Capítulo 2

El peso del vestido de Bianca era físico y simbólico. Mientras las costureras, bajo las órdenes gélidas de Julian, hacían ajustes de emergencia con alfileres ocultos para adaptar la seda a la figura más esbelta de Iris, ella se miraba en el espejo. El encaje francés cubría sus brazos y el escote corazón resaltaba una palidez que no era de nervios, sino de determinación.

-El velo -ordenó Julian desde la puerta. No se había ido; se había quedado allí, supervisando la transformación como un general que inspecciona su nueva arma.

Cuando la fina malla de encaje antiguo cayó sobre el rostro de Iris, el mundo se volvió borroso y suave. Sus ojos, antes afilados, ahora eran solo dos sombras oscuras tras la tela.

-Nadie debe ver tu rostro hasta que el sacerdote diga que puedes descubrirte -instruyó Julian, acercándose a ella-. Camina con la barbilla en alto. Si alguien nota la diferencia antes de los votos, la narrativa se nos escapa. Eres Bianca Thorne, la novia radiante. Al menos por los próximos treinta minutos.

Iris sintió el frío del anillo de compromiso de su hermana, que Julian le había arrebatado a su madre para ponérselo a ella, aunque le quedaba ligeramente grande.

-No seré Bianca -susurró Iris, su voz filtrándose por el velo-. Seré la mujer que salvará tu reputación, Julian. No lo olvides.

Julian no respondió con palabras. Se limitó a ofrecerle el brazo. El contacto a través de la tela de su esmoquin era sólido, una columna de apoyo en medio de un terremoto inminente.

El trayecto hacia la catedral de San Judas en la limusina fue un silencio sepulcral. Fuera, los paparazzi lanzaban destellos que rebotaban en los cristales tintados. Adentro, Iris repasaba mentalmente los estados financieros del Grupo Thorne. Sabía que la división de logística era la joya de la corona que su padre escondía, y sabía que Julian la quería. Ella se la entregaría en bandeja de plata, pero solo después de haberla usado para asfixiar la influencia de su progenitor.

Al llegar a la iglesia, las puertas de roble macizo se abrieron, revelando un pasillo que parecía infinito. Quinientas personas se pusieron de pie al unísono. El murmullo de admiración subió por las bóvedas góticas como un incienso invisible.

-Es el momento -dijo Julian, soltando su brazo para adelantarse hacia el altar, tal como dictaba el protocolo. Él debía esperarla allí.

Iris se quedó sola en el umbral. Su padre, Arthur Thorne, se colocó a su lado. Su rostro estaba rojo por el esfuerzo de fingir una sonrisa paternal, pero sus dedos apretaron el codo de Iris con una fuerza que prometía moretones.

-Ni una palabra, Iris -siseó él entre dientes, mientras la marcha nupcial empezaba a sonar-. Camina, sonríe y reza para que Julian mantenga su parte del trato o te juro que desearás no haber nacido.

-Ya deseo eso cada vez que te veo, padre -respondió ella con una calma que lo hizo tambalearse-. Ahora camina. Tienes una función que cumplir.

El descenso por el pasillo fue un borrón de rostros. Iris veía las siluetas de las "amigas" de Bianca, las joyas de las matronas de la ciudad y los socios de Julian. Cada paso que daba con los zapatos de seda blanca era un paso hacia una nueva identidad. Sentía el escrutinio. Los invitados comentaban lo "misteriosa" que se veía la novia con el velo tan bajo, lo "etérea" de su figura.

En el altar, Julian Blackwood la esperaba. No parecía un hombre enamorado; parecía un rey recibiendo un tributo de guerra. Sus ojos grises estaban fijos en ella, perforando el encaje del velo.

Cuando Arthur llegó al final del pasillo, tuvo que entregar la mano de Iris a Julian. Fue un momento cargado de una ironía sangrienta. Arthur entregaba a la hija que odiaba al hombre que planeaba destruirlo, creyendo que estaba comprando su salvación. Julian tomó la mano de Iris con una firmeza que hizo que Arthur retrocediera instintivamente.

La ceremonia fue una neblina de latín y promesas vacías. Iris escuchaba las palabras del sacerdote sobre la fidelidad y el amor eterno, y tenía que reprimir el deseo de reír. Estaban en un templo, ante Dios y la sociedad, sellando un pacto de odio y ambición.

-Julian Blackwood, ¿aceptas a esta mujer como tu esposa? -preguntó el clérigo.

-Acepto -la voz de Julian resonó, clara y absoluta. No hubo vacilación. Él sabía exactamente a quién estaba aceptando: no a la mujer que amaba, sino a la mujer que le servía.

-Y tú, Bianca Thorne...

Un escalofrío recorrió la columna de Iris. El nombre de su hermana resonó como una acusación. Por un segundo, el pánico la atenazó. Si decía "Acepto" bajo ese nombre, ¿sería legal? Julian apretó sus dedos, un recordatorio silencioso de su contrato privado.

-Yo, Iris Thorne, acepto -dijo ella, elevando la voz lo suficiente para que las primeras filas escucharan el cambio de nombre.

Un susurro eléctrico recorrió la catedral. Las cabezas se inclinaron unas hacia otras. "¿Ha dicho Iris?", "¿Dónde está Bianca?". Arthur Thorne, en la primera fila, parecía a punto de sufrir un infarto. Eleanor se cubrió la boca con el pañuelo.

El sacerdote, confundido, miró a Julian. Julian no se inmutó.

-Continúe -ordenó Julian con una autoridad que no admitía réplicas-. El nombre en la licencia matrimonial que firmaremos en la sacristía es el que importa. Proceda.

El clérigo, intimidado por el poder que emanaba de Blackwood, tragó saliva y continuó.

-Por el poder que me ha sido otorgado, yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Este era el momento crítico. Julian se giró hacia ella. Sus manos, grandes y seguras, se posaron en los bordes del velo. Lo levantó lentamente, revelando el rostro de Iris al mundo.

El silencio fue absoluto durante tres segundos. Luego, el caos contenido. No era la belleza clásica y solar de Bianca; era la belleza lunar, fría y afilada de Iris. Sus ojos verdes desafiaban a cada invitado a decir algo.

Julian la miró. Por un breve instante, la máscara del CEO implacable se agrietó. No esperaba que ella se viera tan... imperial. Iris no parecía una víctima de las circunstancias; parecía la dueña del lugar.

Él se inclinó. Sus labios rozaron los de ella. Fue un beso casto para la galería, pero Iris sintió la chispa de una conexión peligrosa. Había fuego bajo el hielo de Julian Blackwood, y ese fuego ahora le pertenecía a ella por contrato.

-Bienvenida a la familia, Iris -susurró él contra sus labios, de modo que solo ella pudiera oírlo-. Espero que estés lista para el banquete. Los lobos están hambrientos.

Al girarse para salir de la iglesia, Iris vio a sus padres. Su madre estaba lívida y su padre tenía una expresión de furia que habría asustado a cualquiera. Iris simplemente les dedicó una inclinación de cabeza perfecta, la clase de saludo que una reina le da a sus vasallos más problemáticos.

Mientras caminaban por el pasillo central, ahora como los nuevos esposos Blackwood, los flashes de las cámaras eran constantes. Los periodistas gritaban preguntas desde la entrada: "¿Dónde está Bianca?", "¿Es esto una alianza planeada?", "¿Qué pasará con la fusión?".

Julian no se detuvo. Mantenía a Iris pegada a su costado, protegiéndola con su cuerpo mientras se abrían paso hacia el coche.

Una vez dentro del vehículo, con las puertas cerradas y el estruendo de la multitud amortiguado, Iris soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Se quitó un alfiler que le estaba enterrando en el hombro y miró a Julian.

-Lo logramos -dijo ella.

-Esto solo ha sido la entrada, Iris -Julian sacó su teléfono y empezó a revisar las noticias que ya inundaban las redes-. Tus padres intentarán hablar contigo en la recepción. Intentarán manipularte o castigarte por el cambio de nombre frente al altar.

-Que lo intenten -Iris se recostó en el cuero del asiento-. Ya no soy la hija invisible de Arthur Thorne. Soy la esposa de Julian Blackwood. Y según nuestro contrato, tú eres el único que tiene derecho a exigirme algo.

Julian la observó de reojo. Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.

-Me gusta cómo aprendes, Iris. Pero no te confíes. Tu padre es un hombre desesperado, y un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa para no perder su dinero. Incluso de vender a su otra hija dos veces.

-Esta vez -dijo Iris, mirando por la ventana cómo se alejaban de la iglesia-, el precio lo pongo yo.

Capítulo 3

El salón de baile del Hotel Grand Imperial era un monumento a la opulencia excesiva. Lámparas de cristal de Baccarat colgaban del techo como estalactitas de luz, y las mesas estaban cubiertas de manteles de seda con cubiertos de plata grabados con las iniciales de los Blackwood y los Thorne. Pero para Iris, el ambiente no era de celebración, sino de asedio.

Al entrar al salón del brazo de Julian, el murmullo de quinientos invitados cesó de golpe antes de transformarse en un siseo constante de chismes. La noticia del "cambio de novia" en el altar se había propagado por las redes sociales más rápido que el champán por las copas.

-Mantén la cabeza alta -murmuró Julian, sin mover apenas los labios-. Eres la mujer más poderosa en este salón. Si tú no parpadeas, ellos tampoco lo harán.

-No tengo intención de parpadear, Julian -respondió Iris con una calma gélida-. Solo estoy contando cuántas de estas personas le deben dinero a mi padre y cuántas están listas para abandonarlo ahora que yo soy la que tiene tu apellido.

Julian soltó una risa seca, un sonido que atrajo la mirada de varias matronas de la alta sociedad. Era la primera vez que veían al "Rey de Hielo" de la ciudad mostrar algo parecido a una emoción.

No pasaron ni diez minutos antes de que los Thorne hicieran su movimiento. Arthur y Eleanor interceptaron a la pareja cerca de la pirámide de copas de cristal. Arthur estaba rojo, sus ojos inyectados en sangre, mientras que Eleanor mantenía una expresión de mártir herida, con un pañuelo de seda apretado contra su pecho.

-Necesitamos hablar. Ahora -siseó Arthur, tratando de mantener una sonrisa falsa para los fotógrafos que acechaban a pocos metros.

-No creo que este sea el momento, Arthur -dijo Julian, su voz resonando con una autoridad que hizo que los invitados cercanos retrocedieran un paso-. Mi esposa y yo tenemos invitados que atender.

-¿Tu esposa? -Eleanor sollozó, su voz cargada de veneno-. ¡Es una impostora! ¡Iris, cómo pudiste hacernos esto! Humillar a tu familia de esa manera, robándole el lugar a tu hermana...

Iris se soltó del brazo de Julian y dio un paso hacia su madre. La diferencia de altura era mínima, pero la postura de Iris la hacía parecer un gigante frente a la mujer que la había ignorado durante veinticuatro años.

-¿Robarle su lugar? -Iris arqueó una ceja-. Bianca huyó, madre. Tiró su "lugar" a la basura por un capricho. Yo no robé nada; simplemente recogí los restos del imperio que ustedes estaban a punto de perder por su incompetencia al criar a una hija tan irresponsable.

-¡Cállate! -Arthur dio un paso hacia ella, pero Julian se interpuso de inmediato, su figura imponente bloqueando cualquier avance del patriarca Thorne-. No le hables así a tu madre. ¡Sigues siendo mi hija y me debes obediencia!

-Técnicamente, Arthur -intervino Julian, su tono era peligrosamente suave-, ella es una Blackwood ahora. Y según la ley y nuestro acuerdo prenupcial, ella solo responde ante mí. Si intentas tocarla o insultarla en mi presencia, consideraré que el Grupo Thorne ha roto las cláusulas de respeto mutuo del contrato de fusión. ¿Sabes lo que eso significa para tus acciones por la mañana?

Arthur Thorne se quedó sin aire. El color desapareció de su rostro, dejando una máscara gris de derrota y odio. Sabía que Julian no bromeaba. La fusión era lo único que mantenía a los acreedores alejados de su puerta.

-Iris, por favor -suplicó Eleanor, cambiando de táctica al ver que la agresión no funcionaba-. Somos tu familia. Bianca cometió un error, está arrepentida... nos llamó hace una hora. Quiere volver y arreglar las cosas.

Iris sintió una punzada de náuseas. Bianca siempre volvía cuando se le acababa el dinero o la novedad, y sus padres siempre le abrían las puertas, sin importar a quién pisotearan en el proceso.

-Es tarde para Bianca -dijo Iris con firmeza-. Ella decidió ser una fugitiva. Yo decidí ser la Sra. Blackwood. Y para que quede claro: a partir de mañana, todas las comunicaciones del Grupo Thorne con la oficina de Julian deberán pasar por mi despacho. He sido nombrada Directora de Enlace de la Fusión.

Arthur abrió los ojos como platos.

-¡Eso no estaba en el trato! Julian, no puedes darle ese poder a esta... a esta niña. Ella no sabe nada de negocios.

Julian miró a Iris y luego a Arthur. Una sonrisa depredadora cruzó su rostro.

-Te equivocas, Arthur. Iris ha estado redactando tus informes de auditoría interna durante los últimos tres años. Lo sé porque reconozco su estilo analítico. Es mucho más competente que tú, y ciertamente más útil que Bianca. Ella es mi Directora de Enlace. Acéptalo o retírate de la mesa.

El silencio que siguió fue delicioso para Iris. Ver a su padre, el hombre que la había llamado "invisible" y "mediocre" toda su vida, humillado por el hombre más poderoso de la industria, fue mejor que cualquier champán.

Los Thorne se retiraron, derrotados por el momento, perdiéndose entre la multitud. Iris sintió la adrenalina recorrer sus venas, pero también una extraña sensación de vacío. La venganza sabía bien, pero era fría.

-Lo hiciste bien -dijo Julian, ofreciéndole de nuevo su brazo-. Pero esto es solo el principio. Bianca no se quedará de brazos cruzados si tus padres la están alentando a volver. Ella es el cabo suelto que puede arruinarlo todo si la prensa descubre que nuestro matrimonio fue una "sustitución forzada" y no una elección.

-¿Y qué sugieres? -preguntó Iris, apoyando su cabeza ligeramente hacia él para simular intimidad ante un fotógrafo cercano.

-Mañana daremos una rueda de prensa -respondió Julian-. Diremos que Bianca y yo rompimos hace semanas en secreto, y que tú y yo hemos estado viviendo un romance apasionado a espaldas de todos. Diremos que la boda siempre fue para ti.

Iris lo miró a los ojos. El gris de las pupilas de Julian era hipnótico.

-¿Y la gente lo creerá?

-Si actuamos lo suficientemente bien, lo creerán. La gente ama un escándalo que termina en "amor verdadero". Solo tenemos que ser convincentes.

En ese momento, la música de la orquesta cambió a un vals lento. El maestro de ceremonias anunció el primer baile de los recién casados. Julian guio a Iris hacia el centro de la pista. El reflector cayó sobre ellos, convirtiendo el vestido de Iris en una armadura de luz plateada.

Él puso una mano en su cintura y la otra tomó la suya. Empezaron a moverse con una gracia que sorprendió a los presentes. Iris nunca había tomado clases formales de baile -esos privilegios eran para Bianca-, pero tenía un instinto natural para seguir el ritmo de Julian.

-Bailas como si hubieras nacido para esto -comentó él, acercándola más de lo necesario para la coreografía.

-He pasado años observando desde las sombras, Julian. Aprendí a bailar viendo a Bianca, aprendí finanzas leyendo tus informes, aprendí a odiar viendo a mis padres. Soy una experta en aprender lo que necesito para sobrevivir.

Julian la hizo girar y luego la recuperó en sus brazos, su rostro a milímetros del de ella.

-Sobrevivir ya no es suficiente, Iris. Ahora tienes que reinar. Y para reinar a mi lado, vas a tener que ser más implacable que cualquiera de esas víboras que nos miran.

-No te preocupes por eso -susurró ella, sintiendo el calor de su cuerpo a través de las capas de seda-. El odio es un combustible excelente.

Mientras el vals llegaba a su fin, Iris vio una figura conocida en la entrada lateral del salón. Era una mujer con un vestido de cóctel rojo, ocultando su rostro tras unas gafas de sol, pero Iris reconocería esa forma de caminar en cualquier lugar.

Era Bianca. Había vuelto antes de lo esperado.

Iris apretó el hombro de Julian.

-Tenemos un problema. El "cabo suelto" acaba de entrar por la puerta trasera.

Julian no se giró. Simplemente sonrió de una manera que heló la sangre de Iris.

-No es un problema, Iris. Es una oportunidad. Vamos a enseñarle a tu hermana qué pasa cuando intentas reclamar un trono que ya no te pertenece.

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