Capítulo 2

Tres días después de esa primera vez, no podía pensar en otra cosa. Había rezado cada noche, había pedido perdón incansablemente, pero mi cuerpo no olvidaba. Durante las clases, en la iglesia, incluso en la mesa con mis padres, mi mente volvía a esa sensación.

Necesitaba más. Mucho más.

El viernes por la tarde, mis padres salieron a visitar a unos amigos, así que me quedé sola en casa.

—Volveremos en tres horas, Alma —me dijo mi madre desde la puerta—. No le abras a nadie.

—Sí, mamá —respondí como la chica disciplinada que siempre había sido.

Sin embargo, apenas escuché el auto alejarse sentí un hormigueo en el estómago. La casa estaba vacía. Tenía tiempo a solas. Era la oportunidad perfecta...

Fui al baño y cerré la puerta con seguro. Mi corazón latía muy rápido, como si estuviera haciendo algo prohibido. Y, bueno, en realidad sí lo estaba haciendo.

Me miré en el espejo. Mi rostro parecía el mismo de siempre: la misma chica obediente de siempre. Pero algo había cambiado dentro de mí.

Abrí la ducha y ajusté la temperatura. Me desnudé lentamente, dejando la ropa doblada sobre el inodoro. Era la primera vez que me veía desnuda con estos nuevos ojos, consciente de mi cuerpo como una fuente de placer.

Me metí bajo el agua y dejé que corriera por mi piel. Cerré los ojos. El agua caliente bajaba por mi pecho, por mi estómago, entre mis piernas, y se sentía muy bien.

Recordé entonces algo que había escuchado una vez en los vestidores del instituto, algo que una chica mayor que yo le había dicho a otra en voz baja: «La ducha puede ser tu mejor amiga».

Con curiosidad, ajusté la presión del agua y me coloqué de manera que el chorro cayera directamente sobre mi coñito. La sensación fue inmediata y me hizo gemir.

—Dios... —susurré, apoyándome en la pared.

El placer era diferente al que había sentido con mis dedos. Más difuso, pero constante. Moví mis caderas, buscando el ángulo perfecto. Cuando lo encontré, mis rodillas casi cedieron.

Pero quería más. Necesitaba más.

Mi mirada se posó en mi cepillo de dientes sobre el lavabo. Era uno sencillo, con un mango de plástico redondeado. Lo tomé con las manos temblorosas.

—¿Realmente voy a hacer esto? —me pregunté en voz alta, sin saber muy bien de qué lado oculto de mi mente estaba sacando esas ideas.

La respuesta era sí. Sí que iba a hacerlo.

Lo llevé conmigo bajo la ducha y lo mojé bien. Con una mano me separé los labios vaginales y con la otra acerqué el mango del cepillo. El contacto frío me hizo estremecer.

Nunca había introducido nada en mi cuerpo. Ni siquiera mis propios dedos. La idea me asustaba y me excitaba a partes iguales.

Presioné suavemente, sintiendo una leve resistencia. Respiré hondo y empujé un poco más. El mango entró apenas un centímetro, pero fue suficiente para hacerme soltar un gemido.

—¡Ah! —me tapé la boca, aunque sabía que estaba sola en la casa.

Era una sensación extraña, como si estuviera invadiendo mi propio cuerpo. No dolía, pero tampoco era completamente placentero. Era algo... nuevo para mí.

Moví el cepillo lentamente, entrando y saliendo apenas un par de centímetros. Con cada movimiento, mi cuerpo se acostumbraba más. El placer comenzó a crecer.

En mi mente apareció de pronto una imagen: alguien diciéndome qué hacer. No era nadie concreto, solo una presencia, una voz.

«Más profundo», imaginé que me ordenaba. Y obedecí, introduciendo el mango un poco más.

—Oh, Dios... —gemí, sintiendo cómo tocaba un punto dentro de mí que me hizo ver estrellas.

«Sigue —me ordenó la voz en mi fantasía—. No pares».

El agua seguía cayendo sobre mi cuerpo mientras movía el cepillo con más confianza. La voz en mi mente se volvió más clara y también más autoritaria. Decidí que era una voz de hombre. De un hombre que sabía exactamente lo que quería de mí. Y yo solo quería complacerlo.

«Más rápido», ordenó mi fantasía, y aceleré el ritmo.

El placer crecía y crecía. Mi otra mano encontró el punto sensible entre mis pliegues, mi clítoris, y comenzó a frotarlo al ritmo de las embestidas del cepillo.

—Por favor... —supliqué, aunque no sabía a quién.

«Aún no —me dijo la voz imaginaria—. Todavía no puedes terminar».

Hice que mis movimientos fueran más lentos, obedeciendo a mi propia fantasía. El control que ejercía sobre mí, incluso siendo imaginario, me excitaba aún más.

—Por favor —repetí, esta vez más fuerte—. Lo necesito... Lo necesito mucho...

«Ahora —me ordenó la voz—. Ahora puedes».

Y, como si mi cuerpo esperara ese permiso, el orgasmo me atravesó con una fuerza que me hizo caer de rodillas en la ducha. El cepillo cayó al suelo mientras mi cuerpo se convulsionaba de placer.

Me quedé bajo el agua un rato, jadeando. Las piernas me temblaban tanto que no podía levantarme. Finalmente, el agua comenzó a enfriarse y me obligué a ponerme de pie.

Me sequé y me vestí en silencio, pensando en lo que acababa de hacer. Peor aún, en lo que acababa de imaginar.

Recogí el cepillo y lo lavé muy bien. Lo miré un largo rato antes de devolverlo a su sitio, nunca volvería a verlo de la misma manera.

Me senté en el borde de la bañera, aún débil por la intensidad de lo que había sentido. Esta vez no vino la culpa inmediata como la primera vez. Estaba más bien confundida por la fantasía que había creado.

¿Por qué había imaginado a alguien dándome órdenes? ¿Por qué la idea de obedecer me excitaba tanto?

Salí del baño y me fui a mi habitación. Me acosté en la cama, mirando al techo. Mi cuerpo se sentía diferente, como si hubiera descubierto una nueva parte de mí misma.

Y sabía que no iba a parar, que esto era solo el principio.

Lo que no sabía era que esa voz imaginaria pronto encontraría un rostro real. Y que ese rostro cambiaría mi vida para siempre...

Capítulo 3

Me enteré de la noticia durante el desayuno: el hermano de mi padre vendría a quedarse unos días con nosotros.

—Tu tío Samuel llegará esta misma tarde —me dijo papá con una sonrisa extraña.

Nunca lo había conocido, solo había visto algunas fotos viejas. Era una especie de figura misteriosa en la familia, alguien que viajaba mucho por trabajo y raramente visitaba. No sabía entonces cómo su llegada cambiaría todo.

Mamá se pasó el día limpiando la casa, preparando la habitación de invitados y cocinando platos especiales. Yo la ayudé a regañadientes, distraída por mis propios pensamientos que seguían volviendo al baño, al cepillo y a todas esas nuevas sensaciones.

—Alma, pon la mesa con la vajilla que era de tu abuela —me ordenó mamá—. Tu tío es un hombre muy respetado y debemos recibirlo con lo mejor.

—¿En qué trabaja exactamente? —pregunté mientras sacaba los platos.

—En asuntos de la iglesia —me respondió ella vagamente—. Es un hombre muy devoto.

El timbre sonó a las siete en punto. Papá corrió a abrir la puerta mientras mamá me apresuraba a ponerme recta y sonreír. Escuché voces masculinas, pasos, y entonces él entró al comedor.

Lo primero que noté fueron sus ojos: eran oscuros y penetrantes. Me miraron directamente, como si pudieran ver a través de mí.

Samuel Santiago era alto y de hombros anchos, y tenía el pelo negro como mi padre. Llevaba una camisa blanca impecable y unos pantalones negros. Una pequeña cruz de plata brillaba en su cuello.

Y algo más llamó mucho mi atención sin que pudiera evitarlo: mi tío, Samuel, a pesar de que ya tenía cuarenta años era un hombre muy atractivo. Demasiado, en realidad.

—Así que esta es Alma —dijo él con una voz profunda y calmada.

No fue una pregunta, sino una afirmación. Como si me conociera de toda la vida.

—Sí, es mi hija —respondió papá, orgulloso—. Acaba de cumplir dieciséis años.

Samuel se acercó y tomó mi mano. Su contacto me provocó un escalofrío que intenté disimular lo mejor que pude.

—El orgullo de la familia Santiago, me han dicho —me dijo y sonrió levemente—. La primera que irá a la universidad.

—Si Dios quiere —respondí automáticamente, bajando la mirada.

—Dios siempre quiere lo mejor para sus hijas obedientes —me contestó él, y hubo algo en su tono que me hizo alzar la vista, pero él se centró en mis padres.

Unos minutos después nos sentamos a la mesa. La conversación giraba en torno a la iglesia, a la comunidad y a viejos conocidos. Mis padres hablaban animadamente, pero yo apenas podía concentrarme. Sentía la mirada de Samuel sobre mí cuando nadie prestaba atención.

—¿Y tienes novio, Alma? —me preguntó de repente, interrumpiendo la conversación.

Mis padres se rieron.

—¡Por supuesto que no! —exclamó mi madre—. Alma es una buena chica. Se concentra en sus estudios y en nada más.

Samuel me miró fijamente.

—Las buenas chicas también tienen deseos —dijo él con voz suave.

Mi padre cambió de tema rápidamente, pero yo ya había enrojecido hasta las orejas. ¿Cómo lo sabía? ¿Acaso podía leer mi mente?

Después de la cena, Samuel pidió hablar conmigo a solas y mis padres accedieron sin dudar, confiando plenamente en él. Nos sentamos en el pequeño estudio de mi padre.

—Tu padre me dice que eres muy devota —comenzó.

—Intento serlo —le respondí sin mirarlo directamente.

Él se acercó un poco más, tanto que pude oler su perfume.

—¿Rezas todas las noches, Alma? —me preguntó.

—Sí, tío.

—¿Incluso después de pecar?

Mi corazón se detuvo por un instante. Sus ojos parecían saberlo todo.

—Yo... yo, sí, tío —murmuré.

—Bien —me dijo, y su voz cambió sutilmente, haciéndose más baja, más íntima—. La oración es importante, pero también lo es la honestidad con uno mismo. Con nuestros... impulsos, digamos.

Puso su mano sobre la mía. Fue un toque ligero, casi paternal, pero que causó que todo mi cuerpo se estremeciera.

—Si necesitas hablar de cualquier cosa, aquí estoy —me susurró—. A veces es mejor confiar en alguien que te entiende y que no te juzga.

Asentí, incapaz de hablar.

Cuando se levantó para volver con mis padres, sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo. Fue algo rápido, casi imperceptible, pero lo sentí justo como si me hubiera tocado con sus manos.

Esa noche no pude dormir. Su voz, su mirada, su presencia autoritaria... todo daba vueltas en mi cabeza sin parar. La fantasía que había creado en la ducha ahora tenía un rostro. Y eso me aterraba y me excitaba a partes iguales.

Pasada la medianoche, cuando todos en la casa dormían, me levanté silenciosamente. Fui a la cocina en busca de un vaso de agua. Sin embargo, al abrir el refrigerador vi un pepino grande y firme. Lo miré un largo rato, mordiéndome el labio.

Lo tomé con rapidez y volví a mi habitación, cerrando la puerta con cuidado. Me quité la ropa bajo las sábanas y acaricié el pepino frío. Era mucho más grande que el mango del cepillo.

Recé en un susurro, sabiendo que lo que iba a hacer era un pecado aún mayor que los que ya había cometido.

Pero no podía detenerme. En realidad, no quería detenerme.

Separé mis piernas y pasé el pepino por los pliegues de mi coñito, humedeciéndolo. Cerré los ojos e imaginé las manos de Samuel, sus ojos oscuros mirándome y su voz grave dándome órdenes.

«Despacio —imaginé que me decía—. No tengas prisa».

Introduje la puntica del pepino lentamente, sintiendo cómo me abría y cómo me llenaba más de lo que nunca había experimentado, aunque era solo una porción diminuta del enorme pepino.

—Oh, Dios... —gemí, tapándome la boca con una mano.

«Más adentro», me ordenó la voz de Samuel en mi mente.

Empujé un poco más, sintiendo una mezcla de dolor y placer que me hizo arquear la espalda. Pero no podía seguirlo metiendo, no entraba en mi apretado coñito virgen.

En mi fantasía, mi tío me sujetaba por las muñecas y me inmovilizaba.

«Eres una buena chica —me decía—. Una buena chica que quiere ser mala».

Comencé a mover el pepino, sacando y metiendo la punta cada vez más rápido en mi entradita, mientras mi otra mano frotaba mi clítoris, el punto sensible que ya había descubierto. La combinación era explosiva.

En mi fantasía, Samuel estaba sobre mí, susurrando oraciones mezcladas con obscenidades en mi oído, diciéndome que me sometiera, que lo obedeciera y que fuera suya.

—Por favor —rogué en voz baja—. Por favor...

«Córrete para mí —me ordenó su voz—. Ahora».

El orgasmo me golpeó con una fuerza que me hizo morder la almohada para no gritar. Mi cuerpo se sacudió violentamente mientras mi mente repetía su nombre: Samuel, Samuel, Samuel.

Cuando todo pasó, me quedé tendida en la cama, jadeando, con el pepino aún entre mis piernas. Lentamente, lo retiré y me quedé mirándolo, estaba empapado con mis fluidos.

La vergüenza llegó de golpe. Había fantaseado con mi tío, con el hermano de mi padre, con un hombre de Dios.

Me levanté temblorosa y fui al baño, asegurándome de no hacer ruido. Lavé el pepino y lo envolví en papel higiénico antes de tirarlo al fondo del bote de basura.

Volví a la cama y recé, suplicando perdón, pero las palabras sonaban huecas. No me arrepentía en lo absoluto. Quería más.

Seguía siendo virgen, ya que el enorme pepino no había entrado en mi coñito, no realmente. Y la simple idea de que en algún momento un miembro masculino igual de grande sí entraría, volvía a hacer que me mojara.

Me dormí finalmente, agotada, con una última imagen en mi mente: Samuel mirándome a través de la mesa, como si supiera exactamente lo que yo haría esa noche. Como si lo hubiera planeado todo.

¿Y si lo sabía? ¿Y si podía leer mis pensamientos más oscuros?

El sueño me venció antes de encontrar una respuesta.

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