El día de la cita había llegado y Sofía se preparaba para su salida con Gonzalo.
— ¡Te ves guapísima, Sofi! — expresó Ana, arreglándole un mechón de cabello.
Sofía se volvió al espejo y se miró en su vestido color champaña.
Como no sabía a dónde irían, no estaba segura de haber escogido bien, pero ese vestido sobre las rodillas ajustado a su cuerpo y escote en ojal, sería adecuado para cualquier lugar. De modo que verificó que estaba perfecto y se volvió hacia su amiga.
— No es necesario que te quedes aquí. Soy perfectamente capaz de abrir la puerta, chismocita. Le sonrió empujándola hacía la puerta que conducía al interior de la casa.
— Sabes que eso no va a ocurrir. ¡De aquí no me sacan ni muerta!
Las jóvenes aún discutían cuando sonó el timbre de la casa y ambas se precipitaron a abrir, pero Ana le ganó y la obligó a regresar al salón.
— ¡Yo le abro! Tú, espera aquí, toda diva y empoderada.
Abrió la puerta y tuvo que hacer un genuino esfuerzo para mantener la compostura al ver al hombre que venía por Sofía. Lo invitó a entrar balbuceando y le señaló el camino. Fue delante de él y lo guió al salón. Allí se dirigió a su amiga con los ojos bien abiertos dando la espalda a Gonzalo.
— ¿Qué tal Gonzalo? Te presento a mi amiga Ana.
Hicieron los saludos de rigor y Gonzalo se volvió hacía Sofía.
— ¡Te ves preciosa! — dijo Gonzalo.
— Gracias — miró a su amiga, quien desde atrás de Gonzalo, hacía señales y trató de sacarlo de allí — Estoy lista. ¿Nos vamos?
— ¡Pero chica! ¡Ofrécele al caballero algo de tomar! —Sofia le abrió los ojos para que no insistiera — Muy bien, en otro momento será —dijo Ana— ¡Que se diviertan!
Al salir, llegaron al lujoso coche negro. Gonzalo le abrió la puerta y le ayudó a entrar. Dio la vuelta y entró al asiento del conductor.
Durante algunos minutos condujo en silencio buscando cómo comenzar una conversación, hasta que se decidió a hablar.
— Me alegra que hayas aceptado mi invitación.
— Realmente me sorprendí de haber aceptado porque no he salido mucho últimamente. La universidad y el hospital me mantienen ocupada.
— ¿El hospital? — preguntó extrañado.
— Sí, estoy en plena residencia para sacarme la especialidad.
— Mi hija menor también acaba de iniciar esa carrera — se estremeció ante la posibilidad de que fueran amigas.
Conversando sobre cosas sin importancia llegaron al restaurante, Gonzalo bajó del auto y dio la vuelta para ayudar a salir a Sofía.
Ella gustosa lo tomó del brazo y entraron. El muy elegante y lujoso lugar no era justamente lo que escogerían sus pretendientes cuando la invitaban a salir. Muy serio y costoso para el gusto de jóvenes calenturientos.
Inmediatamente fueron guiados a su mesa por un empleado que reconoció a Gonzalo, este les ofreció una bebida y la carta.
Gonzalo, dueño de la situación, era a todas vistas un cliente asiduo del lugar y volviéndose a Sofía le preguntó qué deseaba tomar. Ella dudó por un instante y se decidió por el vino tinto.
Gonzalo se dirigió al sommelier y pidió:
— Trae el cabernet que suelo tomar, André, por favor.
El empleado se retiró y Gonzalo miró a Sofía directamente a los ojos.
—Sofía, no es costumbre en mí andar invitando a mis clientes. Espero que me creas —carraspeó un poco nervioso — Me apenaría mucho que te hayas sentido obligada a aceptar mi invitación.
— A ver, Gonzalo — Sofía levantó la barbilla y lo miró a la cara — Si me conocieras ya sabrías que no existe una persona en la tierra que pueda obligarme a hacer o a dejar de hacer algo— sonrió orgullosa de sí — Si vine fue algo completamente voluntario. Me agradó tu invitación y la acepté.
— Puedo asumir entonces que sabes que me sentí muy impresionado contigo.
Sofía sonrió para sus adentros y pensó: "¡¿Ay, por Dios, quién habla así en estos tiempos?! Impresionado".
— Gracias — no era la chica que bajaría la mirada ante el piropo de un hombre. Estaba consciente de su apariencia. Sin embargo, viniendo de Gonzalo, el halago la hizo sonrojar levemente y trató de no mostrarlo. No sabía que la pregunta de ¿qué me sucede está noche? bullía también en la mente del hombre.
Los temas de conversación surgían con tanta naturalidad que la noche transcurrió demasiado rápido.
Se contaron cosas sobre sí mismos para conocerse y se sentían cómodos uno con el otro.
Ambos sabían que había un tema que no tocaron deliberadamente: la diferencia de edad. Les preocupaba, pero sin saberlo, los dos esperaban no tener nada en común y por ende, no verse más, pero no resultó de esa forma y cada uno sabía que algo estaba ocurriendo.
Cenaron en agradable tertulia y el tiempo voló. Sofía se reprendió mentalmente porque miraba a Gonzalo y se preguntaba cómo se sentiría un beso de su boca.
—"No te desboques, mujer, tómalo con calma, espera al menos a saber si el hombre no está deseando salir a la carrera"— se dijo a sí misma.
Pero Gonzalo sentía el mismo apremio, aunque lo controlaba, para no ofender a Sofía portándose como un patán. Lo último que deseaba era que esa chica se llevara una mala impresión de él, pero el deseo de plantar un beso en esa boca entreabierta, era casi incontrolable.
Al salir, le ofreció su mano para entrar al coche. La chica la tomó y sintió un estremecimiento. Por un instante, cerró los ojos para controlar el leve temblor que sintió en sus piernas cuando tocó su mano. Gonzalo pudo sentir en su mano el temblor casi imperceptible de la joven.
Subieron al coche y realizaron el recorrido casi en silencio, cada uno inmerso en sus emociones. Un par de veces sus ojos se encontraron de frente y algo se movió entre ellos.
Al llegar a la casa, Gonzalo detuvo el auto y se bajó para abrir la puerta de Sofía.
La acompañó hasta la entrada y aunque tuvo el impulso de besarla, se detuvo antes de cometer una imprudencia. Sofía empujó la puerta, pero antes de entrar, se volvió hacia Gonzalo y lo miró a los ojos, expectante. Él se acercó a ella, tomó su rostro con su mano y posó sus labios en los de la joven, en un beso suave, delicado y dulce. Ella elevó su mano y rozó el cabello de Gonzalo, ajustando sus labios en un beso prolongado. Ambos deseaban continuar con sus bocas juntas, pero, renuentes, se separaron.
Se miraron fijamente a los ojos y fue Gonzalo quien habló:
— Te ruego que disculpes mi impertinencia. No pude evitar hacerlo.
— Hacen falta dos para un beso. Yo también lo deseaba— respondió Sofía— Creo que ambos debemos darnos tiempo de precisar lo que queremos, no puedes negar que nos estamos poniendo intensos muy pronto y tampoco es cuestión de perder la cabeza como chiquillos— acotó ella lentamente.
— Sería muy gracioso que a estas alturas de mi vida comience a actuar como un chaval. Creo que ese tren se me fue hace rato. — sonrió él con aquellos labios tan sensuales y Sofía tuvo que contenerse para mantener la compostura y no besarlo de nuevo. — Creo que debemos dejar que las cosas continúen su curso y ver a dónde nos lleva esto.
— ¿Puedo volver a verte? — preguntó Gonzalo.
—Sí, sí puedes.
—Te llamaré mañana.
—Esperaré tu llamada — Se detuvo frente a él, elevó su rostro levemente y él inmediatamente cubrió los labios de la joven con su boca. Se fundieron en un beso interminable, abrazados, juntos sus cuerpos y fue Gonzalo quien tomó la decisión de detener el abrazo.
—Hay momentos en los que un hombre debe hacer uso de todo su control para no cometer errores de los cuales pudiera arrepentirse — dijo poniendo sus manos sobre los hombros de la joven.
—¿Sientes que tener algo conmigo podría ser un error?
— Al contrario, el error sería no hacerlo. Pero de ninguna manera quisiera hacer algo que pudiera ofenderte.
—Está bien. Llámame mañana y acordamos, pero de una vez te digo que no soy una delicada florecilla que puedes marchitar con cualquier cosa. Si vamos a darle una oportunidad a esta cosa extraña que nos pasa, deberás darme más crédito y no pensar todo el tiempo que podrías molestarme. Créeme que si eso ocurre, te lo haré saber — sonrió y rozó los labios de él con un dedo para quitarle un poco del labial de ella que lo había manchado. — Ahora, vete. Algunas debemos dormir.
Él se separó de ella, renuente a dejarla y besó su mano.
— Hasta mañana... — y se fue hacía su coche. Subió al vehículo y arrancó el motor, sin dejar de mirarla. Hizo una despedida con su mano, a lo que ella respondió igual antes de entrar a la casa y escuchó cuando el coche arrancó y se alejó, recostada en la puerta, aún sin poder creer lo que había pasado.
Finalmente se decidió a ir a la habitación y comenzó a caminar, pero al llegar al salón, allí estaba Ana María esperando. Sofía saltó de la sorpresa de encontrarse a alguien de esa forma.
— ¡¡¡An!!! ¡Chica, que casi me matas del susto! — le reclamó. — ¿Qué haces despierta a esta hora y deambulando por la casa en la oscuridad?
—¿Y tú creíste realmente que me iba a dormir muy tranquila? ¡Cuéntame qué pasó con el viejo! — respondió la muchacha quien iba vestida con un pijama que le iba muy grande.
— An, no hables de esa forma de Gonzalo —advirtió.
— Cómo se supone que le diga: ¿el joven del ayer? Le digo viejo, porque es un viejo.
— ¡Es un caballero estupendo! — le contó a su amiga. — Pasamos una velada fabulosa. No nos alcanzó la noche para conversar ¡Sabe tanto de tantas cosas! —dijo ensoñadora Sofía.
— Amiga, ¿te estás escuchando? — le reclamó Ana María — ¡Sabe de todo porque tiene mil años en la tierra! ¡Es un dinosaurio! — agarró a Sofía por los hombros y la zarandeó — ¡Despierta, tonta! ¡Ese hombre podría ser tu padre!!
— ¡Pero no lo es! —le espetó Sofía —y es un hombre tan galante, tan respetuoso, tan amable, tan...
— ¡Tan viejo! — la interrumpió An —¿Sí te das cuenta de que ese señor debe tener mínimo el doble de tu edad? ¿Qué se supone que tienen en común? Reacciona o voy a tener que darte de cachetadas.
— Ya basta, Ana... Gonzalo es guapísimo y si lo conocieras verías lo encantador que es. ¡Pasé una velada como nunca antes con nadie! Me fascinó salir con él y espero que cuando volvamos a vernos sea tan fabuloso como hoy.
— ¿Ah, pero es que pretendes volver a verlo? — le preguntó asombrada su amiga —¿Qué te está pasando, Sofía? Jamás habías salido con alguien como él. Ese tipo es un anciano.
— ¡No exageres, Ana María, por Dios! Tiene unos años más que yo, pero tampoco es un anciano. ¡Y esas canas en las sienes se le ven tan sexy! Y esa boca tan hermosa... ¿Es que de verdad no has podido ver esos ojos? — le preguntó incrédula — ¡Ese hombre está como quiere!
— ¡No, no, no, un momento... como quiere está Chayanne! Que cuando tenga 100 años se va a ver igual de sexy que ahora. Pero eso no se puede decir de todos. No te voy a negar que Gonzalo, que hasta nombre de viejo tiene, es guapo y que en sus tiempos debe haber roto unos cuantos corazones, pero de allí a que me digas que está como quiere... ¡Por favor! Tú debes haber sufrido algún accidente cerebro vascular.
— ¡Bueno ya basta An! ¡Eres mi amiga y te quiero, pero ya está! Me gusta Gonzalo, la pasé muy bien con él, cuando me besó fue especial y...
—¿Te besó?— la interrumpió azorada An con los ojos abiertos al máximo — ¡Ése es el colmo! ¿Cómo me vas a decir que permitiste que te besara? —hizo como si se estremeciera de horror.
— De hecho, casi tuve que pedírselo, porque es tan caballero que no se atrevía a hacerlo... —le sonrió provocadora a su amiga.
— Un aneurisma. ¡Diagnóstico definitivo! Amiga, algo está mal aquí y tienes que aceptarlo. Eso no es normal. ¿Cómo te vas a enamorar de ese hombre tan mayor y así, de golpe? Tú no eres así.
—Yo no he dicho que esté enamorada. solo lo he visto dos veces. Que te diga que me gustó el hombre no significa que estoy loca por él. Quiero volver a verlo. Me gustó cómo me sentí cuando me besó. Es un hombre súper entretenido, habla con ese tono respetuoso que ya no se encuentra, menos aún en esos tipos cutres que conocemos cuya idea de una cita romántica es aparecerse con una rosa que compraron en una esquina y poner alguna balada en el reproductor del auto y nada más le lanzas una media sonrisa y piensan que ya caímos como una colegiala.
— Es cierto, hay mucho patán suelto, pero de ahí a salir con un viejo...
— Pues voy a seguir viéndolo... Nadie ha hablado de algo serio, pero disfruté mucho con él y quiero seguir haciéndolo.
—Hasta donde yo sé soy soltera, sin compromiso, soy mayor de edad y puedo decidir lo que hago con mi vida. Ya me quiero ir a dormir...
— Y supongo que a soñar con tu noviosaurio? — sonrió Ana a su amiga — escucha bien lo que te voy a decir: sí, eres libre de hacer lo que quieras, pero... ¿él también lo es? Porque a esa edad no creo que sea solterito y sin compromiso. El hombre no es feo, es verdad... ¿no te dijo si existe una señora Márquez?
— No le pregunté. En verdad no me pareció adecuado.
— ¿Cómo que adecuado? ¡Eso es lo primero que hay que averiguar, Sofía! Más aún cuando hasta te has besado con él. ¿Dónde dejaste el cerebro guardado, chica? — le reclamó asombrada Ana
— Si, tienes razón. Te prometo que lo voy a averiguar y si el hombre es casado lo mando a nadar al Mar Muerto. ¿Te basta eso? — la miró suplicante —¿Me vas a dejar que vaya a dormir en paz?
— No, porque... — Ana pasó su brazo sobre los hombros de su amiga —primero me tienes que contar todo, absolutamente todo de lo que pasó esta noche y qué hizo el gerontosaurio para dejarte con esa mirada de idiota — sonrió y le pellizcó una mejilla a Sofía — ¡Y mira que dije tooooodoooo!
Las chicas se fueron a la habitación de An riendo y empujándose una a la otra.
La semana transcurrió con mucho trabajo para Sofía. Parecía como que la emergencia jamás se iba a vaciar. Estaba exhausta y se sentó un rato en la sala de descanso. Casi deseaba dormirse sentada. Había salido un par de veces con Gonzalo durante las noches que no había tenido guardia y ahora su cuerpo acusaba la falta de sueño.
Sentada allí, recordaba con placer lo bien que la había pasado con él. La sorprendió gratamente cuando la invitó a una obra de teatro que ella deseaba ver desde su estreno y nunca sacaba el tiempo para hacerlo y al terminar, fueron a comer. Sofía no recordaba haberse divertido tanto nunca con ningún otro hombre en una cita. Le encantaba su sarcasmo ante la vida y su sentido del humor sin filtros.
Luego, a mitad de semana, por el trabajo de la chica, las noches se complicaban para verse, así que Gonzalo la llamó un día para buscarla un rato antes de la hora de almorzar y Sofía no entendía por qué se dirigía a un parque, hasta que al llegar, él abrió su maletero y sacó una canasta y tomado de la mano con Sofía, la guió hasta un claro debajo de un árbol. Allí desplegó un mantel y dispuso todo un picnic para ellos. Comieron en agradable conversación y tuvo que ser cuidadosa con el delicioso vino que Gonzalo le servía para no aparecerse en el hospital pasada de tragos. Con su copa en la mano, lo observaba relajado recostado en el tronco del árbol, con su camisa sin corbata. Se veía tan guapo, tan seguro de sí mismo, tan dueño del mundo. La miraba con esos ojos negros profundos pero tan limpios, tan sinceros. ¡Todo era tan cliché, pero se sentía super bien!
Sin desearlo en lo más mínimo, se vio obligada a recordarle que debía ir a trabajar y aunque lo único que deseaba era recostarse en el pecho de Gonzalo y tomar vino, se levantaron y Gonzalo la llevó al hospital.
Este día estaba allí, cansada a niveles de dolor, cuando una de sus compañeras la llamó. Sofía se quejó y le dijo que estaba en su descanso, que alguien más atendiera la emergencia, pero la joven insistió. Ella se levantó y arrastrando los pies, salió para encontrarse con un joven que sostenía en sus manos un inmenso ramo de flores, lirios, sus favoritos.
Sofía le indicó donde ponerlo y revisó la tarjeta.
"Algo hermoso que mirar, para que sientas lo que yo, cuando estoy contigo." Tuyo. G.M.
Sofía aún no salía de su embeleso, cuando todos sus compañeros comenzaron a bromear con ella, como era la costumbre si alguien recibía algún obsequio delante de los otros.
— ¡Vayan a trabajar, pesados! —guardó la tarjeta en su bolsillo, mientras una sonrisa iluminaba su rostro.