Portada de la novela El precio de tu olvido

El precio de tu olvido

8.5 / 10.0
Julián dejó los hábitos tras una intensa noche con Elena, pero ella desapareció dejándolo sumido en el vacío. Seis años después, convertido en un frío multimillonario, el destino la pone frente a él como candidata a secretaria. La sorpresa es doble: Elena padece amnesia y cuida de dos gemelos que son el vivo retrato de Julián. Ahora, el magnate deberá descubrir qué sucedió mientras lidia con el secreto que los pequeños parecen ocultar.
Resumen de El precio de tu olvido
Julián dejó los hábitos tras una intensa noche con Elena, pero ella desapareció dejándolo sumido en el vacío. Seis años después, convertido en un frío multimillonario, el destino la pone frente a él como candidata a secretaria. La sorpresa es doble: Elena padece amnesia y cuida de dos gemelos que son el vivo retrato de Julián. Ahora, el magnate deberá descubrir qué sucedió mientras lidia con el secreto que los pequeños parecen ocultar.
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El precio de tu olvido Capítulo 1

El reloj de la iglesia de San José marcaba las seis de la tarde. El Padre Julián suspiró cansado. Había sido un día muy largo y caluroso en el pequeño pueblo. Se pasó la mano por el pelo negro y se ajustó el cuello blanco de su camisa. Le picaba y le apretaba un poco. A sus veintiocho años, era el sacerdote más joven que el pueblo había tenido. Las mujeres mayores siempre murmuraban entre ellas y decían que era un gran desperdicio que un hombre tan alto, fuerte y guapo estuviera encerrado en la iglesia. Pero a él no le importaban esos chismes. Él amaba a Dios. Su vida era servir. Eso era lo único que importaba. O al menos, eso era lo que él creía firmemente.

Estaba a punto de cerrar las pesadas puertas de madera vieja de la parroquia para irse a descansar, cuando la vio entrar corriendo. Era Elena.

Elena era una muchacha humilde del pueblo. Tenía veintidós años. Su pelo era de color castaño claro y siempre lo llevaba suelto, cayendo por su espalda. No tenía mucho dinero, de hecho, su familia era muy pobre y a veces ella trabajaba ayudando a limpiar la plaza del pueblo solo para ganar unas cuantas monedas. Pero a pesar de no tener ropas finas ni lujos, tenía una sonrisa que iluminaba todo el lugar. Julián siempre sentía algo raro, como un cosquilleo en el estómago, cuando la veía sentada en la primera fila en la misa de todos los domingos. Él siempre se decía a sí mismo que era solo cariño normal de un pastor hacia una oveja de su rebaño. Nada más.

-Buenas tardes, Padre -dijo Elena al acercarse. Su voz temblaba mucho y miraba hacia el suelo. Llevaba un vestido sencillo de flores gastadas y sus manos estaban apretadas frente a ella.

-Buenas tardes, Elena. Ya iba a cerrar las puertas. ¿Necesitas algo, hija? -preguntó Julián. Intentó sonar normal y tranquilo, pero la verdad era que su corazón empezó a latir un poco más rápido al verla a solas.

-Yo... yo necesito confesarme, Padre. Por favor. Es muy urgente. No puedo esperar a mañana.

Julián asintió con la cabeza despacio.

-Claro que sí. Dios siempre tiene tiempo. Vamos al confesionario.

Los dos caminaron en mucho silencio por el pasillo central. La iglesia estaba un poco oscura porque casi no había luz a esa hora y solo se escuchaban sus zapatos contra el piso de piedra. Julián entró por su lado de la pequeña cabina de madera y se sentó en su silla. Elena entró por el otro lado y se arrodilló. Entre ellos solo había una pequeña rejilla de madera con agujeros. Julián podía oler el perfume de Elena a través de la madera. Olía a rosas dulces y a jabón barato, pero a él le parecía el mejor olor de todo el mundo. Cerró los ojos con fuerza y trató de concentrarse. Él era un hombre de Dios, se repitió a sí mismo.

-Ave María Purísima -empezó Julián, hablando con su voz más grave y seria.

-Sin pecado concebida -respondió Elena en un susurro muy bajito.

Hubo un silencio muy largo. Julián podía escuchar la respiración rápida y nerviosa de la chica al otro lado. Ella no decía nada.

-Puedes hablar con tranquilidad, Elena. Dios te escucha y él no juzga -dijo él, tratando de darle confianza para que hablara.

-Padre... he pecado mucho. He pecado en mi mente y en mi corazón -empezó ella al fin. Sonaba muy triste, como si estuviera a punto de soltarse a llorar ahí mismo-. Me he enamorado, Padre. Me he enamorado de un hombre que nunca, nunca podré tener. Es un amor totalmente prohibido.

Julián sintió una punzada muy fea en el pecho al escuchar eso. ¿Eran celos? No, claro que no. Un sacerdote no siente celos. Solo era preocupación por una joven de su iglesia.

-El amor verdadero no siempre es un pecado, Elena -le explicó Julián, usando su tono típico de cura sabio-. ¿Por qué dices que es prohibido? ¿Acaso ese hombre ya está casado con otra mujer?

-No, no está casado -dijo ella muy rápido, negando con la cabeza aunque él no podía verla bien.

-¿Entonces por qué es un problema? ¿Acaso tiene novia? ¿Es un hombre malo que te trata mal? -preguntó Julián. Ahora sentía mucha curiosidad. De verdad quería saber quién era el hombre idiota que estaba haciendo sufrir a Elena.

-No, él es el hombre más bueno, puro y noble de todo el mundo -susurró Elena con mucho sentimiento. Su cara estaba ahora muy cerca de la rejilla. Julián podía ver el brillo de sus ojos grandes y marrones en la oscuridad de la cabina-. Pero él le pertenece a alguien más grande. Tiene un compromiso muy serio, un juramento que no puede romper.

-Si él está comprometido de esa forma, debes alejarte rápido, hija. No puedes meterte en una relación así. Eso solo te traerá mucho dolor a ti y le hará daño a otras personas -le aconsejó Julián. Sus propias manos estaban sudando un poco y no sabía por qué.

-Pero no puedo evitarlo, Padre, le juro que he intentado. Pienso en él todo el santo día. Pienso en sus manos grandes, pienso en su voz cuando habla. Cuando lo veo caminar, siento que me falta el aire para respirar. Sé que está muy mal lo que siento, sé que me iré derecho al infierno por esto, pero lo amo tanto, tanto...

Elena no aguantó más y empezó a llorar suavemente. Julián cerró los ojos con fuerza de nuevo. Le dolía mucho escucharla llorar así. De repente, tuvo unas ganas locas de pasar la mano por la rejilla y abrazarla para consolarla. Quería decirle que no se preocupara, que todo estaría bien.

-Dios es amor y perdona todo, Elena. Solo tienes que rezar mucho para sacar a ese hombre de tu corazón. Dios te ayudará a olvidarlo con el tiempo. Dime, ¿quién es el hombre? A lo mejor yo puedo ir a hablar con él para pedirle que se aleje de ti y te deje en paz.

Elena se quedó callada de golpe. Ya no lloraba. El silencio en el confesionario se hizo muy pesado, casi no se podía respirar. Parecía que el tiempo se había detenido por completo dentro de la iglesia.

-No creo que usted pueda hablar con él, Padre -dijo Elena de repente. Su voz ya no temblaba para nada. Ahora sonaba muy segura de sí misma, muy firme.

-¿Por qué no podría? Yo hablo con todos en el pueblo -preguntó Julián, sintiéndose muy confundido por su actitud.

-Porque ese hombre es usted, Julián.

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