Portada de la novela El susurro de tu voz

El susurro de tu voz

8.2 / 10.0
Unidos por el amargo sabor de la traición, Marcos y Sabrina se refugian en una pasión prohibida que desafía sus realidades. Él, un hombre de carácter firme, y ella, una talentosa bajista, transforman su dolor compartido en una atracción arrolladora. A medida que sus encuentros ganan intensidad, la culpa inicial se desvanece ante una conexión profunda y sincera. En este romance moderno, ambos deberán decidir si su vínculo es un simple consuelo o un destino inevitable.

El susurro de tu voz Capítulo 1

Todavía me acuerdo de la primera vez que vi a Vera. Estaba con un grupo de amigas al otro lado del salón. Hermosa, sensual, con un magnetismo que me partió la cabeza.

Me acerqué porque los muchachos insistieron, me empujaron delante de ella. Mañana cumplimos quince años de casados. Después de mi carrera, fue la mejor decisión que tomé.

No tuvimos hijos. Siempre había otra cosa primero: la casa nueva, el coche, los viajes. A Vera le fascina viajar. Queríamos ser de esas parejas que llenan la vida con trabajo, fiestas y sexo. Hablábamos poco, cogíamos mucho. Y funcionó.

Sigue estando igual de jodidamente hermosa. Erótica. Tiene ese veneno que me desarma. Se me para cuando la veo salir del baño envuelta en una toalla, el pelo chorreando sobre los hombros, cuando camina en ropa interior eligiendo qué ponerse. Ya no somos pendejos, estamos por los cuarenta, pero verla todavía me enciende igual.

Aunque lo noto: el deseo ya no es el mismo para ella. No cogemos como antes. No con la misma frecuencia ni con las mismas ganas. Se acabaron esas noches frente al televisor en las que se arrodillaba entre mis piernas y me la mamaba hasta dejarme sin aire. Ahora tenemos más trabajo que sexo.

Esta mañana casi no crucé palabra con ella. Apenas un saludo rápido antes de que saliera para el consultorio odontológico. Yo tenía reunión con el senador para planear la campaña. Agendas, encuestas, discursos. Ese es mi mundo: asesorar políticos, diseñar estrategias, hablar con la prensa. Y, cuando toca, tapar la mierda que no debe salir a la luz.

Trabajo con tipos que se pasan la vida hablando de valores, de familia, de moral. Y yo soy el que les arma el discurso mientras ellos se meten en la cama de cualquiera que les sonría.

Martínez, por ejemplo. Diputado, católico ferviente en público. Hace un mes me llamó a medianoche, desesperado porque lo habían fotografiado entrando a un hotel con una pendeja que podría ser su hija. Me pidió que lo salvara. Y lo hice. Le borré el problema con un par de llamadas.

O César, el jefe de campaña del senador. Otro dinosaurio de la política que cree que todo se resuelve con una sonrisa y un sobre de billetes. En un almuerzo me contó, con lujo de detalles, cómo se coge a la asistente del partido en el baño del comité. Me miraba como si esperara que lo aplaudiera.

Pero no lo aplaudí, me importan una mierda las ínfulas de macho reproductor. No necesito esconder amantes, ni buscarme un culo nuevo cada semana. Me basta con Vera, aunque a veces sienta que se aleja.

Debe ser eso de que el tiempo desgasta todo. De que ya no hay nada nuevo por descubrir. Cuando se asientan las cosas, se empiezan a pudrir. Y ya no sabes si sigue siendo amor o costumbre.

Igual me dolió. Igual me enfureció, igual me sentí un idiota. Me las mostró Lucas, el eterno seductor. Ese también se la pasaba de cama en cama, de mujer en mujer. Mi "amigo" de la infancia, de esos que ves una vez cada cinco años en una reunión, pero te siguen abrazando como si comieras con ellos todos los viernes.

Las fotografías enviadas en un mensaje de WhatsApp:

«Hermano, ¿esa es tu mujer?» Hijo de puta, como si no lo supiera. Eran de ella, en la recepción de un hotel, con un tipo. Uno más joven. Se reía en una, en la otra él le decía algo en el oído y en la última le tocaba el culo.

«Vine con mi novia. Esa es Vera. Le tiré unos billetes al recepcionista y me dijo que vienen todos los martes y viernes.»

Estaba en medio de una reunión mirando cómo mi mujer, cómo mi esposa, se metía en un hotel con otro hombre. Y ahí entendí todo: por qué no cogíamos como antes, por qué los martes salía antes del consultorio: para ir a yoga, según ella. Y los viernes le quedaban cómodos porque eran los días sagrados del senador para armar las estrategias de la semana.

—Marcos, ¿tenemos que agregar algo más? —me preguntó César y me sacó de vuelta a la realidad.

—No, ya está.

—¿Todo bien?

—Sí, todo bien. Tengo otra reunión en veinte minutos, ¿ya terminamos?

Quería irme a la mierda. Meterme en alguna oficina, romper algo, sacarme la humillación del cuerpo. En vez de eso, me quedé sentado acordándome de la primera vez que cogimos.

Teníamos 25 años, miles de planes y ganas. Ella me contaba que estaba a punto de egresar de la facultad de odontología y yo no podía dejar de mirarla. Tomando un café en una esquina cualquiera del centro.

—No me escuchas, Marcos —me dijo sonriendo, porque sabía lo que a mí me pasaba por dentro.

—Sí te escucho —respondí—. Pero lo hago y te imagino desnuda.

Lo confesé sin pensarlo, ya no daba más. Un mes de salidas, de besitos en la boca, de manoseadas en la puerta de su casa. Porque en ese momento creía que era la mujer de mi vida, que íbamos a casarnos, a llegar a viejos juntos, y no quería cagarla. Así que esperé.

En el hotel me latía todo el cuerpo, me quemaba de anticipación. Esos besos abiertos y ensalivados, mi miembro frotándose en su pierna, los sonidos bajos que hacía. Y la sensación de que estábamos empezando algo que iba a durar para siempre. Me puso como loco.

—Te quiero coger —murmuré mientras le besaba el cuello.

Vera ya tenía la camisa abierta, con un seno al aire y la falda hasta la cintura. Cuando la escuché gemir se me mezcló la desesperación con la calentura. No era así, yo pensaba, calculaba, no me dejaba llevar. Pero ella me cambió la cabeza. Creo que se dio cuenta de que me estaba matando, lo próximo que sentí fueron sus dedos metiéndose en mi ropa interior. El cerebro me quedó en blanco.

Me la puso más dura con sus caricias, me derritió. Era casi infernal, demente.

Me aguanté poco y nada y me puse de rodillas para bajarle las bragas.

—¿Qué haces? —me preguntó muriéndose de vergüenza. Me miraba con los ojos fijos.

—Es rosadita, es hermosa, Vera. Como tú.

La lamí despacio, después como si fuera un helado. Se mordía la boca, tuvo que sostenerse de mi cabeza porque el cuerpo le convulsionaba. Era deliciosa. Una tortura, un combustible que iba directo a mi miembro para hacérmelo explotar en pedazos.

Lo hicimos sobre la mesa, ni siquiera llegamos a la cama. Ella sentada y yo entre sus piernas. La miraba y era hermosa, me besaba con ganas, como si me quisiera de toda la vida.

No me acordaba de cuántas veces me la cogí esa noche, no podía parar. Vera se movía o se acomodaba en la cama y ya estaba listo de nuevo. Se entregó con todo lo que tenía y todo lo que era.

Y yo le di lo mismo, durante 15 años.

Vivía de sacar conejos de una galera, de solucionar problemas, de idear estrategias y ahora tenía que encontrar una para soportarlo o mandar mi matrimonio al carajo.

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