Capítulo 2

SEIS AÑOS DESPUÉS

Estefanía odiaba los domingos. A pesar de verse sometida a penosas labores durante la semana, no soportaba permanecer el día entero encerrada en aquella oscura mazmorra, levemente iluminada por una antorcha ubicada al final del pasillo. Habían pasado tres meses desde su traslado a aquella sección del campamento de esclavas, y sin embargo, no lograba acostumbrarse a soportar aquel grillete sujeto a su tobillo izquierdo, fundido este a una cadena de no más de tres metros, la cual parecía haber sido sembrada en el interior de a la gruesa pared de roca sólida. No era su primera temporada con esa clase de restricciones, pero esta vez el encargado de acomodar el fastidioso objeto metálico se había ensañado con ella, dejándolo un poco más apretado, si se comparaba con otras ocasiones. No había valido de nada su protesta, siendo una bofetada en su bello rostro la única respuesta recibida. Tampoco se acostumbraba al piso de tierra y paja, el cual hacía las veces de colchón en sus oscuras e interminables noches. En años anteriores no había disfrutado de un tipo de acomodación diferente, pero al menos las mazmorras de las niñas por debajo de los dieciocho años tenían algo más de paja, lo cual las convertía en lugares un poco más confortables. Recordaba su primer día en aquel horrible campamento, seis años atrás, cuando fue obligada a pelearse con su hermana, escasos minutos después de haber llegado: <<Aunque aquí nadie guste de las mujeres, reconocemos la belleza cuando la vemos y creo que tenemos aquí a dos preciosas gemelitas>>, les había dicho un hombre blanco, de contextura gruesa, cabellos cortos y negros, quien se presentaría como Parcer, capataz del campamento, y quien cargaba un látigo a uno de sus costados. <<Aquí las mujeres llegan a trabajar y la que no trabaje se puede atener a las consecuencias…>> Ella había mirado a su alrededor, sus ojos cansados de tanto llorar, llamándole la atención los grupos de mujeres jóvenes semidesnudas ocupadas en toda clase de labores. Así mismo, se fijó en las altas murallas rodeando gran parte del lugar, en las edificaciones de piedra de un solo piso, en un sinnúmero de postes de los que colgaban cadenas, y en algunas tenebrosas cruces y cepos de castigo. <<Pero como verán, aquí no permitimos esos lindos vestidos, así que su primer deber como esclavas del Imperio Doriano será deshacerse de ellos pero de una manera… diferente y divertida>>. No pasaron más de cinco minutos antes de ver sus pies desnudos sumergidos en una piscina de lodo, su hermana gemela parada a escasos centímetros de distancia. <<Van a pelear hasta quitarle la ropa a su contrincante. La que primero lo haga podrá comer y beber antes de ser encerrada y encadenada en su mazmorra, la que pierda no recibirá nada y pasará la noche trabajando… y créanme si les digo que no será un trabajo fácil>>, había dicho el hombre antes de verse a sí misa y a Valentina rodando y luchando entre el lodo, haciendo uso de toda su fuerza para librar a la niña convertida en su contrincante, de aquel traje invadido por la suciedad y el barro. Jamás creyó ser capaz de tratarla de aquella manera; siempre la había visto como un reflejo de su propio ser, hacia quien no podría sentir más que amor y comprensión. Pero a sus escasos doce años ya había escuchado hablar sobre la crueldad de los dorianos, ampliamente temida y conocida por todos los habitantes de los estados vecinos, siendo lo último entre sus deseos el llegar a ser objeto de sus crueles castigos. Pero la fuerza y la habilidad de Valentina fueron superiores a los suyos y escasos minutos después se vio a sí misma vistiendo únicamente sus pequeños calzones, su vestido hecho trizas tirado a un lado de la pileta, su cuerpo, su cara y su cabello totalmente cubiertos de lodo, su hermana llevando encima lo poco que quedaba de su, hasta hace poco, bello vestido, pero con la suerte de haber sido la ganadora. Entre las risas, las burlas y los comentarios de algunos de sus captores, fueron obligadas a bañarse con cubos de agua helada y a vestir un raído pedazo de tela de tono marrón lo suficientemente reducido para hacer las funciones de un pequeño calzón, el cual sería su única prenda de vestir por los siguientes años. Recordó haber recibido, entre llantos, las disculpas de su hermana antes de ver como dos hombres la agarraban por los brazos y desaparecían detrás de una puerta ubicada a poco menos de cincuenta metros. En seguida, el hombre del látigo la tomó por el brazo y la llevó con paso acelerado hasta un poso de agua situada en medio de una pequeña plazoleta rodeada de establos. Tomó una cadena del suelo de tierra apisonada, se la sujetó al tobillo para después asegurarla en una argolla enclavada en la pared del pozo antes de decirle: <<Vas a sacar agua por lo poco que queda de la tarde y durante toda la noche, ahí tienes esas cubetas para que las llenes –dijo mientras señalaba más de veinte cubetas dispuestas alrededor del pozo–, y cuando estén llenas le avisas al que esté de guardia y él te dirá que hacer, y te recomiendo no detenerte si no quieres ser castigada>>. A pesar del llanto y las súplicas, el hombre la había mirado con desdén para después dejarla abandonada a su labor. Agotada por los dos días de camino, habiendo recibido muy poco alimento y con escasas horas de sueño, el peso ejercido por la cubeta, sobre el lazo que bajaba al fondo del pozo, fue demasiado para sus brazos, siendo pocas las cubetas llenas para el momento en el cual cayó desmayada. Recordó haber despertado en un sitio similar al que ahora se encontraba, igualmente encadenada a la pared y con un pedazo de pan duro y un pequeño jarro de agua a su lado. Había sido el comienzo de seis duros años, sobreviviendo a toda clase de injusticias y vejámenes.

Mirando ahora, a sus dieciocho años, los alrededores de su oscura mazmorra, recordó una vez más la conclusión a la que había llegado años atrás, cuando agradeció la benevolencia del caluroso clima, el cual la había salvado de morir de frio. El estricto reglamento solo permitía el uso del raído calzón, siendo muy pocas las partes de su cuerpo cubiertas por este. No importaba a sus captores el verla crecida y desarrollada, siendo la única razón valiosa para ellos el tener suficiente piel expuesta para ser castigada por el látigo, aquel instrumento de represión bien conocido por ella y por todas sus compañeras.

Capítulo 3

3

Valentina no sabía lo que era llevar zapatos desde aquella tarde, seis años atrás, en que fue raptada, así como tampoco sabía lo que era vestir algo más, aparte de aquel calzón marrón, desde su llegada al campamento de esclavas, dos días después. Pero sabía muy bien lo que era llevar grilletes en sus tobillos y sus muñecas, los cuales solo habían sido cambiados por unos de mayor tamaño con el paso del tiempo y el crecimiento de su cuerpo. En aquella soleada tarde, cumplía tres semanas de haber sido asignada al grupo encargado de la construcción de la nueva muralla del horrible campamento. Desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde tenía la obligación de aplicar todas sus fuerzas para romper las rocas mediante el uso de una pesada pica. Solo contaba con media hora de descanso al medio día, el cual era utilizado para almorzar e ir al baño, siempre bajo la supervisión de Parcer o de alguno de sus subordinados. El cambio de labores, el cual se realizaba una vez al mes, era una de las pocas cosas de las cuales podía sentirse agradecida; antes había estado trabajando con la cuadrilla de corte de árboles, y solo en una ocasión, apenas cumplió los dieciocho años, trabajó en las minas de carbón, trabajo considerado como castigo, en donde solo se mandaba a las mayores de edad más rebeldes o a las muchachas dignas de recibir un escarmiento debido a su mal comportamiento. Valentina no era rebelde, tampoco cometía faltas, pero su inigualable belleza producía sentimientos de odio en uno de los capataces menores, quien nunca dudaba en pasar su látigo por la espalda de la primorosa muchacha, y quien se valía de cualquier disculpa para castigarla. Afortunadamente, en los años anteriores, no había estado bajo el control de aquel abominable ser; su nombre era Pascual, podría tener alrededor de treinta años, de tez trigueña y figura esbelta, de expresiones en su rostro sacadas de una novela de terror. Las niñas, hasta los diecisiete años, eran controladas por otro grupo de capataces, quienes se encargaban de asignarles trabajos mucho menos pesados, como cultivar las granjas, encargarse del aseo, o de preparar las comidas. Así mismo, aunque también eran obligadas a llevar grilletes, los castigos eran mucho más suaves; estaba prohibido usar el látigo sobre ellas y sus mazmorras eran algo más cómodas. Pero el día en el cual dejaban atrás los diecisiete, todo cambiaba radicalmente. Eran trasladadas a la zona de las mayores de edad, se les asignaban trabajos mucho más pesados, el chasquido del látigo se empezaba a escuchar a la menor falta o desatención, y los castigos podían ir desde una docena de azotes hasta pasar un par de horas colgadas de una cruz, este último el más temido por todas. Para Valentina, las minas de carbón significaron el despertar de aquel deseo de escapar, el cual había muerto pocos meses después de su llegada, cuando se dio cuenta de la imposibilidad, para una niña de doce años, de realizar una acción de semejante magnitud. Pero aquel día, escasos tres meses atrás, cuando sintió por primera vez la fuerza del látigo de Parcer sobre su espalda, el dolor, viajando desde la punta del cabello hasta los dedos de sus pies, le volvió a traer aquella idea por mucho tiempo olvidada. Supo de su incapacidad para soportar aquella forma de vida y de la necesidad de hacer algo al respecto. Moriría en aquel sitio si no lograba huir. Estar ahí no podría compararse con la condena de una prisionera, quien podría pensar en su libertad después de cumplir su tiempo de encierro; ella estaba allí de por vida, hasta la muerte, sin derecho a protestar o a pensar en algo ligeramente diferente para su vida. Estaba enterada de la desaparición de las mujeres mayores al cumplir cincuenta y cinco años, pero no sabía exactamente a dónde las llevaban. Los rumores hablaban de un lugar de retiro en donde no se trabajaba, mientras otros mencionaban una muerte rápida y sin dolor, aunque también se hablaba de la utilización de métodos crueles y lentos para poner fin a sus vidas. Pero ella estaba segura de no querer esperar treinta y siete años para averiguar la verdad; preferiría morir mucho antes y no darles el gusto a aquellos hombres, los cuales se amaban entre ellos y parecían no tener necesidad alguna por las mujeres, de seguir abusando de ella a través de los trabajos forzados y los crueles e injustos castigos. Pero para escapar tendría que contactar a su hermana. Después de haberla vencido en aquella pelea en el barro, seis años atrás, nunca más la había vuelto a ver. Al principio estuvo convencida de su muerte, pensando en esta como el castigo recibido por haber perdido aquel combate, pero seis meses después, fue uno de los capataces menores, y a quien nunca antes había visto, el encargado de decirle la verdad: <<Valentina, hay una niña exacta a ti al otro lado del campamento, trabajando en la limpieza y en la cocina de la casa de Parcer>>. La esperanza había vuelto a acompañarla, su hermana vivía, era la mejor noticia recibida desde su llegada a aquel sitio. Pero la alegría había sido pasajera, o se había desvanecido con el paso de los días; no volvió a saber de ella durante mucho tiempo, y no estaba segura de aun contar con ella entre los habitantes de este mundo. Sin embargo, pocos días después de cumplir los quince años volvió a escuchar sobre ella; fue el mismo capataz menor, llamado Vartar, quien la informó acerca del destino de su bella hermana: <<Es tan buena para cocinar, que la están rotando en las casas de todos los capataces mayores, lo malo es que es muy rebelde, y la han tenido que castigar más que a cualquiera>>. El atractivo y joven capataz, de no más de veintidós años, fue detallado en la descripción de los castigos a los cuales se había hecho merecedora Estefanía: <<La han hecho pasar la noche entera sentada con los tobillos en el cepo o limpiando las caballerizas, o empujando la rueda del aljibe… Si tuviera dieciocho ya habría pasado varias horas colgada de la cruz>>. Valentina era consciente de las dificultades a las cuales se vería expuesta su querida hermana de seguir así. Siempre había sido rebelde, el tipo de niña dispuesta a no perder una discusión ni a aceptar las órdenes de sus padres cuando las percibía como pedidos ilógicos o injustos. Había nacido para mandar y no para recibir órdenes, para hablar pero no escuchar, para vivir convencida de ser poseedora de la razón. Eran evidentes los castigos, pensó Valentina por esos días, infligidos sobre ella en caso de no llegar a cambiar su forma de ser, algo difícil de pasar en una persona con aquel grado de rebeldía. Pero el paso del tiempo había vuelto a poner la incertidumbre en amplios espacios en su mente. Algunos meses atrás, cuando las gemelas estaban ad portas de cumplir los dieciocho, según palabras de Vartar, Estefanía había sido trasladada, por tiempo indefinido, a las extensas caballerizas, con la misión de mantenerlas impecables. El joven capataz, al no tener acceso a esa parte del campamento, no tenía información fresca acerca de su suerte. <<Solo te puedo decir que es de los peores trabajos… Son más de cincuenta caballos en esa área, y ella está obligada a limpiar todas las porquerías que hacen>>, dijo Vartar durante su última conversación. Si está en ese asqueroso trabajo a los diecisiete, va a pasar su tiempo entre las minas de carbón, la cruz y el poste de flagelación apenas cumplamos los dieciocho– eran la clase de pensamientos anidados en la cabeza de Valentina por aquellos días. Y con la llegada de aquella fecha, detestada por todas las niñas menores de edad en aquel sitio, los presentimientos de Valentina empezaron a hacerse realidad.

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