa que en la mía. Martín y Luisa, sus padres, me adoptaron como a una hija más. Además de ser compañeras de colegio, éramos vecinas. Ellos vivían en el segundo y yo, con mi mamá, en el quinto.

No quiero imaginar cómo habría sido mi vida sin ellos. Seguramente un desastre digno de años de terapia. Ella y yo nos apoyamos en todo. Somos de esas amigas que festejan hasta los logros más pequeños, y de las que tienen instintos asesinos cuando un hombre lastima a la otra.

A mí me pasa con el infeliz ese con el que sale ahora: un tipo casado. No porque sea casado -no juzgo ni moralizo la vida de nadie-, sino porque el idiota se comporta como un noviecito sabiendo él, Clara y todo el mundo que nunca va a separarse ni divorciarse. Y la otra va y se enamora. Y cuando él la planta, le nace el remordimiento y se cuestiona.

-Yo sé que hago mal en meterme con un hombre con familia -decía cada vez que se sentía culpable o lloraba porque él le había cancelado a último momento.

-Sí, sí, eres una cualquiera. Ya hablamos de eso. Mal hace él, que no respeta lo que tiene en su casa -suelo responderle.

-La mujer me llamó otra vez para insultarme. Me dijo que soy una puta.

Cuando inauguré la tienda, él apareció con una planta, me felicitó y ahí andaba entre los estantes, mirando todo. La planta se la regalé a mi vecina del piso de arriba. Lo odio, simple y llanamente, y todo lo que tenga que ver con él me causa repulsión. A lo mejor exagero, pero Clara merece algo mejor. Merece que la quieran solo a ella, merece ser el centro del universo de alguien. No la segunda opción de un cuarentón que se sigue portando como si todavía tuviera veinte años. Pero dicen que el amor es ciego, y yo pienso que también tiene un IQ bajo.

Mi mamá se fue por el mismo motivo: el amor. Es curioso, ahora que lo pienso, cómo los aromas que creo para otros suelen estar ligados al amor o a su ausencia. Cuando cumplí dieciocho, se sentó conmigo en la mesa de la cocina y me dijo que tenía tiempo viéndose con un hombre, que, según ella, era bueno. Nunca lo conocí. Al otro día se fue.

Así que, con dieciocho años, me quedé del todo sola. No pude seguir estudiando. La idea de una carrera universitaria se fue dentro de la maleta de mi madre. Tuve que trabajar. Y el primer trabajo que conseguí fue en una tienda de cosméticos, recomendando perfumes.

No faltaba nunca, ni enferma. Trabajé allí dos años.

Un día, Jerónimo, el gerente, se me acercó y me dijo:

-Violeta, quiero presentarte a alguien. Se llama Rogelio y es un maître parfumeur, un maestro perfumista.

Debo haber puesto cara de que me hablaba en japonés, porque Jerónimo se rió un poco.

-Creo que tienes la capacidad para aprender de él, para aprender a hacer perfumes. Y aquí, en este negocio de cosméticos, estás perdiendo algo.

-¿Me vas a echar?

-¡No! ¿Echarte? Estás loca. Eres mi mejor empleada. Quiero que estudies con Rogelio. Ya me dijo que sí. ¿Qué piensas?

Eso fue muy raro, porque él y yo nos encerrábamos en la parte de atrás de la tienda casi todos los días. Teníamos una relación extraña, no sé. Era mucho más grande que yo; podría haber sido mi papá.

Jerónimo se sentaba en una silla y yo, en la mesa. Abría las piernas y me masturbaba mientras él me miraba. Ni siquiera se tocaba, pero sus ojos clavados en mis dedos mientras jugaba conmigo misma me excitaban.

A veces le pedía que me tocara, que me lamiera, algo, cualquier cosa. Se quedaba quieto, congelado, sin hablar. Quería sentirlo dentro de mí; se le notaba el bulto en los pantalones y, solo con los dedos, no me alcanzaba. Quería algo duro, caliente, mojado. Pero no importaba cuánto rogara: jamás me lo dio.

Lo único que hacía, cuando yo acababa, era besarme las piernas. Creo que me agradecía por el espectáculo de esa manera.

Le preguntaba por qué. Por qué no me cogía sobre la mesa. Siempre me respondía lo mismo:

-Eres muy joven para mí.

En esos días me frustraba, pero ahora lo entiendo.

Cuando me quedaba con muchas ganas, salía de la tienda y, en vez de ir a mi apartamento, pasaba por la casa de mi novio. Seguramente algo sospechaba, pero tampoco decía nada. Cenaba con él y sus padres, y cuando salía para mi casa, él me acompañaba.

Nunca llegábamos. Siempre terminábamos en un callejón detrás de una farmacia. Parada, con la cara contra la pared, la ropa interior en las rodillas y él penetrándome por detrás. Me quedaba la cara sucia por la mugre de los ladrillos y volvía toda mojada, con sus fluidos y los míos deslizándose por mis piernas.

Capítulo 2

La señora Velázquez era una de mis clientas regulares. Pedía perfumes para ella, para la hermana, para un regalo. Traía amigas, casi las arrastraba, pero ellas también regresaban. Tenía una fragancia favorita y, al parecer, se bañaba con ella, porque cada seis del mes cruzaba la puerta y pedía más.

-La vieja esa está loca, ¿qué hará con los perfumes?

-Me dijo que es el aroma de su esposo fallecido, Clara. Debe esparcirlo por todos lados.

Guardaba mi propio recuerdo embotellado, por eso la entendía y me esforzaba por hacerlo perfecto. El mío era el de mi papá, aunque era un recuerdo distante y no podía asegurar que fuera justamente ese el aroma correcto. A mí me gustaba pensar que sí.

No sabía cómo lo hacía, me nacía, aunque algunas veces eran más difíciles. Como el de la semana pasada: entró un hombre un poco extraño, llegó por otro cliente. Me dijo que quería un perfume que le trajera a la memoria la época que había vivido junto al mar y al bosque.

Era un trabajo solitario la mayor parte del tiempo, pero de vez en cuando Clara aparecía para romper esa burbuja de aromas y silencios. A veces traía café, otras veces problemas, y esa tarde vino con ambos.

Llegó como solía hacerlo: entró y pasó a la parte de atrás sin más. Tenía esa sonrisa boba de felicidad que ponía después de ver a Pablo. Me fastidiaba.

-Hoy vine de visita, pero también a hacerte una propuesta de trabajo -empezó mientras ponía las tazas de café en la mesa.

-¿De trabajo?

-Sí, y es genial. Te va a encantar.

-A ver, ¿de qué se trata? -pregunté con curiosidad.

Clara y mis perfumes no encajaban en una ecuación laboral.

-Sabes que Pablo trabaja en la cadena de hoteles Romano -dijo su nombre y me puse tensa; es un reflejo que no controlo y que ella nota-. Antes de que digas nada, escúchame. Terminaron un hotel boutique en el centro, vi las fotografías y es hermoso. Lo inauguran el viernes y a Pablo se le ocurrió algo fuera de lo común: en vez de una gala, una experiencia sensorial.

-Ah.

-Sí, ya sé lo que estás pensando, pero esta vez en serio es buena idea. Van a incluir texturas, comida exótica, efectos visuales y, por supuesto, aromas. ¿Y a qué no sabes en quién pensó?

-Le regalo un lote de ambientadores de baño. Yo paso.

-Sabía que ibas a decir algo así. Sé que no te cae bien, pero ¿no puedes dejarlo pasar solo por esta vez? Él está entusiasmado y a ti no te vendrá mal ampliar tu clientela.

-¿No me cae bien? Te quedas corta con eso. Además, ¿por qué no vino él mismo si es un proyecto tan genial? No es profesional.

-Porque cree que lo vas a sacar a patadas.

-Y tiene razón. No me hace ninguna gracia facilitarle nada, mucho menos ayudarlo. Hay un montón de perfumistas que pueden darle lo mismo, o algo mejor.

La postura de Clara cambió. Se puso tensa y enderezó la espalda. Duró dos segundos, pero lo vi. Me chocaban esas reacciones que tenía, como si ese infeliz fuera lo mejor del mundo y ella lo defendiera sin palabras. Hasta el tono de su voz era otro.

-¿No puedes solo hacerlo como un favor para mí? Sabes que lo quiero, que es importante y me gusta verlo feliz.

-Si fuera recíproco no tendría problemas, pero no lo es.

Después de decir eso me di cuenta de que estaba dejando salir ese lado desagradable que tengo y ya me había jurado y perjurado que me guardaría mis opiniones sobre Pablito, para no lastimarla.

-Lo voy a pensar -terminé cediendo-. Hoy es lunes. La inauguración es el viernes, ¿no?

-Sí.

-Bueno, que me traiga la propuesta como corresponde. No voy a sacarlo a patadas.

-¿Segura?

-Sí.

-¡Gracias, amiga!

Un poco de satisfacción me daba verlo agachar la mirada cuando contestaba a sus comentarios. Y lo iba a hacer venir hasta Essenza solo para que entrara con esa misma actitud sumisa. Porque delante de mí no se atrevía a hacerse el chistoso.

Me dan pena esos medio hombres que solo saben imponerse rebajando a otros, especialmente a las mujeres. Cuando se cruzan con alguien que los iguala en su nivel de aspereza y los mira a los ojos esperando la refutación con la misma soberbia, se hacen un bollito.

El martes, el bollito hizo sonar el carrillón de la puerta cuando entró. Yo estaba detrás del mostrador terminando de acomodar unas cajas.

-Hola, Violeta.

-Hola, Pablo.

-Te traigo la propuesta del hotel boutique -dijo enseguida, mostrándome la carpeta.

-Pasa -señalé la puerta del estudio.

Se sentó y me pasó los papeles. Los leí tranquila; Clara tenía razón, era una buena idea. Estaba bien esquematizada, muy detallada. Sabían a la perfección lo que querían y eso me ahorraba la mitad del trabajo. Tampoco eran muchas fragancias: solo tenía que llevar la base y el corazón, y en el mismo lugar agregar las notas de salida de los aromas.

-¿Qué te pareció? -me preguntó con el tono de voz formal.

-Es bueno, me gusta.

-¡Ah, qué alivio! Este tipo de hotel es el primero que vamos a abrir. Queremos diferenciarnos desde el principio y, tal vez, sentar la base para algo nuevo. Tu trabajo no existe en ningún otro lugar, al menos no como tú lo haces. Eso nos suma exclusividad.

-Está bien, también me sirve.

-Enzo me dio autorización para conseguir los recursos que sean necesarios. Solo debes decirme qué precisas.

-¿Quién es Enzo?

-Enzo Romano, el presidente de la cadena. Él se involucra en cada proyecto, en cada hotel.

-Bueno, te haré una lista corta. Tengo la mayoría de los ingredientes.

-Gracias por sumarte.

-Lo hago por Clara.

Entendió y no dijo nada más. Se fue como vino.

Al rato, mi amiga me llamó para agradecerme como si hubiese aceptado donarle un riñón. Suspiré después de la llamada; cuando me hablaba así de feliz, la culpa me angustiaba. No sabía por qué me costaba tanto solo hacer de cuenta que no me importaba, por qué tenía que sentir tanto rechazo.

Ella lo quería y punto.

Junté los ingredientes: ylang-ylang, astillas de cedro, lavanda, haba tonka.

Un favor para Clara y Pablo, pero también una oportunidad para Essenza y para mí.

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Estaba ahí parada, con el cuerpo lleno de rabia y las manos temblándole, juntando sus cosas con torpeza. Me quedé callado y la observé de arriba abajo: cabello castaño, ojos marrones; la boca que terminaba en un arco de cupido pronunciado y la línea del cuello que se fundía con las clavículas. No era una belleza despampanante de tapa de revista, sin embargo, para mí era hermosa.

Seguro pensó que era un pervertido.

Me había olvidado por completo de que la experiencia la incluía con sus perfumes. Estuve tan ocupado con la remodelación, que dejé que mi amigo se ocupara del resto.

No sé qué me pasó al entrar a Nostalgia, pero giré automáticamente hacia el rincón de la discusión. Desde el hall no necesitaba escucharlas, la cara de Violeta lo decía todo.

Vi la expresión desesperada de Pablo y cómo se acercaba casi trotando, y lo seguí.

-Eres amiga de esa puta -escuché que le decía. Ella se giró con un trapo en la mano; estaba limpiando algo que se cayó sobre la mesa donde tenía sus perfumes.

La esposa de Pablo siempre era tan precisa para armar escándalos.

-No soy amiga de ninguna puta -contestó apretando los dientes.

¡Lo que me faltaba! En plena inauguración, una pelea de faldas.

-¿Te mandó a vigilar a mi marido?

-Estoy trabajando, no sea desubicada.

-Te conozco de sus redes sociales, tiene fotos contigo. Lo vive a Pablo, ¿y ahora también te da trabajo? No tienen vergüenza.

-Vergüenza es saber que te engaña y hacerte la desentendida.

Bueno, en eso tenía razón.

-¡Par de zorras!

Se puso roja como un tomate, seguramente le ardía la cara de rabia. Pablo llegó, y yo detrás.

-¿Qué mierda estás haciendo, Rosario? -le susurró al oído, tenso, enojado-. Baja la voz.

-Eres una basura. No te alcanza con revolcarte por ahí, tienes que traer a la amiga.

Ella estaba por largarse a llorar. Me dio un poco de lástima.

-Cállate. Vamos.

Pablo la agarró del brazo y la arrastró hacia una puerta detrás de la recepción.

No me moví. La miraba. Creo que la puse nerviosa, incómoda. La gente alrededor fingía no haber escuchado nada, pero los murmullos se esparcían como pólvora.

Le temblaban las manos mientras limpiaba el desastre del aceite. Eso era lo que emanaba: ese olor a neroli que se estaba volviendo insoportable. Me daba náuseas.

Pablo volvió solo después de un rato. Se acercó con esa sonrisa falsa que usaba con todos.

-Discúlpala, no está pasando por un buen momento -le susurró, inclinándose sobre la mesa.

-No me interesa por qué momento está pasando. Está chiflada, es tu problema, no el mío.

-Lo sé, lo sé. ¿Podemos... podemos no mencionarle esto a Clara?

Lo miró fijo. Lo hizo sentir patético, se le notaba en la cara.

-¿Sabes qué? Guárdate las disculpas. Me voy.

Empezó a recoger sus cosas.

-Dile al señor Romano que lo siento mucho; si quiere, le hago gratis un perfume para compensarlo.

Cuando escuché eso no sé qué me pasó. Con cualquier otra persona ni me hubiera molestado en hablar. No quería que se fuera, y menos así.

-El señor Romano soy yo -dije, sin sacarle los ojos de encima-. Y no tiene que disculparse por nada. Por favor, no se vaya. La situación fue... desafortunada, pero no fue su culpa. ¿Me permite invitarla a la cocina? Podría tomar algo, descansar un momento.

Abrió los ojos enormes cuando le dije mi nombre, pero no porque estuviera impresionada con mi apellido, sino porque le daba vergüenza la situación. Técnicamente estaba trabajando para mí y quería irse a medio terminar. Después noté algo más. Los hombres nos damos cuenta cuando una mujer nos mira de manera especial.

Dudó un momento, pero asintió. Total, peor no podía ponerse la noche.

-Por aquí -señalé una puerta lateral.

Pablo se había esfumado. La cocina estaba vacía y en silencio. El personal estaba ocupado con el catering en el salón. Se quedó parada mientras abría el refrigerador.

-¿Qué prefiere tomar? Hay vino, un licor de café bastante bueno, agua, gaseosa...

-Vino está bien.

Saqué una botella y busqué dos copas.

-¿Le molesta si la tuteo? Me resulta tedioso ser tan formal -serví el vino-. ¿Violeta, no? Pablo me comentó de sus perfumes.

-Ah, ¿sí? -su tono salió agresivo.

Se apoyó contra la mesada y me estudió por arriba del borde de su copa. Era insoportable cómo me ponía nervioso su mirada.

-Perdone, creo que empezamos mal. ¿Comenzamos de nuevo?

-Está bien. Y sí, puede tutearme -contestó, jugando con la copa sin probarla.

-Entonces tú también. Me llamo Enzo.

-Mucho gusto, Enzo.

-Pablo me dijo que haces perfumes personalizados.

-Sí, aunque hoy no fue mi mejor demostración.

-Al contrario. El aroma que se esparció... ¿Neroli, no? Fue lo mejor de la noche -mentí.

-¿Conoces de perfumería?

-No tanto como me gustaría -me aparté de la mesada y me acerqué más.

Me estaba haciendo el galán. Tanteando mis posibilidades. Tenía miedo de que escuchara mis articulaciones oxidadas rechinando. Porque una cosa eran las citas de una noche, donde no necesitaba más que una sonrisa y un par de halagos, y otra lo que me pasaba con ella.

Se me estaba parando, lo sentí contra el pantalón. Y ni siquiera hubo una sola palabra de insinuación, un gesto, nada. A lo mejor lo que me excitó fue su cara indignada o cómo pronunció la palabra «puta» con esa boca.

De pronto, dejó la copa en la mesada para frotarse los brazos tratando de entrar en calor; tenía frío. Y yo ahí parado prendiéndome fuego.

-Permíteme -dije mientras me desabrochaba el saco.

Me lo quité y se lo pasé por los hombros.

-Gracias... Tengo mucho frío.

-Qué raro. No hay ventanas, el aire acondicionado está apagado. ¿Comiste algo en toda la noche?

-Me robé unos canapés de una bandeja. Horribles.

-Puedo pedirle al chef que te prepare algo.

-No, no. No te molestes, estoy bien.

Todavía no sé si de verdad tenía frío o si quería verme de cerca, porque no apartó la mirada cuando le estaba poniendo el saco. Creo que me miró la entrepierna. Yo le miré el escote, disimuladamente. Se le escapaban un poco los senos, blancos, tentadores, suaves.

Me imaginé metiéndome uno en la boca y sentí el cosquilleo en la punta.

Era extraña y me hacía sentir extraño. Era atrevida, pero no de esa manera tan... tosca. Tenía chispa, optimismo y juventud. Sabía que me estaba metiendo en terreno borrascoso. No lo podía detener. Y tampoco quería.

Capítulo 3

El hotel era hermoso. Clara me mostró en redes las imágenes, pero no se comparaban con la estructura real.

La ciudad estaba llena de edificios así: una mezcla de arquitecturas, de texturas, de épocas. Si uno caminaba por el centro, por el corazón de la ciudad, prestando atención, se convertía en un laberinto temporal y espacial.

Pablo estaba en la puerta, recibiendo al personal. Llegué temprano, para acomodarme tranquila, para no correr como una loca cuando la gente ya estuviera adentro.

-Te muestro dónde te puedes acomodar -me dijo Pablo, haciendo un gesto hacia el interior de una sala.

-Está bien -respondí.

La habitación no era muy amplia, funcionaba como una sala de espera pegada a la recepción. Obviamente, modificaron parte del interior. Habían rescatado o conseguido algunos muebles de esa época y los fusionaron con esculturas minimalistas y cuadros modernos.

Pablo iba y venía, y cada tanto se paraba a preguntarme si necesitaba algo. Viéndolo así, en su ambiente, con confianza y seguridad, bien vestido y sonriendo con gracia, pude adivinar por qué Clara cayó redonda por él. Las apariencias engañaban.

-Sácale fotos y mándamelas -me había pedido más temprano en un mensaje de WhatsApp. Tenía una galería con fotos de él que funcionaba como revista porno.

En veinte minutos se llenó de gente. Mujeres con vestidos sofisticados, hombres de etiqueta: un desfile de billeteras. Cuando se acercaban a la mesa, me transformaba en dos cosas: en un mago y, de vuelta, en la vendedora de la casa de cosméticos. Movía las manos como si estuviera mostrando un truco antes de ejecutarlo y luego les pasaba el resultado para que lo olieran.

Se oyó bullicio desde el hall y me distraje. Por estirar el cuello para chusmear, volqué un recipiente con aceite esencial de neroli sobre la madera. Le iba a quedar la mancha. Me apuré para absorberlo con un trapo de algodón. Entre el aroma intenso del aceite derramado y mi preocupación por la mesa, casi no registré los tacones que se acercaban. Casi.

Cuando me dijo quién era, me quedé quieta, con un frasco en la mano. No sabía dónde meterme. Lo miré: pelo negro, canas en las sienes. Más de cuarenta. Su voz era profunda, me daba palpitaciones. Sus ojos oscuros me taladraban, como si pudiera ver más allá. Era atractivo. Demasiado. ¡Dios!

«Deja de mirarlo así, estúpida», me dije.

Cualquier mujer en mi lugar, cuando un hombre así se acercaba, se estaría prendiendo fuego por dentro, yo ya me estaba quemando. Fue la sensación más rara de toda mi vida: un hombre que recién conocía me provocaba ganas con solo la mirada.

En la cocina fue amable. Decirle que tenía frío me sirvió para confirmar lo que sospechaba. Se estaba poniendo duro y verlo ahí, tan cerca, logró que me mojara un poco. Él también me miró.

-Vas a pensar que estoy mal de la cabeza -dije, sonriendo, tratando de justificarme por el supuesto frío.

-Todos estamos un poco mal de la cabeza. Tal vez sea el edificio...

-¿El edificio?

-Me sucedió algo parecido cuando comenzaron a remodelarlo, a arreglarlo.

-¿Frío?

-Sí, se sintió medio raro, hasta angustioso.

-¿Está embrujado?

-¡No! Que no te escuchen que me quedo sin huéspedes.

-Tengo una amiga a la que le gustan las cosas espirituales, según ella hay lugares, casas, donde las «energías» se quedan y andan abriendo alacenas de madrugada.

-¿Clara?

-Sí, ¿la conoces?

-Trabaja en la empresa y...

-Sí, anda con Pablo. Esa misma, Clara.

-Te pido disculpas de nuevo por lo de Rosario. No me di cuenta -dijo metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Le daba vergüenza ajena.

-Pablo tendría que haberlo notado. Pero no le da el cerebro. Solo usa el de abajo... ¡Ay, perdón! Es tu amigo.

Lo tomé desprevenido con ese comentario y se le escapó una carcajada.

-La verdad no ofende. Lo quiero mucho, pero hay cosas en las que no estamos de acuerdo.

Tenía su saco sobre sus hombros, cruzaba las manos para cerrarlo sobre el pecho y le arrugaba las solapas. Hablar de Pablo y Clara nos sacó de eje, a mí me sacó de eje. Dudé. Quizá había interpretado equivocadamente la intención en su mirada o me engañé a mí misma creyéndome Angelina Jolie. Sin embargo, me seguía mirando con esos ojos...

-Gracias por el vino y por el abrigo, pero creo que es hora de volver -dije, poniéndome de pie y deslizando el saco.

Me sorprendió con lo que dijo:

-Quiero el perfume -se apuró a decir cuando le devolví la prenda. Me asombró y se me dibujó una sonrisita en la boca.

-¿En serio?

-Sí. Pero voy a pagarlo.

-Por supuesto que vas a pagarlo.

-¿Dónde queda tu tienda? ¿Cuándo puedo ir? -sonaba como un nene ansioso.

-En la mesa, afuera, dejé las tarjetas. Te doy una y puedes venir cuando quieras. Pero hazlo con algo de tiempo, el proceso lleva lo suyo.

Salimos de la cocina y todo se veía normal. Los invitados paseaban, conversaban con sus copas en la mano. Saludó a algunos mientras íbamos al rincón de los perfumes. La tarjeta que le di era la de siempre: papel texturado, letras doradas, filigranas y tenía fragancia.

-Essenza -leyó en voz alta.

-Ese es mi mundo.

Se guardó la tarjeta en el bolsillo interno del saco mientras Pablo, desde la otra punta, le hacía señas. Tocaba el show del anfitrión perfecto.

-Perdón, Violeta, pero tengo que circular.

-Sí, te entiendo. Un gusto conocerte.

-¿Ya te vas?

-No, ¿por qué?

-Me pareció.

-Si me voy ahora tendré que regalarte el perfume.

-Todo sea por el negocio -respondió, sonriendo.

-¡Por supuesto!

La noche por fin terminó, salí con mi bolso y una valija metálica en la mano a la puerta y ahí estaba con Pablo.

-Gracias por todo, Violeta -me saludó Pablo. Pero solo lo miré y se asustó. Fue gracioso ver al superhombre amedrentarse.

-¿Cómo te vas? ¿Te llevo? -preguntó Enzo, acercándose. Quería decir que sí.

-No, gracias. Ya pedí un coche por una aplicación, está a dos calles. Además, no me subo a autos de desconocidos.

-El chofer de la aplicación es un desconocido.

-Es diferente.

Pablo se escabulló adentro. Ese minuto que el coche tardó en llegar nos quedamos parados, uno al lado del otro en silencio. El aire estaba algo fresco, el bullicio típico de un sábado por la madrugada se oía distante. Me miró de reojo.

El coche paró. Me abrió la puerta y me acomodé en el asiento de atrás.

-Gracias por venir, Violeta.

-Gracias por invitarme.

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Eran casi las 6 de la tarde cuando terminé con todo. Después de una apertura, el trabajo se acumulaba en mi escritorio y me retenía en la oficina más de la cuenta.

Romina entró con otra carpeta debajo del brazo y la mandé a la casa. Ella era como yo: no se iba hasta que todo quedaba terminado. Tenía dos adolescentes y muchos problemas.

Yo comenzaba a tenerlos con Matteo también: con 10 años se comportaba y hablaba como un muchacho, no como un niño. A veces me desconcertaba su madurez y otras me dolía.

Solía observarlo mientras jugaba con esa bendita consola, sintiendo cómo se alejaba. Ya no compartía sus cosas, no preguntaba por las mías; él se informaba de todo por las redes sociales y pretendía que yo hiciera lo mismo: «Bruno subió las fotos de su cumpleaños a su cuenta, papá. Ahí está todo lo que hicimos». De pronto, me transformaba en un dinosaurio.

Me juré que si me detenía, me convertiría en la misma clase de padre que tuve. Así que insistía por muchos rechazos y plantadas que me hiciera.

Lo que me llevó al mundo mágico de Violeta esa tarde fue, justamente, otro de sus desplantes.

-Voy en camino, Matteo. Estoy en veinte minutos. Recién salgo de la oficina -ajustaba el manos libres mientras cambiaba de carril.

-Ah... papá, sobre eso... -Ahí venía.

-¿Qué pasó?

-No voy a poder. Me invitaron a jugar un partido y... ya estoy aquí.

-Habíamos quedado en esto desde la semana pasada. Es la tercera vez que me dejas pagando, hijo.

-Lo sé, pero salió de repente. No es la gran cosa. Podemos vernos otro día, ¿no?

-¿Otro día? ¿Cuándo?

-Te aviso. Mamá me puede llevar después del partido, así que no te preocupes.

Matteo cortó la llamada antes de que pudiera responderle. Usé el deportivo para nada. Trataba de ser un «papá genial» y manejaba ese auto solo porque a él le gustaba; se volvía loco, imaginaba que era un Fórmula 1.

Estaba en la autopista y tenía que cambiar de dirección para volver. Paré en la estación de servicio. Me bajé a comprar una bebida isotónica, necesitaba recuperar energía. Cuando pagué, encontré la tarjeta de Essenza. La había sacado del saco para no olvidarla.

Una semana. Jugué con ella entre los dedos mientras manejaba de regreso. Hasta soñé con Violeta, con esa boca, con esos senos ahí, en Nostalgia. Toda hermosa, toda caliente, toda mojada. Creo que hasta la escuché gemir.

Demasiado real, las emociones fueron demasiado reales. Uno de esos sueños de los que me despertaba con las sábanas manchadas.

La llamé, si me decía que no, intentaría de nuevo al día siguiente.

«Cliente especial», me hizo reír otra vez. Era el tono de voz con el que hablaba, no lo que decía. Quizá las dos cosas. Supe que habérmela dado de seductor no fue un fracaso rotundo. En cuanto bajé de la autopista, me vibró el cuerpo. Había olvidado lo que significaba sentirme magnetizado por una mujer.

Estacioné pasando la esquina donde estaba la tienda, solo un poco, para que los de tránsito no se me vinieran encima. Ni bien pisé la acera, tuve la impresión de que estaba por entrar a un cuento de hadas.

Violeta estaba detrás del cristal. Se me secó la boca. El carrillón sonó, la madera crujió debajo de mi zapato y esa sonrisa enorme y limpia me recibió del otro lado del mostrador.

-Enzo, bienvenido -ella se acercó y, de pronto, Essenza me tragó.

-Es increíble -ni siquiera la saludé.

-Gracias. Viniendo de un hombre como tú, es más que un halago.

-¿De un hombre como yo?

-Imagino que has visto muchas cosas y mejores.

-No como esto. ¿Cómo se te ocurrió? -En verdad, estaba sorprendido.

-No lo sé -respondió encogiéndose un poco de hombros-. Mi maestro me enseñó a la antigua y siempre me han gustado las cosas de otra época, lo vintage. Me enamoré del piso y el resto se armó solo.

Observé todo: las telas claras, los estantes y los objetos viejos esparcidos por ahí.

-¿Empezamos? -me preguntó.

-Sí. Perdón por venir a último momento.

-No te preocupes -cerró la puerta y volteó el cartelito-. Mi estudio está en el fondo -me dijo, señalando una puerta oscura.

El estudio era una subentrada a otro nivel de ese mundo. Casi medieval, si no fuera por la laptop y la pantalla de la cámara de seguridad. No sabía si estaba hecho a propósito: la fachada que atraía, el interior que sorprendía y esa pequeña habitación que hechizaba.

Señaló una silla junto a la mesa y me senté. La vi buscar un anotador, un bolígrafo, acomodar otra silla frente a mí, con la cara completamente iluminada. Me di cuenta de que no era solo una profesión para Violeta, era ella misma.

-Bien -abrió su anotador-, ¿qué buscas con este perfume?

-¿Cómo que busco?

-La mayoría viene con un aroma específico en mente, casi siempre un recuerdo que quieren revivir...

-¿Replicas recuerdos?

-Lo intento. Las fragancias que hago son personalizadas, eso quiere decir que no hay dos iguales. Así que, de acuerdo a lo que necesites revivir, te haré preguntas. ¿Está bien?

-Sí, claro -un recuerdo embotellado. ¿Pero de qué?

-Entonces, ¿qué perfume quieres?

-Mi fragancia, mi propia fragancia.

Más egocéntrico no podía sonar.

-¿Quieres «tu» perfume?

-Así es.

Violeta me devolvió una sonrisa entre divertida y cómplice.

-¿Qué? -pregunté, nervioso.

-Nada, no es la primera vez que tengo un cliente que... quiere saber a qué huele. Podemos hacerlo. Podemos hacer el aroma Romano -respondió, confiada.

Nunca se me había cruzado que pedirle una fragancia fuera un proceso tan complicado. En realidad, era una excusa para volver a verla y hablar con ella.

-Dime, ¿prefieres fragancias frescas, dulces, amaderadas o especiadas?

-No lo sé -mentí, siempre tuve inclinación por las amaderadas con alguna nota oriental. No era la primera vez que me hacían un perfume. Tenía curiosidad por su trabajo, por Violeta.

La vi ponerse de pie y buscar varias cosas por todo el estudio. Era como una bruja blanca eligiendo los ingredientes para su pócima. Aunque ya me había embrujado esa noche cuando me miró con los ojos enormes.

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