Portada de la novela El Reemplazo Perfecto

El Reemplazo Perfecto

9.3 / 10.0
Julian Blackwood, un implacable magnate, es abandonado por su prometida Bianca justo antes de su boda. Ante el riesgo de perder una fusión crucial, obliga a la joven Iris Thorne a ocupar el lugar de su hermana bajo amenaza de ruina familiar. Iris, lejos de acobardarse, acepta el frío trato con un plan oculto. Tras años de humillaciones, usará la influencia de su nuevo esposo para vengarse de los Thorne y dejar de ser para siempre la sombra de su familia.
Resumen de El Reemplazo Perfecto
Julian Blackwood, un implacable magnate, es abandonado por su prometida Bianca justo antes de su boda. Ante el riesgo de perder una fusión crucial, obliga a la joven Iris Thorne a ocupar el lugar de su hermana bajo amenaza de ruina familiar. Iris, lejos de acobardarse, acepta el frío trato con un plan oculto. Tras años de humillaciones, usará la influencia de su nuevo esposo para vengarse de los Thorne y dejar de ser para siempre la sombra de su familia.
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El Reemplazo Perfecto Capítulo 1

El aroma a lirios blancos en la suite nupcial del Hotel Grand Imperial era tan intenso que resultaba asfixiante. Para cualquier otra persona, aquel perfume representaría la pureza y el inicio de una vida compartida; para Iris Thorne, era el olor de la hipocresía.

Iris se mantenía en una esquina, casi fundida con las pesadas cortinas de terciopelo, observando el caos que se desarrollaba frente a ella. Había pasado toda su vida así: siendo una espectadora en la primera fila del show de los Thorne. Sus manos, entrelazadas frente a su traje sastre gris acero, no temblaban. A diferencia de las estilistas que corrían de un lado a otro o de su madre, que estaba al borde de un colapso nervioso, Iris era una balsa de aceite en medio de un naufragio.

-¡No puede ser! ¡Esto es una pesadilla! -el grito de Eleanor Thorne desgarró el aire.

La madre de Iris sostenía una hoja de papel de hilo con una caligrafía apresurada que Iris reconoció de inmediato. Era la letra de Bianca. Elegante, caprichosa y, en esta ocasión, devastadora.

-¿Qué dice la nota, Eleanor? -la voz de Arthur Thorne, el patriarca, sonó como un trueno contenido. El hombre caminaba de un lado a otro, ajustándose los gemelos de oro con una violencia que delataba su pánico. No era el pánico de un padre que pierde a su hija; era el pánico de un empresario que ve cómo su mayor inversor se le escapa entre los dedos.

-Se ha ido con él, Arthur. Se ha ido con ese... ese instructor de equitación -sollozó Eleanor, desplomándose en una silla de estilo Luis XV-. Dice que Julian Blackwood es "un bloque de hielo sin alma" y que no puede condenarse a una vida sin pasión.

Arthur Thorne se puso lívido.

-¡Maldita sea! ¡Pasión! -golpeó la mesa de tocador, haciendo que los frascos de perfume de cristal tintinearan-. ¡Esa estúpida nos ha condenado a todos! La fusión se firma mañana después de la recepción. Si Julian no tiene a una Thorne legalmente unida a él antes de que abran los mercados el lunes, ejecutará la deuda del holding. ¡Nos quedaremos en la calle!

Iris, desde su rincón, permitió que una pequeña y gélida sonrisa curvara la comisura de sus labios. Así que Bianca finalmente había tenido el valor de huir. Irónico. Durante años, Bianca le había quitado todo a Iris: sus juguetes, la atención de sus padres, incluso los méritos de sus informes financieros que Iris redactaba en secreto para que su hermana brillara en las reuniones de la junta. Y ahora, en el momento en que más se la necesitaba para salvar el cuello de la familia, Bianca simplemente se había evaporado, dejando tras de sí un vestido de novia de cincuenta mil dólares y un incendio forestal que amenazaba con consumirlos a todos.

-Iris -la voz de su padre la sacó de sus pensamientos.

Ella levantó la mirada. Arthur la observaba como si la viera por primera vez en años. No había afecto en esos ojos, solo el brillo depredador de un hombre que ha encontrado una salida de emergencia.

-¿Dónde has estado? No digas nada. Ven aquí -ordenó Arthur.

Iris caminó con paso tranquilo hacia el centro de la habitación. Sus zapatos de tacón bajo sonaban con una cadencia metálica sobre el suelo de mármol.

-Aquí he estado siempre, padre. ¿En qué puedo ayudarte?

-Mírala, Eleanor -dijo Arthur, ignorando el tono sarcástico de su hija menor-. Tiene la misma altura. El mismo color de ojos. Con el velo puesto y el maquillaje adecuado, nadie en la iglesia se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde para dar marcha atrás.

Eleanor dejó de llorar de golpe. Se secó las lágrimas con un pañuelo de encaje y analizó a Iris con una frialdad clínica que a cualquier otra hija le habría roto el corazón. A Iris solo le confirmó lo que ya sabía: para ellos, ella no era más que un activo de reserva.

-El cabello es un desastre -dictaminó Eleanor, levantándose y rodeando a Iris como si fuera un caballo de exhibición-. Y está demasiado delgada. Pero... el velo de encaje antiguo de la abuela es opaco. Si mantenemos la iluminación baja en la catedral y ella camina con la cabeza gacha... podría funcionar.

-No -dijo Iris. Su voz fue baja, pero cortó el aire como una cuchilla.

Sus padres se congelaron.

-¿Qué has dicho? -preguntó Arthur, entrecerrando los ojos.

-He dicho que no -repitió Iris, cruzándose de brazos-. No soy un repuesto, ni una doble de cuerpo. Bianca decidió que su "pasión" valía más que vuestro imperio. Yo no tengo por qué pagar sus platos rotos.

-¡Es tu deber familiar! -rugió Arthur, acercándose a ella hasta que Iris pudo oler su locura-. Si Julian Blackwood sale de esa iglesia sin una esposa Thorne, mañana serás una indigente. ¿Es eso lo que quieres? ¿Vivir en la miseria?

Iris soltó una risa seca y carente de humor.

-Padre, he vivido en la miseria emocional desde que nací en esta casa. El dinero es lo único que me habéis dado, y si se acaba, al menos estaré libre de vosotros.

La bofetada de Arthur fue rápida, pero Iris no se movió. Su mejilla ardió, pero sus ojos permanecieron fijos en los de su padre, cargados de un odio que llevaba años madurando en la oscuridad.

-Te pondrás ese vestido aunque tenga que arrastrarte por el pasillo -siseó Arthur.

En ese momento, la pesada puerta doble del camerino se abrió de par en par. El jefe de seguridad de los Blackwood entró, seguido de una figura que hizo que el aire en la habitación pareciera descender diez grados de golpe.

Julian Blackwood.

Llevaba un esmoquin negro impecable que acentuaba su figura alta y atlética. Su rostro era una máscara de perfección aristocrática: pómulos altos, una nariz recta y unos ojos grises que parecían capaces de leer los pecados de cualquiera. No parecía un novio ansioso; parecía un verdugo que llegaba para ejecutar una sentencia.

-Se acabó el tiempo, Arthur -dijo Julian. Su voz era un barítono profundo, suave pero cargado de una amenaza implícita-. Los invitados están impacientes. El sacerdote está en el altar. Y mis informantes me dicen que hay un coche cruzando la frontera estatal con Bianca Thorne en el asiento del pasajero.

Eleanor soltó un grito ahogado y se cubrió la boca. Arthur retrocedió, su prepotencia desapareciendo ante la presencia del hombre que realmente poseía sus vidas.

Julian no miró a los padres. Su mirada, afilada como un escalpelo, se posó directamente en Iris. La recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la marca roja que la mano de Arthur había dejado en su mejilla.

Iris no bajó la mirada. Por primera vez en su vida, sintió que alguien la veía realmente, no como la sombra de Bianca, sino como una entidad separada.

Julian caminó hacia ella. El espacio personal de Iris fue invadido por un aroma a sándalo y metal frío. Se detuvo a escasos centímetros de ella.

-Así que tú eres la otra -dijo Julian. No era una pregunta.

-Me llamo Iris -respondió ella, manteniendo la voz firme a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas.

-Iris -repitió él, probando el nombre como si fuera un concepto nuevo-. Tu padre acaba de sugerir que ocupes el lugar de tu hermana. ¿Qué opinas de eso?

Iris sintió la mirada desesperada de sus padres, suplicándole en silencio que mintiera, que aceptara, que los salvara. Miró a Julian y vio en él algo que reconoció de inmediato: ambición pura y una ausencia total de sentimientos sentimentales. Él no quería a Bianca; quería la fusión.

-Opino que es un trato terrible para mí -respondió Iris-. A menos que cambien las condiciones.

Julian arqueó una ceja, visiblemente intrigado. Un destello de algo parecido a la diversión cruzó sus ojos grises, pero desapareció tan rápido como llegó.

-Eres una negociadora. Me gusta. Arthur, Eleanor, salid. Ahora.

-Pero Julian, la ceremonia... -empezó Eleanor.

-¡Fuera! -el comando de Julian fue absoluto.

Los padres de Iris salieron de la habitación como perros apaleados, cerrando la puerta tras de ellos. Iris se quedó a solas con el hombre más poderoso de la ciudad, el hombre que se suponía debía ser su cuñado en diez minutos.

Julian se acercó al tocador, tomó una toallita húmeda y se la extendió a Iris.

-Límpiate esa mejilla. No me gusta que mi propiedad parezca dañada.

-No soy tu propiedad -replicó Iris, ignorando la toallita.

-Todavía no -Julian dejó la toallita y se apoyó contra el tocador, cruzando las piernas-. Hablemos de negocios, Iris. Bianca me ha humillado públicamente. Tu familia me debe una compensación que no pueden pagar con dinero. Necesito una esposa para calmar a los accionistas y cerrar la fusión de los Thorne. Tú necesitas... bueno, por la mirada que les diste, diría que necesitas una salida de este nido de víboras y un poco de justicia.

Iris dio un paso hacia él.

-No quiero un poco de justicia, Julian. Quiero destruirlos. Quiero ver cómo les quitas hasta el último centavo y luego quiero ser yo quien sostenga la escritura de sus propiedades.

Julian la observó en silencio durante un largo momento. El caos de hace unos minutos parecía haber quedado fuera de la habitación. En ese espacio, solo quedaban dos depredadores calculando el valor del otro.

-Si te pones ese vestido y caminas hacia mí, te daré las herramientas -dijo Julian, su voz volviéndose peligrosamente suave-. Te daré mi apellido, mis abogados y mi protección. A cambio, serás la esposa perfecta ante las cámaras. Cumplirás con cada evento, cada cena y cada fotografía. Y cuando hayamos terminado con ellos, firmaremos el divorcio y serás libre y rica.

Iris miró el vestido de novia que colgaba en el maniquí. El encaje blanco parecía ahora una armadura. Se giró hacia Julian y, por primera vez, le tendió la mano.

-No quiero el divorcio al final, Julian. Quiero un porcentaje del holding Thorne una vez que lo absorbas.

Julian soltó una carcajada corta y ronca. Tomó la mano de Iris. Su agarre fue firme, posesivo y ardiente.

-Trato hecho, Sra. Blackwood. Ahora, ponte el maldito vestido. Tenemos una boda que salvar.

Iris Thorne caminó hacia el maniquí. El caos había terminado. La guerra acababa de empezar.

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