Toco el bajo con una banda de Jazz. Me encanta, disfruto la música como si fuera una segunda piel. Siempre en algún club. Llegamos, armamos todo y las notas comienzan a salir. Improvisamos, tocamos clásicos, nos vamos con algunos billetes en el bolsillo.
El bajo es lo mío. Soy la base de todo, la que mantiene el ritmo mientras los otros vuelan. Me gusta sentir las cuerdas bajo los dedos, esa vibración profunda. A veces hago walking bass, a veces solo marco. Pero siempre estoy ahí, sosteniendo. Cuando encuentro el groove correcto, cuando todo encaja, es perfecto. La música fluye y yo soy parte de ella.
Llevo cinco años con esta banda, pero sigo sintiendo nervios antes de subir al escenario. Camino hasta el micrófono sin apuro, saludo al público con una sonrisa. La mayoría de las noches alguien me pide "Autumn Leaves", no falla nunca. Al principio me molestaba, ahora hasta me divierte tocarla diferente cada vez. Ya se me hizo costumbre llevar siempre una púa extra —o dos— porque las pierdo cuando más las necesito.
Ensayamos en el sótano de Pedro, nuestro baterista. Es un lugar pequeño pero acogedor. Las paredes están forradas con cartones de huevos para el sonido, y hay carteles de Blue Note por todos lados. Me gusta llegar temprano, afinar tranquila antes de que lleguen los otros. El amplificador viejo ronronea cuando lo prendo, como un gato contento. Siempre nos quedamos una hora extra después del ensayo, tomando cerveza y hablando de música hasta que la mujer de Pedro nos echa.
Mi abuelo me regaló la correa cuando empecé a tocar en estos clubes. Está vieja, el cuero ajado, pero no la quiero cambiar. A veces siento que es lo único que me queda de él.
Él fue quien me enseñó, quien se sentó conmigo muchas tardes, con paciencia y dedicación. Era un músico profesional, bohemio, vivía la vida de otra manera. Lo extraño mucho.
Mi abuelo murió hace tres años, pero cada vez que toco siento que está ahí. A veces, en medio de un solo, escucho su voz diciéndome "menos es más, nieta". Era obsesivo con el ritmo, me hacía tocar escalas hasta que me dolían los dedos. Pero gracias a eso hoy puedo tocar con los ojos cerrados.
La banda es mi segunda familia ahora. Pedro, Marco el pianista, y Javi el saxo. Nos conocemos las mañas, sabemos cuándo alguien está nervioso o cuándo va a improvisar algo loco. Hay una confianza que se construye solo tocando juntos, noche tras noche. Cuando uno de nosotros brilla, todos brillamos.
A donde no brillo últimamente es en mi relación. Nos fuimos a vivir juntos demasiado pronto, tal vez. Comenzamos con esa sensación en la que todo pasa rápido porque no puedes esperar. Tres años, el mes pasado me pidió matrimonio y le dije que sí. Pero una boda está lejos de nuestro alcance. No vivimos mal, pero tampoco está la situación para gastar tanto.
—Nos casamos cuando la situación mejore —decía cada vez que sentía que yo lo cuestionaba con la mirada.
—Lo sé, Matías. No tengo apuro —suelo responderle.
—Sé que es lo que tenemos que hacer, pero nunca logro acomodarme con el dinero.
Algunas noches, cuando tocaba, Matías aparecía. Se sentaba en una de las mesas con algún trago y hacía de todo menos escucharnos. Revisaba el teléfono, miraba a otras mesas, pedía otra cerveza. Al principio pensé que era nervios, que no sabía cómo comportarse en un lugar así. Pero después me di cuenta de que simplemente no le interesaba. La música no le decía nada.
Eso me dolía. No necesitaba que fuera músico, pero sí que entendiera por qué esto era importante para mí. Una noche se fue antes de que termináramos el set. Ni siquiera se despidió. Ahora cuando toco, escaneo el público buscándolo. A veces está, a veces no. Cuando no está, toco mejor. Cuando está, me distraigo pensando en lo que está pensando él. Es agotador.
Mi papá tampoco lo entendía.
Siempre fue así con él. Cuando era chica y practicaba escalas en mi cuarto, golpeaba la pared y me gritaba que bajara el volumen. "Eso no es música", decía. Una noche llegué de un ensayo y encontré mi amplificador en la vereda. Ahí entendí que para él yo tenía que elegir: su casa o mi música.
Elegí la música y me quedé sin techo. Los primeros meses dormí en el sótano de Pedro, entre baterías y cables. Comía fideos y tocaba hasta que se me dormían los dedos. Fue duro, pero por primera vez en mi vida nadie me decía que bajara el volumen. Pedro me ayudó a conseguir un apartamentito después.
Después llegó Matías. Y me revolucionó todo. Nos conocimos en uno de esos clubes donde yo tocaba y él iba a tomar. Flechazo. A mis amigas les decía que fue amor a primera vista.
—¿Te gusta, puta? ¿Te gusta cómo te la meto, Sabrina? —me preguntaba siempre mientras gruñía y me penetraba hasta el fondo.
Parecía un libreto o una fantasía que nunca me contaba.
Y yo le decía que sí, gimiendo. Aunque la verdad era que el sexo estaba lejos de ser lo que me gustaba, como que me gustaba. Pero bueno, compensaba esa idea suya de super macho con otras cosas. Igual me hacía acabar.
—Grita más fuerte —me pedía. Y yo gritaba.
No era que buscara cursilerías. No soy de esas que necesitan velas y música suave. Pero había algo en esa rutina suya, en esa actuación de macho dominante, que me sonaba falsa. Como si estuviera representando un papel que había visto en algún porno.
Me cogía como si quisiera impresionar a alguien que no estaba ahí.
Y a mí me funcionaba físicamente - eso no era mentira. Me hacía acabar, me dejaba satisfecha en ese sentido. Pero me quedaba con la sensación de que para él yo era intercambiable. Que cualquier cuerpo hubiera servido igual, siempre que gritara cuando se lo pidiera.
Lo que me molestaba no era la falta de romanticismo. Era esa sensación de que estaba cogiendo con una fantasía suya, no conmigo.
—¿Te gusta cómo hacemos el amor? —esa era otra de sus preguntas prefabricadas.
Y yo siempre le contestaba que sí. Porque técnicamente no era mentira. Pero cada vez que me lo preguntaba, me daba cuenta de que él necesitaba esa confirmación constante. Como si estuviera evaluando su performance.
Una noche, después de una de esas sesiones, me quedé despierta mirando el techo. Matías roncaba a mi lado, satisfecho. Y yo pensé: "¿Cuándo fue la última vez que hicimos el amor sin que él dirigiera todo como si fuera una película?"
Encima, una película mala. Me terminé de convencer a mi misma de que estaba bien, que todo no se puede tener en la vida. Era trabajador, era considerando, tenía muchos aspectos de mierda, pero al menos estaba ahí. Y yo no era ninguna “santa perfecta”, también tenía ese lado de porquería que no todos sabían llevar.
Hay mujeres que sueñan con un príncipe azul, todo respingado y caballeroso. Como de esos muñecos de pastel de boda. Yo soñaba con otra cosa. Cuando se lo contaba a Andrea ella se reía: “Quiero uno que me de una nalgada y me diga: Tráeme un wisky, perra”.
Matías estaba lejos de ser eso. Pero de todas maneras me partió al medio. Igual, me quebré cuando ese tipo apareció en la puerta.
Hablar con esa mujer me partió la cabeza. Recién cuando llegué a mi casa me di cuenta de lo que había hecho: comportarme como un infeliz y arrastrar a alguien conmigo.
Lo busqué, averigüé quién era. Nada difícil con toda la gente que conocía. Me dijeron que tenía una hermana, dónde vivía, de qué trabajaba. A ella nunca la mencionaron y yo ni siquiera me acordaba de su nombre. Ni la escuché.
Matías Mendoza, 29 años, soltero, técnico electricista. Trabajaba en obras grandes, con contratistas. Sin padres, una hermana de 25. Pensé que era ella, no sé por qué. Nunca se me ocurrió pensar si estaba casado o tenía pareja. Fui un hijo de puta.
Me miraba parada en la puerta, en pijama, como si yo fuera un loco. Y a lo mejor en ese momento estaba loco.
—¿Acá vive Matías Mendoza? —le pregunté mientras se fregaba los ojos, queriendo sacarse el sueño.
—¿Usted quién es?
—Marcos Romero. Me gustaría hablar con él.
—Matías está trabajando —me dijo—. Vuelve más tarde. ¿Para qué lo necesita?
—Tengo que hablar con él de un problema. ¿Usted es?
—Sabrina.
—Ah, la hermana.
¿La hermana? No puedo creer lo ciego que fui. Lo trastornado que estaba para ni siquiera darme cuenta.
—¿De qué problema quiere hablar con él?
Tendría que haberme cerrado la puerta en la cara.
—Mire… —dudé—. ¿Puedo pasar? No quiero hablarlo en el pasillo.
Y me dejó pasar. A un desconocido que solo debe haberle dado buena impresión porque estaba bien vestido y porque parecía que se me había muerto alguien.
Miré todo con las manos en los bolsillos. La miré a ella: pelo enmarañado, cara de dormida, toda la confusión del mundo en esos ojos verdes. Bonita, sencilla, todo lo que Vera no era.
Algo me dejo quieto, solo observándola. De a poco comenzaba a ponerse nerviosa, a moverse de un pie al otro, a agarrarse el borde del pijama con las manos. En cualquier momento llamaba a la policía.
—Entonces, ¿qué pasa con Matías? —me preguntó después de cerrar la puerta.
—Su hermano duerme con mi esposa —lo solté, así, sin rodeos.
—¿Perdón?
—Su hermano es el amante de mi mujer.
Se quedó helada. Petrificada.
—No entiendo —sacudió la cabeza.
—Su hermano se acuesta con mi mujer.
Que estúpido, se lo repetí otra vez, despacio, como si ella fuera tonta.
—Mire, creo que...
—Vera. Se llama Vera —la corté.
—No conozco a ninguna Vera, jamás escuché su nombre.
Era confuso, irreal, como si estuviera queriendo decir algo y hubiera mucho ruido de fondo que me distraía.
—Los martes y los viernes, son los días que se ven —seguí—. En el mismo hotel, a la misma hora.
—Me parece que se equivocó de persona —sí, después yo también deseé haberme equivocado de persona—. Debería…
—Mire —la interrumpí, mostrándome el teléfono—. ¿Es él, no?
Agarró el aparato y miró. Y sí, era él. Parado en una recepción con una mujer rubia, igual de elegante, la mía. Por la manera en que se iba abriendo los ojos de la sorpresa, supe que no estaba equivocado.
Igual, estaba esperando que me lo confirmara. Pasé el dedo por la pantalla y le mostré más fotos, se quedó un rato largo observando esa en la que Matías la agarraba del trasero.
—Sí, es Matías… ¿Cuánto hace que pasa esto?
—No lo sé.
—¿Y para qué lo vino a buscar?
—Tampoco sé. Para verlo de cerca, para hablar con él. Para que su hermano me explique qué hago con 15 años de matrimonio.
Se sentó en un sillón, se cayó sobre él. Me miró a la cara y se puso a llorar, así nomás.
—No es mi hermano —me dijo.
—¿Cómo que no es su hermano?
—No —lloró más fuerte—. Es mi prometido, es mi novio. Hace 3 años que estamos juntos.
—Mierda.
Me quedé inmóvil. Le temblaban las manos mientras se sacaba la cara. Pobre mujer. Debía tener la misma edad que él. Se le notaba lo joven que era y yo había golpeado a su puerta para romperle las ilusiones. Tenía un anillo sencillo en el dedo, una alianza de plata quizá, nada costoso.
—Mejor me voy —le dije, no sabía dónde meterme.
—¿Ahora se va a ir después de que me cagó la existencia?
—Mire, yo no sabía…
—¡Yo tampoco sabía! — gritó—. Viene a mi casa a decirme que mi pareja se acuesta con la suya como si nada.
—¿Le parece que para mí es fácil? —levanté la voz—. Hoy cumplimos quince años de casados y la muy puta me va a esperar con lencería de encaje, como hace todos los años.
Qué patético, quejándome de una infidelidad como si fuera una nena a la que le habían sacado la muñeca. Era esa mierda que me presionaba el pecho, esa voz en mi cabeza que me gritaba que era un imbécil.
—Si le va a romper la cara, llega como en una hora —se puso de pie con las mejillas rojas.
—No le voy a romper la cara.
—¿Y entonces? ¿Vino para conocerlo, para sentarse a hablar de cómo se acuestan con la misma mujer? —me preguntó con toda la bronca del mundo. Ya que estaba y le había ido con la "noticia", que me comiera la mierda.
—Le dije que no sé…
—¿Qué no sabe? ¿No vio las fotos? ¿No acaba de decirme los días que se ven y dónde?
Me puse peor, por qué tenía razón. Por qué lo lógico hubiera sido molerlo a golpes y sin embargo, ni eso quería.
—No me puedo dar el lujo de darle una paliza a una porquería y terminar preso porque mi mujer resultó ser una puta —la voz me salió espesa, con rabia.
Esa cara me revolvió el estómago. Estiré la mano y le di mi pañuelo. Éramos dos estúpidos, dos cornudos, mirándonos las caras. Había perdido el control por algo que ni siquiera sabía si todavía me importaba.
Yo en traje, ella en pijama y en dos minutos perdimos todo.